Historias sin punto final
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#25 · Lo que mata es la humedad

Por Martín Kolodny
Ph. Julia Granda

Recordaba haber levantado sillas, una mesa, un kohinoor; haber visto jeringas, anteojos, forros usados, incluso un enorme consolador con mierda en la punta en la esquina de Charcas y Anchorena, a metros del telo. Pero jamás se había sorprendido como esa vez. Era noche de invierno, a eso de las seis de la tarde, cuando se agachó para acomodarse las medias, con elásticos vencidos que hacían que se le deslizaran y arrugaran sobre los empeines y las plantas. Entonces lo vio. Al lado de su zapatilla derecha, sobre un adoquín. El Chino abrió grandes los ojos y en vez de agarrarse la media, lo tomó entre el pulgar y el índice de su mano, con los que sintió la sequedad que le recordó que su mujer le había pedido que comprara hinojo cuando volviera. Era un clítoris. Lo observó durante largos segundos, sin dudar jamás de qué tenía ante sus ojos. Rosado, tirando a oscuro, de entre seis y ocho centímetros, se amoldaba perfecto a la descripción volcada en alguna de las notas de Entre Mujeres, el suplemento de la web de Clarín que leía cuando se aburría de corregir o preparar clases en su casa. Antes de levantarlo, se puso en cuclillas. Como un forense de CSI, paneó la esquina con la mirada, sin encontrar a la posible dueña del tesoro que tenía entre los dedos. Volvió a pararse, se metió la mano en el bolsillo derecho del blazer, miró el cartel de la Comisaría 19 que dice Policía en varios idiomas y se quedó quieto. No quería comer ensalada de hinojo con las milanesas que él mismo había preparado esa mañana.

 

El Chino, en realidad, era ruso: Darío Mendelsohn. Pero en el primario lo bautizaron el Chino, por sus párpados vagos. Hijo de un psicólogo y una psicopedagoga, había nacido restablecida la democracia. Si bien su mamá decía orgullosa que para el ochentaitrés había votado al Partido Intransigente, también contaba que había salido con Darío en la panza a celebrar el triunfo de Alfonsín. Sus viejos no eran radicales, pero se habían afiliado a la UCR para impedir que De la Rúa fuera candidato. A los tres años, ya nacido su hermano del medio, había sido anotado para ir al jardín de infantes Jean Piaget. El guión estaba escrito y al primario lo siguieron el Velazco y el turno noche del Nacional Buenos Aires. Optar por Comunicación a los dieciocho ya era parte del Elige tu propia aventura que sus padres habían perpetrado para él en sus mejores sueños. Entre lecturas, el Chino había tenido tiempo para jugar al fútbol en el equipo de la Facultad de Ciencias Sociales, fumar porro, tomar Camparis y aviones para dar vueltas por Europa, Nueva York y Latinoamérica.

 

Sacó su iPhone del bolsillo izquierdo del blazer y vio que apenas eran las seis y cinco, por lo que enfiló hacia Santa Fe y volvió sobre sus pasos para ir a tomar un café a Los Molinos, en la esquina de Ecuador. Había sido educado para que los putos le caigan bien. Tardó media hora en caminar las dos cuadras que lo separaban del ristretto que pensaba tomar. Apenas dio el segundo paso, con sus dedos acariciando el clítoris, pensó en Frodo cargando el anillo hasta Mordor. Se entristeció un poco. Siempre se había pensado como el Aragorn de Viggo Mortensen. Cruzó la puerta. Estaba Sebreli, a quien saludó con la cabeza y se sentó contra una ventana. Se dejó el blazer puesto. Volvió a ver en el iPhone que era temprano y también vio un WhatsApp de Carla, que decía que iba al gimnasio y que no volvería hasta las diez. Entonces, se sacó el saco y en vez de un café pidió un whisky y un platito de aceitunas. Acariciaba el clítoris, que se agrandaba y humedecía.

