Historias sin punto final
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Por María Inés Bedia

Ph. Camila Troia

 

Jueves 11 de agosto

 

Júpier Sangrait

 

No hay manera de dormirla sin contarle cuentos. Uno, tres, veintiocho. La enana es re viva, ya le encontró la vuelta para que me quede con ella más tiempo y estirar la tan odiada hora de dormir. Me dice: contame pero de los libros mamá, y señala la biblioteca. Claro, si le leo, en vez de inventarle, cuenta con varias ventajas: mira los dibujos, la luz queda prendida, o sea, no duerme nadie.

 

Ayer le dije que me contara ella un cuento y le gustó la idea. Negociamos que me acostaba un rato en su cama pero apagábamos la luz. Sin que se diera cuenta grabé la historia que me contó:

 

Había una vez un mostro muy gigante y lejano y que se llamaba Júpier. Y Júpier se llamaba, y su apellido era Sangrait y además de todo eso, pum, salieron pececitos de colores desde arriba del cielo, pero de papeles. El mostro era de color rosa, rojo, amarillo, verde, azul y se llamaba Júpiter y Júpiter estaba muy pero muy triste porque no encontraba a su familia y era tan pequeñito y con su auto lo llevan a una casa y ya lo encontraron.

 

¿Así termina?

 

Sí.

 

Martes 30 de agosto

 

2026

 

Leo en los diarios de Emilio Renzi: “Cuando quiero tranquilizarme me refugio en el futuro: dentro de diez años me voy a reír de todo esto”.

 

En diez años voy a tener 45, la enana va a tener 14, ¿tendré más hijos?, ¿serán de Boca?, ¿iremos todos juntos a la cancha?, ¿serán de otro equipo y nos putearemos con amor cada domingo?, ¿o sin amor?, ¿y si a marti no le gusta el fútbol?, ¿seguiré trabajando apropiación de niños?, ¿seré feliz?, ¿estaré muerta?, ¿viviré en Buenos Aires?, ¿seguiré sintiendo esto en el pecho?, ¿Juan?, ¿la enana ya habrá sufrido por amor?, ¿nos llevaremos bien o nos pelearemos mucho?, ¿me dejará seguir despertándola con besos?, ¿será feliz?, ¿estaré curada?, ¿abuelas existirá sin abuelas?, ¿virrey cevallos?, ¿se seguirá llamando abuelas?, los nietos que buscamos van a tener más de 55, ¿los encontraremos?, ¿encontraremos nietos/ (barra) abuelos?, ¿los encontrarán sus propios nietos?, ¿se llamará nietos de Plaza de Mayo?, ¿o nietos que buscan nietos?, ¿y el nieto de Raquel?, ¿el de Sonia?, ¿el de Elsa?, ¿encontraré los restos de mi tío?, ¿quiero encontrarlos?, ¿mi viejo quiere?, ¿seguiré llevando el recordatorio a Página/12 cada 22 de septiembre?, ¿seguiré limpiando la baldosa?, ¿mi viejo le seguirá diciendo lápida?, ¿me reiré de todo esto?

 

Domingo 24 de septiembre

 

Mala mía (o no)

 

Saqué pasaje para Río, nos vamos con la enana. Me olvidé.

 

Me daba vueltas en la cabeza hacía rato la idea de irnos unos días. Fueron las ganas de cambiar un poco de aire, no fui yo. Esas ganas insistentes, convincentes y sin cuidados. Aparecieron despacito, como quien no quiere la cosa. Las ganas no sienten culpa ni saben de remordimientos. Arrasan. Todo parece perfecto, cierra por todos lados. Río de Janeiro, playa, sol, leer, caipirinha, castillos en la arena, vista al mar, jugar a ser otra con desconocidos, reírme más de la cuenta, usar vestidos, andar en patas, arena entre los dedos, olor a bronceador y gusto a sal, calor, siesta, cara de no tengo problemas, mar, comer todo el tiempo, la vida sin horarios, la vida de mentira que se vuelve realidad, hasta que un día te convertís en calabaza.

 

Se me pasó.

 

Las ganas, de nuevo. Me hicieron partido y se llevaron los tres puntos. Ni vi la pelota, se me desordenó el mediocampo recién entrados los primeros quince. No estoy para el 22 de septiembre.

