Historias sin punto final
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#1 · Encierro

Por Gloria Colombo

Ilustración Floripo

 

Es un lugar sombrío. Las ventanas altas, las paredes grises, no hay acceso directo a la luz del día. Para llegar a un patio redondo y oscuro hay que atravesar largos pasillos, que conectan con avenidas que a su vez desembocan en pabellones. Dos, tres, a cada lado, según el caso. En los pabellones hay camas.   Altas, con bordes y respaldos de hierros sencillamente forjados. Siempre estuvimos aquí.  No  recuerdo otra cosa.

 

La comida es poca y mala; la ropa igual. Así que cada una agarra lo que puede, y en ese momento solo hay una asistente frente a la ropa que donan las visitas. Porque hay gente que viene a visitar. En realidad somos todas desconocidas.  Pero vienen a hacer su obra de bien. No sé qué harían si fuésemos  parientes o conocidas. Pero los que vienen son los otros, los ajenos, que nos traen cosas. Y entonces es como si fuese la guerra, o un campo de refugiados. Todas nos abalanzamos sobre los montones de ropa y cajas de dulces y latas de sardina.

 

A veces la cosa es más organizada. Ponen una mesita en el extremo de cada avenida y nos van llamando por nuestros nombres, según los pabellones. Y ahí nos dan. El tema es cómo anda una con tal o cual enfermera que en cada ocasión distribuye. No sé cuánto tiempo hace que estoy aquí porque tampoco sé mi edad. ¿Treinta? ¿Cuarenta? Me comparo con fotos de actrices que hay por ahí, mirándome al espejo:

 

–Yo soy como esta.  ¿Cuántos años tendrá esta?

 

Vanidad, orgullo, un maldito ensueño. Pero viví lo suficiente como para tener amigas y pelearnos; para tener algún novio, amigovio o lo que fuese. Nunca más que eso, porque no quiero problemas.

 

Otra forma de calcular la edad es la cantidad de secretos que tenés. Nos divertimos con mis amigas sacando cuentas: Milagros, Ana, Silvia. Alguna vez hasta imaginamos  que nos íbamos. Claro que nunca intentamos abrir la puerta.  Da miedo. Abrir la puerta y ¡zas! Esos precipicios que se ven en las películas.

 

Acá en el comedor te ves con todo el mundo, es divertido. Imagino si me quedara allí sola, si nadie se sentara conmigo… ¡Qué feo se vería eso!

 

A veces imagino que soy una ficha de ajedrez: un alfil, una torre. No me gusta imaginarme reina porque entonces debería ir para todos lados y me da miedo; tampoco peón, porque son ¡tan chiquitos! ¡Tan limitados!

 

Silvia es una mina de la que nunca podés decir… Es pata, todo, pero no podés decir.  A veces resulta tan distante que no sabés si realmente quiere o no quiere estar con vos. Para mí que guarda secretos que quién sabe cómo le vibran. Es como si uno, alguien, pulsara el arco y tocara un presto sobre un violín muy sensible… Un violín que solo está disponible en ocasiones para un lento, o para callar y dejar que hable el cello. Entonces se va, se aísla, no te contesta por días.  Al principio yo sentía el impulso de ir hacia ella, de preguntarle, pero me di cuenta que era por mí que lo hubiera hecho, no por ella.  Entonces me quedaba quieta y resultó, ella volvía como si nada. Cosas del alma humana. Es lo que tiene estar aquí que uno puede auscultar corazones o hacerse a la idea de que puede.

 

La idea en firme me surgió bajo la ducha. ¿Qué cosa ha de hacer una cuando se levanta en medio de una cantidad de gente que no eligió? Ducharse. Si es posible, con agua fría. Después, si querés, podés usar el agua caliente.  Exactamente al revés de lo que te ordenan.

 

Estaba cambiando el agua de fría a tibia y de tibia a caliente, cuando la idea apareció. Chorreaba como agua por la cabeza. Irse. Que ellas me dijeran:

 

–¡Dale!

 

Milagros, Ana, Silvia.

 

Pero por alguna razón, la idea, poderosa al principio, después fue perdiendo fuerza, se fue decolorando como una remera vieja.

 

Acá hay una pecera. A mí me gusta mirarla. Los peces parecen felices; no sienten culpa; a veces imagino que soy uno de ellos. En la pecera, claro. Porque el mar de las películas da miedo.

 

Un día hablamos, y ellas me contaron que estaban aquí porque se habían fugado de algún lugar, que los padres les pegaban. ¡Cosas increíbles! ¡Como si yo fuese a creerles! Todo mentira. Confusas escenas de amores y traiciones, de castigos, de maltrato, de abandonos, de bombas y persecuciones.  Fue como bucear en el Riachuelo que vi en la televisión: oscuro, sucio, pobre. Ahora nos buscan y nos miran y ya no es como era antes, ahora nos ven tan calladas, como los peces.

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