Historias sin punto final
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#9 · Lo ajeno

Por Lucrecia Álvarez
Ilustración Juan Battilana

 

Los estruendos sonaban ya casi sin intervalos, entonces dejé la copa en la mesa y busqué la mirada de ella: me estaba sonriendo con la más perversa picardía que le haya visto. Quise imitarla, pero siempre se me escapa la risa y ahí ya fue; estás mostrando de más. Javier tragó el whisky de una, con el hielo y todo. Siempre hacía esas cosas tipo macho y Deborah le dejaba creer que eso la seducía. Tenía cierta habilidad con la gente: nunca sabías qué le gustaba o le disgustaba de vos. Con ella, todos los puntos eran débiles.

 

–¿Vamos? –dijo Javier extendiéndole la mano a ella y mirándome a mí, que le respondí con la naturalidad de un vaquero:

–Dale, para eso estamos acá.

–¿Pero no vamos a tomar nada?

–Deb, estamos tomando desde las ocho, yo tengo algo para festejar a la vuelta –me di cuenta de que tenía miedo.

–Vamos “Devoradora” –le dijo Javier metiéndole la mano en la espalda por adentro de la musculosa para impulsarla a subir. Él tenía esa manera de vulgarizarlo todo, incluso a ella. Era mi amigo y aunque su rusticidad siempre fue algo que valoré, generalmente me sacaba de quicio.

 

Estaba todo listo sobre la mesita: soga, un martillo que Javier se había robado de un colectivo, tijera, cuchillo y dos bolsas de tela que trajo Deborah. Yo me guardé el martillo y el cuchillo y ella puso el resto en su morral, Javier no necesitaba herramientas. Entonces la vi dudar otra vez, se puso a mirar para arriba como si le llamaran la atención los fuegos artificiales que eran pocos, berretas y apenas se distinguían.

 

–Deb, si te querés quedar está todo bien.

 

Pero él sí que era un vaquero:
–No, no está todo bien, ya lo hablamos nena, ¿qué pasa?

–No pasa nada chicos, estaba mirando el globo ese que se prende fuego y se queda flotando en el cielo, no hace ruido, no hace luces, sube y se va lentamente a la mierda, no le encuentro la gracia.

–Yo creo que debe ser el objeto más honesto de todos los objetos –y  cuando terminé de decirle, se me quedó mirando con los ojos entrecerrados, ese gesto con el que trataba de atrapar la risa hasta que se le escapaba por la nariz.
Mi balcón interno quedaba casi un piso más arriba que la terraza del restaurant. Era un espacio muerto donde estaban los tanques de agua y cada tanto aparecía alguna camarera que salía a fumar o a hablar por teléfono. Así conocí a Deborah, que trabajaba ahí de moza y un día le tiré un pucho y otra tarde le convidé porro, nos quedamos un rato charlando y la invité a mi cumpleaños. Me encantaba, pero nos hicimos amigos. Al tiempo renunció y un poco más tarde empezó a salir con Javier. Después yo me puse de novio y nos fuimos los cuatro a la costa. Fue el verano que empezamos a robarle chucherías a los hippies de las ferias, el mismo en que ella se consagró Culo Reef y para Javier fue como que lo nombraran Doctor Honoris Causa. Cuando volvimos, yo me peleé con mi novia pero los tres seguimos juntándonos, nos divertíamos robando en los locales de Santa Fe. Se convirtió en una tradición y en una manera de desafiarnos. Una noche en casa ella quiso subir la apuesta con la historia del restaurant de abajo y los gallegos que no tenían alarma porque en cuarenta años no había pasado nada. El doctor, por supuesto, no se iba a achicar y yo tampoco, no me resisto a una experiencia de adrenalina.

 

Nos habíamos sorteado el orden: primero yo, después Deborah y último Javier, que igual se ofreció a arrancar. Estuvo bien, porque la verdad es que el salto era lo que más miedo me daba y a él le resultó facilísimo: pasó del otro lado de la baranda del balcón, se fue bien a la punta y se agachó despacio agarrándose con las dos manos. Se estiró hasta tocar el tapial de la terraza primero con una pierna, después con las dos. Cuando estuvo seguro, soltó la reja y se abrazó a la pared contigua.

 

–Te espero abajo linda –le murmuró justo antes de saltar. No sé si ella escuchó, creo que debe haber tocado el suelo a las doce en punto porque el ruido de los petardos y las cañitas voladoras ya lo tapaba todo.

 

A mi turno reproduje los mismos movimientos con bastante menos destreza y cuando llegué, nos abrazamos fuerte con Javier. Todavía estábamos palmeándonos la espalda cuando la escuché:
–Fede, ¿me atajás?

–Obvio, dale –me acerqué y le agarré las piernas con inmejorable vista de su culo premiado.
Se soltó deslizándose hacia abajo y Javier corrió a agarrarla.

 

–¡Esa es mi Devoradora! –y le enchufó un beso larguísimo y empapado.

 

Había una puerta de chapa y una ventanita que rompí con un sólo golpe del martillo. Javi se metió primero y yo me quedé solo con ella.

