Historias sin punto final
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#12 · Los fantasmas rotos

Por Juan Solá 

Colaboración de Luan Vieira

Siempre es mejor llegar a la playa caminando, porque pareciera que el deseo por encontrarse con el mar se va haciendo un poco más grande después de cada paso. La ropa comienza a pesar y el cuero caliente quiere soltar los bolsos y perderse en la espuma misericordiosa de las olas, una suerte de ritual de retorno a ese primer hogar que huele a sal y nos recibe con la humedad hecha abrazo. Cualquier porción de arena se convierte en nido cuando nos desnudamos y soltamos toda esa tela que nos arde.

 

En su extremo izquierdo, las piedras negras forman las gradas desde donde puede contemplarse un cuadro de surfistas envueltos en neoprene negro bajo el sol dorado, que estalla en mil pedazos sobre la cresta de las olas que cabalgan hacia la playa. Por la derecha, la arena blanca se hace ancha y los cuerpos se vuelven diminutos entre los pinos y las dunas, desprendiéndose de todo lo que no sea carne propia, dibujando la arena con huellas antes de encontrarse, desnudos, con el mar.

 

Me habían hablado de Monte Rosa la primera vez que Carol y Jacques me invitaron a pasar el fin de semana en la casita coqueta a la que se habían mudado en el litoral. Con Carol nos hicimos amigos después de que intentara besarme en la fiesta de fin de año del colegio secundario. Siempre se amparó en su condición de estudiante de intercambio para no haber percibido que a los dieciséis, yo ya era un experto en esconderme para besar muchachos.

 

En eso pienso mientras me saco la malla y por fin puedo sentir todo el sol encima. Bienvenido a Monte Rosa, dice el cartel hecho a mano que tengo enfrente, mal clavado en uno de los troncos del bosquecito que antecede al mar y separa a los pudorosos de los salvajes. Prohibido tomar fotografías, agrega el letrero, acompañado del dibujo de lo que pretende ser una cámara. Esta es una playa naturista, explica debajo, un poco más chico, como una advertencia dicha a media voz. Y casi como un murmullo, con la pintura que quedaba, el letrista desnudo se pone exigente y con letra diminuta susurra sin más preámbulo un Quítese la ropa.

 

El sol me ardía en las nalgas, blancas vírgenes de luz, y el viento me hacía cosquillas bajo la pelvis y me erizaba la piel velluda de los brazos.

 

En el mapa, Monte Rosa aparece con el nombre de Monte de Nuestra Señora del Rosario. Todos los putos se ríen cuando descubren este detalle mientras atraviesan las callecitas dormidas del pueblo, siguiendo las indicaciones de sus teléfonos, para encontrarse con aquel trozo de arena que se extiende sobre la línea invisible del Ecuador.

 

Me siento y ellos van llegando y hacen sus niditos ahí nomás, en la misma arena, porque en Monte Rosa no hay reposeras, ni sombrillas, ni barcitos que repitan una y otra vez la cumbia de moda del verano. Los hombres que no usan anteojos de sol achinan los ojos, aguzan la vista, se aprietan los bultos para que el viento fresco no les robe la sangre y se permiten inspeccionar a los otros.

 

Pareciera que la tela que se desprende del cuero se lleva consigo parte de la humanidad de los bañistas y entonces comienza el show de las vergas y un ir y venir de ojos. Nos transformamos en lobos cazándonos unos a otros, olfateándonos el lomo, pensando en el sabor de nuestras carnes, relamiéndonos. Los machos descubren la bella indecencia de la libertad mientras saltan, desvestidos, entre las piedras saladas, con la piel que brillante como papel satinado dorado.

 

Fui a dar unas vueltas con mi mochila y la gorrita, a la que todavía no podía acostumbrarme, pero que formaba una máscara perfecta junto a los anteojos oscuros. Me noté caminar más masculino que de costumbre. Costumbre para mí, digo. Carol me había prestado un pareo para usar de lona que las veces me haría de vestido de ser necesario.

