Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#20 · Todos y Ester

Por Diego Flores
Ph. Rodrigo García Ignelzi

 

A Maxi, a quien debo esta y tantas otras historias.

 

Yo voy con la chata, pero no los espero, no les presto guita y no se metan en quilombos, ¿ta? Les pido, eso sí, unos pesitos para la nafta porque queda medio lejos y no soy remis para andar de acá para allá. Ustedes entren y dicen “yo lo conozco a Ivo”, y listo.

 

Ivo parecía mayor pero tenía la misma edad que nosotros aunque no la misma experiencia, él ya había hecho todo lo que los hombres de ese pedazo de tierra tirado por la provincia de Buenos Aires llamado Mercedes. Fumaba, tenía un rastrojero lento y de mecánica floja. Laburaba en un taller y según sus relatos se había garchado un par de minas y había debutado en el piringulo de la ruta. El piringulo era un secreto mal guardado del pueblo. Todos decían saber y conocer los placeres que la gorda Ester brindaba a la muchachada.

 

Era verano del 93 y el pueblo era una especie de naturaleza muerta. Todos los que tenían un manguito habían migrado en busca de historias de verano hacia balnearios promisorios y montañas llenas de tonadas. Nosotros siempre pobres y aburridos decidimos que era momento de empezar a escribir nuestra historia. Decidimos que lo mejor era empezar por el plano sexual o genital como después me explicó la hermana de Titi que andaba estudiando psicología en Buenos Aires en esa época y yo me aprendía todo lo que decía porque estaba despistadamente enamorado de ella. Hasta que me enteré que salía con un flaco de capital y la odié como si en su aventura pusiera en jaque el honor del barrio.

 

El plan era osco pero efectivo, changuear de lo que sea, juntar la teca e ir en banda a la ruta para iniciarnos allí los tres y compartir la cofradía de penetrar un mismo cuerpo. Cosa que quizás, decíamos, nunca vuelva a pasarnos. Así que nos pusimos napolitanos y arrancamos a laburar.

 

Pili pegó para comprarles medicamentos a los viejos de un complejo de departamentos del barrio. Iba y venía de acá por allá con una bici que pedía a gritos un service. No le quedaba mucha plata porque los viejitos tenían una percepción anticuada del dinero y les parecía que 25 centavos era una módica correcta para un viaje de tres kilómetros a pleno sol. Pili, que no solía experimentar el sentimiento de culpa, empezó a comprar los genéricos argumentando que no estaban llegando los medicamentos de las grandes empresas extranjeras. Así robaba unos pesos extras. Pili era un crápula egoísta. Un fierro como amigo pero un ser repugnante cuando lo tenías en otra vereda.

 

Maurito consiguió cuidar un par de casas en verano comprometiéndose a regar las plantitas y mantenerse alerta a cualquier movimiento extraño que viera, aunque en el pueblo hasta los delincuentes se habían tomado el buque. Cobró unas chirolas por adelantado y supo no iba a recibir el resto del pago hasta que los propietarios regresen de las bacanudas vacaciones que se estaban pegando. Así que se puso a laburar medio día en la panadería como asistente. Cada tanto le veíamos las manos llenas de magullones por las quemadas que se pegaba. Mauro era un ser enorme, gordo y bondadoso, con ganas de aprender. Para su vida tenía planes mezquinos. Reales. Él quería tener una remisería, atender el teléfono de tanto en tanto y poder comprarse una pelopincho donde mojaría su barriga y abrazaría a mujeres bellas e imaginarias. Era un humano al que se hacía imposible negarle el cariño.