 

Carla era flaca y medía uno setentaicinco. Tenía las tetas hechas como toda instrumentadora quirúrgica. Era instrumentadora quirúrgica. Se iba temprano del departamento de Vidt, le dejaba el mate preparado, lo despertaba con un beso rápido y rajaba. “A las siete. No, a las nueve y cuarto. Se me complicó un cáncer. Se jodió una mastectomía. Explotó un apéndice”. Al Chino le divertían las explicaciones de su mujer para llegar tarde. Un domingo, desayunando en un Le Blé de Chacarita, su madre le preguntó si no le preocupaba que Carla le estuviese metiendo los cuernos. Con la misma calma con la que daba clases, jugaba al fútbol cinco los martes a la noche y leía el diario en los bares, el Chino respondió:

 

–Pobrecita la flaca si tiene que coger con otros y cargar el peso de no decírmelo.

 

Se habían conocido medio de casualidad, porque no tenían gente en común. Sucedió cuando el Chino había acompañado a un amigo a un cumpleaños en un boliche de la Costanera. Los dos tenían veintisiete. Él aceptó la invitación al tomarla como una experiencia antropológica. Ella acostumbraba escuchar música electrónica y bailar sin parar. Adentro, la había visto en trance y afuera, con el sol ya sobre el río, casi que esperaban juntos un taxi. Él fumaba un porro. Ella había dejado de bailar, pero él veía en ella movimientos coreográficos anárquicos. Ella notó que él la miraba. Y se acercó. Él la saludó. Ella le dijo que para tomar un taxi era mejor caminar juntos por Salguero, hasta Figueroa Alcorta. Él se fue caminando con ella. Esa noche cogieron. Cuando se despertaron, a la tarde, tomaron mate y volvieron a coger. Se dijeron que eran lindos, dulces. Él le habló de lo que leía para la facultad. Ella le contó que se había venido a estudiar a los dieciocho, de Longchamps. Le explicó que el pelo lo tenía corto, pero que siempre lo había usado largo. Él era el primer barbudo que le gustaba. Así pasaron horas. Se hizo de noche. Pidieron pizza y tomaron cerveza. Pasaron los días, los años.

 

Cuando el mozo le llevó el whisky, el Chino notó que la medida era cada vez menos generosa. No se quejó. Su mente estaba en su mano que, cerrada, no alcanzaba a ser un puño, y transpiraba la humedad del clítoris. Con el primer sorbo, el corazón no se le calmó y la incomodidad de la pija parada contra su pubis, con la cabeza cerca de la hebilla del cinturón, se incrementó. Miró a Sebreli, que hacía una Clarín grilla. Cuando el escritor quiso devolverle la mirada, el Chino volvió a perder las pupilas en dirección a la puerta. Tomó otro trago y al retirar la nariz de adentro del vaso, notó el olor a concha que empezaba a propagarse por la confitería. Sonrió al pensar que allí no muchos lo reconocerían, pero eso no le alcanzó para calmarse. Con un gesto, pidió la cuenta y se dirigió al baño. De reojo, miraba a Sebreli. No quería que nadie se metiera detrás de él.

 

De aquella primera noche a que Carla se estableciera en el departamento de Vidt pasaron menos de tres meses. Con ella, llegaron fundas de almohadones, cortinas, limpiahornos y otros productos que el Chino desconocía. La mesada de la cocina, la bañadera, la barra, la mecedora, el piso, el balcón, todos habían sido escenografía de los polvos del primer año bajo el mismo techo. Que él pasara mucho tiempo adentro y ella afuera les funcionaba perfecto. Ella hacía el desayuno, él la cena. Los dos ganaban parecido, aunque, una vez recibida, Carla comenzó a participar de más operaciones e incrementó su caja de ahorros, de la que a fin de mes retiraba todo lo que le quedaba para sumar esos pesos a la cuenta corriente del Chino.

 

En el baño, arrojó el clítoris en el lavamanos y abrió el agua fría. Parecía más vivo que nunca. Con el chorro helado, bailaba. El Chino miraba con ojos grandes. Con la rapidez de reflejos que solo otorga la adrenalina, cerró la canilla y abrió la caliente. Al clítoris le habían cambiado el reggaetón por una balada de Arjona y, lentamente, se retrotraía. En cuestión de segundos, volvió a ser el que estaba posado sobre un adoquín. Tras descartar el secador de viento caliente, el Chino lo secó con toda la suavidad que una toalla Valot le permitía y, con cuidado, se lo introdujo en el bolsillo del jean destinado a las monedas.

