Historias sin punto final
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#4 · El sabor amargo

Por Kike Ferrari

Ilustración Florencia Garbini

“You’ve been baptized in a lake of tears
crucified yoursef whit your own dreams…

but youlearn from what’s killing you

and this real!”

  1. Winstein

1.

 

Eso no, dice la mujer mientras detiene la cabeza, la boca enmarcada en la barba rojiza que lame las cercanías de su ombligo y baja.

 

No, dice la mujer. Yo te lo hago, si querés; pero vos a mí, no. La mujer, que se llama Emma y tiene los ojos verdes y detiene la boca enmarcada en la barba rojiza que baja lamiendo más allá de las cercanías de su ombligo, dice no. No quiero.

 

La mujer que se llama Emma y dice no quiero levanta el culo hacía el techo, cierra los ojos y apoya su mano pequeña sobre la verga endurecida de Rejman. ¿De qué color son los ojos verdes de Emma ahora que están cerrados y nadie puede verlos, ahora que nada pueden ver? ¿De qué color es la lengua rosada, de qué color los labios que atrapan el pene endurecido de Rejman?

 

Su boca, sus labios, su mano pequeña trabajan los estertores de Rejman.

 

Sigue. Se detiene, Emma.

 

Jadea: decime cómo te gusta.

 

La mujer que aprieta la verga dura con una mano pequeña abre los ojos, que vuelven a ser indudablemente verdes, y pregunta cómo le gusta a él, al hombre de la barba rojiza, Rejman.

 

Te voy a llenar de, empieza Rejman. Pero la boca de Emma vuelve sobre la dureza y él no puede hablar más. Comienzan a apurarse los sonidos de glotonería indisimulada, de labios cerrados sobre el miembro tenso, de lengua trabajosa y tenaz. Y la boca de la mujer, trabajosa y tenaz, se llena.

 

Rejman resopla, arquea la espalda y las plantas de los pies, se muerde el labio inferior pegado a la barba rojiza.

 

Mierda, dice. O dice dios. Una de esas dos groserías dice Rejman cuando la mujer se traga el sabor amargo de su semen.

 

Emma, la boca adormecida por el regusto amargo del semen, le dice montame. El hombre de la barba rojiza, la verga del hombre de la barba rojiza, ya no tan dura, momentáneamente flácida, la monta.

 

Dale, hijo de puta, dice la boca de Emma, el regusto amargo en la lengua adormecida. La verga de Rejman se endurece lenta dentro de ella, que repite montame.

 

Y cogen con crueldad, con crueldad se ufanan los cuerpos entrelazados y sudorosos.

 

 

 

El bar está casi lleno.

 

Recostada la espalda contra el respaldo de la silla, la mano meciendo la barba rojiza, Rejman, que tiene la cara angulosa, mira a su auditorio y tose. ¿La tos es parte del montaje o es un signo de enfermedad? Rejman habla al auditorio que lo escucha en silencio. Sabe Rejman, la barba rojiza en la cara angulosa, que estas conversaciones en bares, todos esos intentos, las cosas que serán dichas y las que se callarán, son un fiasco, que no hay ni una idea propia ahí, que no hace más que compilar y repetir. De alguna manera eso lo divierte a Rejman, que tose.

 

Que alguien me consiga un pañuelo, dice. No pide, no agrega por favor, no pregunta si alguien tiene. Un muchacho desalineado de suéter azul claro le acerca uno. Muy pronto otras dos personas estiran hasta él pañuelos.

 

Uno, los rechaza.

 

Rejman, la tos como montaje o signo de enfermedad, cara angulosa, barba rojiza, apoya sobre la mesa el pañuelo que le acerca el joven desalineado de suéter azul, al lado de la tasa de café que se enfría, mientras habla, mientras ese grupito más o menos crédulo lo escucha y él sabe que no hay ni una idea suya, que lo único suyo que hay es la voluntad de compilador. Tose de nuevo, Rejman, y empieza a hablar.

 

No hay poder, dice, sin una negación, sin una rebeldía potencial.

 

En una de las mesas adjuntadas a la suya, cerca de la ventana, una mujer de ojos verdes que aún no se llama Emma para él, lo escucha. Esa mujer, que lo mira y lo escucha desde la mesa adjuntada, lo desprecia y lo admira de alguna manera. Emma, que así empezará a llamarse luego ella para Rejman, lo desprecia, lo admira con desprecio. Piensa que debería decírselo. Piensa, mientras lo mira, mientras mira la barba rojiza, la cara angulosa de Rejman, sus manos en el aire, mientras lo escucha decir que sin una negativa potencial no hay poder, que no sabe si podría hacer el amor con un tipo como él.

 

Un tipo como vos, piensa como si le hablara.

 

Piensa, aunque me gustan tus palabras y la furia de tus gestos, no sé si podría meterme en tu cama. Y piensa que le gustaría averiguarlo.