 

Yo hice la más lineal: empecé a laburar con mi viejo que era albañil de la vieja escuela. Al principio llevaba y traía herramientas, los tablones del andamio, alambres, enrollaba cables y me encargaba de las compras y, solo los viernes, del fuego que anunciaba el fin de jornada. Al toque mi viejo me abrió su corazón y  me empezó a encargar la elaboración de los pastones. El pastón es una alquimia simple y fabulosa, no podía creer que sobre la mezcla breve de cemento, arena, cal y agua se irguieran todas las paredes de Mercedes y del mundo. Hicimos un par de arreglos en unas casas del barrio y mi viejo, que era muy bueno en lo suyo, me llevó para Tomás Jofré a levantar paredes para un caserón. Le metíamos duro hasta que el sol se las picaba. Cuando la cosa parecía llegar a su fin, mi viejo me mandaba a limpiar las herramientas mientras se fumaba el cigarrillo más largo del universo. Llegábamos a casa cerca de las nueve de la noche y yo me desmayaba en la cama. Habría odiado el mundo en ese mismo instante pero sabía que a la vuelta del sacrificio me esperaban los placeres mayores. La develación del secreto final de la vida.

 

Era un martes a la noche, hacía un calor de la concha de la madre, los mosquitos estaban más excitados que nosotros. Estábamos tirados en la parte de atrás de la camioneta de Ivo. Era el día. Esa noche íbamos a debutar. Lo habíamos planificado tanto y tanto que las expectativas me llenaron de nervios y ansiedad. Tenía miedo de todo, de no saber, de que no se me pare, de que no me guste, de que no me pueda poner el forro… tenía miedo de todo. Maurito estaba todo colorado, también estaba nervioso pero por otra cosa.  No paraba de hablar de que había ahogado los malvones de la casa de los Quinteros. Que los iba a tener que comprar y plantar unos nuevos y que no tenía puta idea de cómo poner una planta.

 

Pili le dijo que no rompa las bolas, que él después lo ayudaba y revoleaba piedras a un descampado. Estaba seguro y comentaba las mil formas en que se iba a coger a la gorda Ester.

 

Quiero ponerla en cuatro y hacerla gritar como una zorra, después le voy a decir que me monte y me enseñe, mientras ensayaba unos movientes pélvicos al aire como un can alzado. Le quiero llenar las tetas de leche. ¿Vos maurito? ¿Dónde le querés acabar? ¿En la boca? ¿En la cola? Qué puta hermosa, decía Pili, aunque no tuviera ni la más mínima idea de la fisonomía de nuestra chica.

 

No sé, Pili, no sé, decía Mauro, me van a cagar a pedo, si yo las regué bien como me dijeron los Quinteros. Pobre malvones, tan chiquitos y…

 

¡Pará un poco gordo!, gritamos al unísono con Pili.

 

Hoy la vamos a poner y vos estás rompiendo los huevos por dos plantitas de mierda, le dije, y al ver su cara me sentí una mierda egoísta. Ya lo vamos a arreglar, dije en tono compasivo.

 

¿Cómo andan los virgos?, dijo Ivo, que aparecía por fin. ¿Están todos cagados o qué?

 

¿Qué cagados, gil?, dijo Pili, yo quiero estar ya arriba de esa puta.

 

¡Ta! Pero estos dos tienen una cara de miedo que asusta.

 

Pasa que se me murieron los malvones, dijo por trigésima vez Mauro.

 

¿Qué?, preguntó Mauro.

 

Nada, nada, dije yo cortando la eminente explicación del gordo.

 

Bueno, denme la guita de la nasta y arranquemos. Vamos a parar en la ruta a cargar y después de ahí vamos derechito. Trajeron forros, ¿no?

 

¿Qué, forros?, ¿no te los dan allá?

 

Sí, y también podés pedir el desayuno si querés. ¿Pero pelotudo, a dónde te creés que vas? Vamos a tener que comprar un par de cajas por las dudas. ¿No practicaron ponerse un forro por lo menos?

Yo sí, dijo Pili, hace unos días me choreé uno del hospital y me clavé una de lujo.

 

¿Te pajeas con un forro?, pregunté.

 

Más vale, papá, ¿nunca te hiciste un lujazo?

 

Bueno, dale, vamos que tengo que ir a ver a una mina después, mintió Ivo. ¿Quién viene adelante conmigo?

 

Yo voy, primerió Poli.