 

Los pibes habían dicho que por cumplirse 40 años de la noche de los tubos, ameritaba colocar la baldosa ese mismo día, aunque fuera jornada laboral. A mí se me ocurrió que la pusiéramos en el parque urbano, porque si bien no es la plaza central y pasa menos gente, se llama Rocca. Quiero que al lado del nombre de ese hijo de puta, la gente que pase desprevenida –o no– lea:

 

A 40 años de la noche de los tubos
Alberto Bedia
Armando Culzoni
Manuel Martínez
Raúl Moreno
¡Presentes!

 

Trabajadores detenidos desaparecidos
por el terrorismo de Estado
y la responsabilidad empresarial
de Dalmine Siderca (tenaris)

 

Barrios Memoria y Justicia

 

Pero no estoy. No voy a poder escribir algo, y muchos menos leer. Ya tenía pensado hablar un poco sobre la casa de mi abuela, la de los caramelos escondidos. Sobre la parra y los dos viejos en pijama tirados en el piso. Sobre mi tío, al que no me dejaron conocer. Pero me voy. Dos días antes me subo al avión del inconsciente y chau Freud, Lacan y la mar en coche. Nunca entendí bien eso de la mar en coche, pero etcétera no es literatura.

 

Alguien se va a tener que encargar de llevar el recordatorio a Página/12, y la misma foto de todos los años, esa que tiene los ojos que hoy encuentro en mi hermana. En la que está escribiendo, con la mano derecha, creo, ¿o era zurdo? Ni idea. Ahora que pienso tampoco sé si le gustaban las milanesas o mirar carreras de caballos. Tiene cara de que el asado sí le gustaba, entonces también el vino. No tuvo hijos pero seguro hubiese tenido dos varones, con los que tendría una relación de hermanos mayores. Me cuidarían y serían celosos de mis novios, pero unos copados con los que iría a ver a Boca de la cabeza. Si me robaron esa parte de la historia yo la cuento como quiero, la venganza del diario íntimo.

 

Muchas veces me imagino una escena en la que le pregunto: che tío, ¿me contás la parte en la que te encontrás con la abuela?

 

Sábado 17 de septiembre

 

Filosofía

 

Enana, hoy a la noche te vas a quedar a dormir con tu abuela y tu primita. Qué bueno má, sos una recontra genia. ¿Sabés qué má?, si me extrañás yo te puedo hacer un dibujito mío, o sino me llamás o me mandás mensajes por el celular. ¿Sabés qué, Martu?, cuando mamá era chiquita no existían los celulares ni los mensajes esos que nos mandamos cuando no estamos juntas… ¿En serio má?, como los autos… No enana, los autos sí existían, no soy tan vieja ¿Y el cielo existía má?

 

22 de marzo de 2017

 

Yo quiero helados de matrix

 

“¿Chicas, saben algo de papá?, no contesta mis mensajes”.

 

Me acuerdo todo lo que pasó antes y después. Me levanté ese miércoles como cualquier otro, 7 am, como para tirar hasta y media en la cama. A eso de las nueve le mandé unos mensajes a mi viejo. Y una foto de Marti, diosa, con guadapolvo a cuadrillé y rulos descontrolados. Enviados.

 

Fui a trabajar, estaba masomenos bien. A la noche había hablado con Juan, estaba preocupada porque no me iba a poder anotar en una materia del posgrado. Me reía también porque había filmado a la enana saltar en mi cama, al grito de “estamo activo”, cosas del fútbol. Le mandé la misma foto a Juan y a mi mamá. La vieron. Respondidos.

 

Eran las tres de la tarde y llegó ese baldazo de mi vieja. La foto, pensé. No me contestó nada. Entendí lo que se venía.

 

Hice todos los llamados posibles antes de terminar de caer, negué lo que más pude. Di mil vueltas, que si me lleva Gabi, ¿da ir con Juan?, ¿vamos en micro?, yo no tengo el auto, mi hermana tampoco. Ya está, nos vemos en Once, vayamos en chevallier. Llevá las llaves, pero llamala a Flo antes. Que llamen un cerrajero. Sí, Alu, que rompan y entren, haceme caso. Llovía una barbaridad. Ojalá esté durmiendo y se enoje porque le vamos a romper la cerradura. Me aferré a esas ganas de enojarme. Hasta que Marisa llamó a mi hermana.

 

Puso la misma cara que pone cuando se asusta. La traté mal, le dije que no pusiera esa cara, que parecía una loca. Creo que se lo dije para que no se asustara más.