 

Los hechos, sentencia Rejman que no ha vuelto a tocar el pañuelo que apoyó junto al pocillo de café, son como los textos, como un libro. No se le puede hacer preguntas a un libro, un libro es una forma abierta solo si sabemos leerlo, sino es una forma cerrada. Pensemos en un libro en, por ejemplo, alemán, dice, partiendo de la base de que yo no sé leer alemán. Lo mismo con los hechos, explica Rejman, no se les puede preguntar, no se puede indagar. Lo único que se puede hacer, dice, es aprender alemán.

 

La mujer, Emma, distrae sus ojos verdes en la furia de los gestos de Rejman mientras éste habla.

 

La aparición de los jacobinos, dice Rejman, apoyando las manos en la mesa sobre la que están los pocillos de café enfriados y bebidos a medias y el pañuelo que le acercó el muchacho de suéter azul, transformó en hechos lo que solo eran balbuceos sobre el poder.

 

Dice: la inteligencia del Estado es básicamente un mecanismo destinado a alterar el criterio de realidad.

 

Algo sobre la filosofía de la praxis, dice después.

 

Cuando termina hay un momento de silencio, espero como la niebla, y alguien toma la palabra. Tampoco ahí habrá ninguna idea nueva y Rejman lo sabe. Se mesa, la barba rojiza en la cara angulosa, no tose, parece atento a lo que se conversa y cada tanto lanza una frase, una rectificación amasada en su capacidad de compilador. Se levanta de su silla y se acerca a la mesa en la que está la mujer que empezará a llamarse, para él, Emma, que lo mira fijamente y cree que Rejman es violento de una manera absurda, inútil masculina. Un rato después la reunión ha terminado y ella le propone que se queden un poco más, lo invita otro café.

 

El pañuelo queda en la mesa de al lado, entre los pocillos de café frío, intocado.

 

 

3.

 

Querés que haga algo de comer, pregunta Emma, todavía desnuda, con el gesto cansado y satisfecho. Rejaman está tirado en la cama en la que hasta hace unos instantes se ufanaban en escenas de cuerpos entrelazados y sudorosos y dice bueno. Dice lo que quieras, es lo mismo. Emma se acerca desnuda a la cama donde los cuerpos se ufanaron entrelazados y sudorosos, a la cara angulosa de Rejman, a su barba rojiza, y le pregunta qué comemos.

 

Hay atún, un poco de pollo, dice, tengo fideos. O mate. Qué querés que haga, pregunta.

 

Una inútil, violenta, absurda masculinidad se despliega en la cara angulosa de Rejman, que siente el placer crecer en la equívoca pregunta gastronómica y contesta.

 

Que me acabes en la boca, dice.

 

Ella, desnuda, el rostro ligeramente enloquecido, abre la herida que es su boca y le espeta: hijo de puta.

 

Sonríe Rejman al insulto, escondido tras la sonrisa que despliega en su cara angulosa un mapa de arrugas, la cartografía de la suma de los gestos enfurecidos, mira el culo de Emma que se va al baño. Y piensa, feliz, que acaba de arruinarle a la mujer del rostro ligeramente enloquecido un momento único.

 

 

 

Café, pregunta la mujer que empieza a llamarse, para Rejman, Emma.

 

Ginebra, dice él. Piden ginebra. Dos.

 

Se miden. Piensa Rejman de la mujer de ojos verdes que ya hace un rato que llama Emma, que tiene el rostro ligeramente enloquecido. No le parece demasiado atractiva aunque sí lo suficiente como para estar ahí sentado esperando a ver cómo sigue el juego.

 

Emma, el rostro ligeramente enloquecido y el vaso de ginebra en la mano pequeña, vuelve a admirar y despreciar a Rejman, que bebe y piensa que debería haber pedido algo más suave. Cerveza. O quizá fernet. Hablan de otras cosas mientras piensan en rostros enloquecidos y admirados desprecios. ¿De qué hablan el hombre de la barba rojiza y la mujer del rostro ligeramente enloquecido, la boca como una herida en el rostro ligeramente enloquecido, mientras piensan en el otro como un rival, como un misterio, como una curiosidad, como un desafío posible?, ¿de qué habla Emma mientras sus ojos verdes se distraen en los ángulos de la cara de Rejman, en las furias de sus gestos?, ¿qué dice, qué ideas ajenas, recopiladas, repite Rejman mientras piensa en la ligera locura que asoma en el rostro de la mujer, Emma?

 

Al rato ella dice que no sabe si podría hacer el amor con un tipo como él. ¿Están hablando de los dispositivos de control de la institución familiar cuando ella, aparentemente de la nada, le dice no sé si podría hacer el amor con un tipo como vos?

 

No sé si podría, dice. Toma un trago de ginebra, casi el último del vaso.

