Historias sin punto final
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#27 · VIH en tercera persona

Por Gilda Carletti

Ph. Gustavo Salamié

 

–Me dio positivo la prueba de VIH.

–O sea, ¿tenés sida, boluda?

 

Marianela viajaba en el tren Sarmiento cuando se enteró de la enfermedad de su amiga, Fernanda. No le salían las lágrimas pero tenía ganas de llorar. Miró a su alrededor: un vendedor de pastillas gritaba insistentemente las propiedades de su producto, un anciano dormía en los primeros asientos del vagón, una chica respondía los mensajes de WhatsApp de su novio. El silencio evidenció su conmoción. No supo qué decirle. Fernanda, fiel a su verborragia, tapó el dolor con palabras: “No es sida, existe un tratamiento y puedo seguir adelante con mi vida[iv]. Quería que lo supieras. Ya hablé con mis papás, te pido por favor que no lo cuentes”.

 

Así se enteró Marianela.

 

“Después no se lo dijo a nadie más. A ella le daba vergüenza, además, sentía el rechazo de las personas cuando se hablaba de la enfermedad. Sin decir que vivía con VIH, sacaba el tema entre sus conocidos para generar el debate, le gustaba saber qué opinaban. Era muy inteligente”, recuerda su amiga con una sutil sonrisa.

 

Saber para acompañar

 

Si la iba a acompañar en este proceso tenía que informarse. Ese día, Marianela llegó a su casa, prendió la notebook y googleó las doscientas preguntas que bailaban en su cabeza. ¿Qué es?, ¿cómo se transmite?, ¿cómo es el tratamiento?, ¿qué síntomas presenta?… Como en ese entonces vivían juntas, sintió la necesidad de estar preparada para ayudarla en los momentos duros así como para contribuir en sus avances. Después de todo, los amigos son la familia que elegimos.

 

En esa búsqueda, Marianela no solo se encontró con definiciones y datos duros. Llegó a una nota periodística que anunciaba la segunda edición de “Y ni siquiera lloré”, un libro con relatos de niñas y adolescentes con VIH. Le llamó la atención que Patricia Pérez, una de sus autoras y presidenta de la fundación Más Paz, Menos Sida, delataba la discriminación que sufren los afectados y la falta de contención social y estatal existente. También se sorprendió con las cifras: en el país el 30% de las 120 mil personas que viven con VIH no lo saben.

 

En el mismo momento que procesaba toda esa información, Marianela pensaba en aquellas veces que había tenido sexo sin protección, algunas veces borracha, otras totalmente consciente. Intentaba también escarbar en su memoria, charlar sobre el tema en su escuela primaria o secundaria. No encontró nada.

 

No se contagia, se transmite

 

–¿Querés un mate?

–No, ya tomé, gracias.

 

Las dos trabajaban juntas hace un par de años como maestras en una escuela de la Ciudad de Buenos Aires. Compartían el mismo techo desde hacía un año, principalmente por una cuestión económica. Marianela necesitaba vivir más cerca de la institución donde daba clase y Fernanda justo se separaba de su pareja. Los viernes a la tarde, Fernanda siempre la esperaba con unos mates calentitos para hablar de lo que había pasado en la semana.

 

El primer viernes después de enterarse el diagnóstico de su amiga, Marianela evitaba esos mates.

 

“Tenía mucho miedo, pero era por desconocimiento”, reflexiona la joven, y explica: “Al principio me costaba compartir las cosas con ella, me había separado mi taza, mis cubiertos y mi plato; con el tiempo me di cuenta que ese temor venía de la enseñanza familiar que tuve”. A medida que Marianela se nutría con más datos, entendía que el VIH solo estaba dentro del cuerpo, no estaba ni en el agua, ni en la saliva, ni en el vaso, ni en las toallas que usaban.

 

“Vivimos en una sociedad muy prejuiciosa y desinformada, una de las cosas que aprendí, cuando me puse a leer y a investigar, fue que es más oportuno decir que el VIH se transmite, no que se contagia”, aclara la docente. Para Marianela, esa diferencia es fundamental porque la transmisión hace referencia a la infección a través de los fluidos corporales, como la sangre o el semen. Sin embargo, al denominarlo contagio, se puede dar a entender un concepto erróneo: que el virus se propaga por un contacto externo, es decir al estornudar, charlar, besarse o tocarse. Nada más lejos de la realidad. Y nada más cerca de lo que piensa el grueso de la sociedad.

 

El desprecio

 

–Vamos al Hospital Muñiz.

–¿Se pueden tomar el taxi de atrás? Para allá no voy, está el bicho.

 

Una vez que Marianela pasó por sus primeros miedos, que se informó, que fue asimilando la nueva situación, un sentimiento la invadió por completo: la indignación.

 

Se levantaron bien temprano. A las 7 de la mañana debían estar en el hospital para ver al infectólogo y retirar la medicación. Cuando llegaron a Once, Fernanda y Marianela buscaban un taxi que las acercara a su destino. Tardaron media hora hasta lograr su objetivo. Los tacheros rechazaban el viaje por el bicho. Así llamaban al VIH.

