Historias sin punto final
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#24 · A oscuras

Por Macarena Ojeda

 

Hay un recuerdo que no me deja dormir. Me despierto de madrugada y la escena se repite una y otra y otra vez. Trato de entender pero no puedo. Tal vez si vuelco en palabras mis recuerdos lo pueda lograr.

 

Tenía catorce años. Esa noche había mentido a mis papás para poder ir a una fiesta de los pibes de quinto año de secundaria. Les dije que mi amiga Andrea hacía un pijama party, así que me llevaron hasta la puerta de su casa. Cuando llegué a casa de mi amiga, ella les había dicho a sus papás que yo la pasaba a buscar para irnos juntas al pijama party de una compañera. Antes de salir nos encerramos en la habitación y nos arreglamos. Me puse un vestido blanco acampanado con mangas de tiritas que llevaba escondido en la mochila y Andre, short con blusa. A las 22 hs ya estábamos en el 49 rumbo a Caballito.

 

Desde Lomas del Mirador son como 40 o 50 minutos de viaje. Para matar el tiempo empezamos a especular con quiénes iban a ir, cómo iban a estar vestidos, ¿habría comida? Cuando ya lo hablamos todo, me quedé mirando por la ventana y en el silencio de la noche fantaseaba con poder darle mi primer beso a Damián. Damián era de 5to, él era el anfitrión esa noche y mi primer amor. Era altísimo y su piel pálida contrastaba con las remeras negras que siempre usaba. Las más chicas del colegio moríamos por él, no así las más grandes que le echaban ojos resentidos cuando no lo evitaban. Se lo veía todo el tiempo sereno con una mirada que no estaba puesta en este mundo. Casi nunca hablaba y no contaba mucho de su vida personal.

 

–¡Jime, tenemos que bajar!  –dijo mi amiga arrancándome de mis ensoñaciones.

 

Caminamos tres cuadras con una sonrisa ansiosa en la cara. Era verano y el viento anunciaba una tormenta que nunca iba a llegar. La calle estaba vacía y en el medio se formaban pequeños remolinos con las hojas secas. Cada tanto esa paz se interrumpía con algún auto que atravesaba el cemento teñido de naranja. En el cielo las nubes cargadas de agua chocaban unas con otras provocando truenos. Entre querer evitar la lluvia y la ansiedad que teníamos aceleramos el paso.

 

Llegamos. Desde la puerta se escuchaban las risas y la música. Nos recibió uno de los pibes que apenas nos reconoció, gritó “¡Miren quiénes aparecieron!”. Con la cara hecha un tomate me fui directo al living y a Andre no la volví a ver hasta días más tarde.

 

La casa era de película. Tenía dos pisos, un montón de habitaciones, una cocina inmensa, tres patios. En fin, ¿qué importancia tiene esto en mi historia? Llegué al living y estaban las chicas de 4to y 5to que no disimulaban ni un poco que cuchicheaban sobre mí. Unas me miraban con lástima, como queriendo advertirme de algo pero sin poder hacerlo; otras con decepción o envidia. En ese momento no lo supe pero más tarde entendí por qué.

 

–¿Qué le están haciendo a la piba, ustedes? Son unas amargadas –dijo uno de los amigos de Damián mientras me rodeaba con su brazo–. ¿Tomaste algo, Jime? Tomate este fernet que está al dente.

 

Tomé un poco y me puse a buscar a algún conocido para hablar. La casa estaba más vacía de lo que esperaba, algunos estaban haciendo mezclas en la cocina. Otros fumaban faso en el patio y debatían sobre la vida, Dios y alienígenas. Llegué a la escalera y escuché gritos y carcajadas. Empecé a subir y vi que estaba todo oscuro. En medio del hall una piba con los ojos vendados intentaba cazar a alguien. Los demás giraban alrededor de ella, huían o se escondían. En un rincón, observándolo todo estaba él, quieto con una mueca de placer. Me acerqué presumiendo mi vestido y le susurré:

 

–¿Qué hacen, chicos?
–Jugamos al cuarto oscuro. Sumate.

 

Damián siempre hablaba como dando órdenes y yo siempre las obedecía. Me sumé al juego, que en realidad era una excusa para andar toqueteando. Solo se jugaba en el hall y en el baño. No se podía entrar a las habitaciones y no valía empujar. Después de la chica, siguió un flaco que todos habíamos coincidido en que se había dejado atrapar. Manoseaba a todo el mundo sin discriminar por sexo. No sé cómo me atrapó.

 

Mi turno. Me vendaron los ojos, di diez vueltas y con pasos chuecos intenté orientarme, estiraba los brazos hacia adelante tanteando las paredes o los muebles que se imponían en el camino. Escuchaba los murmullos, los pasos y hasta el viento agitando las nubes. Me sentía una estúpida en medio de la oscuridad, sin ver, con las risas de fondo. Trataba de seguirlas y cuando creía estar cerca ya no se oía nada, empezaban a sonar otras desde un rincón más alejado y en ese instante sentí cerca de mí una ráfaga de viento que me rozó. Había estado por atrapar a alguno y zafar de esa tortura. Fui armando un mapa imaginario en mi mente: “si acá está el sillón, quiere decir que acá al lado está la puerta del baño, entonces allá está la escalera”. Y me mandé al baño. De pronto no hubo más ruido, solo se escuchaba una respiración agitada y una voz:

 

–Cerrá la puerta –me dijo.

Y cerré la puerta. Quise sacarme la venda de los ojos pero su mano no me lo permitió. Con un dedo recorría mi sonrisa. Empecé a temblar y él se reía. Quería abrazarlo, sentir su corazón pero me agarró de las muñecas acorralándome contra la puerta.

 

Sentí de repente el frío de su piel en todo mi cuerpo. Sentía como si sus manos se hubiesen multiplicado, una de ellas subía lentamente por mi entrepierna, otra me manoseaba las caderas, el pelo. ¿Cómo hacía? Con su lengua sentía que me iba congelando, empecé a sentirme débil. No podía moverme. Sus labios me llenaron de baba y me agarraba cada vez más fuerte. El pecho estaba por reventarme, la presión subía hasta mi garganta. Mi mente empezó a marchitarse y las lágrimas mojaron todo.

 

Estaba cansada, pensé en mi cama, en lo lindo que sería estar de verdad en un pijama party. Sentí bronca y con la poca fuerza que me quedaba lo empujé gritando: ¡Basta! Me saqué la venda y cuando prendí la luz… no había nadie. Estaba yo sola en el baño. ¡No había nadie! No entendí nada. Sigo sin entenderlo. Salí del baño, vi mi vestido todo manchado de negro. ¿Habrá sido el fernet? Recordé a mamá y papá, di dos pasos y me desmayé.

 

Cuando abrí los ojos me encontraba en un taxi con las chicas de quinto. De sus bocas salían lamentos y culpas. Mi mente eligió otra vez irse por la ventana. Las nubes se disiparon dejando el cielo decolorado, igual al que veo ahora mientras escribo.

 

La birome se me queda sin tinta y me acalambra la mano. Cierro la cortina y prendo la lámpara que tengo en la mesita de luz. Estoy cansada, solo quiero volver a dormir.

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