 

–Che… ¡linternas!, ¿cómo no trajimos linternas, Fede?

–Podemos prender la luz, no pasa nada, ¿querés quedarte afuera?

–No se… por ahí viene bien que haga de campana.

–Si, quedate, van a ser diez minutos.

 

Estaba encarando la ventana cuando Javier abrió la puerta con gesto ceremonial:

–Ladies…

Deborah se adelantó y dijo “Gracias…” con una soltura que me llenó de rabia. Entramos a un entrepiso chiquito con una escalera que bajaba al depósito, otra escalera llevaba al salón principal.

 

–¡Vení gorda, mirá! –le gritó desde la planta baja. Ella se apuró y diez segundos después la escuché dar un grito seguido de una carcajada. Me puse a revolver el depósito, a ver si había algo bueno, además de la laptop que ya habíamos fichado los tres. Todo el tiempo los escuché murmurar entre risas y cada tanto “pará Javi” y más risas. Afuera, el año nuevo, los petardos y un todavía más insoportable coro de ladridos. Había unos ocho lockers cerrados con candados distintos, estantes con paquetes de fideos, de arroz, latas de tomate, latas de arvejas… Risas, risas… “Shhh… ¡mi amor!”. Gaseosas, agua, cerveza… “ay Javi, pará…” cajas de vino, cajas de servilletas… risas.

 

Me metí en un cuartito con un escritorio, ¡otra compu! Si los chicos encontraban una más, teníamos una para cada uno. Con el cuchillo forcé el primer cajón y encontré una pistola envuelta en una servilleta blanca; en casa papá siempre tuvo armas y nos enseñó un poco, pero igual me dio vértigo.

 

Empecé a bajar la escalera y escuché a Deborah:

 

–Viene Federico mi amor. Entonces me quedé muy quieto porque sabía que si encontraban algo groso, me iban a dejar afuera. No habían prendido la luz, pero al rato me acostumbré a la penumbra y alcancé a divisar la espalda de Javier. La barra era una ele, ellos estaban del lado de adentro, justo en la esquina.

 

–Si Federico nos engancha nos mata, Javi, vamos…

–No va a bajar…

–Bueno, igual –alzó la voz–, ¡Fede! ¿estás por ahí?

 

Él la empezó a besar, primero la forzó un poco pero después de dos manotazos, Deborah le subió la remera y le aferró la espalda con los dedos largos. La cabeza de Javi se metió por abajo levantándole hasta el mentón la musculosa que ella terminó de sacarse. Se le veía todo el contorno a trasluz, era una preciosura esa mujer… él le chupaba las tetas y ella exhalaba fuerte con el cuello estirado hacia atrás, giraba la cara y se frotaba con su propio hombro como un gato. Prácticamente podía sentir cómo me corría la sangre hacia el centro del cuerpo, estiré una pierna hasta el escalón más lejano y ella abrió su mirada amarilla, me vio. Entonces empezó a aflojar, le agarró la cara a Javi con las dos manos diciéndole que pare un poquito, que tenían que salir de ahí, que yo estaba arriba… él se enojó, y yo también.

 

–Bueno ¿qué hacemos con eso?, ¿lo encanutamos o lo repartimos? –le preguntó como en un ultimátum.

–Lo repartimos mi amor, obvio.

–Bueno, separo la mitad y la repartimos.

–No, Javi, dijimos que repartíamos todo.

–Sí, pero ahora estoy caliente y de mal humor.

–Repartámoslo, yo después te pongo contento de vuelta.

–Andá a cagar.

 

Empezaron a forcejear y yo empecé a bajar. La empujó contra la barra y ella se tiró al suelo con un gesto muy raro que no le había visto nunca:

 

–Sos un tarado, estás arruinando todo.

 

Bajé y prendí la luz:
–¿Qué pasa che?

–No te metas Fede.

–Sí que me meto, ¿cuánto había en la caja?

–No sé Fede, ¿qué querés, una calculadora?

 

Fui a ver la caja, estaba casi vacía.
–Me parece que sí, que quiero empezar a hacer números.

–No rompas las pelotas, vamos.

–Deborah seguía en el suelo.

–Dale boluda, levantate de ahí –le dijo empujándola con la pierna.

–Che, calmate un poco, está todo bien… ¿o no?

–No se… me quiero ir, ya me paranoiquearon ustedes.

–Bueno, pará un poquito. No nos vamos todavía, mostrame lo que agarraste de acá.

–Ésta te voy a mostrar, boludo.

 

Javi y yo éramos amigos desde hacía como diez años. No habíamos ido al mismo colegio, era esa clase de persona que tus padres quisieran que nunca conozcas, “mi mala influencia”; alguna hay que tener. Con él empecé a fumar, empecé a tomar alcohol… Mamá no entiende que gracias a Javier, no me tengo que ir al Bajo Flores con esta cara de alemán para comprar porro.

 

–Yo encontré esto arriba, es una nueve milímetros con balas, todo. Qué cosa el Gallego, tenía una automática en el cajón. Uno se cree que un tipo es inofensivo y resulta que tiene una pistola guardada. No se puede confiar en nadie por más cara de boludo que tenga. En casa había compactas, viste que papá me llevaba al Tiro Federal, y ésta está impecable la verdad –hice una pausa larga–, Deb, ¿qué había en la caja?

