Historias sin punto final
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#17 · La máquina

Por Juan Duacastella
Ilustración Já Ant

La idea se le ocurrió a Martín, en uno de esos raptos de inspiración que yo amaba. Y aunque al principio no pasó de una simple fantasía, con el tiempo se nos fue imponiendo la moda de recordarnos el tema ante cada situación que lo ameritaba. Por ejemplo, estábamos en la misa de los viernes en el colegio, férreamente vigilados por los preceptores, o en su casa, viendo como su madre y sus amigas tomaban el té y rezaban el rosario, y Martín me decía: hay que construir la máquina. O a veces en las fiestas que se hacían en el club, donde conseguíamos nada más que rechazos. O en los múltiples retiros, peregrinaciones y vía crucis que debíamos hacer con nuestros padres y el colegio para semana santa. Siempre había una situación donde la idea de nuestra máquina aparecía como una solución osada y gloriosa.

 

Pero en ese momento las ideas iban y venían a toda velocidad, los planes se apretaban para el futuro y la mayoría no se llevaban a cabo. Era una de esas ideas tontas que nos entretenía tomar en serio. El placer era la idea en sí misma, lanzada al espacio como un proyectil, a la espera de que las leyes del universo la pusieran en curso.

 

La máquina era nuestra broma final, la concreción de las fantasías de dos quinceañeros que crecían en un ambiente represivo. El plan era sencillo: construir una máquina que fuera capaz de influir en las personas al punto de desatar toda la libido reprimida de un modo incontenible. Como el protagonista de la novela El Perfume, que seleccionaba las esencias y aromas que hacen atractivo al ser humano, debíamos primero encontrar cuáles eran los ingredientes necesarios para que la máquina, una vez encendida, pudiera despertar los instintos básicos sexuales de las personas. Era nuestro modo de planear una venganza exquisita y total contra todos los que nos habían enseñado que la sexualidad era algo peligroso, culpógeno y prohibido que había que limitar a situaciones matrimoniales. Es decir, algo que no estaba a nuestro alcance.

 

Teníamos distintas teorías que yo anotaba en un cuadernito con espiral. Martín sostenía que la máquina debía ser capaz de emitir una onda de sonido imperceptible para el oído humano, como un silbato canino, en una frecuencia diseñada para activar la glándula pineal, órgano que según habíamos leído en la Muy Interesante, permanecía dormido en nuestro cuerpo, anestesiado por años de represión cultural. Por mi parte yo suponía que lo más práctico era colocar un dispositivo que emanase una cantidad suficiente de feromonas al aire, de manera que convirtiesen al acto sexual en una necesidad irresistible para todos los que estuvieran cerca.

 

De cualquier modo, la fantasía iba creciendo con el correr del tiempo, sumándole nuevos capítulos y actualizando el diseño con ideas nuevas. En el paroxismo de la tontería llegamos a pensar en aprovechar los dirigibles de La Serenísima, que pasaban a diario por encima de nuestra ciudad, y que por las noches descansaban atados a un poste en el Camino del Buen Ayre. Era un concepto brillante: podíamos colocar nuestra máquina escondida en el dirigible, y luego accionarla remotamente sobre una ciudad entera, generando el acto sexual más grande de la historia.

 

Los planes más modestos tenían que ver con encender el dispositivo durante una misa de fin de año en el colegio, donde los egresados tenían que asistir de traje y corbata como si fueran regios señores, y los ex alumnos daban discursos espantosos alabando la enclaustrada educación recibida, que les había permitido amurallarse frente a un mundo pecaminoso y vulgar. Hacia el final de la ceremonia, los egresados iban pasando en fila hacia el altar, donde el sacerdote, imitando los rituales de la antigua ordenación de caballeros medievales, apoyaba una cruz de madera sobre los hombros de los pibes para nombrarlos caballeros de cristo y de la cruz, encomendándoles la misión de hacer cumplir su palabra y defender sus valores.

 

Debo reconocer que había algo de épica en esos discursos. Toda la educación de mi colegio estaba basada en una suerte de heroica resistencia frente a las tentaciones del mundo, expresadas en el consumo desmedido y la banalización de la sexualidad. El silencio de nuestros padres, ya sea por anuencia o por desidia, fortalecía la formación de una idea pobre y bizantina del sexo. Era para nosotros un acto clandestino, casi delictivo, que requería secretos y ocultamientos.  Pero a la vez había algo seductor en ese modo de vida, algo oscuramente seductor. Era una posición que otorgaba un valor de distinción muy atractivo para los jóvenes, sobre todo para los que andaban un poco perdidos. La tentación de ser únicos, distintos, valiosos por oposición, era algo que tiraba de nuestras mangas como un salvavidas al cual aferrarse una vez que las murallas del colegio se abrieran y nos lanzaran a ese mar embravecido y peligroso que era el mundo entero. Era algo similar a la primera hoja de un Asterix: toda la galia se encuentra dominada por el enemigo, a excepción de una pequeña aldea que resiste ahora y siempre al invasor. Esa era la propuesta. Pertenecer a la pequeña aldea.