 

Me lo imaginé muchas veces, y hasta creí que iba a sentir alivio, porque eso ya no era vida. Cuatro años me dijiste eso de que ya no la sentías, viejo. Vos no lo decías así, obvio. Que ya no querías vivir, que el dolor era insoportable, tenías miedo al deterioro que se venía. Me llegaste a hablar de la eutanasia y de que la hija de Freud lo ayudó a morir. ¿En serio me lo pedías papá?

 

De verdad que me lo imaginé. Pero no había pensado en la policía en la puerta de casa. En el secretario de la fiscalía diciéndonos que se tenía que llevar tu carta, que era una formalidad, que después, con los resultados de la autopsia nos la iban a devolver. Ya sé, soy abogada, hago derecho penal y trabajo en una fiscalía. Sí piba, pero en este caso sos hija, aflojate un poco.

 

No paraba de pensar en esas cinco horas de viaje para mi mamá. Desesperante. Creo que nunca voy a volver a escuchar los audios que me mandaba mi vieja. “¿cómo nos hizo esto?”, “estaba solo”. Solo. Me resuena.

 

Mi prima nos pedía perdón por no haber guardado la carta. Mi tío decía que me quedara tranquila que mi mamá ya estaba en un taxi, con Marisa. Mi tía cebaba mate. La policía me decía que lo tomara, que me iba a hacer bien algo calentito. Me hizo una sonrisa, como la de una mamá. Estábamos empapadas, mi hermana y yo. Tengo frío, les dije. Mi tío me dio una campera que tuve puesta muchísimas horas. Pero me molestaban los pies, el borde del jean estaba todo mojado, temblaba. Me ofrecieron zapatillas, varias veces.  No, no, gracias, estoy bien. Juan me hubiese dicho: entonces tenés frío de mujer.

 

Me pareció mejor que nos fuéramos a lo de mi tía a esperar a mamá. Dijeron que sí. Veo que mi prima pasa con sábanas. ¿Qué es eso? Lo miro a Ale desorientada, con cara de “me dijeron que estaba dormido”, ¿por qué cambian las sábanas? Tranquila. Pis.

 

Vinieron mis amigas. Empezaron a llegar mensajes. Nunca entendí por qué el celular de mi viejo seguía mostrándome la última conexión hasta las cuatro de la tarde, después no me fijé más. La explicación que más me cierra me la dio Daniela. Que si dejas el whatsapp abierto cada vez que agarra señal se conecta. Puede ser, yo qué sé. Eso fue lo que me confundió, lo que hizo que no saliera corriendo. ¿Para qué?

 

Escuché un auto que frenó y fue el momento en el que sentí más miedo. Hasta que vi que mi mamá lloraba mucho y decía ¿por qué?, ¿por qué? Pero nunca dijo esas tres palabras que me daban pánico, “me quiero morir”. Ahí supe que una vez más todo se repite. Vos la muerte. Mamá la vida. Y nosotras atajando penales.

 

Le pedí a Ale y a David que leyeran la carta, porque mi prima se avivó de sacarle fotos. Que hicieran un control de daños. Está bien lo que escribiste. Lo venías diciendo. Nos cuidaste. Fin de fiesta, pero para vos. Y que lo respetemos. Y que nos querías.

 

No dormí nada. Mamá y Alu sí. Mejor, yo puedo bancarla igual. A la mañana tomamos mate. Fuimos a casa. La peor parte fue mamá abrazándose a tus cosas. Pero está bien. Ella necesita hacerlo. Ese día fue larguísimo, porque no había nada para hacer, solo esperar resultados, no nos dejaban cerrar. Le dije a Juan que me acordaba mucho de Ramos y La ley de la ferocidad. Me pidió que no durmiera en un hotel ni llamara prostitutas para que me abrazaran.

 

Recién al otro día fuimos al cementerio. Por suerte mamá no quiso velorio, igual fuimos a despedirnos, solo nosotras, un rato antes de salir en la caravana negra. ¿Sabés lo que encontré en casa?, las notas del último partido de truco que jugaste, con Rosa. Le ibas ganando y seguro dijiste: “Rosa, ¿lo dejamos acá, o te parece que con lo que te llevo vas a poder dar un batacazo? Qué bronca me daba cuando decías eso. Y vos te enojabas conmigo cuando no te quería dar la mano si perdía. Qué difícil la hacías. Y no se termina.

 

Cuando llegamos a la sala velatoria nos recibió una señora fea de pelo feo. Era amarillo, no rubio. Nos dijo: ¿ustedes son la familia? Sí, dice alguien, ella es la esposa, “ay señora lo siento mucho… bueno, lo siento mucho para todos”. Todo con el mismo tono que usa la gente cuando dice “un saludo a todos los que me conocen”.

