Historias sin punto final
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#14 · Al borde de la cama

Por Franco Spinetta
Ilustración Hache

 

Sentada al borde de la cama, Juliana se limpió la transpiración de su cara y blandeó su remera tratando de despegarla de su cuerpo. Ernesto dormía y el olor a sexo brotaba de las sábanas. Ella abrió las ventanas y dejó entrar la brisa de una noche de enero a la habitación.

 

En ese momento pensó otra vez si realmente lo amaba.

 

Después de hacer el amor, entraba en un laberinto del que le costaba algunos minutos salir. Nunca supo si lo lograba por negación o revelación. El pos sexo era una invitación a los cuestionamientos más profundos y complicados. No lo disfrutaba y tampoco lo buscaba: pasaba, consciente o inconscientemente.

 

Lo habló con su amiga Inés. Ella le dijo algo que jamás pudo quitarse de la cabeza: la primera sensación después de coger es la única verdad sobre lo que somos y lo que sentimos por la persona que está al lado. Algunos deciden ponerse en posición fetal, otros se prenden un pucho satisfechos; algunos se deprimen; Juliana tenía cuestionamientos existenciales.

 

Entonces recordó a Francisco, con quien había perdido la virginidad. Luego de varios meses insistiéndole, Juliana accedió a tener sexo con una condición: que de fondo, sonara la canción Bocanada. Había algo en la sonoridad, esos gemidos del comienzo, que la excitaban. Cogieron dolorosamente en un falcon 69 –rieron mucho por lo sexual del modelo, pero jamás lo practicaron– en el camino del tropezón o villa cariño, como alternadamente lo llamaban.

 

Luego el sexo se fue convirtiendo en algo cada vez más placentero. Con Francisco llegaron a tener sexo tres y hasta cuatro veces por día, durante las vacaciones de la escuela. Juliana estaba enamorada, pero comenzó a percibir que Francisco no. Lo primero que le llamó la atención fue que cada vez que cogían, él se recomponía rápidamente y no le dedicaba minutos, incluso horas, a contemplarla y acariciarla como lo había hecho hasta entonces.

 

Se sintió una prostituta.

 

Boludo, ¿qué onda? ¿Me cogés y listo? ¿No querés ser más mi novio?
No, le dijo él, derrumbando el castillo de arena.

 

Le costó mucho recomponerse de aquella relación. Con Francisco había perdido la virginidad, pero también la inocencia.

 

Luego de varios chongos, más o menos serios, estaba atrapada ahora en Ernesto. No con Ernesto, sino en él: le costaba asimilarlo, como si la culpa la arrastrara a no hacerle lo mismo que le había hecho Francisco a ella.

 

Con Ernesto hacía tres años que estaban y habían pasado días felices, entre mates y mañanas soleadas. Él le había enseñado el valor de la política, la había introducido en un mundo hasta entonces desconocido para ella: la militancia. A Juliana no le gustó de entrada, mejor dicho no la calentaba. Ernesto era un tipo alto, lampiño pero de cejas anchas y un poco despojado. Vestía interesadamente desinteresado. Realzaba su figura por la potencia de su voz y la inclemencia de sus frases. Podía estar horas debatiendo sobre un peronismo mágico que realzaba dándole ribetes incomprobables sobre actitudes o dichos de un Perón que seguramente nunca existió. A Juliana eso la deslumbró.

 

Empezaron a salir, pero no cogían. Algo se lo impedía.

 

No hizo caso. Hasta que empezaron a tener sexo y la relación se afianzó, entre unidades básicas, marchas, militancia, sueños y lágrimas.

 

Tres años así, sin más.

 

Algunos planes perdidos, muchos (muchos) viajes no realizados y la constante duda de no haber confiado en su instinto.

 

Así, hasta aquella noche de enero, por enésima vez sentada mirando por la ventana, con el pucho consumiéndose en la mano, pensando si realmente lo amaba. Por no hacer de entrada lo que es debido: nunca te quedes al lado de alguien a quien no podés soportar después de hacer el amor.

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