Historias sin punto final
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#8 · El no movimiento del silencio

Historia del público por  Claudia Ainchil
Ph. Miss Complejo

 

Giró su cabeza como queriendo torcer los gramos de aire, tan estáticos y reales en esa atmósfera de cuarto de hotel con olor a perfume. Una habitación demasiado blanca. La pantalla de la pequeña lampara sobre la mesa de luz, algo torcida, simula un níveo resplandeciente que ensombrece la claridad del acolchado.

 

Todo en su sitio. Todo inmenso, vacío. Y blanco, como la tira finita de la bombacha adherida a esa juventud real. No necesita cremas para tapar las estrías ni botox ni maquillaje para disimular el paso de los años. Un hueco muy adentro la aprisiona.

 

De un vistazo su sombra en la pared no puede contener el grosor de la cabellera rojiza y larga. Amplias matas de pelos lacios acarician la quietud de escenas en cámara lenta. Argumentaciones en pleno combate contra los recuerdos son solo minúsculos rumores perdiéndose a toda prisa en el desagüe de lo que acontece.

 

Está desnuda, y no. Un tatuaje asoma en su costado izquierdo. No todos pueden verlo. Llena una porción del mapa de su piel como si se tratara de un símbolo enigmático desplegando una barrera de contención a los extraños.

Es innegable que la cuerda cabeza a borbotones comprime. Esos murmullos de palabras que quedan flotando como presagios de lo que fue y no volverá a ser, o los andenes de estaciones abandonadas. Una estación abandonada, el pueblo fantasma en el que no queda nadie, salvo el que no quiere irse, y alberga la esperanza del milagro.

 

Le pesa tener que imaginarse poniendo ropa tras ropa en su cuerpo desnudo. La soledad como espectro fantasmal le provoca cierto escozor, una pesada cadena  donde el tiempo no pasa. Solo queda flotando el vidrio que refleja.

 

En cada invasión externa los rincones se desdibujan, solo resta el no movimiento, una mano medio estirada tocando el hombro contrario. Las rodillas dobladas rozando los brazos. Y la mirada en otro lugar pidiendo ser adoptada.

 

Aunque espera desde hace días que ciertos pasos conocidos se detengan en el vestíbulo, frente a la luz que nunca apaga, sabe que la lluvia empapa.

 

Automáticamente está sola. Él hizo su retirada. No fue pomposo al cerrar la puerta. Ya no regresará.

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