Historias sin punto final
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#21 · Insomnio Social Club

Por María Paz Moltedo
Ilustración Sofía Martina

 

Y nos dieron las diez, y las once, y las doce. Y llegamos a las dos de la mañana. Efectivamente: nos dio el insomnio; nos dio en donde más nos duele, en nuestra inmensa soledad. Esa que se despierta con nosotros, cuando no nos podemos dormir. Que nos dice, “toda esa humanidad que creías que te acompañaba, era pura ficción; en esta realidad, sos la única persona despierta, y estás sola, con vos misma. Los demás duermen”.

 

Insomnio según el diccionario ilustrado de mi propia experiencia: estado o sensación que me invade desde que soy chica. Me han dicho mis señores padres que a mis pocos meses de vida, cuando lograban dormirme, me llevaban a la cuna (en ese momento ni siquiera existía todo el asunto del colecho) y al minuto yo estaba despierta y parada, como si ya hubiera dormido lo suficiente. A los ocho años me quedaba horas y horas leyendo y leyendo. Otra técnica era imaginar que estaban entrando ladrones a mi casa, y que si me veían despierta seguro me iban a agarrar a mí primera. Entonces “simulaba” dormir plácidamente para los supuestos bandidos. Y así tal vez, de repente, mi actuación se convertía en sueño real y pesado. Otra era hacerme la “grande” cuando no tenía ni diez años, mirando “Boro Boro”, el programa de Pipo Cipolatti, de ese que hoy pocos se acuerdan. Era a las once de la noche, me acuerdo eso. Yo me quedaba mirándolo sola, pensando en que alguien se despertara y viniese a verlo conmigo. Me hacía la que me reía en voz alta, para ver si alguien me escuchaba. También hoy, si me agarra el insomnio durmiendo con alguien, trato de hacer ruidos para que el otro se despierte; sí, soy puramente egoísta en mi estado insomne: no quiero ser la única despierta, ni ser consciente de la soledad del ser humano. Es que para mí eso es lo que se siente cuando sos el único ser despierto. Aunque tenga a una persona dormida a centímetros, no importa, está del otro lado, en otro plano. En este plano solo me quedo yo.

Los años pasaron y por suerte, debo admitir que me he chocado con personas mucho más insomnes que yo; y bueno, ahí la soledad se empezó a evaporar. “No dormí en tres días”, me contó alguien una vez; “me han hecho estudios del sueño mientras dormía para ver qué era lo que generaba tanto insomnio”. “Wow”, pensé, entonces no estoy sola en este mundo de no poder dormir, de hecho lo mío es leve dentro de todo. Pero de nuevo, la amenaza de no poder dormir siempre estuvo y está latente. Esa gigante soledad siempre puede invadirme. He probado hacer “planchas” en la cama para cansarme, esas que dicen que te transforman en una verdadera gladiadora si las hacés todos los días. He leído los libros más aburridos, he escrito sobre todo lo que se me venía a la mente, me compré melisa, manzanilla, valeriana, serenyl, armonyl, todos los nyl. Una noche aterricé de lleno en el Alplax. Un viaje increíble, dormí entre algodones. Pero sentí que no daba vivir toda la vida dopada. Así que no volví a incursionar. En viajes en micro he aplicado Clonazepam prestado, y dentro de todo funcionó también. Pero bueno, yo quería naturalmente ser de esas gentes comunes y mentalmente sanas que simplemente apoyan la cabeza en la almohada y duermen. Luchaba contra mi naturaleza. Hasta he pensado en trabajar de noche, ser serena, atender peajes, para poder aprovechar mi hiperactividad nocturna.

