Historias sin punto final
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#1 · Amor invertido

Por Guillermo Saccomanno y Fernanda García Lao

Ilustración El Waibe

Cañadón Huelche, 14 de abril de 189…

Mi amado Fernand,

Escribo sin esperanza de que usted reciba estas letras tan desesperadas como añorantes de las noches de amor vividas. Fueron tumultuosos los caminos que nos deparó el destino, luego de nuestras fugas respectivas del sanatorio del doctor Ferretti. La operación no cambió mis sentimientos. Que su objetivo fuera probar que los corazones de un hombre y una mujer eran distintos, efectuando un trasplante, no consiguió atenuar —al menos para mí— el deseo, su vehemencia y el desorden de los sentidos. Mis pezones amarronados se endurecen como tornillos de solo pensar en usted. De igual modo imagino que, dispuesto como está físicamente con ese miembro privilegiado, aunque su corazón ahora sea femenino, no altera la voluptuosidad que supimos alcanzar, cumbres de placer inolvidables. De solo recordar aquellos instantes de lujuria me estremezco.

 

Qué fue de nuestra promesa de huir juntos al fin del mundo. Usted se perdió en la noche de las tabernas. O cambió de parecer. No me quedó otra alternativa que abordar sola el navío en Hamburgo.

 

En París, seguramente, los placeres no le serán vedados por más que su corazón disponga ahora de reflejos femeninos. La pregunta me tortura: ¿la distancia adormecerá las noches que compartimos en el sanatorio? En lo que a mí respecta, disfrazada de mozalbete, como polizonte, pude arribar, sin demasiada conciencia geográfica, a este paraje de la Patagonia desde donde le escribo.

 

Espero que no le despierte celos imaginar que debí entregar los dones a Usted reservados a seres inescrupulosos con tal de embarcarme y navegar tan lejos del Viejo Mundo. Sepa que le escribo añorante de sus besos y caricias, que su sola memoria me inspira humedades que Usted siempre ha provocado en mí. Al pensar en su lengua, en su saliva tibia, debo refrenar mi pluma para no detallar, con esta prosa apurada, los éxtasis vividos. También es cierto, y debo serle sincera, que siendo mujer con un corazón viril, me cuesta pensar que en mi cuerpo de hembra, careciendo de una verga, igual acuse sensaciones vívidas de un goce que se manifiesta en oleadas y empapa mis prendas íntimas. Juro que cada mañana, al tender al sol de estos confines indianos las mudas que mojó su memoria, me da pudor.

 

Mañana entregaré en el correo esta carta. Confío que pueda arribarle a nuestro escondite en el Pasaje des Panoramas, donde seguramente la melancolía lo impulsará alguna vez. Antes de colocar en un sobre estas letras, las deslizo entre mis piernas. Si esta carta le llega, podrá oler los efluvios que solía festejarme con palabras de entrega. Sin duda, medito, si usted responde esta carta, recobraremos, al menos por correspondencia, la fogosidad de esta historia que nos unió y que el amargo ensayo del doctor Ferretti no pudo apagar.

 

Temblorosa y ardiente, suya,

 

Guillemette

 

PD: Por más que mis dedos persiguen el placer guiados por el corazón viril, este torrente mío no es comparable al que Usted hacía brotar…

 

 

París, 30 de junio…

 

Humedísima Guillò, ¿puedo decirle así?

 

Su carta me ha sumido en el desconcierto. A la velocidad insólita de su respuesta, dos meses, he de sumarle el asunto del corazón. Huí con tal desconsuelo del sanatorio, que temo haber olvidado por completo el episodio que narra. ¿Dice Ud. que soy una mujer a pesar de este trío de atributos totémicos que oculto entre las piernas? Ahora entiendo a qué se debe la cicatriz oscura bajo mi tetilla izquierda. De mi antiguo corazón no hay vestigio. ¿Usted es yo?

 

Sí recuerdo, sin embargo, la pasión que el cuerpo suyo hizo estallar en el mío. La recreo maullando sobre mi espalda, lamiendo con alevosía mi pasillo oscuro, desbarrancada, succionante.

 

Me apena saber que ha mancillado sus orificios, a sabiendas de que eran míos. Yo aún no he traicionado el juramento que hiciéramos sobre las camillas de Ferretti, amor mío.

 

Todavía la recuerdo con la batita sucia, abierta como un pez recién salido del agua. Creí en sus palabras, a pesar de los narcóticos inyectados. No es un reclamo, no se confunda. Pero asumo que su masculinidad recién nacida la tiene contra las cuerdas. Es usted líquida y jabonosa. Quisiera fregarla entera. Ya la veo con la esponja. Ahora el asunto me perturba. ¿Masturbarme sería tocarla?

 

Yo he debido contentar mi cuerpo con evacuaciones impúdicas en los baños de esta villa. El cielo está tan bajo que casi podría tocarlo con solo estirar un dedo. Digo dedo, mi querida, y su manita calcinante se aparece. Lechosa.

 

Le escribo desde la estación, a la espera del tren a Marsella. Desde allí abordaré un carguero que ha de trasladarme al fin del mundo. Así es. Nuestros cuerpos volverán a ser uno, no se aflija. Anduve extraviado, mas su carta me ha devuelto la cordura.

 

A la intensidad de estas letras, contradicen las caras anodinas del resto de los viajeros. Aunque aseguro a Usted haberla visto en cada mujer: no hay pezón que no me remita a los suyos. A ellos estoy clavado como un Cristo por la muñeca.

 

Abandono momentáneamente la escritura. Una oriental de cabello afeitado no deja de mirarme. He sentido la tentación de arrojarla contra las vías. Sospecho de ella. Sus ojitos rasgados parecen espiarme. Le doy la espalda. Subo. El tren abandona la estación.