 

Era, sí, una aldea muy exigente: en una ocasión, recuerdo, expulsaron a dos compañeros nuestros por haber llevado una revista pornográfica a la escuela, y luego nos sentaron a todos en el salón de actos para hablarnos de la perversidad de las tentaciones carnales, de la gravedad del hecho que habían cometido nuestros compañeros, solicitándonos que recemos por sus almas ahora manchadas. Todo eso pasaba con la mayor normalidad, mientras los alumnos mirábamos al techo o nos escupíamos con el dedo índice haciendo ganchito. Estábamos acostumbrados.

 

Cuando terminamos el colegio Martín comenzó a trabajar de preceptor para primer año de la secundaria. Yo no tenía trabajo, por lo que a veces me iba con la bicicleta a esperarlo a la salida para tomar una cerveza o jugar a la play en su casa. Por las noches, el que venía a visitarme era Martín, ya que en mi casa teníamos internet y una computadora alejada del resto de la familia.

 

Un tiempo después Martín empezó a salir con una ex compañera de colegio, y llegó rápidamente a ocupar la posición de novio formal, situación que asumió con total seriedad pese a las cargadas que recibía por tener que ir a cenar con la extensa familia de ella, escuchar a su padre tocar eternas zambas en la guitarra o incluso a ir a misa los domingos para acompañarla. Con el tiempo, como pasa luego de terminar la secundaria, nos fuimos viendo un poco menos, yo conseguí trabajo y me mudé a la capital, y si bien nos veíamos los fines de semana, teníamos menos tiempo para perder juntos.

 

Al año siguiente la novia de Martín quedó embarazada, y para sorpresa mía, el colegio decidió despedirlo de su trabajo de preceptor por considerarlo un mal ejemplo para los alumnos. El escándalo por el embarazo pre marital fue mucho mayor que el escándalo por su despido. Era increíble. El propio Martín resistía la situación con serenidad. No te metas, no vayas, dejá, ya está, repetía. Yo me salía de la vaina y entonces, desobedeciendo a mi amigo, decidí ir al colegio para quejarme de la situación y reclamar su reincorporación al trabajo. Cuando llegué, el director estaba reunido con un grupo de padres a quienes podía oír detrás del vidrio esmerilado de su oficina. Los estaba tranquilizando. El mal ejemplo había sido escarmentado como correspondía, la mala hierba había sido cortada de raíz, sus hijos estaban a salvo. Los padres se retiraron, supongo que con alivio, y el director me llamó sin levantarse de su escritorio. Pasá, querido.

 

La reunión fue un fracaso. El tipo sostenía que Martín se había mandado una cagada, y por lo tanto, tenía que hacerse responsable de sus actos. Que no podían permitir un mal ejemplo que alentara a los alumnos a imitarlo. Yo era joven y muy poco lúcido, así que me fui sin dar buenos argumentos y pateando un tacho de basura que había contra la puerta, gritando, como si estuviera en una película, que pronto iban a tener que explicar eso frente a la justicia.

 

Pero nadie, ni siquiera sus padres, levantó la voz para protestar por su despido. No hubo juicios ni cartas documento. Es más, creo que su familia avaló la decisión, como un modo de hacer entrar en razón a Martín para que pusiera en orden su vida. Ellos también estaban decepcionados. Tampoco sé si Martín supo alguna vez de mi insignificante protesta, porque nunca se lo conté, y jamás me lo mencionó.

 

El hecho es que con el correr de los meses algo empezó a modificarse en mi amigo. Con una actitud que yo primero creía que estaba ligada a fingir devoción y culpa por su accionar, Martín asistía a misa con mucha frecuencia, se confesaba por sus pecados y participaba en retiros espirituales junto a su novia. Al principio no me sorprendía, era normal que muchos de nosotros participáramos de actividades así, que en definitiva eran parte de la vida social de nuestra ciudad. Pero Martín iba siempre un paso más adelante, y su disciplinada devoción comenzó a preocuparme.
Unos meses después ya no salía con nosotros, y aparecía poco cuando lo invitaba. En cambio, comenzó a frecuentar grupos de oración y a rodearse de amigos nuevos, todos católicos comprometidos y fervorosos. Tal vez demasiado fervorosos. Recuerdo que intenté señalarle que me parecía raro que ahora se juntara con esas personas, pero se lo tomó a mal y me dijo de mala manera que eran personas valiosas, que se animaban a vivir su fe con decisión. Tienen el valor necesario para vivir como piensan, agregó, repitiendo un lugar común de nuestros profesores del colegio y yo ahí sentí que algo se había roto.

