Historias sin punto final
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#6 · Tal vez fiebre

Por Patricia González López

Ilustración Rodrigo Cardama

 

Siempre me pregunté si Aurora me escuchaba, aunque la mayoría de las veces confiaba en que no porque ronca como una osa en celo. Mejor dicho, ella ronca como una osa y la que está en celo soy yo. Por cómo me miran cuando camino por el pueblo me doy cuenta de que todos están al tanto. De un tiempo para acá opté por hacerme la sorda, ir por ahí con la vista perdida para no sentir el peso de la mirada. Sé que les gustaría ser como yo. Si nací con este cuerpo es para algo. Agradezco a Dios y la virgencita por tanto placer permitido.

 

Se siente el paso del tiempo. La piel me cambió un poco pero sigue siendo casi transparente; primera en elogios. Perdí algo de tonificación en los músculos pero mantengo la figura. Además, lo que vale es la entrega y en eso sigo fresca. Cuando era adolescente era fácil y gratis. Hacían fila para cortejarme. Recuerdo los vestidos de diseño, las joyas que ahora ya están guardadas, mis viajes a Europa, al Caribe, aquellos hombres. ¡Qué lindos que son los hombres! Viví todo lo que pude hasta mi sexta juventud. Desde hace unos años me fui gastando todo el dinero en esto, pero es lo que me da paz y lo que curva mi boca hacia arriba.

 

En varias oportunidades escuché lo que Aurora hablaba por teléfono. Siente pena por mí. Repite que me expongo, que ya no estoy para eso, que no sabe cómo cuidarme, incluso que le da miedo que uno de mis amantes la agarre. Yo, como siempre, me sigo haciendo la sorda; le pregunto mil veces lo que me dice para que no sospeche que sé el asco que me tiene. “Dicen los vecinos que puede ser fiebre uterina” comentaba vaya a saber a quién. A veces quiero que se le contagie la fiebre, mal no le vendría.

 

Si bien separo el sexo del amor, cuando hay amor el acto tiene ese qué sé yo, esas anécdotas para contar a los nietos. Sigo enamorada del casado con el que me acuesto. Vive cruzando las vías. Tiene 35 años, dos chiquitos y una mujer joven, la más linda del pueblo. No me saco de la cabeza lo mal que me miró la última vez que fui a la verdulería, en el fondo no se imaginaba al marido conmigo. Y aunque digan que es por la plata, yo le gusto. Porque no lo hace con todas, ni acostarse, ni cobrar. Incluso me ha fiado. Varias veces le dijo a su señora que salió una changa, calculábamos el precio por día de trabajo y se lo daba. La diferencia es que me hombreaba en vez de a las bolsas de cemento. Una vez por semana lo veía seguro, y los fines de mes me bancaba hasta la mensualidad del mes siguiente. Puedo estar con quien quiera, mejor dicho, con todos los que acepten que les pague; pero lo prefiero. Siempre me hizo sentir joven y deseada. Sus besos eran distintos, sus mordiscos, su lengua en mis mejillas, la fuerza al apretarme las tetas y el  culo según la posición y ese enchastre del final.

 

Tengo más fascinaciones. Ahora estoy viendo que el vecino de enfrente se va a juntar otra vez a jugar al truco con sus amigos, ya llegaron dos. Siempre llegan a esta hora, tipo siete, cuando va cayendo el sol. Es el único momento en que abro la ventana, o por lo menos miro hacia afuera, el resto del día prefiero que no haya rastros de luz.  Sin embargo, cuando llegan ellos se vibra la vida, la onda masculina que tienen. Me encanta el lío que hacen, tienen una energía que me impresiona. Dos meses atrás uno justo había cobrado el miércoles, me crucé a jugar con ellos y me volví con uno. Dejé que se vieran los billetes en mis manos, los rozaba con los dedos mientras miraba al bombón ese que me había gustado. La ventaja de que todos sepan cómo vivo es que ya se saben los códigos que uso.

 

Me quedé dormida en el sillón mientras miraba a los vecinos. Puede que tengan razón y ya no esté para esto, me deprime. No hubo repetición con el jugador de truco, tampoco hay esperanza de cruzar las vías. La noche de la fiesta de la primavera que se hizo en el club fue mágica, no me la saco de la mente. La mayoría va con su familia pero siempre hay alguno suelto. No todo es sexo, también me bailo todo. Puedo estar horas bailando lo que sea. Tengo el movimiento de caderas en la memoria de mi cuerpo. Los premios que me han dado como bailarina, las giras, las noches en grupo, nadie me los quita. Estas fiestas no van más allá de chacarera y con suerte algo de cumbia, pero me gustan igual. Ramona, mi pedicura y amiga de la infancia, me acompaña siempre. Comemos el menú de la noche, bailamos entre nosotras, si nos sacan a bailar aceptamos, y sino los busco. Los bailes me pierden, siento un fuego en las piernas que puedo estar despierta dos días. Esa noche no me traicionó, había  un grupito de tres, “los espero en casa a la salida” les dije, con seña incluida.