 

Un tipo como vos, dice.

 

Dice: aunque me gustan tus palabras y las furias de tus gestos.

 

Rejman, que toma la segunda ginebra pensando que hubiera sido mejor pedir cerveza o fernet, contiene la furia de los gestos en su cara angulosa y mira los ojos verdes, el rostro ligeramente enloquecido y ahora borracho de la mujer que le dice que la deserotiza la absurda inutilidad masculina de su violencia y sin embrago.

 

Sexo y miedo a las palabras, piensa Rejman.

 

Coger, piensa.

 

Y sin embargo, dice Rejman entre trago y trago de la ginebra que debió haber sido cerveza o quizá fernet, a mí me gustaría coger con vos. Lo dice sin saber si es cierto. Remarca el sonido agrio de la letra ge, la erre final, Rejman, que habla mirando los borrachos ojos verdes de Emma sin saber si, realmente, quiere coger con ella.

 

No sé si podría hacerlo con vos, repite la boca de Emma que es una lastimadura en su rostro ligeramente enloquecido.

 

Hacer qué, pregunta Rejman, que puede preguntar porque no hay hechos que deban ser leídos sino palabras. Y ginebra, que debió ser cerveza o, por qué no, fernet, piensa.

 

Llama al mozo y le dice que le traiga un Camel.

 

No dice por favor, no pregunta si le podría traer. No pide. Ordena: traeme un Camel. El mozo empieza a explicar que allí no venden cigarrillos.

 

Un Camel, conseguime un Camel, lo interrumpe Rejman, gesto feroz en la cara angulosa.

 

Hacer qué, vuelve a preguntar, entonces.

 

El amor, dice Emma.

 

Sexo y miedo a las palabras, se repite Rejman.

 

Y la conversación se hace definitivamente sexual. Hablan de placeres y desplaceres, de deseos ocultos y de lo que no quieren hacer. Ella, la mujer que se llama Emma, que tiene el rostro ligeramente enloquecido y la boca como una herida, le cuenta lo único que no le gusta, que no le gusta que le hagan.

 

No hay poder, ni posibilidad de poder, piensa Rejman, sin una negativa, sin una rebeldía potencial.

 

Terminan las ginebras. El mozo se acerca a la mesa con un cigarrillo Camel y ofrece fuego pero Rejman le dice que no y pide otra vuelta de bebida. La beben entre la conversación caliente. Afuera, la noche fría.

 

Vamos, dice Rejman y se levanta dejando sobre la mesa el pago, una propina exagerada. Cuando Emma se da vuelta, Rejman, que no fumó ni una sola vez en su vida, toma el cigarrillo y se lo mete en el bolsillo.

 

 

5.

 

Está de regreso del baño, cubierta con una toalla, la boca como una herida en el rostro ligeramente enloquecido.

 

Ya te dije que eso no, dice al rato la herida que es la boca de Emma, ya te lo dije antes, no me gusta que me hagan eso. Tema terminado, dice Emma, que está sentada ahora en la cama, abriendo muy grandes los ojos verdes, dejá las absurdas masculinidades para otras.

 

Rejman acaricia el rostro ligeramente enloquecido, los hombros que escapan de la toalla. Toma el borde de la toalla y lo deja caer. Emma vuelve a estar desnuda en la cama en la que sus cuerpos, entrelazados y sudorosos, se ufanaron en coger con crueldad. Se acaricia, ahora, Emma. El cuerpo desnudo de la mujer de los ojos verdes es acariciado por sus propias manos pequeñas. Las manos pequeñas toman sus pechos y se los ofrecen a la cara angulosa de Rejman que se acerca y los chupa. Rejman se pone de pie y acerca su verga a la cara ligeramente enloquecida, la pasa por las mejillas de la mujer. La verga de Rejman, que empieza a endurecerse, pasa por los ojos, por el mentón, apenas por los labios, que se abren, como una herida, La lengua sale de la boca de Emma y roza la punta de la verga de Rejman, que retrocede. Los ojos verdes miran la verga que retrocede. Sobre ella se cierra una de las manos pequeñas de Emma. ¿Qué ven los ojos verdes de Emma que miran cerrarse su mano sobre la verga circuncidada y endurecida?

 

De pronto el cuerpo desnudo de Emma se desploma sobre la cama donde se ufanó en la crueldad sudorosa un rayo antes. Rejman la da vuelta y le lame la espalda.

 

Emma siente el chasquido antes que la picazón. Una vez. Dos. De un lado y del otro, como una cruz o una equis. El cinturón de Rejman le cruza las nalgas. ¿De qué color son las nalgas de Emma?, ¿de qué color las franjas que le deja el cinturón de Rejman cuando le cruza las nalgas dos veces, en cruz?

 

Lame, él, la cruz que dibujó su cinturón e intenta separarle las piernas. Ella repite no.