 

Nos deslizamos ahora por la geografía francesa como antes hizo mi lengua por la suya. La he amado en cada curva, querida, la natura me persigue como una vagina gruesa. Cada túnel es usted. La atravieso varias veces. El mundo es una escenografía para nuestro deseo.

 

Un enorme culo se formó hace un rato entre nubes negras y no pude menos que sentirme hambriento. Ganas de Usted, eso tengo. A la desesperación ahora le dicen Guillò, ¿sabía? Estoy tentado de tocarme en público, pero un pudor desconocido me lo impide.

 

Desde el vagón ocho la despido. La oriental ha orinado en el pasillo y he de trasladarme. Huele terrible. Creo que la envía Ferretti.

 

Me siento en el vagón comedor y miro por la ventanilla. Los cables de electricidad tan tirantes, tan paralelos, me hacen pensar en nosotros. He deseado nuestra captura, solo para volver a verla, querida. Es sabido, el fugado aspira un poco al grillete.

 

Bellísima, la imagino tendida en una soga, devorando mi esperma. Que el viento no disperse, copulemos.

 

Se agota la luz de esta tarde.

 

Escríbame a la casilla postal 66 de la estación de Marseille. He dejado instrucciones.

 

En sombras, se despide su Fernand

(tangible, erguido)

 

Cañadón Huelche, 3 de julio…

 

Adorado Fernand,

 

No imagina el tumulto de latidos, convulsiones y estremecimientos que produjo el arribo de su letra. Padecí un desmayo. Cuando volví en mí, el pastor Murray había aflojado mi camisa y liberado mis senos. Mientras los frotaba con unción, introducía su lengua áspera en mi boca. Un ejercicio de salvataje, se excusó. Su modo de hacerme volver en mí. Pero no volví en mí: volví en usted, querido. Cuando daba perdida toda chance de recobrar nuestra relación, a punto ya de cometer un acto sin retorno, había venido el pastor Murray con su misiva. Los galeses son hospitalarios, pero también gente inclinada a la severidad. Acá toda la vida bajo, la familia, los noviazgos, los juegos— gira en torno a la capilla. Y si bien me he adaptado a las rutinas de la comunidad, cuando los domingos acudo a misa, debo mentir mis verdaderos sentimientos en el confesionario. El pastor Murray se interesó por su correspondencia. Me preguntó quién era el remitente. Mi hermano, le dije, un comerciante naviero. Me solicita vuelva a Marsella para ayudarlo en su comercio.

 

Con la carta apretada contra mis pechos corro otra vez buscando refugio hacia un establo. Aquí, tendida en el heno, me concentro en la lectura. Mi memoria hierve. Temo que el fuego que consume mis partes se extienda por el heno.

 

Antes que nada, quiero aclararle que no debe usted manifestar celos porque, en mi huida, debiera entregar mis encantos a seres inescrupulosos. Fue la única forma de poner distancia del sanatorio Ferretti. Por otro lado, no me cabe duda de que Usted, amadísimo, también apeló a sus atributos para seducir a la enfermera que lo libró de las cadenas que sujetábanlo a la camilla del quirófano. No se lo reproché, no se lo reprocho, no se lo reprocharé. Puedo conjeturar el deleite de esperma fluyendo entre las caries de esa bruja malhadada. Lo que importa ahora: ambos estamos libres, y ambos sentimos que la inversión de nuestros corazones no alteró la lubricia que nos profesamos.
Excepto esos episodios ocasionales en que me entregué para facilitar el escape, le fui fiel. Es más, mientras cuatro marineros se entretenían conmigo, uno por adelante, otro por detrás, un tercero entre mis senos y un cuarto con mi boca, yo pronunciaba su nombre para mis adentros. Tal mi doloroso extrañar. Punzada aguda
entre mis dos orificios. Ahí, sí ahí. Aquí. Exacto.
Debo confiarle un secreto —y siempre con el temor de que esta correspondencia pueda ser interceptada o descubierta por ojos aviesos—. Le escribo ahora desde el pequeño despacho lateral a la capilla. Hay aquí una buena biblioteca en la que no faltan ni Plauto ni Shakespeare. Hurgando entre los volúmenes encontré un ejemplar ajado de John Cleland. Pude superar la ligera repugnancia que me causaron sus páginas manchadas por el onanista pastor Murray, quién otro. Dicha novela se ha constituido en mi libro de oraciones, la fuente de inspiración de mis rezos, la forma de contener mis anhelos. Recorrer sus páginas y tocarme, otorgarle imágenes mentales a las escenas orgiásticas, la multitud de vergas y vaginas siempre insaciables me recuerdan nuestros últimos escarceos. Mientras le escribo —sabe que no le miento— introduzco tres dedos en mi cavidad. Por mis labios palpitantes gotea el elixir que lo embriaga, mi buen Fernand. Traga, murmuro. Traga. No te detengas, traga.
Debo interrumpir ya mismo esta carta. Escucho los pasos del pastor Murray. Debo ocultar el tintero y la pluma. Le prometo que habré de vencer la adversidad y apenas pueda me embarcaré hacia el Viejo Mundo. No venga, esta tierra, aunque cargada de promesas, es la nada. En unos días anclará en esta costa un buque procedente de Glasgow. Confío que no me celará si debo recurrir a un ardid erótico para embarcarme y unirme a Usted cuanto antes. Piense que no hay atributos como los suyos, piense en mi lengua jugueteando pícara con sus cascabeles, mi deseado Fernand.

Guillò

 PD: Me encanta que me llame Guillò.

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