Historias sin punto final
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#2 · La fortaleza de la soledad

Por Juan Duacastella
Ph Melisa Real

 

Lo que son las cosas, más de una vez pensé en escribir sobre mi familia y nunca logré encontrar ni el impulso ni el tono necesarios, tal vez necesitaba tomar distancia para mirar todo mejor, o tal vez tenía miedo de enfrentarme a ese pasado y caminar entre las ruinas de una historia repleta de monstruos de soledad, una montaña de recuerdos que más bien valía encender en una hoguera con las llamas del olvido.

 

Pero a veces las cosas se nos imponen de repente, sin previo aviso, como cuando me desperté una madrugada con el ruido de las llaves forcejeando en la puerta de mi departamento, serían las cinco de la mañana y aún era de noche, la llaves tintineaban del otro lado de la puerta, como si la sombra que se veía bajo el quicio no encontrara la llave correcta, y yo parado del otro lado intentaba decidir qué reacción correspondía tomar, un poco temeroso y otro tanto enojado, hasta que el intruso dejó de insistir con las llaves y se colgó del timbre y ahí entonces sí me adelanté y abrí de golpe la puerta, para ver que del otro lado se encontraba mi hermano mayor, con los ojos rojos y los labios blancos, el pelo sucio y la ropa oliendo a cigarrillos, mi hermano Gabi, con su pinta de siempre de ángel malvado, sonriendo desde el pasillo.

Así que cambiaste la cerradura nomás, dijo con una sonrisa, y después me dio un abrazo sudoroso que se extendió un poco más de lo habitual, un abrazo donde pude sentir el olor de la noche y la vida nómada que respiraba su cuerpo. Qué hacés, hermanito, decía y me palmeaba la nuca y se reía, y yo en calzones y musculosa recibía el abrazo inmóvil, con las manos pegadas al cuerpo, sin decidir si tenía que echarlo a patadas o recibirlo contento.

 

Hacía como tres años que no venía por casa. La última vez también había aparecido de la nada, recién llegado de Rosario donde estaba viviendo. Creo que había sido expulsado por su novia de entonces, o se venía escapando de algo, lo mismo da: mi hermano era ideal para aparecer y desaparecer, era su talento más notable. Estuvo en casa alrededor de un mes y hubo momentos donde logramos una buena convivencia pese a los problemas de ambos, el insomnio mío que arreglaba con pastillas, y la capacidad incendiaria de mi hermano para arrasar con cualquier cosa normal que se le pusiera por delante. Había en él algo de locura, pero no una locura clínica, no un caso del Borda o un cuadro psiquiátrico alarmante. Parecía más bien la locura de un fanático religioso, uno de esos tipos que salen en la tele y dicen haber recibido los estigmas del cristo en su piel, o que le rezan a una mancha de aceite con la forma de San Cayetano, esos chiflados lindos para tener bien lejos o ver en un informe de Crónica, pero nunca para tener viviendo en la habitación de al lado.

 

Aquella vez, hace tres años, terminamos mal. Ya los primeros días me di cuenta que el tipo andaba en algo raro y pasé varios días viéndolo salir a bailar por las noches a cuanta fiesta electrónica encontrara y volver al mediodía para dormir una pequeña siesta, rodeado de bolsos y bolsos que traía hasta los pies de su cama, cada día uno nuevo, o a veces se los llevaba y traía otros distintos, bolsos deportivos que se apilaban como en un vestuario y cuyo contenido me quemaba de intriga.

 

Es cierto que nos queríamos, pero nunca habíamos podido ser muy unidos. No era culpa nuestra, en verdad, si hubo algo que nuestros padres se esmeraron en enseñarnos era a estar solos. Y lo habían hecho de la mejor manera, la más dolorosa y visceral, esto es: haciéndonos totalmente invisibles.