 

Puse la cara dura, como haciéndome el bravo. El sol dejaba ver todas las imperfecciones, las cicatrices y los lunares. La incomodidad que me producía estar en bolas frente a otros tipos era un barullo constante en mi cabeza. Y allá, en mi cabeza, también había una playa. Una segunda playa, igual a esta. Si cierro los ojos, hasta puedo escucharle las gaviotas y olerle las olas y verle todos esos otros yo de pie sobre la arena brillante, orgullosos de sus cuerpos, muertos de risa, apuntándome porque la tengo parada.

 

Escuché pasos a mi espalda y volví al presente.

 

Giré y lo primero que le vi fue el pedazo colgándole entre las piernas, grueso, con los pelos de la ingle recortados a las apuradas. Recién cuando escuché su voz levanté la cabeza. Él también llevaba gorra y la tenía puesta al revés. Los ojos claros le brillaban bajo un par de cejas gruesas. Enseguida noté que era el tipo de pibe que puede hablar y sonreír al mismo tiempo y todo aquello me pareció hermoso.

 

Me preguntó si sabía adónde llevaba el caminito que subía por el barranco, escondido entre el pasto amarillo.

 

¿Sabés qué hay por allá?, dijo, y habló despacio, como si quisiera imitar el murmullo del viento que llegaba desde el horizonte frente a nosotros. Le dije que no, que ni idea. El graznido de un carroñero me hizo temblar la voz y preferí el silencio.

 

Acá es lindo, ¿no?, insistió, poco después de que mi propia timidez me obligara a arrastrar los ojos al mar, que en alarido ancestral rompía contra las rocas decantadas.

 

Muy lindo, respondí enseguida, volviendo a él. Quería volver a él.

 

Le descubrí los ojos, como almendras diáfanas, cuando ya estábamos tan cerca que podíamos escucharnos respirar. Me besó fuerte, con todos los labios y toda la lengua y todas sus ganas, que me llovieron encima, hirviendo.

 

Las pijas se nos llenaron de sangre; él agarró la mía sin pedir permiso y los oídos se me llenaron de los latidos de un corazón que no supe si era el suyo o el mío. Nos tocamos un rato largo, en silencio, sin animarnos a pedirnos nada más que ese instante, anhelo de satisfacción vestido del presente más absoluto. Un presente que yo pretendía olvidar pronto. Le descubrí los dientes derechitos cuando los recorrí con la lengua. Los saboreé con la electricidad de un primer baño de mar bajo la siesta impiadosa.

 

Un flaco, de pie un poco más allá, nos observaba y se masturbaba. Él advirtió que yo miraba al voyeurista y despegó sus labios de mi cuello. Ellos son así, sentenció.

 

¿Quiénes son ellos?, me pregunté, mientras lo veía deslizar los labios sobre mi pecho, buscando mis pezones en la oscuridad de sus párpados cerrados. ¿Qué podría hacerlos diferentes de nosotros?, quise saber, pero no me animé a interrumpirlo.

 

Lo vi venirse, con los labios entreabiertos a la altura de los míos y apretando los ojos como si parte de su alma se le estuviera escapando del cuerpo. Bajó la cabeza y tembló un poco. Yo también miré el suelo y lo vi rasguñar las piedras con las uñas de los dedos de los pies.

 

Yo no acabé.

 

Nunca imaginé encontrarme un chico tan lindo como vos por estos lados, murmuró un rato después, cuando consiguió dejar de jadear. Yo le respondí que gracias, que muchas gracias, aunque desconfiaba un poco de aquella necesidad suya de sonreírme y decir cosas lindas cuando ya se le habían pasado las ganas de cogerme. Comencé a sentir vergüenza y  ganas de estar solo, pero él no se iría.

 

Me desenmascaró después de la segunda pitada que le dio al cigarrillo que acababa de encender. Obviamente, vos tampoco sos de acá, me dijo, y agregó: ¿cómo te llamás?

 

No pude responder de inmediato porque mis ojos rodaron por las piedras hasta la arena y fueron a hundirse en el mar transparente. Todo el sol me llenó las pupilas y la playa desapareció por completo.

 

Volví al viejo cine al que una vez papá me llevó junto a mi hermanita. Yo habré tenido diez, once años, no estoy seguro. Él nos había dicho que había ganado un sorteo para ver El Señor de los Anillos en el horario de trasnoche de un teatro antiguo, en el centro. Tenía tres entradas, una para cada uno. Yo sabía que pasaba algo raro, que papá nos estaba mintiendo, pero no entendía por qué.

