Historias sin punto final
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#13 · Dos cajas

Por Nacho Porto
Ilustración Andrés Fuschetto

 

Tenía que alejarse de todo. Luego del impacto y el llanto, recogió sus cosas y se fue.

 

Romina no quería saber nada de ellos. ¿Cómo había podido caer tan bajo?, ¿cómo se dejó llevar a ese nivel de aberración? Entre gritos e insultos les ordenó que nunca más la contactaran, y los amenazó con un juicio. No quería volver a verlos, ni siquiera con abogados de por medio; sacar eso a la luz sería su fin.

 

Solo quería distancia y silencio.

 

El shock le duró varios días; Julián, su marido, estaba preocupado por verla tan perpleja, como ausente; ella alegó una pelea con su madre y unos deseos laborales incumplidos.

 

Se refugió en la rutina. Esperaba que con la repetición de los actos simples, vacíos de contenido, las cosas que había hecho quedaran enterradas.

 

Tomó la costumbre de hacer las compras todas las tardes después del trabajo; y esta vez sí, empezó yoga y pilates.

 

El pasillo del supermercado era impersonal y mal higienizado. Los tubos fosforescentes intentaban dar una imagen de pulcritud que ni los pisos ni la gente que frecuentaba el lugar parecían suscribir.

 

Desde hacía unos días se estaba esmerando en preparar la cena. Lo recibía a Julián con algún plato elaborado diferente.

 

En la góndola de las verduras vio cilantro… haría ceviche.

 

Una imagen de tiempo atrás: las cuatro amigas cuando “jugaban a ser chefs”, noches de pijama party y cocinas sucias con platos de dispar resultado.

 

Esa receta… la había llevado Paola.

 

No.

 

Había que borrarla, sacarla de la cabeza. ¿Era otra Paola aquella de la adolescencia?, ya no importaba. Ahora era todo distinto.

 

Prepararía alguna otra cosa, risotto. Sí, ese lo había aprendido de su abuela.

 

Cuando terminaron de comer Julián la felicitó por el plato, estaba más alegre desde que su esposa había tenido la crisis y se comportaba más como un ama de casa convencional. Ella le agradeció y levantó la mesa.

 

Romina fue al baño y se puso crema en la cara, se cepilló los dientes con la mente en blanco. En el cuarto la esperaba su marido mirando la repetición de una carrera de autos.

 

Abrió su cajón para ponerse la ropa de dormir. El estruendo de un choque en la tv hizo que lo abriera con fuerza y brusquedad.

 

Ahí lo vio.

 

Aquello que había escondido, como con vida propia, se mostró acusándola.

 

Agarró lo que estaba arriba de todo y cerró rápido. Tendría que hacer algo con eso.

Un estremecimiento involuntario de su cuerpo de ella despertó el deseo del hombre. Hacía mucho que lo venía evitando, ya casi no le quedaban excusas. Lo cierto es que desde el incidente Romina había cancelado toda su sexualidad, pero ahora no podría evadir la situación.

 

Comenzaron las caricias y los besos; de fondo el televisor anunciaba las estadísticas de una escudería italiana.

 

El sexo con Julián era un acto para alcanzar el alivio, con afecto sí, pero lejos de aquello que había conocido. Su marido, con movimientos rítmicos, procuraba el orgasmo con prontitud. No sabía del placer que reside en la expectación. Le dio un beso y se acostó de espaldas a él, simuló estar dormida; mientras decidía lo que haría al otro día con aquello, de fondo la tele anunciaba los mejores goles de la fecha.

 

A la mañana siguiente se demoró en salir para estar sola. Aquel testimonio oculto estaba en el cajón; lo puso sobre la cama y lo miró. Era la representación material de todo lo que le había pasado, de todo lo que había hecho. Pensó por varios minutos qué hacer con él. En el cesto no podía tirarlo por si alguien revisaba la basura, algo esperable en un edificio. Tampoco lo tiraría así como así en la calle.

 

Pero el objeto tenía que desaparecer.

