Historias sin punto final
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#5 · Sin confesar

Por Alejo Aguiar

 

Mi historia comienza en el  año 2000, yo tenía 11 años. Ese verano, a causa de la enfermedad de mi abuela Lucy, que padecía leucemia, había decidido recluirme en casa ya que me costaba sociabilizar por la sensibilidad que me causaba la situación de tener a mi abuela internada en el hospital. Recuerdo que pasé gran parte de ese verano encerrado en mi casa mirando infinidad de horas la tele, abandonando lo que más me gustaba: ir al club, jugar a la pelota en la calle y andar en bici.

 

Recuerdo como si fuese ayer el comienzo de la historia que voy a contar. Acompañaba a mi vieja, que había decidido llevarles guita en forma de agradecimiento a las enfermeras que habían cuidado a mi abuela durante la internación, al hospital, una semana después de su muerte. Mientras íbamos en el Senda modelo 92 abollado por los lados y un tanto sucio, mi vieja (alimentando mi sensación de ultimo orejón del tarro, en aquel entonces) decide contarme que unos pocos días antes de morirse, mi abuela las había reunido a mi tía y a ella en el hospital para contarles un secreto que aguantó durante muchos años.

 

La abuela Lucy les contó que ella no era realmente su madre biológica, que mi vieja había nacido bajo una relación extramatrimonial de mi abuelo con otra mujer, en Alemania, y que mi tía fue adoptada en un orfanato del mismo país algunos años más tarde. La versión oficial sobre la adopción de mi tía es que al tiempo de traer a mi mamá a la Argentina, mis abuelos se enteraron que mi abuela biológica habría tenido otra hija, pero en el intento de rescate de la hermana de mi mamá se cruzaron con una bebé rubia que les estiró los brazos y no resistió a sus encantos de bebé. Finalmente repatriaron a la hermana no biológica de mamá.

 

Mi abuelo murió de un aneurisma cuando mamá era chica. Desde entonces pasaron muchos años guardando un secreto que oprime, que escondió en cada abrazo, cada explicación, cada reto, cada frustración una carga, y para el que la libera ya no se siente más preso de llevar todo eso en su espalda. Pero sin embargo dejo en dos chicas un sinfín de preguntas, una historia de mentira, una duda en su identidad y un castillo que se desmorona con solo pensar en su pasado para buscar respuestas.

 

Al año siguiente, para noviembre del 2001, el segundo secreto familiar atraviesa mi cabeza y me deja aturdido con un golpe seco. Mi abuelo de parte paterna es asesinado según la versión oficial en un intento de robo. Hasta ese entonces recuerdo haber preguntado muchas veces a mi viejo de qué había muerto mi abuela, su madre. Yo nunca la había llegado a conocer y en mi familia no se acostumbraba a rememorar viejas anécdotas. Durante la ceremonia de despedida de mi abuelo, que se realizó en el panteón militar de Chacarita, vi como trasladaron una urna y la pusieron en el nicho junto al cajón. Las palabras del cura fueron “para que descanse en paz junto a su amada esposa Graciela”. Mi abuela Graciela hasta ese entonces era una total desconocida para mí, y ahí nomás papá me apartó de la ceremonia, me llevó al pasillo de la vuelta y entre llantos me contó que mi abuela, para cuando él tenía 18 o 19 años, había decidido suicidarse.

 

En general calculo que todos los despertares de la pubertad y entrada de la adolescencia son tormentosos, por lo menos según dicen los libros. El mío desde lo personal fue consistente y no tanto por lo corporal, sino más por ver cómo entre mis viejos empezaban a rondar charlas directas, frontales, sin murmullos, sin secretos. Una buscaba intensamente su identidad, frecuentaba la embajada alemana, se convertía en la Sherlock del conurbano con cada rastro que podía para ver de dónde había salido. El otro apoyando, sin olvidar comentarle a su esposa sus sensaciones al respecto, y como si fuera poco haciendo mis duelos por la pérdida de mis abuelos y por los secretos develados. En el secundario empezás a escuchar e investigar con respecto a lo cruel que es el ser humano. Para nosotros los argentinos, en términos generales creemos que hay dos genocidios a nivel mundial que son los más importantes: el genocidio Nazi y el terrorismo de estado argentino. Dentro del revuelo por la muerte de mi abuelo paterno y mi abuela materna, dentro de otras cosas que se hablaban durante la cena en casa era sobre estos genocidios, ya que para otra marca personal tenía abuelos que habían participado activamente en los dos que mencioné más atrás. Mi abuelo de parte de mamá había llevado la esvástica en su entonces y mi abuelo paterno, el Teniente General Felix Roberto Aguiar, estuvo activo durante la toma del poder de las FFAA en Argentina. Muchas veces pensé en ellos y sus tareas dentro del marco en el que vivieron y el papel que tuvieron para sus naciones. He llorado sin saber realmente sus acciones durante los años de los acontecimientos históricos. Lloré por todos los secretos que deben haber callado y habrán ayudado a silenciar.

 

Los secretos me forman como persona, atraviesan mi crecimiento y mi vida como universos paralelos, provocando infinitas imaginaciones y posibilidades, muchas con carga negativa. Calculo también que esa connotación que le inculco a la carga negativa es porque vi que a mis viejos se les derrumbó su mundo. No me callo nada, soy extrovertido y generalmente soy un mal confidente, no me gusta guardar secretos con nadie y por sobre todas las cosas no tengo vergüenza por contar mis cosas.

 

Creo que los secretos son cobardes, son demostraciones de falta de confianza con uno mismo, que no logran ser develados por miedo al “que dirán”. Los secretos logran cosas malas y se escondan donde se escondan terminan pudriendo su entorno, a la persona que los guarda. Porque ocultar cosas no suele ser para un fin alegre y divertido. Quisiera borrar esa palabra para que las personas puedan hacerse cargo de sus errores, que no tengan vergüenza, para que solo haya valientes que enfrenten las situaciones, para que no se escondan detalles que aportan a las verdades. Y que no queden historias inconclusas.

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