Historias sin punto final
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#5 · Tomacorriente

Por Juan Diego Incardona

Ph. Roco Perna

 

Caminamos, piedra tras piedra noxa, paso tras paso noxalis, sobre el fondo asfaltado de la ansiedad, en dirección a la colectora de la Riccheri. La gente se reúne en las esquinas. El humo de diciembre cubre el cielo. El humo del milenio cubre las caras. Grúas estatales remolcan autos mal estacionados. Grúas morales remolcan personas mal estacionadas. En la neblina, desfilan ciudadanos, artistas y composiciones variadas de la Babilonia. Van a buscar trabajo. Vuelven de buscar trabajo. En los intermedios, comen al paso, parados frente a los puestos. Las ordenanzas municipales ya no pueden leerse, porque han sido borradas por el humo de las parrillas, pero la ley se transmite igual, de boca en boca, para que todo se mantenga en su justa medida. Hasta que los mecanismos de la balanza se rompen.

 

¿Son por acaso ustedes hoy un público respetable? ¿Pueden acaso beber el vino por ustedes envasado? Acaso escuchamos la explosión, acaso la noticia, acá soñamos la transformación de nuestras caras. El hongo venenoso toca el cielo. Movimientos de electrones mutan los aspectos. Ancianos jóvenes,  animales hombres, hombres animales, jóvenes ancianos. La velocidad aumenta. Multiplicamos la masa por la fuerza y la dividimos en tiempo moderno. El viejo instinto, la sensación de alerta, parpadea luces rojas. Una multitud aparece de la nada. Es la guerrilla de guachos que sale de la selva. La posguerrilla adolescente. Quieren venir con nosotros. Roque me consulta con la mirada. Yo no tengo problemas. Roque está en Roque. Alrededor, casilleros de adoquines atraviesan el mapa. Nuevas tropas pisan las cuadrículas. Sus ojos de pescado podrido muestran el futuro. Segundas personas llevan nuestra apariencia, en la conversación y su conservación, por la romanización y su armonización, hacia el desamparador y su desparramo. Pinchavenas. Comecarnes. Masticahuesos. Los adolescentes pegan alaridos. Roque se entusiasma. En las ventanas, los reflejos juveniles fagocitan artistas y políticos. Las manchas residuales envenenan las pinturas. La mugre, arrastrada por la euforia, cubre las representaciones que vendrán. La población entra en pánico.

 

Ssssssssssss en las terrazas comen plantas las langostas, ssssssssssss la ropa desaparece por acción de las pollillas, sssssssssssss los muebles se rompen donde festejan las termitas, sssssssssssustancia defecada en la comida por las moscas, sssssssssssoporíferas las tumbas cuando nacen los gusanos para prohibir la cultura, la idea de la civilización, la causa de la religión y el objetivo de la educación. Sssssssssssse acaba finalmente la repetición en el núcleo de barro; concluye, a mordidas, el recuerdo y el sueño, el trabajo y el tiempo libre, la TV y la radio, el cine y las revistas, el deporte y los entretenimientos. Ssssssssssssse cierran los ojos en el mar. Sssssssssssssuena como un eco de la infancia en el estómago de un  tambor. Sssssssssssssse deshace el cuerpo del hombre contemporáneo, como el del hombre antiguo, como el del hombre del futuro, y cada uno, a su tiempo, se apelmaza y humedece, se oscurece y corre por cavernas, líquido, gota a gota noxa, gota a gota noxalis, empetrolado en los fluidos que moverán a las máquinas de aquella superficie, donde amó y creció y después se aburrió y enfermó.

 

Activa la glándula pineal. No hay luz en la avenida. Los mosquitos caen en picada. Zumbando Guillerminas me sugieren paliativos. Tomo tres. Granadas químicas explotan en el trígono. Yo caníbal, o Mariposa Pontiac, o Un Pac Man tararean mis ronqueras por encima de la baba. Sentidos comunes, trepados en lo alto, caen de las ramas y se rompen la boca, o la nariz, o toda la cara. Se desfiguran ante diálogos imprevistos. Palabras de azúcar se derriten sobre los capó de los autos. Miles de palabras. Millones de palabras. De la bandeja de Dios chorrea más prisé y en la ciudad los eternautas empapados pierden el sentido de la orientación. Roque dice que apuremos. La pandilla levanta polvareda en el Conurbano Bonaerense.

