Historias sin punto final
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#25 · El único brillo de la noche

Por Sabrina Sosa
Ph. Fa Foto

 

Laura llega en el remis de siempre, un Fiat Duna rojo al que solo le abren dos puertas. La veo bajarse por la izquierda, Horacio y los chicos vienen atrás. Está impecable, trae puesta una blusa color salmón, un capri blanco y unas sandalias también blancas, haciendo juego. Qué lindo verte, ¿cómo estás?, le digo desde la reja. Mal, me saluda con un beso, y se apura a entrar. Es Nochebuena y estamos en la casa de El Palomar como todas las veces desde que tengo memoria, como todas las navidades desde que Laura está mal. Algunos en la familia apuestan hasta último momento a que esta vez, seguro que no viene. Ahora la saludan con naturalidad, qué bueno que viniste Laura, y la invitan a pasar, a sentarse, a tomar algo frío y a comer de la picada que ya casi se termina.

 

Laura se incorpora a la ronda –todavía hace el esfuerzo–, pero no habla. Horacio cuenta que hoy fueron a la bruja y que les dijo, de solo verla, que Laura tenía el mal. Mamá se persigna, ay Dios mío, no permitas que me confunda, y sigue atenta el relato de Horacio. Me da una palmada en la pierna y señala con el mentón algo que no adivino, tráeme un vaso. Sirvo agua para mamá y para Laura. Me cuesta decidirme, pero me siento al lado de ella. Todos están concentrados en el relato de Horacio, la visita a la bruja, los baños de ruda, el té. ¿Qué sentís?, le pregunto. Mi cabeza. ¿Qué pasa con tu cabeza? Es un lugar horrible en donde no quiero estar.

 

De qué se trata ese lugar, qué terrible puede ser para estar así, otro año más. Estoy a punto de preguntarle lo que nunca me animé ni siquiera a pensar, pero papá trae el aviso de que el lechón está listo. Salimos de aquella ronda en el jardín. Nos sentamos y agradecemos que no falte el pan en la mesa. La primera en hablar es mamá, por la salud de Laura, empieza. Cuando llega mi turno, hago silencio. No me sale pedir nada. Que siga otro, les digo. Habla Horacio y después María, mi hermana. Laura es la última. Tarda más que el resto. Por mis hijos, es todo lo que va a decir antes de perderse por completo en la oscuridad de esta Nochebuena.

Que así sea, amén. Con los ojos cerrados cada uno pide lo suyo hacia adentro y, luego, todos comen. Laura apenas mira el plato. Ni siquiera lo intenta, no le interesa. ¿Cómo es que hace para estar acá? El brushing perfecto, las uñas arregladas. Esa forma extraña de maquillar la palidez, el desgano, la soledad, qué va a pensar la familia, que no se note tanto la desgracia, menos en Navidad.

 

Clavo el cuchillo en el lechón. Lo doy vuelta, lo desarmo, lo examino. No me gusta el lechón, pero me sirven igual. Papá me pregunta si quiero pollo o carne. Le digo que no, que muchas gracias. La mesa está en el patio porque el calor de la casa no se aguanta. Nadie se entera, pero enseguida abandono el lugar. Dejo el plato, los cubiertos, me llevo la copa de vino y me meto adentro. Me acuesto en el sillón y miro la escena desde ahí, con el recorte que me ofrece la puerta abierta. Cuando termine esta copa me voy a servir otra y después otra, y después otra.

 

Laura está sentada al frente y sigue sin hablar y sin comer. Todavía falta un rato para las doce. Tiene un gesto a medio nacer o medio morir. Por momentos pareciera que se va a animar a decir algo, a opinar, a quejarse, a mandarnos al diablo. Todo se detiene a mitad de camino; menos los ojos, que casi siempre, agarran otra dirección. Laura tiene la mirada en otro lado.

 

Mamá entra y me ve tirada en el sillón, el vino en la mano. ¿Qué hacés acá sola? Sentate bien, te parecés a Laura. Mamá cada tanto, de la nada, me recuerda que me parezco un poco a Laura y yo, de vez en cuando, creo que tiene razón. Cuando quiero contestarle, ya está afuera de vuelta. Tiene un vaso de agua y unas pastillas. Laura traga y le puedo ver desde acá el gusto amargo en la cara, la dificultad de algo que no pasa por la garganta. La película que sigue es repetida. Laura se apaga y hay que llevarla a dormir.

Las doce de la noche y el brindis llegan sin esperarla. En el patio todos miran los fuegos artificiales como si fuera la primera vez, uy mirá aquél, no, mirá aquellos. Se abrazan, se sacan fotos. Chocan las copas, las vuelcan, se ríen. Piden buenos deseos, lloran de emoción, se sacan más fotos. Comen pan dulce atrás del lechón y después ensalada de frutas. Adentro, los perros asustados, Laura y yo, en silencio y a oscuras.

 

Me asomo a la habitación y la veo dormida, la distingo acurrucada en posición fetal en el medio de la cama, las manos abiertas agarrándole las piernas. Siento ganas de morir desmayada al lado suyo. Por un instante creo que va a suceder. Intento hacerle una caricia, tocarle el pelo. Todo lo que habita este lugar está empapado de olor a encierro, a cansancio, a sudor de meses, a saliva espesa. Es el calor del 24 y esta humedad de casa de fin de semana, pienso, o tal vez sean los perros que en estos días habrá que bañar.

 

Pero no es el calor ni la casa ni Laura ni los perros.

 

Lo que huele mal es este deseo insoportable de que no haya más navidades. Soy yo, que quiero dormirme como Laura, acurrucarme a un costado de la cama, resguardarme en la única posición que nos mantiene a salvo desde el origen de las cosas. Mejor me voy afuera, me digo, que deben estar preguntándose por mí. Pero antes, abro las ventanas de punta a punta y dejo que entre el aire. Miro a Laura una vez más, el único brillo de la noche viene de sus uñas.

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