 

Así que mi hermano y yo pasábamos el día haciendo cuanta cosa quisiéramos mientras nuestros padres deambulan por la casa sin prestarnos la más mínima atención, nosotros dábamos vueltas por el barrio con las bicis, volvíamos a cualquier hora, faltábamos a la escuela o encendíamos fueguitos en los terrenos baldíos, sobre todo mi hermano que era un as de los incendios, y ya que éramos invisibles nadie nos veía ni se preocupaba. A veces mi hermano venía con cosas cuyo origen siempre era un misterio, sobre todo revistas que conseguía o choreaba por ahí y nosotros leíamos cada uno bajo su cama, yo prefería las de súper héroes y él las de misterio, Conozca Más y ese tipo de cosas. Después se fue interesando más por la música y llegaba con la mochila llena de casetes relucientes en su estuche, nuevos, que ponía en un equipo JVC gris que habíamos heredado de alguien. A mí me gustaba la música que oía pero en general no me dejaba escucharla sin antes obligarme a alguna humillación o un favor desalmado, sin torcerme el brazo con malicia o hacerme comer cosas que encontraba por el piso en la vereda, por lo que en general yo desistía y me iba a leer bajo la cama mis revistas, o cuando no había nada mejor, los libritos esos de “Selecciones” que había a patadas por la casa y cuya lectura configuraba la única cosa en común que mis padres tenían.

 

Un día, por esa época donde estuvo en casa, me pidió el auto prestado para hacer un negocio que tenía en Chascomús y yo accedí. Prometió devolverlo con el tanque lleno, al pedo, porque ya sabía que no iba a ser así. En realidad pensé que si hacía ese negocio tal vez le entraba algo de guita y se iba de casa. Era difícil estar con él, como si fuera un abrasivo que iba raspando todo a su paso hasta dejarlo en carne viva. La noche anterior al viaje a Chascomús entré a su habitación para decirle algo y la encontré vacía, se habría ido a bailar porque faltaban su gorra y el chaleco de jean que le encantaba y usaba para salir, yo lo había visto mil veces, sudoroso en cueros con el chaleco encima y la gorra, los ojos como dos planetas grises, sin sol, moviéndose frenéticamente al ritmo de la música. Esa noche abrí uno de los bolsos y encontré miles de cajas de medicamentos, muestras gratis de todo tipo, analgésicos, antiácidos, y también remedios pesados, psiquiátricos o de cosas graves como diabetes, hiv o cáncer, bolsos y bolsos repletos de medicación.

Dos días después mi auto regresó en una grúa, completamente fundido. Mi hermano pidió disculpas y dijo que iba a pagar el arreglo. Todos sabíamos que eso no iba a pasar. Los bolsos habían desaparecido. Esa noche nos peleamos fuerte y yo le dije cosas difíciles de desandar. ¿Lo tenés asegurado?, me preguntó al rato, entrando en mi habitación de golpe. Parecía un chiste y le tiré con el libro que estaba leyendo mientras lo puteaba un rato más.

 

A la mañana siguiente se fue sin decir nada, o tal vez salió a bailar por la noche y nunca regresó. Dejó su olor a sudor y a puchos, dejó algo de ropa, una remera blanca llena de agujeritos que él usaba mucho aunque le quedaba enorme, era parte de su onda, pantalones ajustados y remeras XL, gorra de los Lakers y anteojos de sol redondos como un John Lennon rapero del conurbano.

 

Me fui a trabajar con la duda de si iba a volver a verlo y cuando regresé por la noche, la policía y los bomberos habían cortado la calle con cintas de peligro y los móviles estaban dispuestos en diagonal sobre la avenida, con las luces azules titilando contra los edificios. Algo pasaba. Me acerqué a mirar entre la pila de vecinos que se amuchaban frente a las cintas y entonces vi a mi auto encendido fuego como una antorcha olímpica, espléndido y rojo como era, coronado por un fuego azul que trepaba hasta donde pasan los cables en el cielo, y a los bomberos que intentaban apagarlo echando puteadas desde una distancia segura por si explotaba.

 

Después de ese episodio no lo vi más por mucho tiempo. Mi compañía de seguros me pagó por el auto fundido un valor mucho más alto que el que hubiera obtenido vendiéndolo, aún si hubiera estado en perfectas condiciones. Antes de eso, la policía me interrogó. Preguntaron si tenía enemigos, si me había peleado con algún vecino, si los chinos del supermercado de enfrente se llevaban mal conmigo. No dije nada sobre mi hermano. En el fondo no tenía por qué sospechar de Gabi, y aunque mi intuición y el fuego hablaban de él, jamás se lo pregunté.

