Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#16 · Un amor de peluche

Por María Campano
Ilustración Sofía Martina

Arrastrándose con una soga al cuello Raulo enfrentaba su destino en manos de Riri, una niña de 10 años que lo paseaba como su mascota por el patio. Raulo era un grizzli de 45 centímetros que la abuela Chiche le trajo de un viaje de jubilados a Talampaya. Aunque extranjero en el paisaje, Raulo era un oso sobreadaptado. Había sido alimentado a la fuerza, parte de su pelaje sufrió los embates de una tijera con poco filo, y en varias oportunidades visitó con cierta gracia las profundidades de la pileta del lavaderito del fondo donde Riri pasaba los veranos jugando.

 

Riri tenía una aprensión salvaje por ese peluche.

 

Todavía hacía calor y Riri disfrutaba corriendo en círculos mientras Raulo rebotaba contra las macetas de los geranios de su madre. El oso veía con sus ojos negros, absortos en una visión plástica, las hojuelas de sol que se colaban entre las hojas de la parra, luces brillantes que lo cegaban cuando quedaba de frente en un recreo de la carrera.

 

Riri y Raulo llevaban mucho tiempo juntos. Aunque la relación tenía un fuerte componente de sadismo, Raulo entendía la necesidad de explorar de Riri y comprendía que en su calidad de peluche tenía una influencia limitada sobre los caprichos de la niña. La vida de Raulo era bastante buena. Después de todo, qué saben los osos de peluche de vivir. Podríamos decir que poco, pero este sí que sabía de amor, de pasión de dientes apretados, de sudor y respiración palpitante.

 

Todo iba bastante bien hasta que llegó Miguel a la escuela y Raulo comenzó a sufrir presiones. Hasta el momento, el acercamiento de Riri a los varones era nulo. No los entendía, de hecho le parecían “unos idiotas de primera” como decía su mamá atormentada por la soltería y una serie de relaciones poco serias que la hacían llorar.

 

Fue en abril. El verano estaba terminado y habían comenzado las clases cuando Miguel entró de la mano de la maestra quien lo presentó como Miguel Zuleta, oriundo de Entre Ríos, hijo del médico nuevo del hospital. Miguel era un niño pálido, con surcos azules que subían por el cuello y se ramificaban por todo el rostro. Tenía un corte taza casi hecho con regla. El flequillo era un escobillón que daba el marco exacto para su mirada caramelo, esa con la que barría ansioso el aula de punta a punta.

 

Riri se quedó “pretificada”, como describió con sus propias palabras su amiga Lucía esa tarde mientras les contaba a todos los chicos del barrio la llegada del nuevo. Miguel era silencioso, tímido, solitario, casi invisible. Para Riri era el ser más bello y perfecto que haya visto en su vida por siempre jamás. Lo miraba, lo acechaba y lo seguía, siempre a la distancia.

 

Raulo advirtió que algo había cambiado. Ahora cuando Riri volvía a casa se tiraba en la cama a pensar, a soñar con la vista perdida en el techo, a desear su azulada y misteriosa compañía. Los días de la escuela que antes le parecían eternos se volvieron tan breves que Riri casi no podía soportarlo. Miguel se mantenía aislado y solo hablaba con la maestra, lo que tenía a todo el grado irritado. “¿De qué hablan?”, se preguntaban Riri y Lucía mientras cambiaban figuritas en un rincón del patio.

 

Riri no ocultaba su interés pero lo transformaba en hostilidad. Esa rabia acumulada desató la pelea. Era un martes y Miguel leía bajo la sombra del sauce del patio su revista de comics llena de historietas manoseadas cuando la maestra lo llamó. Se hizo un silencio mudo en el patio. Lo vieron levantarse y avanzar despacio hasta llegar a rozar el atildado delantal de la Srta. Sandra. Ella le entregó un paquete. Después de dárselo le dijo unas palabras, pero por más esfuerzo y cuellos estirados, nadie pudo escuchar qué se dijeron. Miguel se alejó con una sonrisa y se fue para el aula. Riri no aguantó más y lo siguió. Detrás de ella una pequeña patota de alumnos del tercer ciclo.

 

“¿Qué te dio la maestra?”, preguntó exigiendo Riri. Nunca habían hablado. Nunca había escuchado a Miguel decir una sola palabra. El chico la miró con sus ojos melosos y abrió la boca… Lo que sucedió después fue una escena para la psicología. Miguel quiso hablar pero un tartamudeo feroz no le permitió pasar de “un, un, un…”. Y ahí vino el empujón. “¡Hablá bien! ¿sos tonto?”, le gritó Riri enfurecida mientras él la miraba desde el piso. Miguel se levantó. Se acomodó el delantal con parsimonia. Alzó la mirada y dijo, con los ojos más tajantes que se hayan visto en el Normal 3: “Soy tar tar tamudo”. Salió casi perfecto, y el timbre sonó.

 

Una pizca de debilidad obra milagros en los corazones sensibles.

 

Desde ese día la serie de excesos infligidos a Raulo aumentó. Después de volver de la escuela Riri sintió por primera vez un deseo extraño e irrefrenable que se le amontonaba en la mitad del cuerpo. Acalorada buscó ayuda y ahí estaba Raulo, peludo, blando, redondo y del tamaño justo. Así fue como cada tarde Raulo se entregó sin resistencia a los apretujamientos de Riri que con los ojos de Miguel en la mente mecía su pubis preadolescente con frenesí.

 

Había algo de magia sudorosa que flotaba en el aire a eso de las tres de la tarde. Cuando todos dormían Riri descubría eso que no entendía pero que no se atrevía a detener. Alimentaba su cuerpo con las caricias pulposas de su fantasía escolar. Los escalofríos y espasmos la atontaban por un rato. Más tonta que cuando Miguel decía la tabla del cinco con su voz de puntitas.

 

Los meses pasaron y Raulo perdía cada vez más pelo y estructura. Miguel seguía tan solitario como siempre, pero ¿quién necesita del otro cuando vive tan intensamente su propio viaje de amor mojado?

 

Terminaba el año y se supo la noticia. El doctor se iba a otro pueblo y con él su pálido y tartamudo hijo amado locamente por Riri. Claro que una chica es siempre fiel a su fantasía por eso cuando Riri se enteró no cometió la torpeza de hablarle de sopetón o confesarle un amor desenfrenado.

 

Pero una cosa sí hizo.

 

El último día de clases siguió a Miguel hasta su casa. Lo vio entrar por la reja y cruzar el patio del frente. Antes de que abriese la puerta le chistó. Él la escuchó y sorprendido dio la vuelta. Riri se asomó por la verja y extendió su mano por el agujero que dibujaban los alambres. En la mano la ofrenda más preciada. Miguel se acercó y la tomó. Era un oso viejo apelmazado, un homenaje virgen amasado a pura tarde de siesta.

 

No comments

LEAVE A COMMENT