Historias sin punto final
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#17 · Seguir buscando

Por Pedro Antoniassi

Ilustración Sofía Martina

 

De los viajes en auto de la infancia me quedaron millones de imágenes. Siempre enmarcadas en el brillo metálico que bordeaba la ventanilla trasera del Torino Gran Rutier azul de mi viejo. Era como un plasma de 50 pulgadas a la realidad. Épocas en que la mirada es toda metáfora. Un encadenamiento de mundos gigantescos, indescifrables, que dan terror y pasión a la vez.

 

Mis viejos nos llevaban a todos lados, con mi hermano mellizo, en el asiento de atrás que era grande como un sofá de cinco cuerpos, todo tapizado en cuero negro. Cuando hacía mucho calor la cuerina se te pegaba a las piernas y hacían ruido a sopapa. Siempre fui de observar. Me sentaba del lado que daba a la vereda, de ahí veía mejor. Nunca fui de hablar mucho, pero todo lo que absorbía por esa ventanilla me maravillaba: las formas de las casas, los autos que pasaban, los perros, las personas, el ruido de los colectivos, esa ilusión que pareciera hacer andar a los autos estacionados; debajo de mi corte taza volaban libres millones de historias. Pero era lo que leía en los carteles, en los afiches, lo que más me invitaba al viaje, lo que atrapaba mis inquietos ojos marrones.

 

Había frases que desconcertaban mi poca literalidad y mi excesiva lateralidad y me llevaban a enroscar las frases que veía en los carteles que pasaban en continuado a través de mi ventana. Había muchos pero recuerdo con fuerza tres. Uno lo descubrí cuando volvíamos del cercano Oeste por Juan B. Justo, casi llegando a la cancha de Vélez, después de salir de la Gaona. Volviendo de visitar a familiares en Haedo. Esperando en un semáforo, vi un local de esos que parece que nunca avanza en el tiempo, una cerrajería seguro o una ferretería despoblada tal vez, pero lo que hizo explotar la sinapsis infantil fue ese cartel pegado con cinta scotch amarillenta del lado de adentro de la vidriera: “Cambio de Firma” ¡Waw! ¿¿¿Qué es eso??? ¿Qué hacen en ese negocio? ¿Es una oficina en donde uno lleva su firma personal y se la cambian, como si fuera una peluquería de iniciales? Me aparecieron imágenes de oficinas laberínticas burocráticas de color marrón, como las de Banco Ciudad iguales a las que veía cuando acompañaba a mi vieja a hacer algún trámite. Había mostradores altísimos y personas a las que solo se les veía la cara y hacían un ruido tremendo con las teclas de la computadora, que retumbaban en el eco siniestro de esos gigantescos halls de espera. Esas personas sin alma, sin un ápice de felicidad decidían el futuro de la firma de cada persona. Me horroricé. Le temí al gigantesco aparato del estado. ¿Cómo estaba permitido eso? ¿Y si a uno no le gustaba la nueva firma que le daban? Yo estaba encantado con mi creación (todavía hoy uso la misma, una “P” y una “A” apuntando filosas hacía el cielo). Me había llevado todo una tarde diseñarla y repetirla hasta la perfección. ¿Cómo se podía ir contra eso?, Cómo podían… venderlo… así sin más, con un simple cartel hecho a mano, ¡qué atropello! Me indigné. Al llegar a casa guardé, concienzudamente, todos los borradores de mis firmas.

 

A la segunda frase me la encontré en un kiosko. Creo que esperábamos que mi madre volviera de comprar algo u otra vez el transito nos había depositado ahí para una nueva lección. La cuestión es que pegado sobre una de las paredes, justo arriba del afiche de los helados Noel, tapando la parte de los cucuruchos carísimos rezaba en color rojo: “Vendo fondo de Comercio”. Así, con mayúscula en comercio… Y uno que absorbía todo y que la palabra de la maestra era santa, sabía que las mayúsculas se usaban para nombres propios y países. No entraba ese Comercio en mayúscula, amenazador y altanero en mis reglas. Y ahí aparecía la ametralladora de preguntas. ¿Vendían una persona, en el fondo?, ¿vendían las partes últimas de una transacción?, ¿qué sucedía en la parte trasera de ese negocio? La parte de adelante era solo mampostería, un decorado como el de los títeres, como el de las películas de vaqueros. ¿Qué sucedía realmente en ese fondo larguísimo, casi infinito? Solo imaginaba un hombre de pelo largo gris, sentado, ofreciendo vaya a saber qué cosas turbias, como un malo de película de súper acción. No podía desentrañar de qué fondo se trataba. Me resultó tenebroso, de película de terror en blanco y negro. También: ¿quién compraría algo así, en esas condiciones, qué querían esconder, qué ocultaban en ese misterioso fondo de comercio? Cual pequeño mecanismo de defensa miré para otro lado intentando olvidarlo todo. Me corrió escalofríos por todo el cuerpo.

