Historias sin punto final
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#16 · Un secreto con pañuelo blanco

Por Hernán Nemi

Ilustración Andrea Bohnke

 

En mayo último la Corte Suprema de Justicia de la Nación otorgó el beneficio del dos por uno a un militar condenado por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura. Los jueces que votaron a favor de esa decisión fueron Elena Highton de Nolasco, Carlos Rosenkratz y Horacio Rosatti, estos dos últimos llegados al máximo órgano de justicia de nuestra nación tras ser propuestos por el presidente Mauricio Macri.

 

Gran parte de la sociedad vivió con mucha preocupación esta decisión. Suponer que el beneficio de reducción de penas pudiera sacar de la cárcel a personas que torturaron mujeres embarazadas, violaron prisioneras, tiraron gente viva al mar y robaron y falsearon la identidad de niños nacidos en cautiverio, no puede menos que enojar y preocupar a cualquier persona bien nacida que habite la Argentina.

 

Miles de argentinos se organizaron rápidamente para generar una gran movilización en la Plaza de Mayo, el miércoles 10 de mayo. Esa marcha resultará inolvidable por su momento final, en que todos los presentes levantamos pañuelos blancos y la plaza se transformó en una plaza blanca, como si todos por un momento fuésemos esas Madres y Abuelas a las que tanto admiramos, y de las que tanto hemos aprendido. De las que hemos aprendido, por ejemplo, que las grandes luchas se dan en la calle, poniendo el cuerpo. El resultado más importante de la movilización popular fue que el Congreso le puso freno al dos por uno y el mismo Macri –contra sus propias convicciones– debió declarar a la prensa que estaba en contra de esa decisión de la Corte. Una pulseada ganada por el pueblo en las calles.

 

Hasta aquí no hay ningún secreto. El secreto llegó a mis oídos unos poquitos días después del acto, cuando conversé por teléfono con Norita Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Nora es por excelencia “la Madre militante”. Además de participar de las marchas de los jueves, de los juicios y de todo acto de memoria contra el terrorismo de estado, Nora está al lado de los trabajadores echados, de los pueblos originarios que reclaman por sus tierras, de los pibes maltratados por la policía, de los presidentes destituidos en nuestro continente, de todos aquellos que sufren y solicitan su presencia. La pequeña Nora es gigante. Y plantea debates fuertes. Sostiene a capa y espada que los organismos de derechos humanos no deben “embanderarse” políticamente. Fue una dura opositora al kirchnerismo (pese a reconocer algunas de sus medidas en el ámbito de los derechos humanos) y es una durísima opositora al macrismo. Cuestiona que actúen murgas en el predio de la ex ESMA y defiende a Milagro Sala y sus compañeros presos, pese a no compartir la misma vereda política. No aceptó nunca subirse a los palcos de los políticos, fueran del partido que fuesen.

 

El diario Página 12 informó el martes 9 de mayo que, en el acto contra el dos por uno del día siguiente, los organismos de Derechos Humanos darían a conocer un documento, que sería leído por Estela de Carlotto (Abuelas), Taty Almeyda (Madres) y Lita Boitano (Familiares). Norita no participó de la discusión y elaboración de ese documento pero el miércoles del acto fueron muchos los que le pidieron que ella también participara de la lectura de algún tramo del texto. Nora terminó de decidir que sí leería mientras realizaba el trayecto en tren desde Castelar (ciudad en la que vive) hasta Once. Porque Norita, a sus 87 años, sigue viajando en tren, colectivo y subte, casi todos los días de su vida. Evita decía que “donde existe una necesidad, nace un derecho”. Podríamos reformular la frase y afirmar que “donde existe una necesidad, está Nora Cortiñas”. Y podríamos agregar que llega en transporte público. Y que no le  importa la distancia.

 

–Te voy a contar algo –me dijo días después del acto, cuando la llamé por teléfono por otro asunto–. Yo no conocía bien el contenido del documento, lo iba a tener que leer muy rápido cuando llegara a la Plaza ya muy cerca del comienzo acto, y pensé que quizás no estaría mal agregar algo propio, cuando me tocara tener el micrófono.

