Historias sin punto final
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#26 · Aquel orgasmo que fue suicida

Por Gustavo Grazioli
Ilustración Leandro Gorrini

En el año 2001 mi cuerpo quedó arrasado por el sismo político económico que vivió nuestro país. Tuve que volver a la casa de mis padres y a la habitación en la que me había iniciado sexualmente entre posters de Kurt Cobain, Bowie y Lou Reed. En el prostíbulo donde trabajaba las cosas ya no iban bien. Mi jefe se hizo el boludo con el último pago y con cierta diplomacia me dijo que la clientela ya no era la misma, que no me iba a poder pagar el mes. Así ya venía hacía un tiempo largo. Eso se lo reproduje a la que me alquilaba la piecita en San Telmo, pero de un escobazo y acompañado de un “puta de mierda” me echó a la calle. Con una mochilita toqué el timbre en lo de papá. Justo salió él y me recibió igual que cuando me veía llegar del colegio: un fuerte abrazo. “Otra vez en casa, mi amor. ¡Qué bueno!”, dijo, contento. Sin preguntar nada me hizo dejar las cosas en el sillón y fuimos directamente a la cocina. Me ofreció un mate –mamá, como siempre, ni siquiera un hola– y se quedó mirándome por un largo rato en silencio. Parecía entre contento y compungido. Mi estado no era el mejor, tenía un ojo golpeado a causa de uno de los últimos clientes que atendí. Se había enojado conmigo porque no se la quise chupar sin forro. Me pegó con el puño cerrado. Me acuerdo que pedí ayuda al instante y dos tipos gigantes lo arrastraron por el pasillo hasta la puerta. Después me contaron que además de pegarle hicieron que pagara doble. Finalmente se vino a disculpar.

 

Papá siguió sin decir una palabra al respecto de cómo me vio. Me acompañó hasta aquel cuarto que había habitado hasta los 18 años. Después de 20 años regresaba y todo estaba como aquella vez me había ido: posters, discos, libros. Abracé a papá, lloré en su hombro, pedí perdón. No me contestó nada. Vi que sus ojos se pusieron brillosos pero se mantuvo intacto. “Bienvenida a casa, hija”, dijo y volvió con mamá a la cocina. Me fui directo a la cama. Con las piernas recogidas, quedé hecha un bollo y abracé la almohada. Me puse a llorar. De inmediato se me vino a la cabeza toda mi infancia. Me levanté de un salto y fui a ver el placard de la ropa. Todavía estaba colgado el uniforme del colegio de monjas y del lado de adentro de una de las puertas seguía pegada la foto de mi primer noviecito de la infancia. El pendejo ese era adorable. De seguro que si seguíamos juntos nos casábamos. Era moralmente perfecto. Me acuerdo cuando lo llevé al baño del colegio y me levanté la pollera. Su cara se puso pálida. Después casi se desmaya cuando le dije que me desvirgara. Salió corriendo.

 

Me echaron del colegio. Ahí fue cuando mamá dejó de hablarme. Me anotaron en otra escuela y me rateaba a un bar que tenía libros. De algún modo desde chiquita siempre había soñado con ser bohemia y escribir en bares, pero no aguanté sin plata. Ese fue un punto de inflexión del que no pude hacerme a un costado. Mamá me echó de casa cuando me descubrió cogiendo con un pibe en mi habitación. Anduve por la calle durante un tiempo largo, dormí en plazas, me hice amiga de un grupo de anarquistas en Avellaneda con el que fuimos a cortar Puente Pueyrredón varias veces. La policía me cagó a palos en momentos de desalojos. Siempre resistí pero cuando caían los hidrantes y “los robocops”, como le decía un amigo, la cosa se ponía dura. Y otra vez volver a empezar, tratar de encontrar un lugar deshabitado. Tantos años así me fueron llevando a una gran depresión y a una soledad austera. Casi no hablaba, todos mis pensamientos iban a parar a un diario que llevaba siempre conmigo. Algunos odiados, otros víctimas de mi frustración, fueron retratados en esas hojas que después se terminaron convirtiendo en un confesionario laboral. Entré a laburar a un prostíbulo, ni lo pensé. Me mandé. Fueron años de mucha adrenalina.

