Historias sin punto final
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#26 · Saldar las cuentas pendientes

Por Lucila Lastero
Ilustración Brian Janchez

 

La iglesia quedó vacía y en silencio después de la última misa. La voz del cura es lánguida, pero hace eco dentro de la caja de madera.

 

¿Hace cuánto que no te confesás, hija?

 

Tengo nueve años. Soy más baja y más flaquita que el resto de las chicas de mi edad. Cuando me pongo de rodillas, me hundo sobre la tabla y tengo que alzar la cabeza para que mi boca quede cerca de la rejilla por donde el cura me habla y me escucha.

 

Hace dos meses, contesto.

 

(Mentira, debe haber pasado más de un año desde la última vez).

 

Decime cuáles son tus pecados.

 

La señorita Marta nos aconsejó que, para poder confesarnos bien, repasáramos los diez mandamientos. En el curso para la primera comunión nos hicieron estudiar la lista de pecados capitales, pero nunca los encuentro parecidos a ninguno de los míos. Decido contarle al cura que el otro día levanté una moneda de cincuenta centavos que mi papá había dejado sobre la mesa, y le digo que robé. Después me animo: un vecino me dio un beso.

 

La palabra beso me sale apenas. Me da tanta vergüenza que bajo la cabeza y la voz. El cura hace silencio. Después me dice que tengo que rezar un Ave María, un Padrenuestro y un Credo, y que en mi casa tengo que repetir los rezos pero veinte veces cada uno, todos los días, por un mes entero.

 

Al Ave María y al Padrenuestro los rezo bien, pero en el Credo me trabo otra vez. Digo pésame Dios mío por el cielo que merecí y por el infierno que perdí. De vuelta, ordena el cura. Pero ocurre dos veces más. No puedo decir que me merezco el infierno. Cansado de escuchar que me merezco el cielo, el cura me pide que me vaya, sin  darme la bendición.

 

Ayer cumplí 35 años. A pesar de que era martes y de que todas tenían que madrugar al día siguiente, mis amigas llegaron a casa con una torta y sándwiches de miga. Se quedaron hasta la una.

 

Hoy vine a almorzar con mis padres. Ayer no hubo oportunidad de recibir en vivo sus felicitaciones. Me esperaban con un pijama nuevo y un perfume. En la mesa mamá volvió a contar, como todos los años,  la historia de cómo me vio nacer: rolliza, negrita y gritona. Lo de negrita fue lo único que no se me fue, suelo decir. Papá vuelve a hablar de cuando supo que era nena, y de su desesperación por encontrar un negocio de ropa de bebé para comprar un enterito rosa. Mamá lamentó que mi hermano Federico siempre esté tan lejos y nunca pueda compartir los festejos con nosotros.

 

Después de los saludos, los regalos y el brindis con Sprite, arranca la sobremesa, el postre y el noticiero de las dos de la tarde. Mis padres ya no me escuchan con atención. Se dejan llevar por el encantamiento que les produce, de a ratos, alguna noticia sobre fútbol, economía o política. Mamá pone en la mesa barritas de helado con cobertura de chocolate. Acomoda una en un plato y me la acerca. Papá comenta lo mal que está el país. Nos estamos viniendo a pique, dice. Yo me sirvo un poco más de gaseosa y demoro el helado. En mi plato, la barrita cubierta con chocolate se ablanda y comienza a formarse un charquito marrón a los costados. Mi mamá dice que es verdad, que estamos cada vez peor, que con cien pesos ya no puede comprar ni pan. Se produce un silencio inesperado. Mis padres están con la boca llena. El tipo de la televisión pronuncia un nombre que conozco y me obliga a prestarle atención. Dice Ariel Sampantaleón. Qué casualidad, era el nombre de mi vecino, ese chico que vivía en la cuadra hace mucho. Dice, en realidad, que el individuo fue identificado como Ariel Sampantaleón. Lo llevaron detenido. La pantalla muestra un barrio de casas con ladrillos sin revocar, maderas sueltas, cortinas de plástico desflecadas. Dicen que ahí actuaba el sujeto atrapado, que comerciaba drogas y regenteaba prostitutas. Mamá le pregunta a papá si pudo arreglar ese tema de las boletas mal cobradas y papá le explica que en realidad no, porque pasó no sé qué cosa. Me desespero porque quiero escuchar la noticia pero no quiero pedirles a mis padres que se callen. Además, me preguntarían por qué estoy tan interesada en escuchar algo sobre un tipo que no conozco. Ellos también lo conocen, era nuestro vecino, pero después de tantos años no se acuerdan. Por qué tendrían que acordarse. La única que tiene motivos para no olvidarse nunca de Ariel Sampantaleón soy yo.