 

Aurora otra vez tuvo miedo de que la agarren y le hagan cosas. Los tres chicos vinieron. Eran bastante viriles, hasta parecía que les gustaba de verdad. Uno en la boca, uno adelante y otro atrás. También se tocaban entre ellos, se metían dedos por todos lados. Pero les había mentido, no tenía plata –Ramona fue quien me pagó la entrada a la fiesta– y estos muchachos, cuando se dieron cuenta, se enojaron y me dieron duro. Estaba muy caliente, me había tomado dos Valium antes de ir a la fiesta, así que tenía los músculos relajados y muchas cosquillas. Sentía placer y al mismo tiempo ardor y una humedad natural que extrañaba. Pero por lo visto no resistí. A las cinco de la mañana, hora a la que se despierta Aurora, fue a mi habitación y yo dormía en un colchón de sangre. Estaba como anestesiada, seguro por las pastillas. Llamó a la ambulancia y me llevaron al hospital, me internaron y me operaron. Me preguntaron qué me pasó, les dije que me mordió un perro. Me siguieron la historia pero escuché que la enfermera le decía al doctor “qué mal gusto tiene ese perro”.

 

Tengo tres puntos en el culo, estoy bien. Rescato que me siento como nueva, pero mi familia está preocupada. Me rompen las pelotas. Me sacaron la plata de la jubilación y las compras las hacen ellos o Aurora, ya no tengo más efectivo y tengo que mendigar la comida en mi propia casa. Esto es humillante. Aurora quiso renunciar como en otras oportunidades, habló con mi hija y le dijo que tenía miedo, que me gustaban mucho los hombres “encima pendejos”, que parecía una loca y que si le hacían algo como a mí, quien se hacía cargo. Estuve a punto de invitarla a participar pero cuando pasé por su cuarto estaba roncando como siempre, no registra nada. Y aunque cuando duerme y ronca es el único momento que tengo la casa para mí, me hubiera gustado que ella también sienta placer así no está seria como siempre. Ojalá todo el mundo viva el placer que siento.

 

Me aproveché de su descuido con la plata, la deja en el mini altar que tiene en su ropero, entre la virgen de San Nicolás y San Expedito. Cuando se iba a planchar al lavadero del fondo aprovechaba y le sacaba algo de dinero, de a poco, a veces cincuenta, otras cien pesos. Por ahora sigue sin darse cuenta. Además había vuelto a la repostería para sumar unos pesos. Dejaba algunas porciones para la merienda o la visita de mis; y en los francos de  Aurora, iba caminando al río y vendía el resto. Con lo que le robaba y las ventas juntaba para los encuentros. Mis hijos parecían quererme una vez por semana y me llevaban a almorzar, siempre en la casa de alguno porque les doy vergüenza. A las cuatro ya estaba en casa, entre las cinco y las seis las parejitas y grupos de amigas suelen tomar mate en la costanera, con ganas de comer algo dulce. Para las nuevas generaciones soy la viejita que vende tortas.

 

Extraño mucho, no aguanto más. El último sábado que salí a vender, volví con la canasta vacía y la plata que necesitaba para cruzar las vías en busca de lo que necesitaba. Octubre no pudo haber terminado mejor, por más corto que haya sido el momento sexual cerca de la estación. En el paso a nivel que está a dos cuadras de ahí el pasto estaba largo, muy largo, y nos pudimos perder tranquilos. Todavía lo tengo fresco, él diciendo que lo caliento, el agarrándome fuerte. Lo amo. Pocos olores me gustan más que su leche. Esa tarde volví caminando satisfecha a casa con la bombacha chorreada. Me metí a la ducha, lavé la bombacha y con la espuma me repasé el cuerpo. Con o sin fluidos siempre lavo mis calzones. A la noche llegó mi nieta que esta vez vino sin novio. Me contó que se separaron mientras comíamos el pollo al horno con papas que compró en la rotisería. Le pregunté por qué y me dijo algo así como “no funcionamos”. En el fondo creo que se pelearon porque ella no quería tener sexo y él sí. Pero preferí no decirle nada.

 

“Vieja puta”, eso me dijo la mujer del changarín cuando me enganchó yendo a vender al río al día siguiente del polvo. Agarró los budines de mandarina y me los metió en la boca como queriendo ahogarme. Parece que alguien nos vio entre los yuyos de las vías y le fue a chusmear. De los pelos me tiró a la vereda. Tenía mucha fuerza, me sacudió de un lado a otro. Cuando desocupó una de las manos me pegó un cachetazo y otro al canto de “vieja atrevida”, “vieja fiestera”, “vieja puta”, “dejá de cogerte a mi marido”. La entiendo, yo también lo amo, pero no le quebraría la cadera. Por un tipo no me pelearía jamás. Me molió a palos esa mujer. ¿Por qué no usará esa fuerza para garchar mejor?, ¿garchar le dicen ahora, no?, pensaba mientras me zarandeaba. Le decían que pare, que como se iba a meter con una anciana, pero ella estaba sorda de furia. Simplemente me dejé pegar, aunque hubiera querido no tenía fuerza para defenderme. Al rato llegó mi hija como fueron llegando todos los vecinos que pasaban por ahí. Estaba muy enojada y llorando, “mamá, ¿por qué me hacés esto?” decía, pero no me socorrió. Sólo llamó a la ambulancia y esperó llorando, con la cara tapada. Otra vez ambulancia al hospital. Los enfermeros eran lindos pero la comida horrible. Estar enyesada es peor. Tengo para un mes más de aburrimiento en casa, sola, con calor y sin poder manejar mi propia plata. Ramona viene a tomar mate conmigo, me hace los pies y las manos, pero extraño a mis hombres. Aurora dice que después de mi cumpleaños vuelve a su barrio a pasar las fiestas en familia y no me cuida más, que se cansó y además le da vergüenza que la asocien conmigo. Espero mis setenta y cinco a oscuras. Tengo un solo deseo.

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