 

La oscuridad de la ruta nos encontró a Maurito y a mí callados en un silencio nervioso, estábamos acostados y yo trataba de contar estrellas pero en mi cabeza no había más nada que Ester. En mi encuentro con ella, en el choque de sus experiencia y mi mudez, de sus pechos y mis nervios, de sus piernas calientes y mi sexo caído, de su voz susurrante y segura y mis verbos temblorosos. Le pregunté algo a Mauro para escaparme de mí pero el ruido del motor lo tapó todo. Por primera vez en mi vida sentí la extraña necesidad de fumar. Me levanté y sobre el techo de la camio vi el piringulo, una casita pequeñísima a la vera de la ruta, las paredes despintadas, un perro que actuaba de sereno y  el símbolo irrefutable de una bombita de color rojo que colgaba sobre la puerta. Empecé a temblar y mascullé la idea de irme a la mierda. Busqué la mirada del Mauro, pero estaba en otra. El Pili empezó a gritar excitado mientas golpeaba la puerta e Ivo le pegaba un “tatequieto” en la cabeza.

 

Ivo frenó y nos ordenó que bajemos.

 

No se metan en bardo, disfruten y no me hagan esperar a la vuelta que los dejo tirados. Y digan que vienen de mi parte.

 

¿Cuánto?, dijo Pili.

 

¿Cuánto qué, pelotudo?

 

¿Cuánto sale Ester?

 

Qué sé yo, boludo. Preguntá, ¿o sos mudo?, dijo Ivo mientras se prendía un pucho y se hacía el actor Americano. En un rato estoy acá.

 

Cruzamos la reja y golpeamos la puerta, enseguida una voz extraña dijo “adianchi” y nos mandamos en fila y juntos, como en una película de terror. Desde el fondo apareció un tipo flaquito, musculosa blanca, pantalones cortos con un escudito de River y una botella de birra recién destapada

 

¡Muchachos! ¡Amigos! ¿Cómo están? ¡Pasen, pasen! ¡Siéntense ahí che! ¡No se hagan los respetuosos justamente acá che! Ojo que está medio cachuzo el silloncito. ¿A qué se debe tan grata visita, eh?

 

Venimos a ver a Ester, tomó sorpresivamente la palabra Mauro. Nos recomendó Ivo, Iván.

 

¿Y quién carajo es Iván?

 

Iván… el del rastrojero

 

No… ni idea che… pero, ¿por qué asunto vienen a Ester? Si se puede saber, eh.

 

Los tres nos quedamos callados, todos en ese cuarto sabíamos para lo que estábamos ahí pero ninguno se animaba a verbalizarlo.

 

¡Era una joda muchachos! ¿Qué pasa? ¡Tranquilos! La Ester es un amor. Miren, vamo a entrar en confianza y a hablar de negocios. Pero primero lo primero, yo soy Rubén. El Ruben me dicen, soy el esposo de la Ester. No abran los ojos así que está todo bien, acá somos “open main”, cabeza abierta. ¿Entienden? No se hagan historia.

 

Pero no te molesta que nosotros…, Mauro iba a seguir con la inocente frase hasta que un codazo de Pili dio en las costillas y lo cayó al instante.

 

No pasa nada gordo, dijo Rubén, somos humildes trabajadores. ¿Alguno tiene un pucho? ¿Nadie? Bueh, dijo, y sacó un Jockey de un cajoncito cercano. Esto es así muchachos,  Ester cobra 35 pesos. Me pagan, van y cada uno hace lo que tiene que hacer y listo. Nada de cosas raras, eh. Van y con respeto. Con respeto, eh, se presentan y ellas los va a tratar como nadie.

 

Nos dijeron que salía 30, dijo Pili que andaba con el mango justo.

 

Aumentamos, tuvimos que hacer muchas reparaciones edilicias, aunque no parezca, dijo Rubén. Son gastos operativos, ustedes entienden… Hagamos una cosa, denme 100 pesos entre los 3. ¡Treinta y tres pesos entre los tres eh! Miren si me habrán caído bien, se nota que son buenos pibes. Ahora, antes de entrar me garpan, después si el pajarraco no toma vuelo es problemas de ustedes. ¡Ah! Esperen antes de cerrar el trato muchachos, sean sinceros, eh. ¿Alguno de ustedes es muy pijudo? Porque Estercita tiene que laburar y si alguno me la arruina acá perdemos plata y este es un negocio que vive al día, como verán, dijo y extendió sus brazos como invitándonos a reconocer la humildad del lugar.