 

Era nuestro vecino. Vivía en una casa chiquita, como la nuestra, como todas las del barrio. Las paredes blanqueadas con cal, una puerta baja, de rejas, un pasillo corto, un jardín, una ventana de tres hojas. Lo vi por primera vez el día en que llegué al barrio y mamá me mandó al almacén de la esquina a comprar una gaseosa para convidarles a los señores del camión de mudanza. Pasé por aquella casa y vi a un chico que se balanceaba sobre la puerta medianera. Estaba de espaldas, pero se dio vuelta y me miró. Tenía la cara llena de pecas rojas y profundas, como hechas con una fibra de trazo grueso. El pelo, castaño y desordenado, parecía un nido. Me miró y me sonrió. Me dio miedo. Había algo amenazante en esa cara con puntitos, donde brillaban ojos de caramelo Media Hora. Bajé la vista y seguí caminando, apurada, mientras sentía la mirada estancada sobre mí.

 

A los pocos días, Federico me habló de él. Dijo que había estado jugando con un chico que se llamaba Ariel, y que vivía en la casa que estaba al lado del corralón de la esquina. Federico comenzó a llevarlo a casa. Decía que era un poco bruto para jugar, y que solía enojarse y revolear los juguetes. Pero cuando uno es niño eso no importa mucho; lo principal es tener con quién jugar, y Ariel y Federico se volvieron inseparables en poco tiempo.

 

Yo conocí a su hermana. Se llamaba Lorena y era un año mayor que yo. Parecía una chica de animé. Muy blanca, el pelo lacio y largo, mirada angelical. Me encantaban sus polleras floreadas y largas y, sobre todo, me encantaba que su mamá la dejara usar polleras y vestidos, porque la mía me hacía poner jogging todo el tiempo. Solíamos jugar con las muñecas Barbies. Mi mamá nos regalaba los pedazos de tela que le sobraban de las costuras y les hacíamos ropita.

 

El apellido de Lorena y de Ariel me causaba gracia. Primero porque me sonaba a San Pantalón, y segundo, porque Pantaleón, el santo, era la estampita que tenía mi mamá en su mesita de luz. Le rezaba siempre porque decía que era muy milagroso, que uno le podía pedir lo que quisiera y te lo daba. Yo no lo quería porque una vez le supliqué que no se muriera mi gatita Pelusa y se murió nomás.

 

A mamá, por más que Ariel y Lorena tuvieran un apellido que invocaba a su santo preferido, no le gustó nada la amistad de sus hijos con ellos. Era incapaz de decirnos con quién nos teníamos que juntar, pero cuando algún amigo nuestro no le caía bien, nos decía. Doña Arminda, la señora de la casa de enfrente que tenía por costumbre enterarse de los detalles más superfluos de la vida de los demás y difundirlos, anotició a mamá de un prontuario terrible que involucraba a la familia Sampantaleón. No era verdad que el padre estaba trabajando en la última ciudad del sur del país, como nos habían contado. En realidad estaba preso por robos. La madre era una pobre boba, que por culpa de la pobreza y de la ignorancia en la que había vivido siempre, había caído en las garras de un delincuente. El hermano de la madre estaba loco. Como la familia nunca había tenido plata para pagarle la internación en una clínica psiquiátrica, lo había dejado tirado en la calle. Sobrevivía durmiendo debajo de los puentes, comiendo deshechos y pidiendo limosna en la peatonal, durante el día. Ariel había tenido problemas de conducta desde chiquito y lo habían mandado a psicólogo. Cuando mamá me contó que los Sampantaleón eran evangelistas, entendí por qué un día, mientras estaba en la casa de Lorena, escuchaba a un hombre que vociferaba cosas extrañas desde una radio. Hablaba de Dios, de luces, y cada vez levantaba más la voz.

 

Un mediodía, Lorena tocó la puerta de mi casa. Tenía puesto el delantal de la escuela y, con una sonrisa que le acentuaba los hoyuelos, me entregó una tarjetita de cartulina y papel crepé. Me dijo orgullosa que las había hecho ella misma y que nos invitaba a su cumpleaños número nueve, a Federico y a mí.