 

Los púberes discuten entre ellos. Caminan detrás de nosotros en estado de asamblea. Los más indecisos se pierden entre el gentío. Expresiones morales ponen en crisis su espíritu de aventura. Por momentos, la razón hace metástasis y la columna se reduce. En los costados,  los pedagogos los convencen y por eso algunos se convierten a la civilidad. Pero pronto llegan los refuerzos, los reciéncrecidos, de doce, trece, catorce años, y la pandilla se regenera. La lucha espiritual no da respiro. Hacia atrás, la columna serpentea. Difícil calcular el número. El comportamiento de los guachos es imprevisible. Su adolescencia es la entropía del organismo social.

 

Fuerzas ideológicas nos acosan. Fuerzas religiosas nos condenan. Fuerzas policiales nos persiguen. Pero nosotros caminamos más, piedra tras piedra noxa vamos en cuatro patas, paso tras paso noxalis somos bichos y menos hombres, perros y menos artistas, caminantes y menos ciudadanos. Uno, dos, tres, mil cenicientas fugitivas de la clase media. Uno, dos, tres, mil soretes rebalsados del pozo ciego. Uno, dos, tres, mil fósforos prendidos entre los muebles. Los vecinos se asoman a las ventanas. La manifestación los pone nerviosos. Gritos, caras extrañas, ropa extravagante, armas caseras. Esta noche es un cero negro, paraventricular en Giribone, hipotálamico medial en Chilaverth, hipotálamico lateral en Barros Pasos; esta noche es derivada por la tierna edad a través de la escala logarítmica de la Autopista Riccheri, tomada de las piedras, caminada por afuera, explotada en las esquinas volcanes, escupida de vida y sangre. Los vecinos refuerzan sus casas. Los comerciantes bajan las cortinas. Los familiares llaman por teléfono y se corre la voz. Grupos de adolescentes toman las calles.

 

La estela del cometa se alarga más. Los jóvenes están exaltados. Sus rasgos cadavéricos brillan como luces malas. El viento levanta las polleras y deja ver cadenas y cuchillos. Los monoblocks agachan la cabeza y las ventanas se llenan de ojos. La manifestación estira el brazo. Ciudadanos sueltos son rodeados aquí y allá. Roque y yo seguimos a ritmo regular, observando el nuevo estado de las cosas. De pronto, nos vemos a nosotros mismos, reflejados en una puerta espejada, y entonces compruebo también nuestra juventud, nuestra cara infantil. Me detengo. Frente al agujero negro del reflejo, me quedo duro como una piedra. El clamor de la multitud pierde volumen, progresivamente, hasta que reina el silencio. Es como si alrededor mío, la marcha contuviera la respiración. Centenares de partículas se quedan sin aire. Los cables son vaciados y la electricidad se acovacha en el inconsciente. La banda espera los pasos a seguir. En la puerta espejada, mi reflejo abre la puerta y me invita a pasar. Adentro habrá lo que yo quiera. Comida, bebida, drogas, televisión, internet, videojuegos. Pero el instinto me hace retroceder. Entonces el reflejo cierra la puerta. La sangre me vuelve al cuerpo y el paisaje recupera su color. El flujo magnético eleva mi glamour hasta las nubes, y de la nada, por nada, pego un salto descomunal sobre las centenares de cabezas, un salto antiguo, una perversión voladora. En el parlamento del aire grito lo mío. Noxa noxalis para la realidad por la violencia y la caminata de sangre y cuchillo juvenil.  Los escapados de la Factoría alteran el equilibrio. La taquicardia revuelve el punto de vista. Temblores musculares conmocionan los cimientos. La fiebre bulle por las cañerías. Los adolescentes se contagian y un acoplado pasa por arriba a la ciudad. Cada cual empuña el arma que más le conviene. Arietes improvisados derriban las puertas de los tubos laterales. Es la hora de la venganza. Quemamos autos, saqueamos negocios, rompemos propiedades privadas. Los vecinos expiran sanatas incomprensibles, un idioma local apenas recordado por los hijos, que se van en masa al extranjero. Es la hora adolescente. Hombres pájaros vuelan sobre el humo de las gomas quemadas. Hombres perros despellejan la piel de los negocios asaltados. Hombres peces nadan por la zanja podrida donde escupen chorros, oscuros de mugre y de sangre, los agujeros de los cordones que desaguan las casas.

