Historias sin punto final
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#12 · Perdido

Por Christian Ali Bravo

Ilustración Andrés Fuschetto

No sé si vos lo sabés (ojo, no es un secreto tampoco) pero nunca jugué a la bolita. Nunca. Desconozco si fue por circunstancias generacionales o simplemente de contexto, pero nunca jugué. No vi a nadie hacerlo en la plaza de mi barrio ni en los recreos de la escuela, por lo que tampoco sé decirte cuántos jugadores se necesitan para arrancar una partida. Pero lo que sí puedo confirmarte (esto entre nosotros, así no se ofende nadie) es que es una actividad muy poco profesional o demasiado permisiva en tenor reglamentario. Porque según andan diciendo los que mejor me conocen, a mí no me gusta perder ni a la bolita. Entonces deduzco que es simplemente un divertimento de reglas flexibles/nulas, en donde solo una persona como yo podría irse a las puteadas, en caso de una derrota. Y vos mejor que nadie puede atestiguarlo: no me gusta perder absolutamente a nada. A nada.

 

Porque bien sabés que si la suerte me es esquiva, puedo transformar una velada de vino y Carrera de Mente en una situación tan incómoda como insoportable: cara de culo, refunfuños esporádicos y  unas ganas inevitables de que llegue la derrota para que ese maldito suplicio se acabe de una vez por todas. Y bien merecido tenés todo ese martirio, porque vos sos la única culpable en este lío: para que haya un perdedor (en este caso: yo), tiene que haber siempre un ganador (en este caso: vos).

 

Vos, la misma que, estoica, te bancás solita los (mismos) desplantes, aún hasta cuando no tenés nada (pero nada en serio) que ver. Porque, explicame, cómo podés intervenir en los partidos de los martes. O de los domingos. ¿De qué manera? Decime cómo. Decime. ¿Hay algo en lo que vos puedas estar involucrada? ¿Vos sos la que no marcó al Turco, que entró solito y nos clavó sobre el final? ¿Vos le dijiste al Peluca que empiece a hablar boludeces para sacarnos del partido? ¿Vos te tiraste al piso inventando una falta para cortarnos la contra? ¡No! No. Ya sé que no. Y eso es lo que más me duele. Sé que no. Entonces termino perdiendo yo (literal). Y terminás perdiendo vos (literal, también). Porque una cena con alguien que no esboza una palabra, no es una cena. Porque una cena con alguien que lo único que mastica es bronca por la derrota no es una cena. O sí: es una cena perdida. Y me duele, más todavía, saber que de esas hubo varias. Demasiadas. Cenas, planes que en definitiva se desvirtuaron porque no me banqué perder en el fulbito de Thames o porque volví indignado (cuándo no) de las injusticias que acontecen en el verde césped de Dorrego. Pero esto no es lo peor.

 

Aunque no me creas, hay algo peor, y son esas derrotas, primas hermanas de las mías, que me tocan bien de cerca por el puto sentimentalismo. Esas… Esas tampoco me gustan. Porque, al fin y al cabo también son derrotas. Y no las soporto, algo que vos comprobaste ao vivo. Todo arrancó con un inocente: “Preparemos el mate y vayamos a Grün, que juega mi hermano”. Esa excursión como pseudo-hinchas en un torneo amateur de fútbol, que terminó a los cinco minutos de empezado el partido con la amenaza del árbitro de no reanudarlo si yo no abandonaba el predio, creo, sería la mejor carta de (mi) presentación. El cobro de un penal desató en mí una catarata de improperios y gestos de mal gusto, tiñendo así una tarde de cielo azul, toda, toda de color rojo. Rojo estaba yo, de la calentura. Roja estabas vos, de la vergüenza. Y roja fue la que me sacó el árbitro. En mi defensa, solo puedo decir dos cosas. Una: no fue penal; sigo sosteniendo que no fue penal y que me traigan a Pierluigi Collina o a Castrilli para discutírmelo. Dos: el penal en cuestión no fue cobrado en contra de un cuatro de copas, sino de mi hermano, persona que no solo lleva mi sangre, sino que puede llevarse todo lo demás que de mí necesite. Por estos dos humildes pero loables motivos, creo, mi reacción está más que justificada.

 

Además, ahora que lo pienso, vos no me podés decir nada. Porque mi relación con la derrota data de tiempos más lejanos que la nuestra… Mucho más lejanos. Es verdad que, muy a mi pesar, sus destinos se han cruzado frecuentemente, dado el estrecho vínculo que me une con ambas. Y como uno es preso de sus propias palabras, pero sobre todo de las que escribe (yo, por lo menos), es verdad también que, mano a mano, muchas veces, la prioricé a ella. Muchas. Muchísimas. Pero no todas.

No todas porque (yo, por lo menos) todavía me acuerdo de ese día en el tejo de Monroe y Arribeños. Yo todavía me acuerdo de cómo te bailé en el primer partido (fue un 7-1, cómodo). Y, obvio, todavía me acuerdo de cómo venía rumbeada la revancha: yo ganaba 5-2, me encaminaba a una victoria aplastante y… y… y te vi. Te vi, entre el fastidio y la impotencia. Te vi cómo te enojabas con cada gol mío… Te vi y enseguida no te vi más a vos: la vi a ella. Ella apareciendo intempestivamente, viniendo sin que la llamen, quedándose aunque la echen. La vi a ella, desafiante y altanera, sin nada que ganar, con todo por perder. La vi a ella queriéndose quedar con nuestra tarde, como con tantos otros planes, como tantas otras veces. La vi a ella, te vi a vos… y me perdí. Todavía me acuerdo.

 

Ese día, y hubiera preferido que no lo sepas, me perdí. Ese día me ganaste la revancha 7-5. Y también el bueno, 7-4. ¿Si me dejé ganar…? Já. Ese día, y contestando la pregunta, ese día gané. Gané viéndote reír, saltar, gritar y festejar por tu victoria. Ese día gané, perdiéndome en tu sonrisa. Ese día gané, perdiéndole el miedo a la derrota. Ese día, la que perdió fue ella.

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