 

Fue un sábado de primavera, a las cinco de la tarde. Mi mamá obligó a mi hermano a ponerse zapatos y camisa. A mí me puso el único vestido que tenía, con mangas cortas y corazoncitos de muchos colores sobre fondo de tela blanca. Yo estaba feliz, por fin el vestido y no otro de los jogging de algodón barato que siempre usaba. Me sentía realmente linda hasta que vi a Lorena, igual a una bailarina de cajita de música con su vestido azul acampanado y una trenza espigada. Ella, la cumpleañera, era la princesa del cuento.

 

Entre Lorena y su mamá habían hecho la mayor parte. Servilletas pintadas a mano, bolsitas de sorpresa con brillantina, gorros de cartulina, canapés con pedazos de fruta. Llegó la hora de bailar, de jugar, y la cumpleañera propuso las escondidas. Cuando empezaba el conteo, salíamos todos arrebatados a buscar dónde escondernos, con algo de desesperación porque la casa era tan chiquita que los lugares para esconderse eran mínimos. Dos veces me tocó contar a mí. La primera no pasó nada raro, pero la segunda, apenas comencé a buscar, vi una mano que sobresalía desde atrás de un mueble. Quise asomarme a ver quién era, pero la mano me agarró con fuerza los dedos y me pegó un tirón. Se sintió como la mordedura de un bicho. Antes de que pudiera reaccionar, apareció la cara sonriente y pecosa de Ariel Sampantaléon, contemplando con alegría mi desconcierto. Me volvió el terror. Pero qué podía hacer. Irme no era buena idea. La fiesta recién empezaba, qué iban a pensar de mí los demás, cómo explicarles. Además, era una estupidez, cómo se me ocurría tenerle tanto miedo al hermano de mi amiga, si no me había hecho nada.

 

Lorena iba por el número diez en el conteo cuando tuve la idea de buscar en el patio un lugar para esconderme. A diferencia del jardín florido de adelante, el patio de atrás era una extensión de tierra seca, pálida, abandonada. Había algunas maderas y muebles viejos contra las paredes sin revocar. En una esquina, un par de paredes de cemento que sostenían el tanque de agua, lograban una especie de hueco de nuestra estatura, que solíamos usar con Lorena para jugar a la casita de muñecas. Ahí sí que no me iba a encontrar nadie, y mucho menos Ariel Sampantaleón. Corría hasta el tanque de agua cuando sentí un empujón y unas manos que me atenazaron los brazos. Ariel Sampantaleón me arrastró debajo del tanque y me apretó contra una de las paredes bajitas. Nadie podía vernos. Nunca supe en qué momento apareció corriendo detrás de mí, pero cuando estuvo en frente, aplastándome con el cuerpo y con los brazos contra la pared, entendí hasta qué punto un chico es más fuerte que una chica. Me metió una lengua babosa y movediza dentro de la boca. Yo cerré los ojos por el asco y  me sacudí con todas mis fuerzas, sabiendo que todo lo que hiciera para resistirme era inútil. Me soltó cuando se escucharon voces que se acercaban. Habían notado nuestra ausencia y estaban buscándonos. Ariel salió corriendo y se perdió adentro de la casa. Yo tardé en reaccionar y salí segundos después, cuando en el patio no repicaba ya ninguna voz.  Entré despacio en la casa, dispuesta a fingir que nada había pasado, pero vi a Lorena parada en el medio del living, enarbolando una aguja de tejer en la mano y, a su alrededor, el resto de los chicos, como veinte, todos los invitados, cientos, miles de chicos mirándome entrar mientras arriba la piñata se balanceaba lenta. Me quedé inmóvil, como si me hubieran encolado al piso, y comencé a sentir, de a poco, que algo amargo me subía desde la panza hasta la garganta y me trababa la voz. Fruncí la cara y lloré. Lloré delante de todos, haciendo el papelón más grande de mi vida. Le arruiné el cumpleaños a Lorena, que no entendía qué me pasaba y que nunca iba a saber, nadie iba a saber, ni siquiera mi hermano, que más tarde, en casa, le iba a contar a mamá que yo me había largado a llorar de la nada, por tonta, porque no dejaba de hacer estupideces y de quedar en ridículo, siempre, adonde fuera.

 

Pasaron más de seis meses desde los festejos por mis 35. Estoy sentada en un bar a dos cuadras de mi trabajo, casi frente a la plaza. Me gusta venir a tomar café y a leer acá porque no ponen música, apenas el televisor silenciado en algún canal sobre animales o plantas.