 

Y, no sé ¿qué es muy pijudo?, dijo Pili, que prefirió la vergüenza antes que ver herido su orgullo.

 

A ver nene, dijo Rubén con una sonrisa que encandilaba, ¿la tenés como esta botella que tengo acá?

 

Y, no, dijo Pili.

 

Listo, no sos pijudo. ¿Ven todo lo que se aprende acá? Yo tengo que cobrar por la data que paso, ya que estamos vayan juntando la plata muchachos. Yo voy a preparar la habitación y a ver si ya está Ester.

 

Cumplimos la orden, nos acercamos y juntamos la guita, nos dimos cuenta de que le estábamos dando todos billete chicos, como si fuéramos Boys scauts con dinero ganado en la venta de galletas. Se lo dimos a Rubén y  se rió.

 

¡Epa! Anduvieron martillando chanchos, dijo. Cuchen, Ester se está arreglando, metemos un poco de música. Ahí traigo el grabador, tengo un casete que los va a volver locos.

 

Vino con un aparatejo pequeño y negro lleno de cinta adhesiva.

 

No le anda un parlante, je, dijo Ruben, pero está bien, la música la ponemos nomás para que ustedes tengan intimidad, así evitamos los ruidos de la carne. Me entienden, ¿no?

 

Sí, sí, dijimos los tres al unísono.

 

¿Qué les gusta?

 

¡Rock!, dijo Maurito siempre vehemente.

 

Ma qué Rock ni rock, cuchá gordo, y apretó play. Desde el parlante se empezó a escuchar King África y su “Salta”. Una fiesta, mi viejo. ¿Che, por qué no se compran una birra? Para celebrar esta hermosa noche digo. Algo tienen que consumir, es una falta de respeto. Tengo una en la heladera bien pero bien fresca. Así entran entonados muchachos, el alcohol es el “netar” de los dioses, dijo Rubén remarcando “netar” como si la palabra denostara sus vastos conocimientos en retórica.

 

No tenemos mucha plata, repliqué  apurado.

 

Pero les hago precio, se las dejo a 1.50 a la birra, bien frapé.

 

Pero si en el quiosco…

 

Trae, dale, dijo Pili interrumpiéndome.

 

Bien papá, ¡vos sos un hombre mi viejo! ¡Ahí va!

 

Trajo la cerveza, la abrió delante nuestro y le pegó un beso largo y profundo al pico.

 

Salú amigos, por este día y todos los días. Viva la vida, Mercedes, Ester, River y la reputísimamadre que los remil parió. Tomá gordo, bebé.

 

Mauro limpió el pico con desconfianza y le dio un par de sorbos.

 

Bueno, muchachos, ¿quién va a pasar primero? Métanle ritmo que mañana hay que laburar, espetó Rubén.

 

Mauro y yo miramos a Pili entendiendo que iba a pegar un salto para pasar primero, pero se quedó quieto mirándonos.

 

¿Qué pasa?, dijo Pili.

 

Y dale, dije yo, ¿no tenías tantas ganas vos? Andá, dale.

 

¿Qué sos mi jefe, gil? ¿O policía?

 

Eh, muchachos, ¡acá malas palabras no, eh!, si se van a tratar así los voy a tener que invitar a salir, esta es una casa de familia, acá no se grita, dijo Ruben.

 

Yo voy, dijo Mauro, que se paró con un movimiento militar, sorprendiéndonos por segunda vez en la noche.

 

¡Vamo! ¡Gordo! ¡Viejo y peludo nomás! Usté sabe, usté tiene huevo, festejaba Rubén. Vení, pasá por acá campión.