 

Esa noche nos peleamos. Martín dejó en claro que mi estilo de vida estaba bien para un adolescente, pero que ahora ya grande debía pensar mejor de qué lado iba a pararme, y varias cosas así que no supe cómo responder. Tenía una bola en la garganta. Le hubiera metido una piña, pero no sabía bien cómo justificarla, y entonces me callé. Como quieras, le dije finalmente cuando me fui, enojado y puteando. Hacé tu vida. Pero cuando volví a mi casa y prendí un cigarrillo no pude evitar ponerme a llorar sin tener claro qué era lo que me había hecho él a mí.

 

Dejé de verlo por mucho tiempo. Tuvo una hija preciosa que yo vi en fotos porque no me invitó a su bautismo. Las informaciones sobre su vida me llegaban por terceros que lo frecuentaban un poco más, o se lo cruzaban por la calle. Decían que estaba muy metido en la iglesia y que había sido reincorporado a  su trabajo en el colegio. Que participaba de las marchas  contra el matrimonio gay y que formaba parte de un grupo que militaba en contra del aborto. También supe que se iba a casar, y me dolió en el alma que no me hubiese llamado para contármelo.

 

Yo por mi parte tenía problemas para organizar mi vida. Las relaciones que intentaba funcionaban poco tiempo antes de que el desgano me hiciera abandonarlas. Estaba mucho tiempo solo en mi casa, leyendo y fumando. Me hice de nuevos amigos, de la facultad, del trabajo, y a pesar de que salíamos y nos divertíamos, en el fondo con ninguno tenía el entendimiento ni la complicidad que había construido con Martín, y por eso, por la falta que me hacía, lo odiaba cada vez más.
Pasaron varios meses sin que supiera nada de él. Una tarde, revolviendo viejos cajones encontré unos casetes que habíamos grabado de chicos, fingiendo que teníamos un programa de radio. Martín hacía de entrevistado y pretendía ser un científico que había descubierto cómo hacer que los perros se hicieran la señal de la cruz. Escuchar su voz infantil y la mía haciendo de conductor me entretuvo toda la tarde, mientras revisaba distintos objetos de mi infancia, fotos, cuadernos y cosas que estaban guardadas junto a los casetes.

 

Esa tarde me llamaron para decirme que Martín estaba internado. Se había descompensado en una visita a la basílica de Luján y había comenzado a patear los puestos de los vendedores de estampitas y medallas que hay afuera, insultándolos, incontenible y furioso. Lo fui a visitar a la clínica donde estaba. Yo estudiaba psicología así que el psiquiatra me explicó que no había mucho de qué preocuparse, que solo había tenido una especie de ataque de pánico, probablemente por el estrés, una suerte de sourmenage dijo, pero que en unos días iba a estar listo para volver a su casa.  Después me dejaron verlo.

 

La medicación lo había anestesiado un poco pero no del todo. Tardó unos segundos en reconocerme, y mucho más en poder hilvanar una oración completa. Tranquilo, no tenés que hablar, le dije. Pero yo tampoco tenía nada para decirle y nos quedamos mirándonos un rato largo, él sentado en la cama, vestido con un camisón de hospital, yo a los pies, nervioso, con las manos en los bolsillos, sin saber qué hacer. Finalmente me tomó la mano y me dijo algo acerca de que había rezado por mí. No pudo haber sido una visita más triste. Le pregunté al psiquiatra si podía volver a verlo al día siguiente por la tarde y me dijo que sí. Mañana ya va a estar más fresco, quedate tranquilo. Así que me fui.

 

Todo el camino estuve pensando en una idea absurda pero que sin embargo no me podía quitar de la mente. Llegué a mi casa y me puse a fumar como un loco, caminando en giros por la sala hasta que me decidí. Trabajé toda la noche sin parar y al amanecer había terminado, así que me tiré a dormir en el sillón, vestido como estaba.

 

Al otro día me presenté en la clínica para volver a verlo. El psiquiatra me dijo que ya estaba mejor, que le había retirado la medicación y que había respondido de buena manera. Era todo más alentador. Cuando entré a su habitación estaba parado mirando por la ventana. Tenía puesto ese camisón de los hospitales, que dejaba ver sus brazos y sus piernas desnudas. Me sonrió y después se fijó en el paquete de papel madera que llevaba bajo el brazo. ¿Qué es eso?, preguntó, señalando el aparato que acababa de desenvolver sobre la mesa. ¿Me trajiste una radio? En verdad parecía una radio. Es la máquina, Martín, nuestra máquina. La construí. Se rió fuerte pero yo no le creí, me di cuenta que dudaba así que permanecí serio, mirándolo a los ojos. ¿Funciona?, preguntó después, con un poco de miedo.

 

Vamos a ver, dije, mientras encendía un botón rojo y luminoso que estaba en el frente. La máquina no hizo ningún sonido. Las agujas de un pequeño indicador saltaron rápidamente, de izquierda a derecha. La luz roja parpadeaba.

 

Nos miramos unos segundos más, con nerviosismo, y entonces sin poder contenerme me acerqué, y tomándolo de la parte trasera del cuello lo besé en la boca.

 

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