 

En lo alto del placar había una caja forrada de papel araña; en ella todas las fotos de cuando era niña; nadie nunca miraba ahí. Al sacar la tapa, la foto del viaje de egresados la recibió. Ella no estaba al lado de Paola, había alguien en el medio, como ahora, como había sido casi siempre. Allí estaba su amiga, saludándola desde el pasado.

 

Lo puso entre los álbumes de fotos, y devolvió todo a su lugar. Guardó en esa caja todas las cosas que quería olvidar, la oscuridad y el secreto borrarían todo lo demás.

 

Fue al living y sacó la foto con sus amigas de hacía años del portarretrato y la reemplazó por una con su marido.

 

Pasaron unas semanas, y el estupor fue menguando; se había afianzado en su rutina, en el trabajo y en la casa.

 

Hasta había iniciado el acto sexual alguna vez.

 

En uno de esos encuentros le pidió a su marido hacerlo de una manera nueva; se encontró pensando en otra persona, en otra vida.

 

Cuando terminaron le dio la espalda fingiendo dormir, su esposo la abrazó en la oscuridad. Su brazo le pareció pesado y caluroso.

 

Mientras Julián balbuceaba entre ronquidos, ella se durmió sin sueños.

 

Su afecto por Paola estaba cubierto por un sentimiento, no mayor, pero sí más profundo.

 

Un vínculo de intimidades las unía, y Romina no podía discernir qué era cada cosa. Había ido ingresando al nuevo mundo de Paola; y ahora no sabía cómo desandar el camino. Buscó refugio en la ignorancia de su esposo, pensó que esa inocencia la protegería de lo que había vivido. Por un tiempo la rutina la escondió. Pero había una libertad en Paola y Bruno, una autoconciencia de lo que uno era realmente que era difícil negar. El precio que tenía que pagar era alto.

Se decidió por la quietud de las cosas, y como quien se sumerge para no oír los ruidos del exterior, se zambulló en su decisión.

 

¿Qué contendría ahora la otra caja, aquella de Paola y Bruno?, ¿habría sido ocupada con otras cosas, o todavía la estaría esperando?

 

Esa caja, en esa casa silenciosa llena de certezas, la inquietaba.

 

Lo que contenía esta otra caja tenía el peso de lo verdadero, una forma de libertad.

 

Romina dudaba. Una atracción repulsiva la llevó a esconder sus secretos, pero no a deshacerse de ellos.

 

Un miedo amante la llamaba desde otro lugar. Sonó el teléfono y deseó genuinamente por alguien. La llamada programada de una publicidad que le adjudicaba un auto casi la hizo llorar. Su casa ya no era suficiente, miraba los muebles, las paredes, las fotos y nada de eso tenía sentido, era como si estuviera vacía. Nada tenía siquiera significado, como un loco que no entiende lo que ve.

 

Las amigas harían una merienda el próximo sábado. Romina no quería ir porque sería la primera vez que se encontrara a Paola desde que la vio en la otra casa. Allí las reglas estaban claras, no sabía qué esperar en el exterior. Temía que ella revelara su secreto que la obligara a hacer algo  frente a todas, y que no pudiera decirle que no.

 

Sabía que no iba a asistir, a último momento alegaría algún acceso repentino de gripe o algo similar. Sus planes se vieron coartados cuando Andrea, una de sus amigas, se encontró con Julián en el supermercado y, medio en broma, le pidió que la “dejara salir con las chicas”.

Todos sabían lo introvertida que Romina podía llegar a ser, fue por eso que su marido insistió en que fuera.

 

Llegó el sábado, en la mesa de la casa de té ya estaban Andrea y Victoria. Se notaba por los movimientos que se veían con frecuencia, no estaba esa energía de aquellos que intentan ponerse al día pronto, ¿sería así?, poco importaba.

 

–Hola, chicas, ¿cómo andan las diosas? –Romina las saludó alegremente.

–¡Ro, qué divina que estás! –la energía característica de Andrea siempre se adelantaba a los demás.

–¡Ay, Romi, hace mil que no nos vemos! ¡Dame un abrazo, amiga! –Victoria siempre fue la cariñosa del grupo. Desde el secundario que estaban las cuatro juntas, “las diosas de 5to año” se habían autobautizado.

