Historias sin punto final
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#19 · Debut, orgasmo y otras yerbas

Por Julio César Jiménez
Ph. Gustavo Salamié

 

Creo que hablar de sexo no es un tema sencillo, cada uno podría escribir un libro de su propia sexualidad. Yo viví hasta los 16 años en mi Artigas, Uruguay.

 

Mi familia no era religiosa, pero la sociedad, con una doctrina católica, de alguna manera influía en todos los hogares. Valoro muchas cosas morales de esta religión, pero creo que dañó mucho a las mujeres en el tema sexo.

 

A las mujeres les hicieron creer que era pecaminoso, sucio, y que en consecuencia no tenían permiso para el placer sexual, donde la culpa y el miedo eran moneda corriente. Todos estos mensajes penetraron en sus mentes y dejaron secuelas negativas a varias generaciones de mujeres.

 

Vivir en una ciudad del interior relativamente chica y descubrir a los 12 o 13 años la necesidad natural del sexo me convirtió en un onanista importante durante tres años.

 

A los 16 años viajé a Montevideo a jugar al fútbol profesionalmente. En la pensión convivía con otros jugadores, algunos mayores que yo. Al cobrar el primer sueldo pensé que ya era hora de mi debut sexual, y salimos para el prostíbulo Kilombo, que era una casa antigua, estilo español, con un patio interno que daba a varias habitaciones.

 

Todos mis amigos estaban sentados como en la sala de espera de un consultorio, y todos querían ir con la más linda, esperaban por ella. Los nervios y la ansiedad me estaban matando. Había una petisa parada contra una de las puertas, algo gordita, y decidí que fuera ella mi primera mujer.

 

Aclaro que durante mucho tiempo fui muy tímido y respetuoso, y como todo tímido, tenía pánico al ridículo. Cuento esto ahora porque vencí la timidez, y un gran sentido del humor está presente en mi vida.

 

Apenas entré al cuarto me dijo sacate la ropa, yo la trataba de usted y ella se dio cuenta que era mi debut. Salvo en películas, nunca había visto una mujer completamente desnuda.

 

Me llevó a una palangana llena de agua para higienizar a Charly, que así se llama mi miembro: nunca otras manos habían tocado a Charly. Ahí entendí que había una cosa llamada eyaculación precoz, apenas sus dedos rozaron a Charly y Charly no aguantó: mi debut duró seis segundos.

 

Las cosas que hice para no salir enseguida y quedar expuesto ante mis amigos la petisa las entendió, pero quería que me fuera para seguir trabajando. Obvio que a mis amigos les dije que mi experiencia había sido increíble, salvaje y apasionada.

 

Cuando fui comerciante tenía una oficina en un noveno piso contrafrente, y a cuarenta metros veía el contrafrente del edificio de la misma manzana. Durante tres años, en un piso con sus ventanas y sus persianas abiertas, fui y fuimos testigos, con compañeros de oficina, de la actuación exhibicionista de una joven pareja. Andaban desnudos todo el día y cada media hora se tiraban a la cama y tenían sexo, que no duraba más de cinco minutos. Se levantaban y tomaban mate, siempre desnudos. A la media hora otra vez sexo, sexo y mate todo el día: nunca en tres años los vi hacer algo distinto. Ella se acostaba y él iba arriba: el tipo no era nada creativo, siempre lo mismo. Al principio fue una novedad y todos éramos voyeristas. Ellos seguían con mate y sexo.

 

Mi socio viajó a Estados Unidos y le encargué unos prismáticos. Me trajo unos del ejército yanqui o de la nasa. Mi vecino seguía con sexo y mate. Yo tenía una obsesión como todos los hombres: tener una potencia sexual fuera de lo común, y cuando tuve en mis manos los prismáticos no era para ver sus cuerpos: mi única intención era ver la marca de la yerba que usaba mi vecino, y para mi sorpresa descubrí que la yerba era uruguaya.

 

A mis amigos suelo preguntarles cómo se dan cuenta cuando una mujer tiene un orgasmo. Las respuestas son increíbles. Muy pocos piensan como yo, que no me doy cuenta. Puedo ver una mujer muy excitada pero el orgasmo puntualmente es incomprobable.

 

Después de haber visto la escena de la película Cuando Harry conoció a Sally, cuando la protagonista en pleno restorán finge un orgasmo, más incrédulo soy. Según sexólogos, hay un porcentaje muy alto de mujeres que no llegan al orgasmo. Prefiero imaginar que las que tuvieron “algo” conmigo, hayan tenido o no un orgasmo, la pasaron bien.

 

El misterio del orgasmo las hace más encantadoras.

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