 

Vi cómo una puerta se abría y en la pared se proyectaba la silueta de una mujer que caminaba hacia Mauro. El cuerpo que se proyectaba no parecía en absoluto el de una mujer gorda. Me pareció sensual y me excitó un poco.

 

Boludo, le dije a Pili, me parece que esta no es Ester, es flaca. Vi la sombra y es flaca.

 

Calmate boludo, viste una sombra, sos un pajero, por ahí estaba de costado, qué se yo.

 

No, no. Está buena la mina. Me parece.

 

No seas gil, ¿queré?

 

¡Muchachos! ¿Qué pasa que están alborotados? Ahí pasó el gordo. ¿Les gusta la música o no?

 

Ta buena, dije para decir algo, y me colgué mirando la casa, el resto de los cuartos que se veían estaban separados por sábanas, ya no quedaban puertas, las paredes estaban llenas de humedad, al costado del sillón donde estábamos había un cenicero repleto de puchos apagados, el olor era denso, la luz muy pero muy tenue, había un cuadro apoyado sobre la pared, una copia barata de un pintor que no llegaba a leer, sobre uno de los vértices la humedad también había calado. El piso estaba lleno de mugre. Sobre un mueble tapado de polvo se destacaba la cabeza de una virgencita. El lugar era lúgubre, horrible, siniestro. Era pobre, como nosotros. Y la pobreza aun siendo parte de mi condición me deprimía. Estaba preocupándome por estar ahí, por tener que debutar en ese lugar. Me sentí inquieto y perturbado.

Che, y ¿están nerviosos?, dijo Rubén.

 

No, dijo seco y tajante Pili.

 

Yo un poco, dije sin pensar.

 

Y bueno, la primera vez es así, mostro. Yo te voy a ayudar. ¿Sabés por qué? Porque soy mago. Sí, señor, mago.

 

¿Cómo mago?, dije temiendo lo que podía hacer.

¡Mago, pa! Mago. Cartas, conejos, palomas, vuelo, hago desaparecer cosas, hago aparecer otras, y desde mi oreja izquierda hizo aparecer un pucho. ¡Taraaaan! No la podés creer. Si tenés un peso más te hago un re show.

 

No llego, dije para sacármelo de encima.

 

¿Cuánto tenés?

 

50 centavos.

 

¡Me sirven! Vas a ver la que te hago.

 

Pili me miró y se rió sobrándome. El tipo este me acababa de chorear cincuenta centavos y todo se volvía aún más ridículo, un joven estaba debutando en una habitación contigua a la de un flaco petiso y garca que hacía trucos de magia semi amateurs, mientras dos adolescentes ya más vírgenes e inexpertos que su amigo disimulaban atención y seguridad. De golpe la música se apagó y escuchamos los gritos espasmódicos del gordo que gemía y gemía, ella lo hacía bajito y lento. Rubén saltó de su lugar y le pegó un par de cachetazos al grabador que empezó a tirar música nuevamente.

 

Me cortó el numero esta pindonga, dijo Rubén. Tomá, elegí una carta y no me la mostrés.

 

Esta.

 

Esa no, me dijo Rubén con cara de orto, está marcada, ya sé cuál es.

 

Estaba eligiendo otra cuando se escuchó el cerrarse de la puerta, el cuerpo del gordo se asomaba lento, le colgaba una sonrisa delatora y caminaba como si no cupiera en el mundo.

 

¡Esaaa! Gordito hermoso, dijo Rubén, ¿tas bien? ¿Y cómo no vas a estar bien? Bienvenido papú, yo y la Ester te trajimos al mundo de los hombres, de ahora en más vas a caminar más seguro, Gordo. Vení, sentante acá y elegí una carta. Si tenés 50 centavos les hago el show completo. Esperen un poquito y ya hago pasar al segundo. ¿Quién va?

 

Quise ir yo, pero esta vez el Pili me ganó de mano, se paró y encaró para el cuarto.

 

Esperá un poquito, titán, ordenó Rubén, cuando escuches a Ester pasás, pero esperá ahí en la puerta. Y no hagan mucho ruido muchachos por favor, que…

 

Qué bueno que estuvo, gritó el gordo.

