Historias sin punto final
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#20 · Obscenidad

Por Ana Eva Iglesias
Ph. Soffi SurferRosa

Silencio. Cierra la boca. Calla los oídos. Venda los ojos.

 

Tiembla de miedo en ese preciso hueco donde se esconden millones de emociones a punto de ser descubiertas por un extraño que se dispone a observar sus miserias, su hermosura y su inocencia. Quizás ella no tenga idea de lo que está sucediendo realmente. Mejor dicho, sí la tiene, es probable que no sea la conciencia de lo que ese otro tiene como objetivo.

 

Se estremece entre sollozos, más silencios, pavor, vergüenza, drama, miedo, un sinfín de sensaciones en instantes efímeros. El tiempo se detiene como si fueran horas. Fueron simples minutos de humillación, desconcierto, violación, ultrajo de sí misma.

 

Se pregunta por qué nadie escucha esos gritos silenciosos que le salen desde el medio de sus entrañas. Por qué siendo alguien indefenso, con una edad inocente y corta en la cual el mundo debería defenderla, todos se ocultan tras los disfraces de una vida complicada y ensimismada en cuestiones más importantes. Por qué ese sujeto se obsesiona tanto con desnudarla y llegar a hurgar tan profundo para llevarse una parte de ella. Cuál es el sentido de tanta desfachatez con un ser tan pequeño.

 

Muchas preguntas. Una respuesta inminente. En ese momento comprende el poder que tienen las miradas y cómo en realidad los ojos nos muestran la esencia de las personas. Sucede que tamaño aprendizaje se presentó siendo apenas una niña que empieza a descubrir el mundo, motivo por el cual no comprendió lo sucedido entonces.

 

Un baño, una puerta que permite la visión de una persona alta. Ella ahí, sentada tratando de ocultarse de esos ojos inquisidores, negros profundos, que llegaban a su cuerpo como si fuesen las manos de alguien que la manoseara, como si una boca susurrara en sus oídos la cantidad de cosas que le haría si pudiera. No necesitó que la toquen para saber lo que era la sexualidad de otro desenfrenada y con ganas de saciar su sed violenta, perversa, obscena.

 

Llantos escondidos. Sus gritos no se escuchaban, su voz estaba trunca. Las piernas ya dormidas de estar sentada y tiesa esperando el fin de ese momento. Temblaba de miedo de que ese tipo pudiera abrir la puerta y ella se convirtiera en una presa fácil. Sus plegarias fueron escuchadas. Se fue. Esos ojos malditos se retiraron de allí, con la misma impunidad con la que habían llegado. Respiró. Empezó a llorar en un silencio mayor al anterior, con angustia y temblando como si tuviera fiebre. Tenía que enfrentar una realidad mayor, las preguntas que a continuación llegarían cuando le vieran la cara. Imposible disimular el llanto y lo vivido. Su transparencia era una de sus cualidades. ¿Qué decir? ¿Cómo hacer para no preocupar a quienes con todo su amor la cuidaban de cualquier mal? ¿Sobre todo los de ese tipo. ¿Cómo puede haber sucedido tal cosa estando sus guardianes tan cerca de ella? ¿No lo pudieron percibir?

 

De alguna manera era primordial proteger a los otros de los males, sobre todo si tenía que ver con ella. Y ahí fue, con una fortaleza de esas que igual muestran dolor y drama con un cuento chino, un abrazo y una palmadita: “estoy bien, sólo que se me vino a la mente lo del otro día, no puedo creer todavía lo que paso”. Mentira. Hablaba de un hecho que los tocaba a todos de costado, por al lado, pero no era directo. Sacó la pelota del campo de juego y supo que ese sería  el secreto mejor guardado en toda su vida. Aún sabiendo que a ese sujeto que la intimidó lo seguiría viendo durante mucho tiempo en el mismo lugar. Con la precaución de no ir nunca más a ese baño maldito que la mantuvo cautiva durante esa efímera eternidad.

 

Guardamos secretos por vergüenza, por miedo, por protección (propia y ajena). Guardamos los de otros y los llevamos como tesoros que nos confían. Porque en definitiva eso son un poco, pequeños tesoros que nos muestran quiénes somos y lo que escondemos. Cuando abrimos ese cofre dejan ya de tener ese sentido oculto y misterioso, nos volvemos más transparentes y auténticos. Ojalá todos tuviéramos el valor de abrirlo y poder sacar afuera esos monstruos que se esconden y nos ocultan de nosotros mismos. Quizás la carga sería más liviana y la vida más sencilla.

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