 

Llueve debajo de la gran concha. El pueblo es bautizado con flujo estrógeno. La sensación de alerta me pica la nuca y entonces giro. Todos corren. En el desorden, descubro la madreselva, pintadita como siempre de negro, con medias de red, con botas, con remerita. Me acerco, desconfiado del espejismo, para tocarla y comprobarla. Náusea al revés, ella todo lo permite. Le pongo los ojos y le digo Chica Gótica, vení a caminar. Conmigo. Ella me toma la cara con sus manos y me besa mientras cierro los ojos y entonces tengo sensaciones originales. Cuando la violencia social recrudece alrededor, bajo la mano por su espalda hasta tocarle el culo y le meto los dedos por ahí. Los vidrios explotan y las personas mueren en todos lados. Desabrocha mi cinturón. Las explosiones parecen palabras y yo le levanto la remera y empiezo. A chuparla. Sube a mí con la pollera. Puesta. Dice mi nombre. Empieza el movimiento y la ola polimorfa y camina, bichito, camina el aspecto central de la noche, la manifestación vegetativa, el ergotropo, el cementerio, el mar, el núcleo mamilar, la secta de los epsilones, el cuerpo gótico, el cuadrúpedo de la avenida, camina piedra tras piedra noxa bajo la lluvia, paso tras paso noxalis en el moco cervical, ssssssssssss en largo vuelo, ssssssssssss en flujo magnético, ssssssssssssustancia dentro de mi vista, ssssssssssumados podemos llegar al fondo del núcleo central de la enajenada, donde se acaban los dibujos y los sueños, brutal, indispensable mar sin nosco, estómago de tambor, centro del mundo, volvamos, salgamos y volvamos otra vez hasta que por fin descansemos con la cabeza descubierta, en la enramada de la oscuridad cinética, caminemos y seamos fantasmas eléctricos, bichos y menos hombres, perros y menos artistas, caminantes y menos ciudadanos, paso tras paso en una república de pasto, roto el camino, derrumbada la ciudad, recojamos los escombros y echemos la mierda y la sangre al pozo ciego del Trígono, que todo se destruya en el fuego nuclear del hipotálamo, bicharraco polimorfo, que seamos a través de los nidos radiantes, en la aceleración angular de las galerías vaginales, que seamos sin conciencia, puras capas superpuestas del orgasmo y el origen.

 

Nos ponemos de pie. Ella se sube la bombacha y yo me abrocho el pantalón. Caminamos, apuramos el paso y después corremos, cortamos camino para volver cuanto antes a la bandada. Los adolescentes saquean las casas. Allá, miren cómo sangran los vecinos sobre las ondulaciones de la calle. Un recuerdo asomado en la herida abierta por el SAE, que sueña hígados. Cien recuerdos sonados por la hoja de metal, que despierta células dormidas. Mil recuerdos envainados por la faca, que descorazona frutas maduras. Hay, familiaris tendidos bajo las puertas derribadas de las casas. Hay, sacerdotes ahogados por el agua del bautismo. Hay, maestros atragantados con las tizas. Orquestas invisibles los despiden, tocan canciones fúnebres cuyas letras se repiten. Los ciudadanos agitan pañuelos blancos pero todo se tiñe inevitablemente de rojo, o de negro. En el aire se huele azufre y carne quemada. Me mareo. La Chica Gótica aparece y desaparece, los guachos son intermitentes y el paisaje se descompone por momentos. Las hormigas se me suben a la cabeza. Están a punto de picarme. Pero al primer aguijón, reacciono a tiempo, y me escabullo a través de imágenes erróneas y entonces las pierdo. El flujo magnético acelera de nuevo las sensaciones a b c del campo eléctrico. Energía cinética debajo de los párpados, asqueamiento y saqueamiento, astringencia y transigencia, lo imperdonable y lo imponderable hacia la Riccheri atravesando calles de asfalto y calles de tierra, con flujo radiante debajo de la cortina de humo, entre papeles volando, con la mano gótica en mano, junto a Roque y los cortaplumas sobre los adoquines de la rayuela polimorfa, salto y salto entre agujeros negros. C, retuercen las formaciones reticulares, c, quiebran las sillas turcas de la hipófisis, c, queda sin aire el seno esfenoidal, c, vierte el líquido cefalorraquídeo en la zanja podrida, c, badas las cabezas para el hacha, la orgía, la subdivisión, la colorada, c, errados los epicarpos y las enredaderas sociales la naturaleza humana camina al revés piedra tras piedra, 5, 4, 3, 2, 1 nociva, 5, 4, 3, 2, 1 reflejo, 5, 4, 3, 2, 1 será peor que axones metálicos perforando cavidades y núcleos supraópticos, peor que incendios argentinos en ciudades paraventriculares. Niños de plástico arden en la fogata de San Pedro y de San Pablo. Las polillas vuelan idiotas por la luz y se suicidan involuntarias en las llamas. La caminata se traga las calles y la Última Junta de la ciudad sordera. 5, 4, 3, 2, 1 llegamos al puntito de la perspectiva.

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