Historias sin punto final
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#4 · Elefantiasis

Por Leticia Bianca

Ilustración Rodrigo Cardama

I.

Me desperté ese día convertida en algo que no era pero que nunca más iba a dejar de ser en adelante: una sincericida. Fue como un virus, una elefantiasis de moral. Me di cuenta esa mañana de que guardaba más secretos de los que quería, podía y soportaba. Eso me convertía en una resentida, una desconfiada, una cínica. Ya no quería ser más eso. Ya no podía ser más eso. No sé si lo decidí, me parece que no. Fue como dejar de fumar: un día te levantás y te da asco el tabaco. Un día me levanté y me dio asco todo. Y todos. La gente que quería, la que conocía de vista, mis compañeros de trabajo. Todos ocultaban algo y muchos de ellos confiaban en mí. Demasiado confiaban. Demasiado.

 

Acá es así: paredes blancas, de azulejos. Piso blanco, de cerámicos, marcos de las ventanas y puertas: blancas. Los guardapolvos, blancos. Las sábanas, blancas. En este lugar el blanco intenta ganarle a la oscuridad, pero nunca lo logra, nunca lo logrará.

 

Uno a uno. Una a una. Iba a contarle los secretos que cargaba sobre mis espaldas a cada una de las personas que conocía. No era venganza ni rencor, eran demasiados años. Demasiada información sobre demasiada gente. No quería que me agradecieran o me entendieran o me perdonaran. Simplemente necesitaba dejar de ser el confesionario de todos ellos. Y además, tras décadas de guardar secretos de otros, había descubierto que no era cierto eso de que “todo vuelve”. No. No había un boomerang universal que redistribuyera el bien y el mal. No podía vivir más así, no quería ser ya más cómplice de un mundo en el que la justicia kármica nunca se concreta. Qué es eso del karma, si mentis, mentís, punto.

 

Hay dos parques, ¿ves? uno interno y otro externo. Aunque el afuera nunca es afuera del todo. El afuera no existe. Acá solo existe adentro, blanco, mezclado con el verde del parque, con el verde esperanza, con el olor a ammoniac, con la desesperación.

 

Antes que nada armé una lista. Me compré un cuaderno especial y dos biromes, negra y roja. Anotaría todo lo que tenía que hacer e iría contando día por día cómo me iba. Sabía que era un plan arriesgado, por eso quería dejar constancia de mi trabajo. Lo que más me preocupaba era que si moría en el camino, mi legado fuera justamente que decir la verdad era demasiado peligroso. Por eso, antes que nada escribí en el cuaderno una frase de Fidel Castro: “Rechazo la mentira porque sé que la ignorancia ha sido la gran aliada de la opresión a lo largo de la historia”. Agregué un verso de Keats: “Belleza es verdad y verdad es belleza”.

 

Acá también hay cosas vivas. Las cosas vivas flotan o se desplazan. Se desdibujan, se mezclan entre sí, se convierten en una masa que solo se distingue del resto de las cosas por no ser blancas o verdes. Aunque el pasto también está vivo, el pasto crece, y las otras cosas vivas, las otras cosas vivas que no se distinguen entre sí no crecen, envejecen, no, no, nunca crecen, aunque floten o se desplacen.

 

Armé la lista de las mentiras y secretos que cargaba sobre mí. Puesto todo junto era insoportable: 1) Mi primo Martín fue comprado al nacer y no lo sabe. 2) Mi jefe es gay y su hija, que trabaja con nosotros, no lo sabe. 3) Mi hermano dice que va a la facultad que paga mi padre pero no lo hace y, por supuesto, mi papá no lo sabe. Así llegué a treinta y tres cosas que sabía de gente a mi alrededor que implicaban secretos, mentiras y ocultamientos entre amigos, amigas, ex, amantes, vecinos, compañeros de colegio, de universidad, etc. Iba a ir por todos. Iba a vomitarle todo a todos. Luego de la lista anoté otra frase, esta vez de Wilde: “Un poco de sinceridad es una cosa peligrosa y mucha es absolutamente fatal”. Mientras miraba la frase empecé a temblar. Nunca terminé de entender si de miedo, de alegría o de libertad. Temblando, escribí “Deséenme suerte”, pero después lo taché, porque la suerte es para los que no confían en su propio esfuerzo y yo iba a dejarlo todo, iba a dejar la vida si era necesario, pero no lavaría un trapito sucio más.

 

Cuando quieras algo vos nomás tenés que pensar en eso, acá funcionan bien las antenitas de todos, querés fuerte fuerte algo pensás pensás y eso viene, eso llega, se mueve, se desplaza, flota hasta vos. Si querés que algo se aleje ahí sí no se puede, alejar cosas con la mente no se puede, la mente solo atrae, solo chupa, absorbe, como un imán, la mente es un imán muy poderoso, tiene antenitas, acá todos vemos las antenitas de los demás.

