Historias sin punto final
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#14 · Jugar contra la soledad

Por Ariel Scher
Ilustración Juan Battilana

 

El Solitario golpeó las puertas del Bar de los Sábados con la cautela de los que ya no recuerdan ninguna certeza y con los párpados agotados, como si cada uno estuviera sosteniendo un cajón de angustias. “¿Es acá donde cuentan historias de fútbol?”, preguntó desde una voz que había sacado boleto de ida rumbo al desencanto. El Alto, el Gordo, el Pibe, el Roto y todos los participantes habituales de esa cita de honor, de sábados, de fútbol y de bar le devolvieron una serie de respuestas afirmativas y lo miraron entre sorpresas. “Entonces, si me permiten, me quedo”, dijo el Solitario. Se justificó enseguida: “Es lo único que puede salvarme”.

 

Diez minutos anchos como una eternidad le alcanzaron al Solitario para ser más explícito. Tenía casa y tenía empleo pero, a la vez, tenía una sensación de soledad mayúscula que hasta le frenaba la voluntad de respirar. “Llevo una vida sin techo, sin suelo y sin paredes. No pertenezco a nada más que a mis rutinas. Si para ustedes soy un desconocido, a veces para mí también”, confidenció. Dio otro detalle: un médico le había sugerido que solo el fútbol podía rescatarlo del abismo.

 

En el resto de la tarde, el Gordo le precisó la historia de un hombre que era el propio Gordo, que en la juventud había sido feliz porque dejó de ser gordo para ser centrodelantero y en la adultez solía alumbrar nuevas felicidades cuando, otra vez gordo, recordaba su pasado como jugador. El Pibe le confesó que la ruta más fantástica del mundo eran las diez cuadras que compartía con su padre en la infancia cuando iban juntos a la cancha. El Roto le reveló que su firma era una copia de la del ídolo de su equipo de barrio. Y el Alto le contó que no sabía por qué misterio siempre sentía que el mejor partido era el próximo.

 

El Solitario nunca detectó en qué momento se le alivianaron los párpados y la voz dejó de sonarle como una desazón. “Muchas gracias –dijo, generoso, tras varias horas–, algo de mí está en cada una de sus historias y algo de ustedes ya forma parte de mí. No sé si voy a salvarme, pero seguro que la semana que viene vuelvo”. Cuando en el Bar de los Sábados lo despidieron entre abrazos, no hacía falta que nadie explicara que el fútbol es una cédula de identidad que se comparte con los otros, o sea un modo de que, en esta edad de indiferencias, nadie sea del todo un solitario.

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