 

Si encontrar un taxi que las llevara fue difícil, aún más lo fue el viaje hasta su destino. “El taxista que aceptó llevarnos nos preguntaba por qué íbamos nosotras hasta allá, si no nos daba miedo engancharnos una peste, porque estaba lleno de travestis, putas y trolos infectados”, cuenta Marianela con el ceño fruncido. La bronca se le nota en los gestos de la cara y remarca: “Esa hipocresía me revienta, como nos veía de buena posición económica y social, maestras, bien vestidas, pensaba que nosotras no podíamos tener ese bicho, ¡mirá lo equivocado que estaba!”.

 

Marianela intentó contener su calentura por respeto a su amiga. Pero le partía el corazón ver cómo se le transformaba la cara. Fernanda miraba por la ventana, fingía no escuchar las barbaridades que vomitaba el taxista y suspiraba. “Lamentablemente eso no fue todo, después la acompañé a la farmacia, cuando le damos la receta, la persona que nos atendía se puso guantes, cambió la cara y murmuraba con sus compañeros, no se dan cuenta pero lastiman”, expresó la maestra, visiblemente enojada.

 

Algo habrá hecho

 

–Doctor, ¿qué sugiere hacer?

–Ahora nada, son las consecuencias de la vida loca.

 

Marianela quedó con la boca abierta. No podía creer que esa frase saliera de un médico, de un profesional supuestamente actualizado, más aún, de un ginecólogo. Recordó una charla muy antigua de educación sexual en donde incorrectamente afirmaban que la abstinencia sexual era un método de prevención. “Si a mí se me cerró el pecho en ese momento, no quiero imaginar qué sintió mi amiga”, recuerda la joven y remata: “Sin embargo ella seguía ahí, imbatible, con su sonrisa y sus preguntas”.

 

“Nunca le pregunté cómo pasó. Esperé a que naciera de ella contarme, no quería que se sintiera incómoda”. Después de la visita al doctor, se fueron a una pizzería de la zona. Amaban esa pizza. Se pedían un chopp de cerveza para cada una y hablaban hasta que el sueño se hacía protagonista. La cena tuvo una particularidad, como nunca antes había pasado, arrancó en silencio. Hasta que Fernanda empezó a hablar: “Mi ex no sabía que vivía con HIV, por eso yo también lo tengo, pensamos que confiar en el otro consistía en no cuidarse, fuimos dos tarados”.

 

Justamente, esa tarde, Fernanda había ido a una clínica privada cerca de su casa por una consulta. Ella quería saber cómo debía actuar, de ahora en más, en el momento de tener relaciones sexuales con otras personas, si correspondía informar que vivía con HIV; si existía la obligación de contactar a sus antiguas parejas para contarles; y, además, cómo le sugería cuidarse en esta nueva condición de su vida.

 

La respuesta que recibió por el profesional no fue ni didáctica ni informativa. Solo fue una confirmación del prejuicio y de la ignorancia con la que se palpita la epidemia. “Parecía un témpano, se olvidó que adelante suyo tenía un ser humano”, sentencia Marianela y cierra: “La ley protege la confidencialidad de la persona con VIH tiene derecho a no contarlo, además, yo creo que no hace falta decirlo porque todos tenemos la obligación de cuidarnos”.

 

Se puede proyectar

 

–No quiero tener hijos, además tampoco puedo.

–¿Quién te dijo?

 

A veces, Fernanda pensaba en la maternidad. Si bien no había planes concretos, le gustaba indagar sobre su futuro. Ella imaginaba que no podía ser mamá porque una de las formas de transmisión del virus es a través del embarazo, del parto y de la leche materna sin los controles adecuados. “Solo para sacarnos la duda llamamos al 0800 gratuito del Ministerio de Salud, el profesional que nos atendió nos dijo que gracias al avance de la medicina, más del 98% de los hijos e hijas de madres con VIH/SIDA nacen sanos”, repite Marianela, fiel a su estilo de formación docente.

 

Cada vez que derribaban un mito o un preconcepto, la necesidad de saber más crecía. Por eso, siguieron preguntando. “¿Vos sabías que el 20% de los nuevos diagnósticos positivos ocurren en personas con más de 45 años? Algunas mujeres que transitan la menopausia piensan que no necesitan usar más el preservativo porque ya no corren riesgo de quedar embarazadas, pero se olvidan de las infecciones por transmisión sexual”, detalla Marianela.

 

Comunicar para prevenir

 

–Amiga, contalo.

 

Así, Marianela y Fernanda sellaron su último acuerdo. Se propusieron derribar los mitos y prejuicios que rodeaban al VIH. Sabían que de la misma forma que les resultó a ellas, comunicar información de calidad iba a ser su única herramienta para luchar contra las prácticas discriminatorias arraigadas en la sociedad. Empezaron por sus familias, por sus amigos, alumnos y alumnas, por cada una de las personas con las que tenían un vínculo. Las redes sociales y los portales web también colaboraron en su meta. Y, por ese trato, hoy Marianela decidió contar el camino que transitaron juntas.

 

“Los estudios dicen que si una persona con VIH toma su medicación en tiempo y forma el virus se puede adormecer”, afirma Marianela. Lo más importante es la continuidad del tratamiento, de esta forma el VIH no se reproduce y se evita la etapa sida. Nadie muere de sida, las infecciones oportunistas que se aprovechan de un cuerpo con las defensas debilitadas son las que conducen a dicho desenlace. “Fernanda vivió muy bien mientras respetó el tratamiento, luego se cansó, ella eligió su final”, revela Marianela y concluye: “Igual antes de morir por cáncer, a Fernanda la mató la sociedad”.

 

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