 

A veces pienso en cómo me duele haber perdido esa ceguera de infancia que puede disfrazar cualquier oscuridad y hace que el mundo se vea caprichosamente bonito. Peligrosamente bonito.

 

En las sombras, unos asientos atrás de nosotros, alguien murmuraba. Cuando presté atención, descubrí que se trataba de un hombre, un hombre grande, como mi papá, que gemía. Gemía y respiraba pesado, como si quisiera librarse de una carga terrible. Mi papá también lo escuchó y se puso incómodo, comenzaron a temblarle las piernas y hasta le clavó las uñas al asiento.

 

Me meo, me confesó por fin. No hablen con nadie, sentenció luego, poniéndose de pie. Desapareció por el pasillo unos minutos más tarde.

 

Yo todavía quería saber por qué gemía el señor que estaba sentado allá, en la parte más oscura, como escondido entre las butacas. Yo quería saber por qué me sudaban las manos cuando lo escuchaba respirar así, como si quisiera sacarse todo el aire de los pulmones. Yo quería saber por qué el tintineo constante de la hebilla de su cinto me endurecía la pija.

 

Le di la mano a mi hermana y le pedí que me acompañara al baño. Yo también quiero hacer pis, le dije. Cuando nos pusimos de pie, agradecí la oscuridad que disimulaba mi erección, pero al mismo tiempo me enojó que la penumbra no me permitiera ver qué hacía el hombre del fondo, azul y solitario, como un fantasma que aguarda en las tinieblas.

 

¡Tengo sed!, reclamó mi hermana en voz alta.

 

Entonces, de entre las piernas del hombre emergió una cabeza de mujer, como un monstruo gigante de pelos negros y labios gruesos y húmedos que nos exigía saber dónde estaba nuestra madre. Yo quería saber lo mismo.

 

No me detuve a responder. Le aferré la mano a mi hermanita y escapamos corriendo por el mismo pasillo que vi desaparecer a papá. Encontramos los baños rápido, ella me esperó afuera. Esperame acá, le dije, poniendo la voz más valiente que pude. Voy a buscar a papá.

 

Entré despacito. Solo la primera cabina estaba ocupada; ahí estaba él. Me metí en la segunda y me bajé el cierre del pantalón. Tenía el pito tan duro que me tuve que sentar para hacer pis. Sentí las nalgas húmedas y me dio mucho asco y me morí de ganas de estar en casa. ¡Papá!, exclamé, y escuché sus zapatos deslizándose sobre el piso y la hebilla de su cinto tintineando. ¡Papá, mi hermana tiene sed! ¡Y yo también! ¡Y me quiero ir a casa!

 

Nadie respondió.

 

Acerqué la oreja a la placa de madera que nos separaba y volví a llamarlo. ¡Papá! ¿Estás bien?

 

Esta vez ni siquiera escuché su cinto.

 

Me asusté y salí de la cabina, subiéndome el cierre del vaquero. Me paré frente a la puerta cerrada que nos separaba y comencé a golpearla, aterrorizado, convencido de que a mi padre le había sucedido algo terrible y que nosotros jamás podríamos volver solos a casa y que ya nunca volveríamos a ver a mi madre. ¡Papá! ¡Abrime por favor, tengo miedo!, le dije.

 

El cerrojo deslizándose me llamó a silencio. La puerta se abrió lentamente y de adentro de la cabina salió un muchacho que habrá tenido la edad de mi primo, el más grande. Terminó de meterse la camisa por debajo del pantalón y me miró con tanta lástima que supe que algo malo había sucedido. Cuando salió corriendo, por fin pude ver a papá, escondido detrás de él, clavándome los ojos, pálido como aquel otro fantasma que gemía festejando la luz ausente.

 

Él también tenía el pito duro.

 

Hernán, murmuró papá, pero no pude responderle.

 

Hernán, qué lindo nombre, repitió la voz del pibe, y la playa volvió a encenderse. Yo me llamo Fernando, agregó, terminándose el cigarrillo. Una ola enorme nos salpicó los rostros y yo volví a preferir el silencio, rogando que ya no me preguntara más nada.

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