Historias sin punto final
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#23 · Una manera de volver

Por Caro Giollo
Ph. Jade Sivori

Esperame que termino la clase, le dijo Sebastián por el portero eléctrico. Nadia se apoyó en la columna del hall del edificio, se hubiera sentado en el piso, pero no quería arrugar la pollera azul que se había puesto. Se vio reflejada en la puerta de entrada, la remera negra dejaba ver su hombro. Había elegido ropa linda pero cómoda, necesitaba sentirse así.

 

Escuchó unos gritos en la vereda. En esa misma cuadra había una escuela secundaria privada. En la esquina, cruzando la avenida, un McDonald’s. Veía los uniformes celestes y grises multiplicarse. Los  pibes cruzaban en malón. Una parejita se desprendió del grupo y se detuvo a besarse en la  puerta del edificio, casi frente a Nadia. No tendrían más de diecisiete años. Trató de recordar cómo era tener esa edad. Todo se volvía intenso y efímero. Nadia seguía sintiéndose así, como una pendeja de mierda. Así la llamaba Oscar, cuando discutían. Se miró los moretones en el brazo, las marcas de la última pelea que habían tenido. Estaban verdosos, a punto de desaparecer. Por un momento pensó en taparlos, pero mejor era que sanaran y  no simular.

 

Le había costado desprenderse de Oscar. No sabía bien  por qué o lo intuía pero nunca lo había querido admitir: la fascinación por la autodestrucción. Tal vez los besos a los diecisiete son distintos, pensó, mientras veía cómo la parejita se acomodaba en el otro umbral. No se sabe muy bien qué hacer a esa edad, pero cualquiera se arriesga a cerrar los ojos, a inclinar la cabeza, a respirar dentro del cuerpo del otro, cuando las ganas lo piden. Cosas que se aprenden de las películas. Nadia trató de pensar en los besos que más le habían gustado en su adolescencia. Los besos de Agustín en el banco de la heladería, los de Fernando en el lavadero de su casa, los besos de Mariano en todos lados, en todos lados. Besar como si bebiéramos al otro. Así, como se estaban bebiendo esos dos frente a ella. Dos pibitos rubios y hambrientos. Nadia tuvo el impulso de cruzar la calle y hablarles, advertirles: miren que esto va a cambiar. En lugar de eso, se acomodó para verlos mejor. Sus cuerpos se movían un poco hacia atrás y hacia adelante, se balanceaban, afuera y adentro del mundo. Adentro y afuera, una y otra vez.

 

Nadia había intentado salir muchas veces de esa relación, pero Oscar sabía rogar, hacerse el pobrecito, recordarle que le había jurado amor para toda la vida. La última vez había sido diez días atrás, un sábado de madrugada, en una fiesta. Apenas Oscar la vio llegar, la fue a buscar, con una birra en la mano, pero ella no quería tomar, quería bailar un poco y estar bien, solo eso. Oscar fue al baño y volvió cebado, recriminándole que se había ido de la casa, haciéndole escenas de celos, pidiéndole que volvieran. No se lo bancaba así, porque sabía qué venía después. Pero ya era tarde, estaba denso. Se fue de la fiesta antes de que siguiera gritándole delante de todos y él la siguió.

 

Me tendría que haber quedado, pensó Nadia mientras miraba ahora cómo el adolescente traía para sí el cuerpo de su novia, desde la cintura. Una fuerza que iba y venía, como si siguieran un ritmo. Ahora bajaba la mano y le tocaba el culo con disimulo, ella se apretó contra su pecho. Sentiría, imaginó Nadia, la presión de su miembro. Querría que sintiera, tal vez, sus tetas contra él. El sexo es un camino que se aprende, pensó. ¿En qué había fallado para que las cosas le salieran tan mal? En todo.

 

Cuando salió de la fiesta y lo vio detrás, apuró el paso, pero la alcanzó. La tomó fuerte del brazo, la puso bien cerca de su cara mientras gritaba. Tenía el aliento duro, metalizado. Podría haber hecho algo distinto, pelear hasta zafarse, gritar pidiendo ayuda, pero tuvo miedo y creyó por un momento que ir a la casa de él no sería un riesgo, que sabría ponerle un freno, que podría decirle basta porque esa casa había sido en algún momento su propio territorio. Un lugar donde se había sentido amada.