 

Y se da vuelta.

 

 

6.

 

La noche es fría. La calle, en esta fría noche de invierno, está casi desierta. Caminan uno al lado del otro, las manos hundidas en los bolsillos y las bufandas sobre los rostros. Caminan sin mirarse y hablan muy poco. Entre los tejidos de las bufandas se desprenden las pocas palabras que Rejman y Emma se dicen en la noche fría. Cae una garúa fina que enfría aún más la noche de invierno. En una pared, una superposición de carteles forma un collage urbano, un rompecabezas espontáneo e impretendido, un cadáver exquisito de frases y formas: el culo perfecto de una modelo, su nombre a medias –Iva–, un escudo de la CGT, la frase mejor que decir y más abajo Partido Obrero. ¿Ven los ojos verdes de Emma, los ojos enfurecidos de Rejman, el improvisado cadáver exquisito de la fría noche porteña? ¿Y qué ven, qué leen el culo perfecto, el medio nombre de la modelito, el nombre completo de la versión más cristalizada del sectarismo lambertista, el principio de la frase de Perón y el escudo sindical?

 

Las manos se hunden más en los bolsillos y cada vez son menos las palabras que se desprenden entre los tejidos de las bufandas.

 

Cerca de la esquina un nene de no más de cinco años duerme en el suelo, abrazado a un perro, tapados los dos por una manta sucia. Rejman, la cara angulosa, la barba rojiza cubierta por una bufanda, saca del bolsillo la mano y deja caer, sobre la manta sucia, el perro y el nene de menos de cinco años, el Camel apenas aplastado.

 

 

7.

 

Las preliminares se están haciendo interminables. La boca en la cara angulosa de Rejman chupa los pechos, la panza, la mano, las piernas, acaricia, separa, aprieta.

 

Jadea, Emma, con los ojos cerrados y sus manos pequeñas crispadas sobre los hombros de Rejman.

 

Cogeme, dice.

 

El pasa la lengua lentamente por la cadera, raspándola un poco con la barba rojiza y se acerca. Emma abre la herida que es su boca y sale un gemido apagado y seco, atenaza las manos sobre los hombros de Rejman que está lamiéndole la cadera, acercándose peligrosamente a la zona prohibida pero nada.

 

Cogeme, susurra, ordena.

 

La cara angulosa de gesto furioso se pasea por el cuerpo de Emma, lame ahora la parte interior de las piernas de la mujer de rostro ligeramente enloquecido, acaricia el vientre, se deleita en el sonido de los gemidos de la mujer, mientras acaricia y lame.

 

Por favor, ruega.

 

Las manos pequeñas se aferran entonces a la cabeza de Rejman y la llevan, inequívocamente. Rejman abre la boca y se hunde entre las piernas de la mujer de ojos verdes, que jadea y gime y llora hasta que se derrama en su lengua.

 

 

8.

 

En el frío, en la noche fría, en el frío de la calle desierta, los ojos verdes de Emma miran extrañados a Rejman, que deja caer sobre el bulto que un nene de no más de cinco años y un perro forman bajo una manta sucia, el cigarrillo apenas aplastado que sacó del bolsillo.

 

Entre los tejidos de la bufanda que cubre la cara angulosa de Rejman se desprenden unas palabras.

 

Estoy tratando de enseñarte algo acá, son las palabras que se desprenden de entre los tejidos de la bufanda que cubre la barba rojiza y la furia de los gestos de Rejman, bajo la garúa de la noche porteña.

 

 

9.

 

Por qué, pregunta indignada la boca como una herida de Emma.

 

Lo golpea con los puños cerrados. Las manos pequeñas de Emma golpean la angulosidad de la cara de Rejman, sus hombros, su pecho. ¿Cuánto dolor le producen a Rejman, impasible bajo la lluvia de golpes pequeños, las manos de la mujer de rostro ligeramente enloquecido?, ¿cuánto placer?

 

Por qué me lo hiciste, pregunta y golpea, los ojos verdes achinados por el orgasmo reciente, por el odio.

 

Por qué justo eso que te pedí que no me hicieras.

 

Rejman levanta su mano derecha y la cierra como un abanico entre su cara y los golpes. Mueve en el aire, en semicírculo, su mano del pulgar hacia el meñique, mientras cierra los dedos desde el meñique hacia el pulgar. Cuando la mano completa el semicírculo y está cerrada sobre sí misma, los golpes de Emma cesan.

 

Una gota de semen, solitaria y lenta, baja por el miembro de Rejman, camino a sus testículos.

 

Por qué, repite la mujer, calmada de pronto.

 

Un triunfo de la voluntad sobre la voluntad, piensa Rejman, del deseo sobre el deseo.

 

Piensa: como un pañuelo, un cigarrillo. Menos.

 

Y dice: porque puedo.

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