Historias sin punto final
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#11 · Tres

Por Walter Lezcano
Ph. Natalia Nobile

 

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Es una pareja que está a punto de separarse pero fracasa. Todavía no lo saben.

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Él es profesor de lengua y literatura pero sueña con ser periodista cultural y escribir una novela –una sola–, aunque no sabe de qué. Ella tiene algunos problemas con la realidad tal cual es, así que es una actriz recibida en la escuela de arte dramático, pero se gana la vida dando clases de teatro en sociedades de fomento de zona sur.

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Hace, por lo menos, un año que las cosas entre ellos no funcionan. El motor de la relación hace ruido por todos lados. Se hablan poco, se miran menos y el sexo ya es cosa del pasado aunque él no lo pida ni lo busque. Ni ella tampoco.

Piensan en cualquier cosa (la guita más que nada) menos en el cuerpo del otro.

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¿Cómo se conocieron?

Una fiesta de esas que no tienen sentido ni motivo claro. Juntarse porque la vida es un infierno. Amigos de amigos. Birra, papas fritas, intrascendencias, YouTube y de pronto se miraron. Un par de palabras alcanzaron y, con la excusa de ir a comprar más birras, se escaparon.

Eran pasadas las 12 pero ninguno miró el celular.

No cogieron esa noche porque él no se mostró con ganas –aunque se moría de ganas.

Ella estaba dispuesta a hacerlo pero tampoco quería mostrar su deseo –y lo deseaba.

Al otro día se encontraron y ahí sí: cogieron. La pasaron bien porque la cosa fluyó como si se conocieran de antes. Tal vez de vidas pasadas. Ella cree en esas cosas.

A él le gustó mucho el culo de ella y a ella le encantó que él le chupara el culo sin tener que pedirlo.

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Se fueron a vivir a la casa que alquilaba ella. Mientras él daba clases de lengua y literatura en secundarios y mandaba mails para meter notas en algún medio gráfico, ella trataba de escribir su primera obra de teatro.

Ahí, sin darse cuenta, empezaron a alejarse.

Solo podían pensar en cómo conseguir lo que anhelaban. Él quería un lugar en el periodismo –así como suena– y ella en la dramaturgia –así como suena.

Tener una vida es complejo y no hay lugar para todos los sueños.

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La rutina no les importaba tanto, no les molestaba. La repetición tiene algo de tranquilizador. Lo que les molestaba (a los dos) en realidad era la cercanía fantasmal del otro. Él y ella vagando en un departamento chiquito buscando su lugar, su zona.

Era, francamente, enloquecedor.

Cada uno tuvo por su lado y sin que lo supiera el otro los primeros pensamientos que contemplaba la separación como una posibilidad.

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Ya ninguno se acordaba de cómo fueron de menor a mayor en cuanto a coger: en la cama, luego en cualquier parte de la casa y al final en lugares públicos.

Todas las posiciones, toda la entrega, todos los fluidos, en todas las partes del cuerpo todas las veces que querían. Y querían siempre.

Cuando ella pensaba en estas cosas se sorprendía de lo que había sido capaz de hacer, hasta dónde había llegado. Aunque no tanto. Ella creía que esa clase de conexión se daba cuando aparecía el amor.

Fue la primera vez que pronunció esa palabra estando en pareja. Después se la dijo a él y él le dijo que era un alivio porque también la amaba.

Ni bien terminaron de hablar, cogieron durante varias horas como si recién se conocieran. Y en algún sentido era así.

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Ahora pasan dos cosas importantes que parecen no tener nada que ver pero ocurren en el mismo momento: aparece un gato en el balcón del departamento y a él le contestaron de un diario aceptándole una idea de nota.

Ella se entusiasmó con el gato y él pensó que estaba frente a una gran oportunidad de laburo y, por qué no, de crecer intelectualmente, de mejorar su mundo.