 

Solo recordaba pedazos. Su cara, el sabor de su semen, las cosas que le gustaba aún que le dijera. Entre sus ojos y los suyos ya no había amor, pero aún así su boca se había abierto para decir me gusta, para  gemir, para chupar. Dejó que la cogiera. Siguió con el juego porque no quería ser vencida, le devolvió los golpes, lo mordió, lo escupió. Ni siquiera había gozado. Oscar no quería acabar, la retenía en la cama, la hacía moverse de todas maneras, ponerse de todas formas, hasta que a ella se le escapó un “dale”, y supo que la cosa iba a terminar peor si no suavizaba un poco el trato, si no le hacía creer, aunque sea por última vez, que había algo de amor en esa despedida.

 

Finalmente él se durmió, ella se levantó y se cambió. Sin hacer ruido, buscó la llave que Oscar guardaba en el living. En un cajón del escritorio encontró una foto de ellos en el río, cuando fueron a acampar. Era la única foto que tenían juntos. Él le pasaba su brazo por los hombros. Estaban sentados en el muelle donde Oscar pescaba. Él miraba la caña de pescar, ella sonreía a la cámara. Nadia se miró en la foto, no sabía quién era esa chica que trataba de sonreír. Recordó que esa salida había sido una de las primeras peleas, esas en las que él prometía no volver a hacer lo que siempre terminaba haciendo. Dudó si romper la foto o llevársela, pero entendió que ya no importaba. La dejó en el cajón.

 

Finalmente, encontró la llave en un frasco y salió silenciosamente del departamento. Al salir, dejó la llave en el buzón. Cosas que ya no volvería a hacer. Cosas que no quería hacer más.

 

Nadia miró el árbol de la entrada del edificio de Sebastián, un pino de esos que le ponen adornos en Navidad. Los adolescentes seguían besándose como si estuvieran en un mundo paralelo. Se acercó hasta el árbol, puso la mano en el tronco. Lo acarició un poco. Era un árbol joven, seguramente lo habrían puesto los mismo vecinos. Buscó otros árboles, pero había pocos, Sebastián vivía en el centro de la ciudad, en una parte en donde era difícil encontrar verde. Le pareció raro que Sebastián viviera ahí, en pleno centro. Hubiera imaginado su casa cerca del río. Era profesor de música, tocaba la guitarra en una banda.  Se  habían conocido en el centro cultural donde él daba clases de guitarra y ella de apoyo escolar. Era más grande que ella y eso le gustaba. Tenía ojos oscuros, pero eran claros. Algo de su voz la tocaba cuando lo escuchaba cantar. A Oscar le molestaba que ella trabajara ahí. Habían discutido mil veces sobre el tema antes de separarse. Ese flaco te tiene ganas, le decía, y vos también. Tenía razón, pero no tenía que admitirlo. Nadia no sentía que lo estaba traicionando. Sentía que estaba ahí porque buscaba una salida, una manera de volver a la vida. Necesitaba encontrar otra vez su cuerpo latiendo en otro cuerpo, sin asco, sin dolor.

 

La adolescente vio que Nadia los miraba fijamente, ahora bajo el árbol. Dejó de besar a su noviecito, le dijo algo al oído y él se dio vuelta. Nadia no bajó la vista; quería que supieran que los había estado espiando. Se despegaron y se rieron. Ella se había puesto colorada, y se acomodó el pelo para disimular. Qué pendeja, pensó Nadia. Ahora se reían los tres. Les hizo una seña con la mano, el pibe le contestó del otro lado, alzando un pulgar. Lo sostuvo en el aire unos segundos. Después le dio la mano a su noviecita y se fueron juntos para el McDonald’s.

 

Nadia oyó el ruido del ascensor y miró para el edificio, Sebastián le abría la puerta a su alumno mientras le decía que estudiara los acordes de un tema. La saludó con la mano,  tenía puesta la remera de Led Zeppelin que  tanto le gustaba a ella. El alumno le miró las piernas de reojo. Le dijo chau con una sonrisa cuando pasó a su lado. Nadia esperó  antes de sacar su mano del tronco. Se limpió un poco la pollera.  Están terribles los pibes, le dijo a Sebastián sonriendo. Nadia caminó hasta él y le dio un beso en el cachete, casi en la oreja. Sebastián la abrazó fuerte, como si supiera. Nadia sintió su calor, el peso de sus brazos. Tuvo la sensación de que algo se soltaba en su cuerpo, como si dejara en libertad un pedazo de sí misma.

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