 

Al año de convivencia, hicieron el primer viaje juntos. Fueron a Cuba. Dos semanas en La Habana, una por las ciudades revolucionarias y un fin de semana en un All Inclusive en la playa redondearon un mes perfecto. Volvieron cargados de botellas de ron, habanos Cohiba y Montecristo y cigarrillos Popular para repartir entre amigos y familiares. En el vuelo de regreso, el Chino se la pasó viendo como Carla dormía, apoyada en su hombro izquierdo.

 

De nuevo en la mesa, se sintió agotado. En el iPhone, recién eran las siete y media. La cuenta lo esperaba otra vez con la dirección de Gmail de Sebreli –que se había ido– escrita con lapicera de pluma negra y la invitación a llamarlo cuando se cansara de las mujeres. En vez de pagar, el Chino pidió otro whisky, doble. Sacó el iPhone y se puso a leer, detenidamente, todas las charlas por WhatsApp con Carla de los últimos días, las únicas que venían manteniendo.

 

A la vuelta de Cuba tuvieron su primera crisis. El Chino estaba con poco trabajo y comenzaba a aburrirse de preparar clases y corregir. Seguía con ritmo caribeño, pero sin ron. Perdía el bronceado. Carla multiplicaba sus horas de quirófano. Ya no paseaban por el departamento de Vidt cogiendo sobre los muebles. Él se despertaba cuando ella terminaba de arreglarse para salir, aunque simulaba seguir dormido. Cuando escuchaba la cerradura girar, recién se levantaba. Se lavaba los dientes, se sentaba en el inodoro y se hacía la paja. Con el mate, que ya no siempre estaba preparado, se fumaba el primer porro del día, armado la noche anterior.

 

Al leer un mensaje del mes pasado, en el que Carla argumentaba los pros de pintar cada ambiente del departamento de Vidt de un color distinto para romper la monotonía del blanco, el Chino imaginó su casa rosada, tirando a morado. Cerró los ojos y la vio de rosa morado clítoris. Incluso, se imaginó viendo los cuadraditos de colores de los catálogos de pinturería y pronunciando ante el vendedor:

 

–Denos cinco litros de rosa morado clítoris.

 

Comenzó a invadirlo cierta sensación de cobijo. La pija ya había retomado su estado de descanso y él se sentía más cómodo, con una opresión menos. Se moría de ganas de acariciar nuevamente el clítoris, de tratarlo con menor delicadeza para ver cómo reaccionaba. Entre el cobijo y la tranquilidad que le daba la ausencia de Sebreli, la fantasía lo llevó a pensar en el viaje por el Sudeste de Asia que siempre había querido hacer y Carla echaba por tierra. Que la comida es un asco, que dudaba que haya agua caliente, que no entendía si los filipinos son latinos o asiáticos, que más que Asia eso es África. Al Chino lo reconfortaba imaginarse comiendo pescado en Laos, con el clítoris a su lado. Del devaneo lo sacó un nuevo WhatsApp:

 

–Acordate del hinojo.

 

Se refregó los ojos, tiró ciento cuarenta pesos en la mesa y dejó el bar. Ahora sí se sentía Aragorn: empuñaba el clítoris en su mano derecha. Caminaba rápido. En la pantalla del iPhone, miraba precios de vuelos a Bangkok. Pasaría por los de sus viejos a buscar la Samsonite que más le gustaba, una que tenía un muy lindo compartimiento para que su clítoris volara cómodo. No encontraba pasajes abiertos, entonces, pulsó el botón de “solo ida”. Cuando finalizaba la compra, antes de doblar en Coronel Díaz en dirección a Arenales, sonó otro WhatsApp. Carla enviaba tres puntos suspensivos al no encontrar eco del recordatorio del hinojo. El Chino entró al departamento del piso veinte con sus llaves. No había nadie. Agarró la valija y se fue. Ya en el departamento de Vidt, la llenó con poca ropa. Se fumó un porro, se hizo una paja con el clítoris en la mano y pidió un taxi. Llegando a Ezeiza, cuando pasaba por el estadio Nacional de béisbol, le escribió a Carla:

 

–No conseguí hinojo.

 

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