 

Eran sus mejores amigas, de adolescentes juraron ser amigas siempre. La vida y las cosas se entrometieron, y poco a poco se fueron viendo menos; ahora solo mantenían el vínculo por chats telefónicos y algún encuentro ocasional, pero muy poco frecuente.

 

–Vamos pidiendo la merienda que Pao avisó que llega un poco más tarde –dijo Victoria.

–Hay que pedir la “Merienda Parisina” –dijo Andrea–, me dijeron que es súper abundante y como la toman allá en Francia.

 

La charla tuvo cuerpo de recuerdo. Se pusieron al día, recordaron historias comunes. Romina se sintió bien. Les contó los pormenores de su trabajo, alguna anécdota forzada en la comicidad. Sabía que no podía dar cuenta de lo que había estado haciendo, pero con evasivas y actividades ficticias, sumado al interés moderado de sus interlocutoras, logró sortearlo.

 

Casi una hora después llegó Paola, era un león en la selva.

 

Romina miró a su alrededor para confirmar lo que ya sabía, las miradas furtivas de los hombres del lugar habían hecho foco en ella. Paola vestía con elegancia y sensualidad hasta la ropa de ejercicio. Sus piernas firmes encontraban en las calzas la potencialidad máxima. Sus pequeños senos con forma de gota, en esa remera demasiado grande, se dejaban entrever en sus formas. Un cuerpo que Romina conocía muy bien.

 

Con el pelo recogido en una cola de caballo y su sonrisa compradora Paola era la encarnación de la belleza, esos años que pasaron desde el secundario acaso le habían sentado mejor.

 

Romina vio que les sonreía, y quiso a Paola como antes; y la quiso como ahora.

 

–¡Hola, chichis!, disculpen que me demoré pero tuve un ejercicio de emergencia –mientras decía esto Paola se sentó recogiendo las piernas en el sillón que le habían dejado.

–No pasa nada, Pao, ¿ejercicio de emergencia, qué es eso? –preguntó Victoria.

–Ay, chicas –dijo Paola mordiéndose el labio inferior–, por “ejercicio de emergencia” quiero decir que estuve con alguien.

 

Así que era eso, había estado con su dueño, gozándolo, mientras ella comía cupcakes en un bar demasiado caro.

 

–Es así, él me llama, y yo… –rió con ganas– no puedo decirle que no.

–Pero Pao, ¿justo vos?, qué raro haciendo lo que te dice un tipo así como así –dijo Andrea.

–Es que este es… distinto, diferente.

–No me digas que nació el hombre que puede lograr esto con vos… –la incredulidad de las otras dos se convirtió en entusiasmo.

–No, no, no sé… es… diferente, todo en él es diferente.

 

Romina sabía muy bien lo especial que era Bruno, y que otra hablara con conocimiento de él le dio celos. Paola empezó a comer con voracidad lo que había en la mesa, su amiga disfrutaba de la vida de esa manera, tomaba lo que quería con fruición, con hambre
–¿Y vos Vicky en qué andás?

–Nada del otro mundo, tengo a los nenes con anginas –dijo Victoria, y miró a Paola–. Se ve que este señor te dejó con hambre.

–Algo así, siempre me da un poco de hambre después de coger. Pero bueno, no quiero decir más nada. ¿Ustedes en qué andan, trolas?

 

La tarde siguió, la conversación retornó su curso. Romina esperaba con apremio alguna señal de su amiga, alguna mirada de reconocimiento, algún gesto, una orden. Nada de eso sucedió, Paola ni siquiera le dio una atención diferente que las demás.

 

–Bueno, hay una novedad, una tontería casi, con este “caballero” –dijo Paola en un gesto cómico mientras levantaba la vista–, tenemos una perrita.

 

Romina se irguió en el acto, la asaltó el temor.

 

–Nada del otro mundo, pero no saben lo que es esta perrita, chicas, dócil, obediente, entiende todo lo que decís. La encontró él perdida y con “el caballero” la empezamos a cuidar. Es re loco, porque ve la correa y cambia totalmente.

–Como todos los perros, querida, ven la correa y se ponen como locos –Andrea era conocida por su amor a los canes.