 

Al escribir el mensaje para ver a mi tía y contarle que le diría la verdad a su hijo comenzaron a sonar voces en mi cabeza: ¿A vos qué te importa? ¿No podés guardar un secreto? ¿No es esa la lealtad? ¿No estarías siendo tan traidora como ella? Puede ser, respondo a las voces, pero ya no puedo más con todo esto, tengo un elefante rosa sobre mis espaldas. Nadie lo ve, nadie lo quiere ver, necesito sacármelo. Soy la puta tela de la araña donde se balancean todos los putos elefantes rosas del mundo. Pero las voces siguen taladrando, me acosan todo el tiempo: ¿Acaso no tenés secretos? ¿Acaso no hay gente que los sabe? ¿Qué pensarías si ellos también deciden contárselos a los demás? Mientras caminaba, mientras trabajaba, mientras limpiaba mi casa, respondía: necesito hacer esto, necesito que la verdad tiña todo, no me importa, no me importa la traición que voy a cometer, porque no sé qué le pasa a un traidor que traiciona a un traidor. Aún así las voces no cesaban. Los temblores tampoco.

 

Hay poca luz, por eso es mejor de día. Hay poca luz pero Dios igual aparece. Dios existe acá y es blanco, también, aunque la luz no sea blanca. La luz blanca es otra cosa, la luz blanca es lo peor. Cuando veas eso, nena, corré.

 

A Martín, mi primo, lo compraron en Santiago del Estero. Decir que era adoptado era un eufemismo hermoso. Pero mis tíos lejos estaban de saber sobre metáforas, así que nos dijeron a todos en la familia que se lo habían “cedido”. En dólares fue la cesión, me contó después mi mamá, hermana de Mónica, la nueva madre de Martín. No, él no se parecía en nada a sus compañeros de colegio bilingüe y no, tampoco se parecía en nada a mis tíos o a ninguno de nosotros, pero allí estaba, con sus dieciocho años, experimentando un mundo feliz gracias a unos dólares bien invertidos. No habíamos tenido mucha relación hasta que me preguntó, en plena borrachera de un 31 de diciembre, si conseguía flores. ¿Flores de florería? dije sonriendo, y me guiñó el ojo. Así nos acercamos. Teníamos el mismo dealer vegano que cultivaba en una quinta de zona oeste a la que íbamos juntos una vez por mes. En esos viajes largos en el Sarmiento me contó que no entendía cómo era tan distinto a sus padres y también me confesó que se sentía un extranjero en su propia casa. El elefante rosa creciendo entre las vías del tren. Sostuve la situación contándole mis propios problemas de identificación con la familia a la que pertenecíamos, aunque me moría de vergüenza por ser irrefutablemente parte de eso que él consideraba propio y no lo era. Él no estaba atado por sangre a ninguno de nosotros, era libre, solo que no lo sabía. O esa libertad era su cárcel, porque de saber que durante dieciocho años todos nosotros le habíamos mentido, dudosamente podría volver a confiar en alguien alguna vez. Según mi madre, por esta paradoja era preferible, para mantener su psiquis en condiciones, que pensara que sus supuestos padres habían hecho magia con el ADN y engendrado algo tan distinto a ellos como fuera posible. En las reuniones familiares el panorama había sido siempre escalofriante: unas diez personas mintiéndole en la cara a un chico que crecía año a año lejos de sus verdaderos padres, cerca de sus compradores. La abuela Rosa no dudaba al definir que se trataba de un típico caso de “mentira piadosa”. Otra palabra que anoté en mi cuaderno libertario. Piadoso: Del latin pietas (devoto, amable).

 

Ahora ya te expliqué lo de las cosas que viven y las cosas que no viven, lo de los colores y también lo de los ruidos. Te voy a ir contando uno por uno quiénes son los que pasan por acá, no, los que viven acá no porque acá nadie vive, en realidad, todos pasan, flotan, se desvanecen, no sé por qué les dije cosas que están vivas antes, a veces me confundo, nena, disculpá.

 

II.

El 19 de abril de 2009 le dije a mi tía Mónica que en esta nueva misión que me encargó el universo estaba incluida ella. La cita fue en su piso con vistas a los bosques de Palermo. Me recibió para tomar el té.

–Tía, voy a contarle a Martín.

–¿Qué cosa?

–Que es comprado, tía.

–¿Qué estás tomando? ¿Otra vez le robaste medicación a tu papá? Lo voy a llamar a Alfredo ya mismo.