 

Al otro día de haber luchado contra ese maldito insomnio, el hecho de reconectarme con la sociedad era mitad alivio y mitad castigo. No hay cosa peor que cuando alguien lo descubre sin que vos se lo cuentes: “Qué cara que tenés, ¿pasaste una mala noche?” Y vos que creías que la oscuridad del insomnio se había ido, pero no, la tenés pegada a la cara y todavía no lográs reconectar con el mundo normal, ese que cerró los ojos en un momento, durmió ocho horitas y ahora, fresco como una lechuga mantecosa, te dice que se te nota que no dormiste nada. Y al terminar el día post insomnio, llega esa intriga total, de si esa noche vas a ser normal y regenerar tus tejidos durante largas horas para al otro día cruzarte a esa o ese que delató tu noche insomne, y decirle orgullosamente, que dormiste genial; o por el contrario va a volver la soledad del desvelo, agravada porque en algún momento de desesperación, de seguir dando vueltas con las mismas incertidumbres en la cabeza, le sumaste un pequeño llantito que al otro día te deja los ojos hinchados cual sapo. Para la hinchazón de ojos ya googleé soluciones: congelás un rato dos cucharas de metal en el freezer y después te las aplicás unos minutos sobre los párpados. El resultado es mágico.

 

Hoy voy surfeando dentro de todo bastante bien al espectro insomne; un psiquiatra budista me dijo tantas veces que no hay certeza de nada, que en cuanto enciendo mi cabeza para armar hipótesis sin sentido sobre el todo y la nada, (desde qué voy a desayunar mañana, hasta preguntas existenciales más grosas), me repito varias veces “no hay certezas, no hay certezas”. Y eso me hace caer un poco más rápido en el glorioso estado REM. También uso un poquito de flores de bach, un tecito llamado “Dulces Sueños”, audios de meditación (que a veces me dan un toque de miedo, porque siento que un señor está sentado en algún rincón del cuarto guiándome), links de youtube recomendados por mi psicóloga con los que ella misma logra dormirse. Dormir acompañada también siempre ayuda.

 

Más allá de mis logros a veces me visita el pesado insomnio. Es parte de mi naturaleza, el mantenerme despierta. Como Napoleón o Neustadt. Por algo ese viejo medio desagradable decía mirando a cámara: “Esta noche, no me dejen solo”. Me fui hacia otro lado otra vez con la mente; bueno así es como llego al desvelo ¿no?, con ramificaciones de pensamientos que se hiperventilan los unos a los otros, se funden y se confunden. Una de esas tantas noches en las que me invadió la movida insomne, se me ocurrió una idea: pensar en todas aquellas personas que estarían intentando conciliar el sueño como yo.

 

Se me ocurrió armar un club, el “Insomnio Social Club”, un lugar donde toda la minoría insomne y solitaria, la tribu urbana del sueño débil, se junte a compartir ese momento y así a evaporar esa sensación de soledad infinita. Es un bar al que se puede ir en piyama, baby doll, remerón regalado que nunca usarías fuera de tu cama, pantuflas, gorrito de dormir (si viste muchas películas de Disney), en patas, con almohada, sin almohada. No hay dress code, y el único derecho de admisión que se reserva la casa es que sí o sí, tenés que venir de haber intentado dormir un rato, y no haberlo logrado. A medida que la gente va llegando, se pone a bailar sola, o en grupo, a charlar, a contar qué le frenó el sueño y comprobar que hay más de uno que estuvo pensando en eso mismo que pensaste vos; o a intentar cerrar los ojos descansando en la barra de forma horizontal, mientras un barman te arma tragos temáticos: “sueño de una noche de verano”; “insomne not dead”, “para dormir a un elefante”, son los que más salen. Te podés quedar hasta la hora que quieras. Cuando te agarra sueño, si es que te agarra, podés tirarte a dormir en una hamaca paraguaya, un colchón de agua (siempre quise tener uno) o un colchón de flores, como esos que muestran en las publicidades de aromatizantes con aroma a bosque de praderas. También hay una cama elástica en la que podés saltar todas las veces que quieras hasta que te duermas en el aire. En este lugar, no poder dormir está buenísimo. Son los otros los que se pierden del adorado insomnio que une a personas que jamás podrían haberse conocido de otra forma. ¿Dónde queda el bar? Ah, no les pasé la dirección: queda en mi cabeza, en una intersección entre el hemisferio derecho y el izquierdo de mi cerebro, ahí nomás del hipotálamo. No voy a parar hasta crearlo en la vida real, aunque me alcanza con que aparezca en un sueño, porque eso significaría que por fin me dormí.

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