–¡Tal cual!, una vez que le ponés la correa ya sabe lo que va a pasar y lo que tiene que hacer. Y te digo la verdad, no se imaginan cómo se divierte; cómo nos divertimos.

 

Romina recordó esa correa, y la extrañó.

 

–Pero hace poco la perdimos.

–¿Cómo que la perdiste? –Andrea no entendía cómo su amiga que vivía en un departamento había perdido a su mascota.

–Viste como son los animales, a veces se pierden, a veces se escapan –decía Paola muy concentrada mientras desgranaba con sus dedos una porción de torta–, lo importante es que no supimos más de ella.

–¿Pero la buscaron por el barrio?

–La verdad que no; los perros cuando no están adiestrados se te escapan todo el tiempo –al decir esto mordió con voracidad una porción de fruta.

–Totalmente querida –Andrea tenía una energía que cortaba todas las oraciones.

–Como te decía, los perros cuando no están adiestrados se pierden; a veces creen que se están escapando, y en realidad se están perdiendo. En fin, ya encontraremos otra.

 

En ese momento la cara de Paola fue de urgencia.

 

– ¡Ay, chicas!, no me aguanto.

 

Paola se levantó y fue al baño; tras ella fue Romina.

 

Paola salió y se miró en el espejo, comenzó a arreglarse. Romina la miró a través de él como rogándole, esperaba que su dueña le dijera algo, aunque fuera una mirada. Paola se terminó de pintar los labios, detrás de ella había una sombra expectante.

 

–¿Te pasa algo Ro?

–No… es que… no.

–Bueno mejor, vuelvo a ver si me perdí algún chisme de estas guachas.

 

Domingo a la mañana, Julián, dormía. Sacó la caja y empezó a mirar las fotos, debajo de todo eso estaba el objeto. Fue al baño. Allí un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Recordó las fotos. El frío de la losa la ubicó en el lugar; este no era el espacio designado; aquí el placer se pagaba en silencio.

 

Allí, en la otra casa no.

 

Abrió la caja e intentó un simulacro de recuerdo. Se masturbó en el inodoro pero no fue suficiente. Tenía que aliviarse y se liberó. Escuchó como la orina chocaba contra la losa, un chorro largo y cargado, quería sentir el olor, y así lo hizo. Orinó en sus manos y las olió. Su líquido no tenía el olor de un dueño; tampoco era del de un perro.

 

En el reflejo del espejo había una mujer triste y sola. Fue ahí cuando Romina miró el abismo. En la soledad de los días, en esa oscuridad  lloró otra vez; lloraba por el lugar en donde se encontraba su vida, por la pérdida del único vínculo que para ella tenía algún valor, lloró por todas esas cosas, aún por otras que no sabía cuáles eran pero las estaba llorando. Anheló esos tres que eran uno… y la otra caja, en la que estaba su rol determinado y determinante.

 

El silencio del teléfono era cada vez peor, no traía noticias ni mensajes relevantes. Sus deseos de distancia habían sido respetados; pero ella necesitaba que, al menos por una vez, no fuera así. Solo una.

 

Con ella habían llegado demasiado lejos. Allí ella se vio convertida en algo que le dio pavor.

 

Pero la otra caja.

 

La otra vida.

 

La otra.

 

Recordó las fotos, no las del recuerdo, sino aquellas que aguardaban en el silencio de otro lugar.

Fue hacia el teléfono, esta vez sería ella quien fuera en la búsqueda.

 

Paola y Bruno la esperarían el próximo jueves por la tarde; tendría que faltar al gimnasio igual que antes. Ni lo dudó.

 

Cuando el día llegó, Romina fue hasta el cuarto de esa otra casa, aquella que era silenciosa por decisión propia.

 

Allí, sobre una cama, la otra caja.

 

En el living ya la estaban esperando.

 

Supo tanto como podía saber algo que las cenas hogareñas, las clases de pilates y las charlas banales, habían quedado atrás para siempre.

 

Se zambulló en el momento con los ojos cerrados; con el corazón abierto.

 

Había encontrado liberación en el sometimiento.

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