 

La tercera y no vencida, y no la última, pero la que más me adentró en sus ribetes metafóricos, extradiscursivos, metatextuales, etc. La que descubrí en la esquina de la Avenida Alberdi, creo que llegando a Bruix, nombre increíblemente gutural y cargado de magia para una diagonal. Era una fastuosa carnicería que más que carnicería me pareció una juguetería, un expendio de artilugios de juegos para vacas o para el campo, en el que se veían vaquitas pastando, corriendo y, adentro, detrás de tanto poster, una luz violeta hacía suponer que estaban pasando una película, seguramente de vacas. Y ahí, otra vez, fue la improvisación de un cartel escrito a mano alzada… Esta vez tenía los renglones trazados con una sutil línea gris casi imperceptible, un largo y fino estante, endeble pero poderoso para cargar esas palabras que todas juntas despertaron la mayor de mis intrigas infantiles:

 

“Aquí encuentre el Verdadero

S E C R E T Osofia

de la Milanesa”

 

Otra vez las mayúsculas, otra vez los nombres propios, otra vez el tornado de preguntas. ¿Quiénes serán esas personas que poseen la mayor de las verdades? Milanesa le decían algunos a mi padre pero por ahí, seguro, no iba la cosa. VerdaderoSofía era algo muy potente, casi bíblico, parecía como una frase sacada de los libros que leíamos en el colegio. Así podría empezar cualquier nueva historia del Ratoncito Feroz. Pero fue esa palabra, que estaba sola en su renglón, repasada dos o más veces con marcador negro, la que parecía sobresalir y pegárseme, la que parecía incrustarse en la ventanilla del Torino, invitándome: “S E C R E T O” toda en mayúsculas, un poco separadas entre sí… ¿Qué era eso? ¿Era una palabra? ¿Era el nombre de una sociedad de superhéroes, o de villanos, de personas reunidas con túnicas negras al rededor de una carne apanada? Las mejores milanesas las hacía mi abuela. Eran las mejores de todo el mundo. ¿Mi abuelita sería parte de ese pacto? ¿Ella conocería ese secreto? ¿Qué tenían que ver las vacas felices de los posters? ¿Eran sus mascotas, sus animales de sacrificio? ¿Eran una Legión a lo largo del mundo, tenían un cuartel secreto como el de los Súper Amigos, un jet invisible? ¿Era mi abuela y todas las abuelas del mundo súper heroínas de la Milanesa, eran como la Logia Lautaro de San Martín, era mi abuela una agente 99 del recontra espionaje de la milanesa, era esa comida como una espinaca de Popeye que nos daban a los niños para ser los súper hombres del mañana? ¿Cómo era que uno se podía hacer de ese secreto? ¿Había un ritual, había que caminar sobre cenizas, nadar en piletas gigantes de huevo y perejil? ¿O no? Maldita sea, pensé en un instante de temor, yo ayudaba a hacer las milanesas. ¿Me convertía eso en cómplice o en miembro? ¿Dónde podía reclamar mi pertenencia o mi expulsión? Esta vez no solo era el pánico, era emoción. Yo quería ser parte de ese mundo mágico. Sería el niño más feliz si podía ser el Robin de mi Batiabuelita, saldríamos a cazar a los malos, le diría “santas milanesas, Abue”, treparíamos por su gigantesco edificio de azulejos naranjas, entraríamos a su baticasa y ella me recompensaría con ese bocadito único y celestial que preparaba con lo que quedaba del pan rallado y la mezcla de huevos. Era ese el “S E C R E T O”, como un medallón al valor de los iniciados. Yo quería saberlo todo, quería que confíen en mí. Yo ya era un niño grande, capaz de enfrentar cualquier desafío.

 

El Torino arrancó y al ratito llegamos a la casa del tío Tito y comimos un asado.

 

Después de muchos años esa carnicería fue un videoclub, después una fábrica de sofás. Ahora venden autos usados, mi abuela ya se fue y las milanesas nunca volvieron a ser tan ricas y especiales. Dónde habrá dejado la abuelita el verdadero secreto de la milanesa. Todavía sigo buscando…

 

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