 

Estoy en las primeras líneas de la novela cuando veo, de reojo, a alguien de negro que se sienta en la mesa de al lado. Por el movimiento de la tela que lleva puesta, me hace pensar en un murciélago que pasa volando, roza mi silla y se detiene frente mío. Es un cura de sotana negra. Eso me pasa por venir a un bar que está tan cerca de la Catedral. Un cura joven, flaco, alto, con anteojos grandes, como casi todos los curas jóvenes. El recuerdo de la última vez que pisé una iglesia para confesarme me distrae de lo que intento leer. Los curas me caen muy mal. Llevan con ellos algo de mis épocas de colegio religioso, de misas obligatorias, de suvenir de Primera Comunión con cara de nena triste. Además, todos tienen algo de aquel tipo que supo mi secreto sobre Ariel Sampantaleón, hace más de 25 años, en la casilla de madera para las confesiones. Mi vista va y viene entre el café frío, la misma primera hoja del libro y la ventana, hasta que me decido a abandonar la idea de la lectura. Le pido al mozo que me alcance el diario. Me entretengo un poco con la sección internacionales, economía y cultura, hasta que llego a los policiales. Mataron a otra mujer, atropellaron a otro chico en moto, asaltaron de nuevo un almacén del centro. La madre de un condenado a prisión pide que se investiguen las verdaderas causas de la muerte de su hijo. No puede ser, me repito.  No puede aparecer, justo aquí, ahora, el nombre de Ariel Sampantaleón. Lo leo una y otra vez, levanto las hojas del diario y las acerco a mi cara, pego la noticia a mis ojos, huelo la tinta, es imposible, un miedo de la infancia se volvió una pesadilla que me envuelve y me persigue  hasta cuando estoy despierta.

 

La noticia habla del preso Sampantaleón, que semanas atrás apareció ahorcado en su celda. La madre reclama que se investigue el caso, porque no cree en el suicidio. Piensa que a su hijo lo asesinaron, no puede ser que un chico tan joven y alegre se haya matado. Ariel Sampantaleón muerto. El de las pecas, el de la boca pegajosa arrinconándome bajo el tanque de agua, muerto, balanceándose en la punta de una soga, en una celda mugrosa y fría. O asesinado a golpes, violado, masacrado por los policías, por los compañeros. Su mamá, la señora flaquita, desconsolada, llorando la muerte de un hijo, maldiciendo no haber podido doblegar un destino que empujaba a su descendencia a caer en una fogata que ardiera con más fuerza que aquella que avivó un padre apegado al delito.

 

Termino el café lo más rápido que puedo, dejo la plata sobre la mesa y me voy. La ansiedad me hace caminar por las calles como si rebotara. Tengo que hablar por teléfono con la mamá de Ariel, llegar a casa y buscar el fijo.

 

La guía de teléfonos no está en casa. Tartamudeo algunos insultos al aire hasta que me acuerdo que una vez se la presté a la vecina de abajo y no me la devolvió. Bajo corriendo y  toco el timbre, pero no hay nadie. Ya no quedan cabinas de teléfonos por la zona, la más cercana está a diez cuadras. Consigo un taxi que me lleva hasta ahí. Hay varias guías, de diferentes años. Agarro la más nueva y busco. Tres familias Sampantaleón en la ciudad, tres llamadas. En la primera me atiende un hombre con voz gangosa. Pregunto por Lorena y me dice que no sabe nada. En la segunda, una voz de niño o niña. Me dice que Lorena es su tía, pero que no vive ahí. En la tercera, la voz rumiante y pastosa de una anciana. Cuando le pregunto por Lorena, se queda callada. Pareciera que le cuesta muchísimo hablar. Se diría que también le cuesta mantenerse parada, sostener el tubo del teléfono. Me animo y le pregunto si es ella, si es la mamá de Ariel. La voz cruje y se apaga hacia el final cuando me dice que sí. Después, vuelve a quedarse muda mientras le digo que soy una amiga y una vecina de antes, de la infancia. Agrego que tengo información sobre el caso de su hijo, que sé algo. Casi no reconozco mi tono cuando le digo, con firmeza repentina y desconocida:

 

Señora, fui yo, maté a su hijo.

 

Un pozo de silencio anticipa un gemido doliente, el llanto que, del otro lado, se quiebra y empieza a crecer desmesurado como una avalancha de arena. Cuelgo el teléfono y camino hasta la salida, mientras busco las monedas.

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