Historias sin punto final
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#2 · La primera vez

Por Victoria Nasisi

Ilustración Mariana Camberos

 

La primera vez que Facundo me besó, yo tenía catorce años. Fue una noche calurosa de febrero, un domingo previo al comienzo de las clases. El grupo de las chicas habíamos decidido despedir las vacaciones yendo a cenar a la única pizzería del pueblo, esa en la que nos sentábamos en una mesa de la vereda a lucir nuestros hombros y piernas bronceadas mientras masticábamos una porción de muzzarella y le sonreíamos a todos los muchachos que nos gustaban.

 

Ellos preferían el movimiento. El espíritu inquieto –ese que de niños los apremiaba a jugar a la pelota, armar competencias de lucha libre o correr como potrillos salvajes– los urgía a dar vueltas en sus motos de caños de escape ruidosos, a pegarse topetazos amistosos entre ellos o a multiplicar caminatas por aquellas veredas que aún despedían fuego.

 

Aquella noche, Facu y sus amigos se habían esforzado en pavonearse varias veces ante nuestro grupo. Y como ansiábamos mostrar que aquellos grandulones que estaban a punto de terminar la secundaria se fijaban en nosotras, los invitamos a compartir la mesa. Las chicas –apenas adolescentes–  tomábamos gaseosas pero ellos pidieron una cerveza. Facundo –que había pasado su brazo despreocupado pero inquietante sobre el respaldo de mi silla–  me incitó a beber de su vaso y yo reparé que la bebida helada se mezclaba con la quemazón que había dejado su boca en el vidrio. Algo hormigueó entre mis piernas. Metí una mano entre ellas para tocarme –por debajo del mantel para que nadie se percatara de lo que hacía–  y solo percibí calor y humedad. Un trópico en la entrepierna. Me gustó.

 

Decidimos recalar todos en la plaza y sentarnos a charlar en las escalinatas del monumento a San Martín. Facundo estaba decidido a separarme del grupo y yo estaba decidida a permitir que me separe. Él, embriagado con alcoholes. Yo, embriagada con esa parte de mi cuerpo que despertaba. Nos alejamos unas cuadras y sentí sus manos –como dos garras–  que me apresaban por los hombros y no me permitían huir. Brusco, me apoyó contra el portal de aquella casona abandonada a la que no llegaba la luz del farol y me besó. Las irregularidades ásperas de la pared sobre mi piel me hicieron sentir incómoda. Pero sus dedos –como al descuido–  rozaron uno de mis pezones y su lengua caliente recorrió mis labios secos, se introdujo en cada hueco de mi boca, descubrió mis dientes perfectos y me desafió a mover la mía en un goloso frenesí. Fue suficiente para lograr que olvidara los ladrillos que raspaban mi espalda tierna y el sudor que avergonzaba mis axilas. Abrí las piernas –puro instinto–  y él introdujo una rodilla entre ellas. Y quise tocarlo. Duro, expectante, gozoso y sufriente al mismo tiempo. Me dediqué a besarlo para estimular ese goce y ese sufrimiento que estaba aprendiendo a provocar.

 

Aquella noche, cuando logramos despegarnos, volví a casa. No hablé con nadie sobre lo acontecido: mis amigas exigían detalles pero mi madre exigía aún más que cumpliera con los horarios impuestos.

 

Debí correr para llegar a tiempo. Besé a mis padres y me encerré con llave en mi cuarto, agradeciendo ser hija única y no tener que compartirlo. Necesitaba estar sola, observar en el espejo ese nuevo color en mis mejillas –color que se extendía hasta mis pechos– revivir aquellos ojos, aquel dedo distraído, aquella lengua curiosa, aquel olor a hombre que me hacía temblar las piernas. Toqué mis pezones que aún seguían descaradamente erguidos y me saqué la ropa, para descubrirme mujer desnuda. Mujer desnuda insatisfecha, por primera vez.

 

No dormí en casi toda la noche. Probé todo lo que mi imaginación y mi cuerpo afiebrados sugirieron. Practiqué besos de lengua con el espejo, con la muñeca que yacía olvidada sobre mi cama, con mi mano caliente: nada se asemejaba a lo que necesitaba. Me clavé la bombacha rosada, casi infantil, entre las nalgas ajustadas y sentí la fricción de la tela suave al moverme: no fue suficiente. Estrujé, con dedos torpes pero fuertes, mis pezones rosados hasta que estuvieron tan puntiagudos que clamaron por una boca repleta de dientes blancos que los mordisquearan. Friccioné mi vulva inflamada con un dedo, con dos, con la mano completa hasta sentir que el calor y la humedad de mi entrepierna resultaban imposibles de soportar, inclusive para mí, que era una amante de los veranos pegajosos. Nada calmaba mi cuerpo expectante.

 

Al fin, encontré el placebo para esas ganas impostergables de hombre: el ángulo de mi cama. Sin siquiera sacarme la bombachita, separé los muslos y me senté en aquella punta del colchón, inclemente por la falta de uso y que siempre había estado allí pero que yo nunca había registrado. Percibí la rigidez de las costuras clavarse en mi conchita púber caliente y me vi urgida a moverme sobre aquella dureza tentadora. Y lo hice, de atrás hacia adelante, hasta alcanzar una cadencia que me obligaba a cerrar los ojos y a sentir. Sentir cómo se abrían mis entrañas. Sentir cómo se inflamaban mis tejidos. Sentir cómo se mojaba mi piel, mis pelos, mi bombacha y mi acolchado. Sentir cómo olía aquel deseo por un pito duro que penetrara mi cuerpo.

 

Y el orgasmo llegó, sorprendente. Me encontró con la costura del colchón explorando mi carne, con mis manos aferradas a ambos lados de aquella cama virginal, con la boca abierta en un gemido silencioso y con los pechos firmes que bailoteaban al compás de la explosión que rugía en mi cabeza.

 

Sí. Mi primera vez fue con la punta excitante del colchón. De allí en más nunca pude ni quise detener las explosiones.

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