 

Leer el diario de notas de esos años me retuerce por dentro. Estoy temblando.

 

1 de diciembre

 

Una amiga me hizo ir a hablar con un conocido que estaba buscando gente para abrir un puterío. Un pelado que no vale dos mangos, en una oficina dos por dos, me pregunta si estoy dispuesta a empezar a trabajar en dos días. No me queda otra que decirle que sí. Necesito la plata.

 

3 de diciembre

 

Hablo con mi amiga. Me abraza fuerte y me dice que me cuide. Trata de explicarme algunas cosas a tener en cuenta en este tipo de trabajos. Destaqué algunas frases: “no existe el amor”, “siempre con forro”, “pedí ayuda a los gritos ante cualquier cosa”.

Tengo un poco de miedo pero allá voy.

 

7 de diciembre

 

Atendí dos clientes. El primero un sumiso. Tenía más miedo que yo. Entre los dos la fuimos llevando pero al principio costó que se le parara. Miraba el reloj de pared. “Me quedan diez”, decía nervioso. Con el segundo la cosa cambió; estaba entrenado y al parecer era un habitué. Un cuarentón bastante panzón me estaba cogiendo en cuatro. Se puso pretencioso después. “Elegí: te acabo en la boca o te hago el culo”. Salí corriendo al baño a vomitar. Me lo descontaron del sueldo.

 

14 de febrero

 

Pensé que iban a venir pocos pero hubo movida. Muchos están de vacaciones con sus familias. No cogen y se vienen a descargar con nosotras a fin de mes. Siempre piden las cosas que a sus mujeres no se les ocurriría hacer.

 

Me tocó atender uno solo a la noche. Un pibe de no menos de treinta. Muy lindo. La tenía gigante. Sangré un poquito pero, después de dos meses, fue con el primero que tuve un orgasmo.

 

20 de febrero

 

Por fin pude alquilar una pieza decente para dormir.

 

3 de marzo

 

Al mediodía me tocó atender a un viejo de 65 años. Tenía la pija arrugada pero se le paró rápido. Me hizo ir arriba. Me cacheteó la cola con cara de pajero. “Lo que más me gusta es que tenés la edad de mi hija”, me dijo con algo de baba en la comisura de sus labios. Me fui corriendo al baño a vomitar. Me lo descontaron del sueldo.

 

Seguí pasando las páginas del diario con mis lágrimas estrellándose en las hojas. Llegué hasta la parte final y ahí pude captar la densidad, la espesura, del clima que estoy viviendo. Todo había dejado de ser el mero rebusque de ganar plata. Leí la nota que escribí hace menos de una semana: “Estoy embarazada de cuatro meses y no sé quién es el padre. Solo lo imagino”. Nadie sabe nada. No sé si eso es mejor o peor. Averigüé cómo hacer un aborto y para no correr un riesgo mayor tengo que conseguir mucha plata.

 

Todo esto lo escribí en el diario y lo dejé sobre la cama.

 

Seguí viendo qué más tenía en la mochila y en el fondo encontré el 38 que me había dejado un amigo de los anarquistas antes de irse a Brasil para probar suerte con su utópica idea de revuelta social. “Acá es imposible”, decía siempre. Saqué el arma con un poco de temor. Tenía dos balas el tambor. Salí de la habitación y al parecer papá no estaba en casa y mamá, destinada a las tareas de ama de casa, lavaba los platos con la radio de fondo. Cerré con llave la puerta de mi cuarto, puse música y traté de tocarme un poco. Tenía ganas de acabar sin tener que coger con nadie. Clavé la mirada en el poster que mostraba a un Lou Reed joven con guitarra a cuestas y con la yema del dedo índice, ayudada por un gel, me empecé a frotar lentamente el clítoris. Tuve el mejor orgasmo de mi vida.

 

Volví al diario y lo abrí al azar. Caí en la nota que escribí tres días antes de que me echen del prostíbulo

 

14 de abril

 

Quisiera ser feliz.

 

Otra vez lloré. Otra vez fracasé.

 

Agarré la lapicera temblando, escribí “chau” en el último lugar que quedaba en el cuaderno, cerré los ojos y disparé.

 

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