 

–Nada Fede, cuatro o cinco billetes de cien, lo tiene Javier. Guardá eso.

 

Él sacó la plata.

 

–Es esto, más o menos lo que calculábamos, y lo que pasó es que estábamos apretando y después ella no quiso seguir.

–Yo escuché otra cosa.

–¿Qué estabas… espiando, pajero?

 

Me sacó, me sacó que me diga eso delante de ella, me le tiré encima y le apunté con el arma:

 

–¿Querés que te revise yo? –me devolvió una mirada asquerosa.

–No te va a servir de mucho, lo tiene ella. Por mí revisala, eh.

 

Giré ceremonioso:
–Deb…

–Yo te lo doy Fede –me dijo levantándose.

–¡No te muevas! Es tu mujer, Javi, revisala vos como corresponde por favor.

 

Muy tranquilamente, él dio un saltito y se sentó en la barra, sacó un atado de cigarrillos del bolsillo de atrás y mientras buscaba el encendedor, me dijo con el pucho en la boca que estábamos todos muy alterados, que bajemos las revoluciones. No me estaba tomando en serio, así que saqué el cargador y lo volví a poner, corrí la recámara y accioné el seguro apuntando a la vidriera del frente del local:

 

–Estoy muy alterado, Javi, sacale la guita a tu chica, ¿si?

–Ok, el tema es que Débora no…

–Callate y hacé lo que te digo. Deb, por favor levantá los brazos para que Javi te pueda sacar la musculosa, así, perfecto… tranquilos, no pasa nada. A ver, girate un poquito que no te veo bien. Ok, no hay nada ahí ¿Javi podés meter la mano por adentro del corpiño así no se lo tiene que sacar? Despacito, como para asegurarnos. ¿En la otra…? Bueno, acomodáselo que se le ve todo. ¡La puta madre! Ponele bien eso que le estoy viendo las tetas a tu novia. Deb, nos fijamos abajo y ya terminamos, no te preocupes. A ver Javi, el short; desprendele eso, ahí nomás… bueno, un poco más abajo que va a estar incómoda sino. Ahí va. Date vuelta Deb que no veo. Okey, nada. Bueno, vestite de una vez. Serás inútil… –señalando con el arma le indiqué que se mueva.

 

La agarré por el cuello y la puse delante de mí entre los dos así podía seguir apuntándole a él. Le pasé la mano por los hombros y empecé a bajar por la espalda hasta la cintura, recorrí todo el borde del short con dos dedos. Metí la mano por adentro de la musculosa para tocarle la panza, el piercing del ombligo, el aro del corpiño, nada…

 

–Fede por favor pará… –me pidió despacito.

 

Javi se adelantó un paso:

 

–Soltala hijo de puta, te juro que te voy a matar.

–Creo que habría parado si él no se hubiera metido.

–Me estás poniendo nervioso man, callate.

 

Todavía por detrás, le desprendí el primer botón del short y el cierre se bajó solo. Metí la mano y toqué el encaje mojado, no sabía qué hacer, no me podía concentrar.

 

–Javier, andate. Tomátelas por favor –le dije apuntándole a la cara–. ¡Rajá de acá!

 

Cerró los ojos, inspiró profundo y empezó a subir la escalera sin mirarnos. Entonces acerqué la boca a su nuca y me apoyé entero metiendo más la mano, le corrí un poco la bombacha y hundí un dedo. Ella respiraba por la boca y temblaba o se movía, no sé, me agarraba el antebrazo con una fuerza precisa que no se definía en ningún sentido. Solté la pistola y la di vuelta. No podía salir de esa mujer, me estaba volviendo loco… quería seguir aunque terminara preso o muerto. Ella mantuvo las manos en mi cadera. La besé y la seguí besando y más la besaba y menos se resistía y más ganas de seguir besándola. Hasta que me dijo muy suave otra vez:

 

–Fede tenés que parar –y paré.

 

Se empezó a abrochar el pantalón.

 

–La guita está en mi morral, ahí en la barra. Son dos fajos que encontramos atrás de la caja.

 

El morral estaba, la plata no. Agarré el arma mientras Débora ya iba subiendo la escalera. Me apuré a alcanzarla y llegamos a la terraza, le hice pie y se trepó al balcón, atrás fui yo. Cruzamos la puerta-ventana y en el living vi a Javier que nos esperaba fumando un cigarrillo.

 

–¿Terminaron? Quién iba a decir… la devoradora y el campeón del tiro federal –se acercó y sentí el humo en la cara justo antes de la piña que me tiró al suelo.

 

–Bueno, feliz año nuevo –tiró el pucho, lo pisó y se fue. No traté de pararme, me alivió la sensación de la cerámica fría en la cara. Desde el suelo vi las piernas de Débora cruzar al baño y volver a aparecer para alejarse hasta cerrar con un portazo. Y me quedé mirando el cielo, cada tanto pasaba uno de esos globos que ella decía.

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