Historias sin punto final
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#19 · El día que Jesús entró a mi casa

Por Juan Solá

Ilustración Aalienart

 

El día que Jesús entró en mi casa, mi papá no se dio cuenta. Es que Jesús no es muy parecido a las fotos que le sacaron para las estampitas, ni anda vestido con ropa de marca, ni le salen rayos de sol por la cabeza ni rayos de luna por el corazón, que mi mamá me explicó que es Sagrado porque las personas buenas tienen un corazón de oro, entonces el de Jesús, que era más bueno que todos los buenos corazones juntos (contando los de los Power Rangers y los Thundercats) era Sagrado, porque valía más que el oro.

 

Pero mamá tampoco reconoció a Jesús el día que entró en mi casa, no supo ver que ese hombre que venía a visitarnos era el mismísimo Cordero de Dios, y eso que el día que llegó llovía a cántaros pero el agua no lo había tocado.

 

A mi mamá le daban mucha vergüenza las visitas inesperadas, sobre todo si eran de la iglesia, porque nuestra casa es muy chiquita y siempre hay que estar barriendo y regando el piso, para que no se levante polvo y las visitas terminen tosiendo y qué vergüenza, qué vergüenza, si por culpa del piso de tierra Jesús se ponía a toser.

 

Mamá le ofreció un té y Jesús se lo aceptó y ahí nomás ella se puso a amasar unas tortas fritas, como para acompañar el té, porque como ya sabemos todos, cuando el té se toma solo, el estómago gruñe como los perros atados en los fondos de las casas.

 

Llega un momento en la vida en que Dios nos llama para pelear de su lado contra las fuerzas del mal, dijo Jesús mientras se tomaba el té, que dijo que estaba bien dulce.

 

Yo lo escuchaba muy atento, con los ojos fijos en su ropa bien negra y limpita, en su rosario de oro, en los botones infinitos que morían en el cuello, que se parecía al borde de una taza de porcelana a la que se le salió un pedacito de pintura. Cerraba los ojos, porque así podía imaginarme más clarito las cosas que nos contaba sobre Dios. Hablaba tan lindo que todos supimos que lo que decía no podía ser mentira, que Dios me estaba llamando como Zordon había llamado a los Power Rangers para defender la Tierra, en este caso, de las maldades que hace el Diablo, que mi mamá me contó que era un ángel que quiso ser como Dios y por eso lo castigaron, porque como ya sabemos todos, querer ser como Dios alcanza para ganarse una penitencia.

 

El día que entré a la casa de Jesús, pregunté si me tenía que sacar las ojotas, que estaban llenas de barro porque en mayo llueve bastante y hay días que pareciera que llueve más adentro que afuera.

 

Jesús me sonrió, me dijo que pase y me lavó los pies con agua tibiecita. Me explicó que me había elegido a mí porque en mis ojos podía ver que era distinto a todos los otros nenes de allá, del paraje, que hacen tantas travesuras porque a sus mamás las visitaba el Diablo.

 

Jesús me cuenta que los niños como yo somos la encarnación de los arcángeles que bajaron a la Tierra para sembrar el amor y el cariño. A veces, casi siempre, me da mucha vergüenza cuando dice esas cosas porque es el único que piensa así.

 

Me gustaría que un día me acompañes a la escuela, Jesús, le digo. Allá nadie se da cuenta de que los niños como yo somos la encarnación de un arcángel, entonces no me quieren, casi siempre me empujan y nunca me invitan a jugar. No les gusta prestarme las cosas y todo el tiempo me dicen que yo tengo que ir al turno de la tarde, que es el turno al que van todos los pobres que no tienen plata y a la mañana tienen que vender diarios en Avenida Maldonado.

 

Y entonces Jesús me sube a su regazo, me abrazo, me besa y me hace cosquillas con la barba y me dice “no te preocupes, Joaquín, yo te acompaño a la escuela todos los días”.

 

Pasa que es muy poderoso Jesús, más o menos como una fusión de Gokú con Vegeta, entonces por eso puede estar en muchos lugares al mismo tiempo y así me cuida. Por eso cuando me abraza tiemblo un poco.

 

Yo le prometí a Jesús que no le iba a contar a nadie que él me quiere un poquito más a mí que a los demás, porque a Dios no le gustan los niños vanidosos.

 

Le juré que no le iba a contar a nadie que él era Él, porque en estas épocas la gente ya no cree en casi nada y Jesús no quiere que los demás piensen que estoy loco o que soy un mentiroso.

 

Además, a mí me gusta estar con Jesús, ayudarlo con las cosas de la parroquia, quedarme después de la misa. Él me da de comer y me cuida porque sabe que en mi casa nadie me apresta atención.

 

Yo sé que nadie te presta atención, me dijo Jesús; por eso sos tan especial.

 

Me gusta estar con Jesús, menos los días que está nervioso y me reta y me agarra fuerte del brazo. Igual, nunca me dejó ninguna marca. Me agarra fuerte para que le haga caso.

 

Algunos días, Jesús no es tan bueno conmigo, pero yo no me pongo triste y ya casi no me dan ganas de llorar. Yo lo tengo que ayudar, porque él a mí me ayuda mucho.

 

A veces Jesús me da comida y ropa para llevarle a mi mamá.

 

A veces Jesús me da besos como los besos que se dan los novios y eso no me gusta, pero yo no me pongo triste porque él me eligió a mí.

 

A veces nos bañamos juntos, para que me bautice. Me tengo que poner mucha agua bendita, porque Jesús dice que allá, en el paraje, el Diablo anda rondando siempre y hay que estar preparado.

 

A veces Jesús me saca fotos. Me prometió que cuando vuelva al cielo se las va a mostrar a Dios.

 

No le cuentes a nadie que sos mi preferido, me dice Jesús. No quiero que seas vanidoso, repite, y yo digo que sí con la cabeza y guardo el secreto y me enjuago el jabón de los ojos y pienso si Dios será capaz de ver los momentos secretos que duermen en la foto muda de un nene al que nadie le presta atención.

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