Historias sin punto final
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#26 · El Monje Heborista

Por Patricia Cecchini
Ilustración Mariana Betancur

 

Se levantaba al alba, rezaba sus maitines, aseaba su austera habitación –una cama de fierro, un mueble de roble donde descansaba su Biblia y una silla– y salía al campo.

 

Había llegado al monasterio benedictino con 18 años recién cumplidos. Había sido siempre un niño retraído, curioso de su alrededor, meticuloso en sus estudios, callado y de diversiones simples y castas. A nadie sorprendió su decisión de dedicarse a Dios y de alejarse del ruido del mundo.

 

El monasterio se ubicaba en el medio de las sierras cordobesas. Pronto aprendió a reconocer los ciclos naturales del lugar y a interesarse por la riqueza de los yuyos que crecían al pie de las sierras.

 

Era en ese momento el más joven de los seminaristas, y ahora, después de 60 años, era el más longevo.

 

Pablo sabía cuál era la hierba exacta para cada dolencia. Salía temprano y con paciencia, recorría los alrededores hasta dar con esa hojita verde que para cualquiera pasaba como un yuyo más, pero que sus ojos reconocían como aquella que curaba la migraña, la gastritis o las alergias de la piel.

 

A sus casi 80 años su vista había declinado, su cuerpo era ya viejo, pero aún conservaba el vigor necesario para largas caminatas hacia arriba y hacia abajo. Cuando daba por terminada su recorrida, volvía a trabajar en el pequeño invernadero, a un costado del monasterio.

El día en que la vida del herborista llegó a su fin había amanecido tormentoso. De las sierras bajaban nubarrones negros cargados de electricidad. Otras veces la tormenta no le había impedido salir, pero esta vez, las paredes altas del monasterio invitaron a la lectura y el estudio del texto sagrado en su propia habitación. Miraba por la ventana en reiteradas ocasiones: los verdes intensos bajos los gotones de la tormenta, los charcos que se iban formando en el jardín alrededor de las lavandas y las azucenas. Caía el peso del cielo sobre el jardín y una extraña opresión en el pecho empezaba a inquietarlo.

 

Durante la comida en el refectorio le pareció que los truenos disminuían, que sobre los monjes silenciosos la luz se volvía blanca y liviana. También sintió que dentro suyo algo se tornaba blanco y liviano. Sintió muchas ganas de salir a caminar hacia el bosque de espinillos, donde solía encontrar flores de manzanilla y ortigas.

 

Se calzó unos zapatos de goma y cubrió su cabeza con la capucha de su hábito. Una imperceptible llovizna le rociaba las mejillas, mientras caminaba despacio y con cuidado de no resbalar sobre los pastos lustrosos.

 

Las flores de manzanilla mostraban un amarillo intenso después de la lluvia y emanaban una fragancia que mareó a Pablo y lo dejó por un momento en suspenso, sin saber muy bien qué era lo que había venido a buscar. Por fin se recompuso, y agachándose con cuidado, tomó un ramillete de flores. Los colocó en su morral y se disponía a ir en busca de las ortigas, cuando un ruido entre los espinillos lo puso en alerta. Eran pisadas de algún animal. Se quedó quieto y mirando por el rabillo del ojo por dónde podía venir el peligro. No tenía cómo huir y no era lo más recomendable en caso de que fuera un puma. Solo podía quedarse allí, con las manos mojadas aferrando su morral lleno de manzanillas, a la espera.

 

Pronto los ojos amarillos se clavaron en sus ojos oscuros. Volvió a sentir un mareo, una descolocación entre su cuerpo y el entorno. Se sintió perdido: si se movía, el animal se le vendría encima de un salto. Se le nubló la vista, y en medio de la confusión, le pareció ver que se acercaba y comenzaba a dar vueltas a su alrededor, como midiéndolo.

 

Se encomendó a Dios. Si era su hora, si debía su cuerpo ser alimento de las fieras silvestres, si debía morir entre espinillos y manzanillas, tenía sentido.

 

Pero el animal tiró del morral de Pablo y salió corriendo.

 

Con el aliento entrecortado, y más confundido que antes, Pablo regresó al monasterio.

 

Cuando traspasó las puertas del gran convento benedictino ya el sol se escondía entero tras las sierras. No quedaba un rastro de tormenta, algunas estrellas aparecían en el cielo violeta y Pablo supo que al día siguiente amanecería diáfano y especial para buscar hongos y dejarse guiar por la fragancia de la menta y la peperina.

 

Esa noche soñó por última vez. La brisa que entraba por la ventana abierta movía algunas briznas de pasto que aún permanecían prendidas a su hábito.

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