Historias sin punto final
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#15 · La luna los hará arrepentir

Crónica ETER por Aníbal Mon 

Ph. Guille Llamos

Acá en Punta Querandí, entre Tigre y Escobar, la tierra no sabe guardar secretos. El agua del Canal Villanueva acaricia la ribera, desintegra la costa con su tenue oleaje y revela misterios enterrados que cuentan historias de mil años de antigüedad.

 

Flotando junto a botellas plásticas, de esas que arroja la gente y la marea arrastra, pueden hallarse trozos de vasijas milenarias de comunidades aborígenes que habitaron este espacio, huesos fosilizados de animales ya extinguidos y hasta restos humanos de pobladores originarios que descansan en cementerios ancestrales sepultados por la codicia y la ambición.

 

No hace falta viajar hasta el Pucará de Tilcara, en Jujuy, o hasta las ruinas del Machu Pichu, en Perú, para descubrir vestigios de culturas exterminadas por conquistadores europeos que cuentan, en la actualidad, con europeizados mercenarios “made in Sudamérica” dispuestos a continuar su obra.

 

A una hora del Obelisco, un grupo de descendientes de aborígenes quom, kollas y guaraníes conforman el Movimiento en Defensa de la Pacha (MDP). Esta organización lucha, desde hace más de una década, por preservar tesoros arqueológicos y sitios sagrados que aún subsisten, y que el insensible negocio inmobiliario impulsado por la desarrolladora Eidico pretende –y en parte consigue– borrar del mapa a fuerza de countries y barrios privados.

 

Es una tarde invernal de sábado: fría, gris y mojada por una fina llovizna. Los mates semidulces y las esponjosas tortafritas cocinadas por el quom Alberto Aguirre ayudan a mitigar el hambre derivado de la falta de almuerzo y a combatir la baja temperatura reforzada por la humedad que arrojan el Villanueva y el Arroyo Garín, ubicado a solo 100 metros.

 

A esa altura, la Pachamama o Madre Tierra, se había transformado en una capa de barro espeso que se pegaba en las zapatillas al deslizarse como por encima de una pista de patinaje sobre hielo. El porrazo era una posibilidad latente que, solo por azar o por malabarismo puro, no llegó a consumarse.

 

Un bote amarillo propulsado por una soga que cruzaba de orilla a orilla fue el medio de locomoción para atravesar el Garín y desembarcar en Punta Querandí. Hasta hace no mucho tiempo, allí había un puente de metal que se derrumbó por el viento y la erosión lógica, pero que el Municipio de Tigre nunca volvió a colocar a pesar de los reclamos.  Durante la navegación, dos mojarras medianas emergieron a la superficie de un salto, a modo de bienvenida. Atrás habían quedado los cinco kilómetros que separan aquel lugar de la localidad de Ingeniero Maschwitz (Escobar) y las diez cuadras por el fango de la calle Brasil.

 

De la ronda de mate y de la charla participan Alberto, el quom de las tortafritas, y Valentín Palma Callamullo, un kolla de 31 años nacido en Parque Patricios pero que lleva en sus venas sangre andina. El joven acampa allí de manera permanente, junto a otros dos miembros del MDP, para custodiar el sitio sagrado de la amenaza Eidico, la desarrolladora dirigida por el empresario Jorge O’Reilly, que pretende utilizar esos terrenos –que dice propios– para construir un amarradero de yates destinado a los vecinos VIP de sus exclusivas urbanizaciones.

 

Un alambrado, el canal, algunas garitas de vigilancia, cámaras de seguridad y una entrada protegida con barreras separan aquel campo minado de reliquias de las lujosas casas de los countries San Benito y Santa Catalina. Este último con nombre de mujer fue edificado –según estudios arqueológicos y relatos de habitantes de la zona– encima de los cuerpos de aborígenes sepultados en un cementerio de mil años de antigüedad. Así lo delata Raquel, una antigua pobladora del lugar que asegura que, cuando ella era chica, extrajeron del patio de su casa un cuerpo del enterratorio ancestral sobre el que hoy se levanta el barrio cerrado.

 

Como si fuera una metáfora de la realidad, del otro lado del alambre niñas y niños de cabellos dorados suelen entretenerse de vez en cuando a través de un particular juego: “atrapar al indio”.

 

La resistencia le valió a los integrantes del movimiento –que ya tramita su personería jurídica– ser víctimas de constantes intimidaciones y atentados contra las instalaciones del acampe y los sitios rituales. La más reciente fue una orden de desalojo “sumarísimo” dictada en las últimas semanas por supuesta usurpación. La defensa que encararon con sus abogados se basa en el derecho indígena, preexistente al derecho de la propiedad privada capitalista.

 

Además de cuidar el lugar, la comunidad montó allí el Museo Autónomo de Gestión Indígena, oficia ceremonias ancestrales para cultivar la identidad y la espiritualidad y reivindica prácticas milenarias mediante la siembra de plantas medicinales, la alfarería con arcilla, la cestería con totoras y la construcción con techos de kapi’i ñarõ (paja brava en guaraní) y paredes de barro.