 

Calmate, chiquito, le dijo Rubén con una cara que hasta ese momento no había hecho pública. ¡No te desaforé que acá estamos muy traquilos, eh! Atenti con los modales.

 

Perdón, dijo Mauro, poniéndose colorado.

 

Qué calor puto que hace, dijo Rubén, que fue hasta la heladera, sacó hielo y se lo frotó por el pecho. ¡Ahhh!, con esto sí. ¿Che, alguno quiere comprar una bici? Conseguí una, le falta la llanta de atrás pero está impecable. ¿No? Bueno, sigamos, miren este. ¿Ven esta moneda?

 

Y RubÉn siguió haciendo los trucos, adivinaba cartas, hacía aparecer monedas, desaparecer fósforos. Mauro, en su irrefutable inocencia, se enganchó enseguida y empezó a entusiasmarse y a aplaudir. Rubén le sacó 25 centavos más. Rubén se enfocó exclusivamente en Mauro. Yo volvía a pensar en ese caos en que quizás era un buen momento para negarme a pasar, para posponer el asunto pero había algo extraño y ajeno a mí que hacía que me quede, esperando mi turno que era o no mi condena. El grabador empezó a ronronear y la música se detuvo, escuchamos los sonidos que salían de la habitación. Era el ruido de la carne, el golpear de muslos y glúteos, el frenesí del Pili que había entrado en el trance que habíamos imaginado y estaba cogiendo como un exagerado.

 

¡Uyyy! Este hijo de puta me la está matando a Ester, dijo Rubén, que se disponía a encarar para la habitación a calmar al Pili.

 

Pero se frenó en seco. Desde una de las habitaciones, corriendo las sábanas que oficiaban de puertas aparecía un pibito de unos 3 años, el pelo revuelto, la cara de sueño interrumpido y ojitos confundidos: “¿y dónde está mamá?”, preguntaba con una voz tierna que helaba el corazón.

 

¿Qué hacés acá, Pedro? La puta que los parió, dijo Rubén, perdonen muchachos, je. Es el Pedrito.

 

Mamá, mamá, ¿y mamá dónde está?

 

Ta acostada mamá, te vas para la cama.

 

¡Mamá!, empezó a gritar Pedrito. ¡Mamá!

 

¡Tranquilo papu! ¿Qué pasa? Soñaste feo. ¡Mirá que hago un truco, eh! Un pase de magia y se van todos los monstros.

 

Ruben alzó a Pedrito y lo meció lentamente, hasta que el jovencito apoyó la cabeza en el hombro de Rubén y pareció quedarse dormido, mientras desde el fondo se seguían escuchando los gemidos de Pili. Tenía ganas de salir corriendo. Por fin Pili abrió la puerta, salió transpirado y frenético, contento y más excitado que al entrar. Se sentó al lado del gordo y le dio un abrazo de cofradía, negándome la mirada y la existencia. Ellos ya estaban en otro bando y era mi turno. Vio a Rubén y a Pedrito pero no le dio importancia a la situación. Yo iba a entrar en cualquier momento y las piernas comenzaron a temblarme. Cerré los ojos y esperé. Rubén se fue a llevar a Pedrito a la habitación. Regresó y me miró a los ojos.

 

¡Dale hijo! Metele rápido y tranquilo que esta noche se hizo más larga de lo que pensaba.

 

Crucé la habitación como si fuera camino a la silla eléctrica. Sentía la mirada sobradora de Pili sobre mí. El Mauro me dijo un “suerte” y eso me hizo peor. Me puse más nervioso. Esperé pegado a la puerta y oí por fin tenuemente la voz de Ester. Era un tono de maestra suave y paciente. Abrí la puerta delicadamente y por fin se me develó el misterio de su corporalidad. Era una persona más flaca de lo que decían y más vieja de lo que sospechaba. Me hizo acordar a mi vieja. Robusta, el pelo castaño y quemado, dos ojeras lastimosas, una nariz bellísima, los muslos pálidos, las manos pequeñas y los dedos finos. Mucho después le miré el culo y las tetas. Me quedé paralizado unos segundos, no supe qué decir. Vi una palangana llena de agua en un costado, en los bordes colgaban unos harapos.

