Historias sin punto final
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#25 · Idea del Secreto

Por Fernando Moauro

 

Si algo es, no se lo puede conocer.
Si se lo puede conocer, no se lo puede decir.
“Sobre el no ser”,  Gorgias de Lontino (Secretado fragmento)

 

Se cuenta de Zenón de Elea, discípulo de Parménides, que siendo atrapado en conjura contra el tirano Diomedonte no confesó, mientras este lo interrogaba entre torturas y suplicios para extraerle testimonio por la conspiración. Se cuenta que Zenón se arrancó la lengua, mordiéndola con sus propios dientes, prefiriendo eso antes que hablar. Escupió luego su silenciosa lengua a la cara del tirano.

 

Se lo habían inventado para ellos. Habían inventado el juego, un juego, y ellos eran dos. Las reglas del juego no habían sido dichas ni estaban escritas, pero siempre eran; y la vieja y el viejo, los únicos que sabían jugar. Difícilmente entonces podamos aquí mentar la esencia del juego. Tal vez, tampoco la vieja y el viejo hubieran podido contarnos o hablarnos de ella. Y quizá, tampoco ahora puedan ellos contarnos el ser del juego. Mientras jugaron se les podía ver risueños, ensimismados, alegres. De aquí para allá, todos los días, al alba o por la noche, con sol o con lluvia, en primavera o en otoño, a ellos los veíamos jugando al mismo juego. Otras veces, serios o apesadumbrados, llorosos o preocupados, sabíamos que, no obstante, jugaban al juego. Y sabíamos nosotros, los vecinos y los hijos de vecinos, que era el mismo juego justamente porque no lo conocíamos. Movimientos, gestos, palabras, miradas, jugadas, rodeos y fintas, esas cosas se repetían, y entonces, nosotros, los vecinos y los hijos de vecinos, las reconocíamos como formando parte del mismo acontecimiento. Pero giraban en torno de algo que a nosotros se nos escurría, se nos escapaba. Y puede que a ellos también. Y luego esas cosas que se repetían, esas que nuestros ojos adivinaban como dando forma y color al juego, al final se desvanecían de tanto que se sucedían. Pero allí seguía el juego al que no se veía.

 

Pudimos saber nosotros que a ellos el juego los hacía livianos, ingrávidos. Se alejaban de las calles y el que los miraba veía como se marchaban; se volaban en los parques y el que estaba con ellos notaba como fugaban a los cielos; escapaban de los cuartos, de las piezas, de los comedores y de las terrazas, y quienes se acercaban, miraban el modo en que ellos se retiraban. Pero a veces alguna jugada los ponía pesados y todo el piso se hundía, con ellos encima; y nosotros mirábamos como el piso se quebraba o las sillas se caían. Pero a nosotros todo eso ni nos tocaba ni nos sacudía y porque no jugábamos, el juego nos ponía aparte.

 

Sin embargo, una tarde roja, de sol caído y calor exasperante, la vieja y el viejo no supieron ya cómo era que se jugaba. Lo olvidaron por completo, y enrarecidos, se apartaron, uno del otro, cada uno, tal vez, portando algún otro juego y, no obstante, sin dejo amargo por lo dejado.

 

Se apartaron: escondo con palabras lo que no necesita escondite, porque sobrevuela inasible.

 

Escribo sobre ello. Por encima de ellos. Soy su secretario y nos tapo. Ni la vieja ni el viejo han nunca conocido el secreto de su juego. Y tampoco nosotros que vimos lo lúdico, y que vimos, pero apartados. Podemos glosarlo, comentarlo o imaginarlo, no obstante evasivo, se posa tras un velo.

 

En el escritorio escribo. He leído algo sobre aquello que se mantiene apartado, sobre el misterio, sobre lo que un coro cantaba y frente al cual un hombre callaba. Pero lo secreto (lo  secreto de Creta, o el del juego de los viejos, o el de las danzas de Eleusis) es sin erosión, mantenido impoluto, no pudiendo secretárselo: si ocurre secreción, esta llega antes o después, en un tipo especial de posteridad, a la que nunca se llega; digamos que si llega, ocurre intempestivo. Porque la flecha de Zenón no se mueve, ni aquí ni allá; así como tampoco hay flecha alguna. Y Aquiles, siempre alejado de la tortuga, le cuchichea a distancia su secreto. Para nosotros resultan mudas raras lenguas. Al cuchicheo, sin embargo, se lo calla. Sacra lechuza que hace ¡shh!