 

La señora fea nos ofreció café con gusto a baño de micro de larga distancia. Cuando vino a traerlo me dieron ganas de preguntarle si todavía lo seguía sintiendo.

 

Por suerte mamá se acordó de pedir que le sacaran la cruz al cajón. Cuando lo vi, noté que tenía un agujero, me di cuenta que tuvieron que desatornillar la cruz. ¿No hay cajones para ateos?, ¿cómo son los cajones para judíos?, ¿serán más caros los que no traen?, ¿morirán menos ateos que católicos, estadísticamente hablando?

 

La palabra que más me dijeron fue: fuerza. Cada vez que la escuchaba pensaba en que mi profesora de pilates siempre me dice que no tengo fuerza en los brazos. Qué lástima que no haya clases para fortalecer la resistencia moral para afrontar las adversidades. Iría doble turno.

 

Mis amigas hicieron mate y compraron facturas. Fueron a buscar chipá, pero ya no quedaban. El de la panadería no le quiso cobrar a mi hermana, “no piba, regalo para tu viejo, faltaba más”. Las chicas también me llevaron ropa, cepillo de dientes y líquido para las lentes de contacto. Me acordé de Casas cuando dice que el mundo es un lugar hostil, y los amigos un escudo contra esa hostilidad: “son como esas secciones especiales de los cables de alta tensión que logran contener la energía, diversificarla, metabolizarla”.

 

El domingo vino Juan. Mirá nene que son 180 km solo para vernos un ratito. Es todo lo que quiero, dijo. Cuando lo vi pensé: qué lindo que es y qué bueno que este pibe tan lindo esté acá por mí. Fuimos a comprar helado, porque como toda ciudad con dinámica de pueblo, Campana se caracteriza por tener la mejor heladería. La Heladería Real, recomiendo el súper sambayón.

 

–Boluda, ¿es necesario que se llame así?, vos no estás para helados reales, estás para helados de matrix.

 

Qué hacemos con la realidad sin fantasía, sin ilusión. Hay que querer jugar el juego. Si no te ponés a pensar por qué estás pateando la pelota, pierde sentido el partido. Hay que querer patear, hay que desear que entre la pelota. O irnos todos. ¿Para qué gritamos un gol de Boca? Hay que querer algo. Porque si no, ¿qué es un gol?

 

16 de junio de 2017

 

Día del padre

 

Hay días para quedarse a mirar, hay días en que hay poco para ver. Hay días sospechosamente light, dice Calamaro. Y hay días del padre.

 

Hay días en los que me despierto con esa sensación en el pecho que la modernidad, y también los que ya no saben qué decirme, definen como: ataque de pánico. Lo que me hace ruido es la parte del “ataque”. No me toma por sorpresa, no es aislado, a veces ni llega a ser desesperante como hace un tiempo. Antes sí, cuando apareció por primera vez, que no podía controlar el temblor de las manos, la taquicardia. Ahora es distinto. Juan dice que son los días en los que pongo en la mesa un plato más, para el síntoma. A veces llego a pensar que vino para quedarse. Hola qué tal, y sí, pasá, ya estás acá, te entiendo, yo estoy igual, vení que justo estoy por comer sola, pongo otro plato para vos. Ya sé que te vas a quedar conmigo todo lo que queda del día. No entiendo por qué no te gusta Netflix o por qué no querés que salgamos a pasear. ¿Qué tienen de malo mis amigos que no te dan ganas de ir a verlos? Trabajar hay que trabajar, dale síntoma, no me puedo ocupar de vos, no puedo ni conmigo, es como en el avión, viste que primero tenés que ponerte la máscara vos para ayudar a un niño.

 

Pensé que hoy iba a ser unos de esos días. Me desperté temprano con la enana subiéndose a mi cama. Mami, es el día del padre. Le mandamos un mensaje de voz: hola papi, feliz día, te amo mucho, ahora vamos con mamá a Ferro, nos vemos ahí y te llevamos un regalo. Ah, lo llevo también a Caño –su muñeco de los backyardigans que se llama así en homenaje al tubo de Román a Yepes.

 

–Mami  hoy también es el día del abuelo Carlos y de alguien más…
–¿De quién mi amor?
–De tu papá, que se fue al cielo
–Es verdad, es su día también, pero no se fue al cielo gordi, solo que no lo vamos a ver más
–Ya sé mamá, es una forma de decir y a mí me gusta decirlo así.