9
A ella cuidar el gato le resultaba más fascinante que escribir una obra de teatro en la que, por otra parte, estaba muy trabada hacía tiempo y no sabía cómo seguir. Le pareció que alejarse por un tiempo del texto le haría bien a su cabeza.

Él se dio cuenta que escribir una nota era más difícil de lo que pensaba.

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Ella abandonó, sin remordimientos, la escritura de la obra de teatro. El mundo no necesita más textos, pensó y se entregó al gato completamente.

Él siguió intentando con la nota. Hasta que pudo terminarla. Se la dio a leer a ella buscando una opinión alentadora. Ella le dijo que estaba bien. Él pensó que no le había prestado demasiada atención así que dudó del valor de la nota.

Al final se decidió (pasó más tiempo pensando que corrigiendo) y la mandó al editor.

El editor le respondió: Ok. Solo eso.

Él no sabía bien qué significaba. ¿La nota salía o no? Le daba vergüenza preguntar así que se quedó con la duda. Empezó a tener acidez.

11
Por Facebook, él se enteró de un evento literario (una lectura de poesía) al que iba a asistir el editor del diario que le había aceptado la nota. Pensó que sería una buena oportunidad de conocerlo, presentarse, tejer algún puente

Decidieron ir juntos, luego de un tiempo largo de salir por separado.

Cuando llegaron al bar empezaron a pedir cervezas. Ninguno de los dos trabajaba al otro día. Les encantaba la cerveza.

El editor no apareció y las lecturas de poemas les parecieron espantosas.

Sobre todo los poemas de una poeta joven que terminó su lectura bajándose el pantalón y mostrando la concha.

De todas formas, los dos coincidieron en que la poeta era linda y cuando le vieron la concha en el escenario se calentaron un toque.

Cuando estaban por irse pasó algo inesperado: la poeta se sentó en la mesa de ellos y comenzó a hablar con ella. Solo con ella. No le dirigía la palabra a él. Ni siquiera lo miraba.

En un momento, luego de dos cervezas más de litro, la poeta y ella se fueron al baño. Una vez ahí, la poeta la avanzó y se besaron. A ella le gustó mucho. Mucho en serio.

Descubrió que desconocía que le gustaba. Se sintió pendeja y boluda.

Volvieron a la mesa y decidieron (sobre todo por ella) darse un beso a tres bocas.

Ya estaban borrachos los tres. Él no tanto como para sentirse perdido, más bien estaba excitadísimo.

La poeta los invitó a su casa.

Cuando llegaron, la poeta le preguntó a ella si le gustaron sus poemas. Ella mintió y dijo que sí y se escuchó elaborando teorías muy complejas sobre la poesía contemporánea. La poeta se sintió satisfecha y se volvió a bajar los pantalones para mostrar la concha. Pero era claro que se la mostraba solo a ella. Él se sintió excluido y caliente a la vez.

Lo que pasó a continuación fue que ellas se encerraron en la pieza y cogieron a los gritos.

Él se quedó escuchando del otro lado de la puerta imaginando lo que pasaba adentro y masturbándose. Cuando no escuchó más ruidos se quedó dormido.

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Al otro día, mientras bajaban los tres por el ascensor se miraron como si fueran completos extraños. Se sintieron incómodos. Sobre todo por el olor de cada uno que todavía no se habían bañado ni lavado los dientes y mantenían la noche en todo el cuerpo.

La despedida fue sin besos ni miradas. Apenas una puerta que se abre y luego se cierra.

En la esquina había un puesto. Él, como venía haciendo hacía varios días, compró el diario y la vio: su nota había sido publicada. Se puso feliz. Muy feliz. Ella compartió la felicidad y le dieron ganas de chuparle la pija ahí mismo pero no se lo dijo. Se sentía audaz con tener esos pensamientos y quería mantenerlos así.

Fueron a un bar, desayunaron y cada uno por su lado y sin hablarlo con el otro pensó que sería bueno darle una nueva oportunidad a la relación.

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Esa tarde, él entró por primera vez en su vida a una veterinaria a comprar comida para gatos.

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