–No estoy tomando nada, simplemente voy a decirle la verdad al pobre pibe, que se siente un sapo de otro pozo.

–La única verdad es que nosotros lo criamos con muchísimo amor, le dimos una vida que jamás hubiera tenido de quedarse con los salvajes que le tocaron de padres.

–¿Mintiéndole día a día, tía, le dieron una vida mejor?

–No es mentir, querida, es cuidar. ¿No te das cuenta que el mundo es un lugar horrible? Hay que preservar a la gente que uno quiere.

–Pero tía, Martín vive engañado, no entiende cómo puede ser hijo de gente tan distinta a él.

–No somos tan distintos, él es bastante mentiroso, el otro día me dijo que se fue al oeste a ver a una banda y resulta que fue a comprar droga.

–¿En serio? –dije tratando de que mi elefante se balancee bien–, ¿y cómo te enteraste?
–Porque le instalé un programa de grabado de voces en el celular.

–Ahhh.

–Y sé perfectamente que vos fuiste con él.

–Tía, la marihuana es menos peligrosa que el tabaco.

–Te vas ya mismo de mi casa –dijo levantándose de la mesa– antes que llame a tu padre para que te interne.

 

Empecemos con la negra, la negra es buena, calladita, como deben ser las perritas como ella. Hay muchos animalitos acá, vas a ir conociéndolos de a poco. Empecemos con ella, es mansita, mirá, tocala, tocala, vení, ves cómo tiene el pelito. El pelito es suave. Suave, suave, chiquitita.

 

Con esta primera y nefasta aproximación al hueso de las cosas, decidí dejar lo de mi primo para el final. Juntaría a toda mi familia en una cena y les diría, como pudiera, que ya no sería más cómplice de esa fantochada. Eso alucinaba mientras iba cayendo sobre mí el peso de la hipocresía de la gente a mi alrededor y me convencía de que decir la verdad era el precio más alto que podía pagar, pero que no sería libre hasta que no me sacara de encima todas esas realidades paralelas. No podría seguir con mi vida, estaba convencida, hasta que no me alejara de esas fantasías que elaboraban a mi alrededor y que me confundían permanentemente entre lo que era cierto y lo que no. Y si moría en el camino, pensaba, sería por no haberme vendido ante la cínica certeza de que a nadie le interesa qué es cierto y qué no.

 

Después acá vas a ver a Coca. Coca le decimos porque está siempre contenta. Coca te responde si le hablás. ¿Cómo que no me creés? Mirá, le digo, Coquita, vení a saludar y ella viene, vas a ver. Coca, Coca, ves, es obediente y escucha, entiende, aunque también le podés hablar con la mente, pero ahí quién sabe si te escucha, te entiende o qué hace. Capaz ahí no te obedece.

 

La hija de mi jefe, mi compañera de trabajo, me dijo que no creía que su padre fuera gay. Le conté que estaba viéndose con un ex compañero nuestro que había seducido durante el tiempo que todos habíamos compartido en la oficina. Le dije también que le podía proporcionar la dirección del hotel alojamiento donde se encontraban semanalmente. Me dijo que no le interesaba para nada esa información y que en todo caso esperaría a que su padre se la proporcionara. También, enojadísima, me preguntó por qué yo tenía que meterme con su familia y pidió que me olvidara por completo de ella y de su padre. Que personalmente haría lo imposible para que me echaran porque no quería trabajar con una mala persona, dijo también. Que (¿yo?) era una morbosa y una chismosa, sentenció además. Y que mejor fuera comprando los clasificados, remató.

 

Este encuentro fue inquietante. Me gané un “morbosa” por intentar sacarle la venda de los ojos a alguien que quería y liberar a mi jefe de la pesadilla de asumir su sexualidad con su familia. Morbo, del latín Morbus, enfermedad, atracción a lo desagradable. Las preguntas eran cada vez más: ¿Era yo la que tenía atracción a lo desagradable? ¿O simplemente todo a mi alrededor se había convertido en desagradable?

 

Cuanto menos hables mejor. Cuanto menos sepan ellos que vos estás acá mejor. Te tenés que camuflar, entre las cosas blancas y verdes, entre las cosas que están vivas y las cosas que no, tenés que moverte con nosotros, no separarte, no distinguirte, mantenerte en movimiento pero quieta. ¿Sabés cómo te movés quieta? Es fácil, tenés que practicar.