 

La diferencia que los humanos hablantes gustamos pulir entre nosotros y las tortugas o las torcazas o los peces, resultaría entonces velo si de palabras dichas hablamos. Lo postulo como el concepto de concepto, que olvida resto –diferencia que, de por sí, proviene de un secreto, que secreta cosas en los minutos y en los metros pero que, a pesar de los colores y a pesar de las figuras, es siempre velo. Develar el concepto hace mudo, o bien, muda.

 

“El corazón que no tiembla de la verdad”: esas son las reticentes y escasas palabras que, apremiado por sus compatriotas, Parménides de Elea indica a propósito de lo que mejor hay que callar.

 

Entonces ¿por qué hablar de lo que no se puede decir? O para embarrarse mejor ¿por qué escribir de lo que se habla? “¿Qué hay detrás de la ventana?”, pregunta Roberto Bolaño; un vanidoso Dalí responde: “lo que hay en el cuadro”.

 

A través de unos golpeteos que no dan pie con bola, pero que hacen a “pie” y tallan a “bola”, ocurre rodeo que se espirala: único secreto es el del silencio –incólume, virginal. Escandiendo piedras, abriendo bosques y pelando pieles, jalando lienzos y arrancando tapados, secretamos, y por ello no alcanzamos a dar con el yeite oscuro. Queda mancha: cicatriz, escara, tatuaje y letra.

 

Pañuelo arrugado y plagado de sal y fluidos: restos del llanto. Pero la voz que secreta al llanto y que derrama lágrimas y que escupe toses, a esa voz, se la pierde: se vuela, se fuga entre gemidos con los vientos del aire.

 

Se pinta un lienzo. Se pinta un velo: he ahí al pintor.

 

En el siglo IV antes de Cristo, Parrhasius de Éfeso pinta lienzo sobre un lienzo. Algunos piensan que nada ha pintado. Pero ha pintado a velo. Mil doscientos años después, Michelangelo Merisi, alias Caravaggio, hace rodear a las formas de un impenetrable negro. Dos modos del secreto.

 

“Al rincón” grita la madre al niño que luego callado observa lo negro: mira sombra, la sombra del velo.

 

Por fuera del código, por fuera del lenguaje, por fuera del catastro, por fuera de la comunicación, por fuera de la foto, por fuera de la policía, por fuera de la ciudad, la vida deja de ser privada. Ocurre un acompasamiento íntimo, secreto.

 

Sacro secreto. Intocable, inodoro e indecible. Es no importante y no consagrado, pues no depende del  rito –gestos engarzando palabras– que los realiza. Quizá provenga de una cierta mirada que se extasía, que se fascina. El drama que se repite –gestos engarzando palabras– es de este mundo –lo que convoca, de no sé cual.

 

Secretar: dejar de lado  lo que aglutina socialmente. Ni palabras, ni jerarquías, ni signos, ni direcciones, ni comodidad. Mudo secreto que calla. Y  porque calla es que cala. Hiende su filo, imperceptible y total filito, en una cierta carne organizada. Cala hondo, cala hacia un insondable abismo, sin sonido. No taciturno, sino más bien extático.

 

Secreto incómodo, secreto en el rincón de una habitación sin nadie adentro. Sacro secreto que secreta, “sucio, mal vestido y lleno de amor”.

 

A secreto no se lo figura, pero empuja y provoca  figuración.

 

A secreto no se lo doma, pero desarzona  y provoca dominación.

 

Cuenta Apuleyo que Cupido en forma de pájaro abandona a Psiqué, cuando esta casi lo vio. Transliteración posible: antes que un pensamiento, Amor es un desvanecimiento.

El viejo decía de la vieja: “me derrito cuando la veo jugar”.

 

Cuenta Ovidio que el cazador Acteón es devorado por sus propios perros cuando contempla a Diana, momento sin tiempo en el cual, la Diosa cazadora lo convierte en ciervo. Transliteración posible: antes que alcanzar un objeto, Deseo se desvanece en la forma a la que aspiraba.

 

La vieja decía del viejo: “me mata verlo jugar”.

 

A secreto entonces se lo vela. Pues hay que callar sobre lo que se sabe, y más, sobre lo que no se sabe.

 

Se cuenta de Zenón de Elea, discípulo de Parménides, que siendo atrapado en conjura contra el tirano Diomedonte no confesó, mientras este lo interrogaba entre torturas y suplicios para extraerle testimonio de la conspiración. Se cuenta que cedió en cierto momento, pero que por discreción, solo hablaría en secreto al tirano. Cuando Diomedonte acercó su oído a la boca del torturado para que este le susurrara los nombres de los conjurados, Zenón le arrancó la oreja con sus dentelladas. Escupió luego la oreja amputada a la cara del tirano.

 

Mejor me callo.

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