 

Pero a pesar de todo, hay quienes se oponen a que esa tierra siga revelando sus secretos. “Lo que hay en este espacio son las reliquias y los antecedentes de hace unos mil años de los ancestros que pasaron por acá: los querandíes, los guaraníes, los chaná y timbú. El negocio inmobiliario dejó a la vista estos sitios arqueológicos, enterratorios y espacios sagrados para nosotros. Pero trastocó todo el territorio, lo destruyó, lo rellenó”, cuenta Valentín.

 

A partir del 2000, con la obra de extensión del Canal Villanueva realizada para darle una salida náutica a los barrios de Eidico, empezaron a aparecer en la costa, por la erosión del agua, vasijas y restos de animales fosilizados.

 

Frente a la presión de la comunidad, en diciembre del 2008, la empresa se vio obligada a cumplir con un trámite: contrató a dos arqueólogos que, en apenas diez días, extrajeron 120 mil piezas enterradas en una porción de terreno de tres metros por seis: 100 mil de fauna, y otras 20 mil de cerámicas y distintos instrumentos de hueso.

 

Con esa fugaz intervención la desarrolladora dio por concluido el estudio del impacto arqueológico y los elementos extraídos nunca fueron puestos a disposición del Estado ni de la población para conocer más secretos que esos objetos pudieran revelar sobre el modo de vida y la cultura de los pueblos originarios.

 

“Empresarios invasores, cual conquistadores de hace cinco siglos que con su accionar irresponsable de profanar sitios sagrados y vejar ancestros que estaban descansando, generaron este movimiento y nos congregaron acá. De alguna manera, esto fue como un llamado para nosotros”, agrega Valentín.

 

Los que habitan hoy este lugar dicen que los espíritus de los ancestros se manifiestan de manera espectral para hacer tronar el descontento. “Allá por el 2010, cuando la zona aún no estaba alambrada y el Santa Catalina todavía estaba en construcción, Eidico había contratado a dos gariteros para cuidar sus posesiones. En las noches los vigiladores cruzaban el Villanueva con su bote y se quedaban con nosotros, en el fogón, porque decían que ni locos se quedaban en la garita… que dos espectros los perseguían y no los dejaban en paz”, cuenta Alberto.

 

Además, relata que en una charla que dieron hace un tiempo en Maschwitz para visibilizar su lucha, apareció una señora y contó que su hija tuvo que vender la casa de Santa Catalina e irse de allí porque en la pieza de la nena menor de la familia se aparecían dos figuras. A raíz de esos sucesos, consultaron a curas y a brujos y la única explicación que les daban era que, cerca de ese lugar, en las vías del Ferrocarril Mitre, podría haberse producido algún accidente con víctimas fatales. “Cuando se enteró lo del cementerio indígena sepultado por el barrio dijo: ‘Ahora me cierra todo’”, expresa Alberto.

 

También explica que es habitual para él y sus compañeros percibir figuras que los rodean, como protegiéndolos, y que, llamativamente, cada vez que los problemas los agobian, las soluciones y respuestas para seguir adelante aparecen “como por arte de magia”.

 

“Una noche, estábamos acá con Graciela –otra integrante del MDP–, hacía un calor tremendo, no había una gota de viento y, de repente, la wiphala del mástil empezó a flamear sola. Estaba junto a otras banderas a la misma altura que permanecían inmóviles. Empecé a sacar fotos, Graciela se acercó y dice que sintió una energía terrible, se le paraban los pelos. Las fotos de ella salían como con una bruma de abajo. Al otro día, cuando le quisimos mostrar las fotos al resto, estaban todas negras, no se veía nada”, asegura Alberto aún conmovido.

 

Para la espiritualidad aborigen, hay un ordenador cósmico que rige la vida, una justicia que imparte la naturaleza, la madre tierra y que llega, tarde o temprano. “La pacha es más fuerte, más sabia, es cuestión de tiempo nomás”, se esperanza Valentín.

 

Este joven kolla que habita una especie de isla en el conurbano cree y confía en que el orden natural pondrá cada cosa en su lugar cuando llegue el momento y hará sentir su escarmiento. Él sabe que la luna rige el agua, los cursos hídricos y las mareas.

 

“O’Reilly y estos empresarios inescrupulosos generaron un desastre y todavía no ha pasado lo peor. Hace unos años, acá hubo muchas lluvias, sudestada y una marea inusual que bajó del Paraná. Es cuestión de tiempo para que esas tres cosas coincidan otra vez. La gente que quede tapada por el agua va a saber dónde mirar. Lo espiritual, lo sagrado y las creencias juegan un rol, será como un escarmiento del todo y sería muy triste que pasara eso”, reflexiona.

 

Es escaso el legado que dejó el pueblo querandí antes de ser exterminado por el invasor; todo fue destruido, aniquilado, guardado como un secreto, y son pocos los herederos de esa cultura ancestral. Pero para Valentín resulta paradójico que, entre las casi inexistentes huellas conservadas de la lengua de los querandíes, se haya preservado una frase, un maleficio. Antes de ser diezmados por los españoles, los aborígenes de esa etnia lanzaron esta amenaza, tendiente a impartir justicia, que aún aguarda ser cumplida: “Agassaganup O Zobá” o, traducida al castellano, “la luna los hará arrepentir”.

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