Historias sin punto final
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Editorial

Poetas y tenistas, rebeldes y cagones, vírgenes y amantes: todos necesitan otra dimensión del universo.

Coger despliega un aura de intimidad que interpela la condición natural del ser: estar en bolas.

Al otro lado de las cloacas, en las grutas del sexo, los patrones agitan la brutalidad narco, hacen acuerdos espurios, venden esclavas: la perversidad destroza el virtuosismo.

Para coger hay que atraer o decir ya fue. Para coger hay que estar caliente o calentarse lo suficiente. Para coger hay que ceder y encarar. Para coger hace falta una pija que no pueda restablecer su blandura inicial y una concha transformada en licuado de frutillas. Para coger hay que acostarse y sentarse y correrse y arrodillarse y morder y ponerse de costado y masticar pelos y acariciar transpiración y babearse y reírse y hablar.

Cuando la efervescencia enloquece, el deseo se desplaza.

Garchar es una concreción levemente menor, al paso: pantalones bajos, cabeza maciza, bombacha corrida, pezones en los bordes del corpiño, rodillazos y calambres.

El tango, la salsa, el rock, la cumbia y el reggaetón manifiestan los ritmos.

Seducir es erotismo: explotar curvas o actitudes.

Hacer el amor es una constelación venosa.

Si el sexo se ama, al fondo siempre espera la miel.

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