 

Peor fue la reacción de mi padre. Cuando le dije que mi hermano se gastaba la plata que él le daba para ir a la universidad en salidas con sus amigos, mi progenitor me espetó un “buchona”. ¿Vas a seguir pagando? Le pregunté. Su respuesta fue tajante: “Hacer sociales también es una forma de educarse”. Mi hermano nunca me comentó nada sobre mi “buchoneo” y si bien en algún punto su silencio me alivió, ver que mi cruzada por la honestidad seguía siendo una carrera contra la nada me empezó a preocupar.

 

La hora nunca se sabe, salvo por las comidas, mejor que no te preocupes por el tiempo, el tiempo acá es como el espacio, como las cosas que flotan, el tiempo pasa más lento para nosotros, no hace falta que te preocupes por él, no hay necesidad, salvo cuando tengas sueño y sea de día, ahí podés calcular dormir una siesta, la siesta es linda, linda, dormir y despertar el mismo día, es como si vivieras el día dos veces, es como si le ganaras un día al día, ¿te gusta dormir la siesta a vos?

 

La semana que llegó mi telegrama de despido resolví hacer la cena familiar para continuar con el sincericidio. Empezaría un nuevo trabajo, empezaría una nueva vida, sería finalmente libre de todos esos secretos con los que ya no podía ni respirar.

 

Libre. Libre. Libre.

 

Llamé a mi tía, a mis padres y a mis primos. La cita era en un restaurant de Avenida de Mayo. Anoté en mi cuaderno: “Primer día del resto de mi vida”.

 

 

III.

Era como se la había imaginado. Muchos árboles de diferente tipo, césped, césped, césped. Le habían dicho que allá habría más verde del que había visto en su vida. Le habían dicho que tenía que mantenerse tranquila y que esa naturaleza, más de la que podía soportar, sería parte de su nueva vida: una mejor, menos estresante, más conectada con lo “espiritual”. En qué consistía su espíritu, eso no lo sabía, quizás nunca se lo había preguntado. Había muchos perros por el parque y una señora mayor sentada en uno de los bancos de plaza instalados a la entrada le sonrió ni bien la vio entrar mientras jugaba con una caniche a la que llamaba Coquita.

 

En la recepción la atendió una enfermera con piel amarillenta. La miró de arriba abajo y lo miró a él, que le dijo que tenían que ver al Dr. Monetti a las diez de la mañana.

 

Así se llamaría el doctor si esto fuera una película argentina, pensó ella. Pero no habló, solo bajó la mirada y trató de concentrarse en parecer lo más sana posible, aunque eso fuera absurdo, dado que estaba entrando a una clínica psiquiátrica y probablemente allí se quedaría un tiempo considerable. Cuánto, quién sabe.

 

–Primero solo Ud. –le dijo Monetti al padre cuando abrió la puerta de su consultorio. A ella le dedicó una mirada compasiva y una sonrisa a medias.

–Entonces el diagnóstico es esquizofrenia? –preguntó el padre.

–No –dijo Monetti–, puede ser bipolaridad.

–Pero si escucha voces –balbuceó el padre.

–Evidentemente tiene un conflicto con la realidad, pero puede ser un trastorno de ansiedad, producto de la bipolaridad.

–El problema es que ella cree que son verdad cosas que no son verdad.

–La verdad no existe, acá lo sabemos muy bien, son todas interpretaciones.

 

Se levantó de la silla cuando entendió que le tocaba a ella reunirse con Monetti y se concentró en parecer menos loca de lo que se sentía; así se ahorraría el electroshock, pensó. ¿En qué año estaba? ¿Se seguía usando el electroshock? ¿No había técnicas menos invasivas?

 

–¿Se sigue usando el electroshock? –preguntó ni bien se sentó.

 

Monetti la miró en silencio y sonrió. Tras él un ventanal con muchísimos pinos, a su lado su padre, en silencio.

 

–Para nada, Romina, es una técnica olvidada desde mediados de los setenta –explicó el galeno.

–La época de esplendor de la picana eléctrica –dijo ella.

 

Nadie tenía ganas de reírse, pero ella lo hizo por los nervios. Fue la única en hacerlo. Más nerviosa estaba, más loca parecía.

 

–¿Querés contarme qué fue lo que pasó? –dijo Monetti.

–¿La versión corta o la larga? –dijo ella.

–La que quieras.

–Pasó que empecé a decir verdades demasiado incómodas.

–¿Incómodas para quién?

–Para todos, sobre todo en mi familia. Mi primo es adoptado, comprado en Santiago del Estero y…

–Basta con ese delirio –la interrumpió el padre.

–Bueno, entonces debería empezar por la versión larga –tiró en un suspiro Romina.
–Por favor –dijo Monetti.

–Me desperté ese día convertida en algo que no era pero que nunca más iba a dejar de ser en adelante: una sincericida. Fue como un virus, una elefantiasis de moral

 

 

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