Historias sin punto final
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#13 · El blanquito cambió de color

Por  Nicolás Garibaldi
Ilustración Mailén Loarte

 

Solo,

como un perro perdido

en la ruta de noche.

Se suponía que la parada era para estirar las piernas,

para mear entre los pastizales,

pero el auto arrancó

perfumándolo todo con el caucho quemado.

 

Encandilado por las altas,

despeinado por los micros de doble piso:

“¿qué va a querer señor?, ¿agua saborizada o whisky?”,

parece escucharse desde uno que pasa a las chapas.

 

El autoestima

de un heladero que arma un cucurucho

y le piden un vaso porque las dos bochas se derriten,

se desacoplan.

 

Solo,

como un becario

que tiene como trabajo de campo

un estudio comparativo.

Qué se come en la cárcel,

qué se come en el hospital.

 

Solo,

en la barra de un bar.

Dicen que antes de ella no existía la soledad.

La mirada hipnótica

en las letras de las botellas de alcohol,

nombres hipotéticos

de los hijos que nunca tendrá,

de las mascotas a las que nunca arrojará una pelotita.

 

En ese impreciso instante

si alguien le arrojara una pelotita a él,

en cuatro patas iría a buscarla.

 

Solo,

en la parada del colectivo blanquito

que, aún no lo sabe,

cambió el recorrido.

Aunque su sospecha

es que en realidad

el blanquito cambió de color.

 

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