Historias sin punto final
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#7 · En vuelo

Por Marián Benítez Weisz

Ph Yami Guns

 

Mi compañero de vuelo por fin se quedó quieto. ¡Ojalá se duerma hasta que lleguemos a Río!

 

Desde que abordamos ha estado atento a su notebook y a su celular. Y no ha parado de jugar con su anillo de bodas, al que ha hecho girar sobre su dedo constantemente.

 

Me tranquiliza que haya pasado los controles aduaneros sin problemas. Sería el colmo que encima fuera un loco desquiciado gritando “¡Bomba!”

 

Obviamente está en viaje de negocios; si no, no se explicaría por qué está yendo de traje y corbata rumbo a Río de Janeiro.

 

Por lo que se ve no ha de ser un alto ejecutivo, o no estaría viajando en clase turista. Y viéndolo bien, su reloj no es de primera marca y sus zapatos son de dudosa cabritilla. Definitivamente no es ni un abogado exitoso ni un contador prominente. Seguro es ingeniero. Solo ellos usan zapatos con suela de goma.

 

Ahora que lo pienso no sé si está yendo en plan de trabajo, o si está volviendo a casa.

 

¡Ay, qué intriga! ¡Cómo me gustaría descubrirle sus secretos! No estaba tan nervioso por nada…

 

Ahora quisiera que se despierte, haber qué hace.

 

Distraída, viendo el serpenteo de un río que corta la planicie bajo nuestros pies, lo escucho balbucear. No entiendo lo que dice. Murmura algo inasequible.

 

Tiene un tono de voz grave que se pierde entre el murmullo del pasaje. Alguien tose; un bebé llora; los inquietos de siempre van al baño a cada rato; el infaltable “toca botones compulsivo” que llama a la aeromoza sin querer…

 

Mi curiosidad, o mi aburrimiento, me tienen en vilo. Quisiera detectar alguna de las palabras que se le escurren de los labios.

 

De pronto suelta un “sí” y enseguida exclama un ¡no! Y después se calma…

 

Un rato después escucho claramente que dice “mis hijos” y después dice “perdón”.

 

Entonces la angustia lo despierta.

 

Dicen que los deseos reprimidos se revelan en los sueños. Los miedos también… y los secretos.

 

Me hago la abstraída y miro por la ventanilla. Él se yergue en su asiento y vuelve a encender la notebook.

 

Mientras espera que el sistema operativo abra sus funciones marca un número en su celular. Está ansioso. Otra vez juega con su alianza de oro.

 

Lo atiende Laura, pero él quiere hablar con su hijo. Al niño le habla con ternura. Le promete volver de Brasil con regalos para él y para su hermana. Luego habla con la nena y la felicita por el 10 obtenido.

 

Con Laura no es tan cariñoso, aunque se esfuerza. A ella también le promete algo lindo.

Se lo nota inquieto. Se siente culpable. Juega todo el tiempo con su alianza.

 

Le preocupa la realidad tanto como el sueño que tuvo. Un sueño corto en el que tal vez asumió un error. Donde algo negó, donde pidió perdón y por sus hijos.

 

El tapiz de su pantalla muestra a su familia. Es perfecta. Hasta el perro es rubio.

 

Esa debe ser Laura; a ella no le brillan los ojos. Ella debe conocer su secreto.

 

Entre todos los íconos elige abrir el de imágenes.

 

La alianza gira en su dedo, una y otra vez. Él descarga tensiones con ese juego sin fin.

 

No alcanzo a ver el nombre del archivo, pero la foto muestra a varios ejecutivos en celebración.

 

Mi compañero de vuelo está entre ellos, justo al lado del joven moreno y apuesto que se le colgó de un hombro para inmortalizar el momento.

 

Abre otro archivo y ese mismo joven apuesto aparece compartiendo con él un trago, en las arenas de Leblón. Y en otra foto participan de una cena en Copacabana.

 

Ese mismo joven, bronceado y sonriente, lo abraza en el Corcovado y le acaba de arrancar un suspiro ahora mismo.

 

Marca otra llamada. Sigue jugando con su alianza. Todo el tiempo la hace orbitar en su dedo.

 

Del otro lado de la línea está Laertes. Ahora no tiene que forzar un trato afectuoso, le sale espontáneamente. Tiene el rostro relajado.

 

Juguetea con su anillo, sin pensar a qué está jugando.

 

Lo escucho hablar: “Sí, aterrizaremos en media hora… Bien, nos encontramos ahí… Yo también”.

 

Yo sigo mirando hacia afuera. Él se inclina un poco hacia mí para poder ver la ciudad desde arriba. Entonces, con un dejo de resignación y su voz grave, me dice: “¡Es una pena vivir tan lejos de Río!, ¿no?”

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