 

Nos subimos al auto y fuimos jugando a las adivinanzas. Llegamos y disfruto el saludo entre padre e hija, pienso que la estamos llevando bien. Nos sentamos con otros padres a ver jugar a nuestros hijos. Los miro correr sin preocupaciones, con la ilusión intacta. Quiero vivir en su mundo, un mundo sin dudas ni represores.

 

Aprovechamos para hablar con Ale sobre la escuela primaria. No nos ponemos de acuerdo sobre la jornada simple o completa, ni sobre si nos importa estar más cerca de la escuela aunque no sea tan buena, o si vamos a priorizar las que nos recomendaron. Es como dice Juan, tener hijos es un delito permanente.

 

Marti me pregunta si voy a almorzar con ella y su papá, le digo que no, que la veo más tarde. Me encuentro con mi mamá a una cuadra de su nuevo departamento. Comemos, nos reímos. Le cuento que ayer vi un PH hermoso, que por primera vez me imaginé viviendo en otra casa. Me pregunta si estoy contenta por la victoria de Boca. Falta ganar un partido, le digo, como si fuera la DT declarando para la prensa. Me doy cuenta que estamos bien y busco la cámara oculta. Le estamos ganando al día.

 

–Che, má, ¿te acordás cuando papá me trajo un autógrafo de Elizondo?
–Jaja, no me acuerdo, qué sabía tu papá de fútbol…
–Pero sabés qué pensé, que si el que estaba en el bar era Marx, en vez de Elizondo, él no se acercaba a pedirle una firma. Me di cuenta ahora, ya no tengo chances para un desagravio, pero brindemos por él.

 

Me llegan un arsenal de mensajes, una sobredosis de buena onda para aguantar el día. Laura, que no le gusta el fútbol hace un comentario sobre lo contenta que me debe haber puesto la cara de Gallardo en el tercer gol de Racing. Mi grupo de bosteros explota de comentarios sobre la derrota de las gallinas en el día del padre. En el grupo de las pibas de Abuelas, que tienen un doctorado en sobre cómo atravesar estas fechas fatales, hablan de cosas para distraer. Lore cuenta que se cayó de rodillas en la calle, se da la auto bienvenida a la vejez. Gabi cuenta que fue a la ginecóloga, la imita: está todo bien querida, solo tenés el útero dividido, o sea, el día que quieras tener hijos te va a costar, se te van a morir. Así tienen el útero los conejos. Nati le dice que es una cagada que no sea conejo, y yo pienso que no entiendo entonces esa frase de “cogen como conejos”.

 

El que más onda le pone es Juan, como siempre. Me pregunta cómo estoy, me tira ideas para hacer con mi mamá. Voy en un taxi mientras nos escribimos y justo lo veo salir de su casa, como en un cuento ilustrado. Me bajo solo para darle un beso y que me toque un poco el culo. Nos ponemos contentos. Le hablo de la frase de Kierkegaard, cuando dice que la fe es la capacidad de soportar la duda, le digo que para mí es el amor.

 

–El amor es la capacidad de soportar y punto, nena. Es un rivotril natural nena. Yo siento algo así como gratitud, aunque eso lo podés sentir por alguien que te dona sangre también…
–¿Te acordás cuando no hablamos como por un mes?
–No fue un mes, fueron treinta mañanas, treinta tardes y treinta noches.
–Qué poeta.
–Te voy a matar boluda, no sabés lo mal que la pasé. Pero era obvio que íbamos a terminar juntos porque somos como la convención de Batman de chá chá chá, que se juntaban los distintos batmanes del mercosur, nosotros venimos de distintos lugares pero somos lo mismo.

 

Me llama Ale, es uno de esos llamados: “Hola Susana, te estamos llamando, queremos secuencia”. Pienso que uno debería hacerle un psicofísico a su pareja antes de arrancar una relación, para ver si dibujan al hombre bajo la lluvia con o sin paraguas. Lo resolvemos rápido esta vez, me acuerdo de Lynch, “fíjate en el donut, no en el agujero”. Mi vieja me mira y se ríe, no pregunta nada.

 

Llega mi hermana con mi sobrina. Llega la enana. El departamento se llena de ruido. Quisiera poder hacerle zoom a esta sensación. Juan dice que soy la CGT de nuestro proyecto, y que la enana es la CTA y los movimientos sociales. Yo le digo que él es todo lo contrario a “la idea de Martino”. Se va armando todo de a poco en este 2017, que se parece bastante a un jenga.

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