 

Por eso, mientras viajaba en el tren Sarmiento rumbo al acto, decidió arrancar una hoja de su agenda y pedir, a la señora que viajaba en el asiento de al lado, que le prestara una birome por unos minutos. En un par de estaciones de trayecto, mientras recibía saludos de algunos pasajeros que la reconocían y escuchaba los anuncios del vendedor de chocolates, escribió, con letra temblorosa por el movimiento del tren, las líneas que pocos minutos después leería en la plaza de Mayo, en un acto que congregó a miles de personas, del que se hizo eco el mundo entero y que fue capaz de torcer contundentemente una decisión de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

 

En la movilización, Taty Almeida inició la lectura del documento, ante miles de cuerpos que cubrían la Plaza de Mayo y las calles aledañas. Y cuando pasó el micrófono a Nora Cortiñas, antes de seguir con la lectura Norita a saludó todos los presentes, a quienes llamó “mis hijos e hijas del corazón”, recordó a los treinta mil desaparecidos (frente a lo que toda la plaza gritó “presentes”) e hizo oír con la garganta atravesada por la emoción el saludo que repite todos los jueves al finalizar la ronda: “Hasta la victoria siempre. Venceremos”. Tres veces repitió el “venceremos” y cientos de los que estábamos allí no pudimos contener las lágrimas, en tiempos en que las derrotas para el campo popular parecen ser más que las victorias. Luego sacó su papelito, les pidió a los presentes que repitieran con ella la parte final de cada afirmación y leyó las palabras que había garabateado en el tren: “Por los niños y niñas a los que les robaron su identidad y los entregaron a familias desconocidas, QUIERO Y QUEREMOS JUSTICIA. Por las Madres, hijos e hijas que fueron arrojados vivos al mar, como destino final, QUIERO Y QUEREMOS JUSTICIA. Por los que fueron torturados, asesinados y enterrados en fosas desconocidas, QUIERO Y QUEREMOS JUSTICIA. Por las familias a las que la desaparición de sus hijos e hijas les tronchó la vida, QUIERO Y QUEREMOS JUSTICIA”. Los presentes repetíamos con la voz quebrada y llorábamos como niños. Después continuó con el tramo que le tocaba leer del potente documento acordado por los organismos de derechos humanos. También Taty y Estela incluyeron apreciaciones propias, intercaladas con la lectura de sus respectivas partes.

 

Este es el secreto mínimo que me contó Nora. El secreto sobre cómo nació un texto breve y potentísimo que escucharon millones de personas. Y este secreto dice para mí muchas cosas:

 

Dice de la frescura, espontaneidad y creatividad incomparables que las Madres y Abuelas –las poquitas que nos quedan– mantienen vivas a pesar de los años. Ningún movimiento social ha sido tan creativo en la historia latinoamericana. Los pañuelos blancos como clave de reconocimiento entre ellas y frente al mundo, la decisión de caminar para sortear el estado de sitio que impedía reuniones en lugares públicos, la osadía de caminar en redondo para mantenerse siempre en el mismo lugar (y a la vez avanzar siempre, caminando derechito hacia sus objetivos, tan claros), las consignas breves y precisas… todo da cuenta de una creatividad y una potencia que estas mujeres no han perdido pese a haber pasado todas, largamente, los ochenta años.

 

Dice también que cuando las convicciones son claras, no es necesario estudiar guiones, tomar clases de actuación o contratar publicistas extranjeros que escriban lo que debe decirse. La necesidad de una preparación minuciosa de los discursos indica falta de solidez y convicción en las ideas. Quien sabe lo que quiere, qué valores defiende y qué valores combate, siempre va a decir una palabra adecuada y coherente, aunque la piense en diez minutos de un viaje en tren y la escriba en una hojita prescindible encontrada en una cartera llena de cosas.

 

Dice también que hay otra manera de construir lo público, lo social, la Patria. Que frente a la obsesión del gobierno de Cambiemos por las encuestas, las redes sociales, las poses para las fotos, frente a los  fallidos viajes en transporte público, los inverosímiles toques de timbre o los estudiados abrazos a los pobres (y a pobres niños que con toda su intuición de niños suelen huir de esos abrazos), frente a todo eso, es posible decir y construir de otra manera, desde otro lugar… el de la lucha, la calle y la coherencia. Y esa coherencia hace innecesarios los asesores de imagen y los escribas a sueldo.

 

Y dice algo más. Dice que en una Argentina donde la desmemoria, la impunidad y la injusticia buscan instalarse, esta vez ganaron los buenos, los más sencillos, los transparentes. Los que dan testimonio con su vida. Ganó el pueblo. Ganaron las Madres. Ganó Norita.

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