 

¿Para qué es eso?, consulté.

 

Para que veas que soy limpia, dijo Ester, y se empezó a frotar los trapos mojados por la panza, las piernas, la cola, los brazos y la espalda, mientras pequeñas líneas de agua marrón recorrían su cuerpo.

 

Por mí está bien.

 

Primera vez, ¿no?

 

Sí, dije notando que me ruborizaba.

 

¿Trajiste forros?

 

Sí, repetí más tímido aún.

 

Bueno, vos tranquilo, dejame hacer. Si algo no te gusta me decís. Pero relajado, eh, no me hagas perder tiempo. Vení acá, y dio dos golpecitos en la cama. Me senté.

 

Recostate, bonito, dijo con un tono ausente.

 

Me estiré en la cama, tenso, todo estaba duro menos lo que tenía que estar duro. Ella me tocó un poco, me sacó el pantalón y me acarició levemente, suave. La miré, sus ojos se posaban en los confines de la costumbre y la repetición. Sus movimientos eran mecánicos como si todo eso fuera una coreografía rutinaria. Allí, en esa habitación, no había nada más que el encuentro de dos cuerpos distanciados por generaciones que intentaban acercarse un poco. Dejé de mirarla, eso no me hacía bien. Decidí hurgar en el baúl de mis fantasías, pensé en un par de actrices, en escenas que me habían contado, jugué a ser protagonista de historias ajenas. Estaba en Buenos Aires, en un departamento desangelado besando a la hermana del Titi, cuando Ester me puso el forro y me montó suavemente. Estaba emocionado y ajeno. Los pechos caídos y arrugados de Ester no podían detener ahora el fragor que me invadía. Se movió, como ahora sé, lo hacen las mujeres experimentadas. Me dejó apreciar el calor de los cuerpos y arremetió en un movimiento final para que por fin todo fuera un placer originario. Quise abrazarla pero supe a tiempo que ella no estaba allí para eso. Que debería guardármelo para otro lugar y otras circunstancias. Ella se bajó y yo apoyé el costado de mi cara contra el colchón. Sonreí satisfecho por el deber cumplido. Sentí un alivio estúpido.

 

Muy bien querido, ya está, dijo Ester, te portaste muy bien. Te felicito.

 

Yo me sentí un estúpido halagado por una maestra de la primaria. Vi su cuerpo por última vez, su sexo velludo, sus tetas caídas tristes y ultrajadas por todo Mercedes y aledaños. Era difícil llevarse de toda esa pantomima una imagen digna para recordar.

 

Rubén nos despachó como a tres desconocidos, como si allí no hubiese pasado nada. En la puerta, Ivo estaba apoyado en su camioneta. Se reía amigable y nos felicitó por la iniciación. Sacó tres puchos y nos invitó a iniciarnos en otros vicios. Los tres estábamos callados y extenuados por todo lo vivido. Me fui atrás con el gordo Mauro, la noche era calurosa y cerrada. Ivo puso el motor en marcha y salimos a la ruta. El aire nos daba en plena cara, yo giré para ver el piringudin y vi cómo se apagaba la luz roja. Allí había comenzado a escribir una historia. Sentí que habíamos comprado la mentira de que en esa noche Mercedina, de grillos cantores y brisa suave, nos habíamos convertido por fin en hombres. Miré a Mauro, que observaba distraído y ausente la linealidad del pavimento.

 

Nuestras miradas se encontraron y busqué en él la complicidad de dos chicos que ahora y para siempre serían hombres. Me reí y Mauro me miró penetrante.

 

Tengo que arreglar los malvones, me dijo consternado.

 

Me reí y lo abracé. En ese instante supe que todo, absolutamente todo lo que había ocurrido esa noche, había sido una gran y estúpida mentira.

 

 

No comments

LEAVE A COMMENT