 

Era difícil saber de él porque no usaba celular y uno nunca sabía dónde encontrarlo. Cada tanto me llegaban mails larguísimos donde contaba cosas irreales que seguramente se inventaba, en una escritura febril muy compañera de las drogas. Siempre tenía un negocio nuevo, uno más oscuro que el otro, siempre estaba a punto de pegarla y siempre terminaba huyendo, amparado en su proverbial capacidad para desaparecer sin dejar rastros. Esto duró como seis meses. Después, el silencio. Se lo había tragado la tierra. Tampoco es que estaba preocupado. No era la primera vez que mi hermano desaparecía del universo.

 

Un día sonó el teléfono del trabajo y cuando atendí una voz grabada me preguntó si aceptaba una llamada desde el servicio penitenciario. Apreté el 1 y dije hola, quién es, aunque ya sabía. Soy yo, el Gabi, dijo mi hermano, que me hablaba desde la cárcel de Marcos Paz. ¿Qué hacés, hermanito?, preguntó. Y de fondo se oía el barullo del patio del penal y el ruido sordo y constante de una pelota de básquet retumbando en el suelo.

 

Me tomé un colectivo y fui a verlo. Nunca había ingresado a una cárcel. Los penitenciarios me preguntaron si estaba inscripto. Yo no sabía qué era eso y asentí con la mirada. Los tipos se fueron a buscar algo y volvieron con una planilla. Sos el único inscripto, me dijeron. Eso significaba que nadie había venido a verlo antes.

 

Nos juntamos en un salón parecido a un comedor. Mi hermano estaba más flaco que nunca. Usaba una remera de un equipo de fútbol mexicano llena de quemaduras de cigarrillo. Se sentó del otro lado de la mesa y me miró. Creo que por primera vez en su vida le sentí los ojos húmedos pero no por la droga o la falta de sueño, no por el humo y el olor dulce y podrido del salón, sino por la tristeza. Creo que le costaba trabajo ser invisible en la cárcel.

 

Me dijo que llevaba un año y medio preso. Que había sido por una estafa con tarjetas de crédito. Nada grave, hermanito, dijo, pero no le creí. Tenía antecedentes, y aunque le dieron dos años y ocho meses (un número que según él, “daba para probation”) tuvo que ir a la cárcel lo mismo. Ahora le faltaban cuatro meses, había tenido buena conducta y estaba ya preparando el mono para salir. Lo dijo así, con una media sonrisa, como jactándose de su manejo de la jerga tumbera.

 

Yo estaba mudo. Me daba mucha tristeza verlo así y saber que había estado un año y medio sin contarme que estaba preso, sin pedir ayuda, arreglándose solo como siempre, como habíamos aprendido en la casa. Y justo cuando estaba pensando eso, Gabi apoyó los codos sobre la mesa y chupando un cigarrito armado me preguntó: ¿hace cuánto que no pasás por la casa?

 

Le decíamos “la casa” porque nunca pudimos decirle “mi casa”. Era la casa donde nuestros padres vivían, cada uno por su lado, sin hablarse jamás, ocupando habitaciones distintas y evitándose el uno al otro, en un odio silencioso que empantanaba el suelo y saturaba el aire. Yo no recuerdo del todo pero mi hermano sí. Las cosas entre ellos siempre anduvieron mal, y fueron empeorando con el tiempo en una espiral creciente que en general estallaba en gritos, peleas, violencia y humillaciones mutuas. Un día sentaron a sus hijos en el sillón del living y les comunicaron que iban a separarse. Pero tampoco eso funcionó, porque nunca concretaron la separación, al menos no realmente, ya que no pudieron ponerse de acuerdo para ver quién se iba de la casa, así que después de más peleas y gritos mi padre mudó sus cosas a mi habitación y a mí me mandaron a dormir con Gabi. Luego continuaron viviendo así, un matrimonio falso hacia afuera de la casa, que hacía como si nada y se mostraba regularmente feliz cuando iban a un velorio o a un casamiento, pero que no se dirigían la palabra dentro del hogar. Cada uno en su habitación se movían como dos piezas silenciosas de ajedrez, con un ritmo casi perfecto para no encontrarse con demasiada frecuencia en los pasillos o la cocina, se evitaban con maestría a veces, como si fuera un juego teatral donde dos personajes entran y salen de escena sin cruzarse jamás. La tensión que esto generaba en el ambiente de la casa era desesperante, como la expectativa de un huracán que nunca se desata. Así vivíamos nosotros, en el medio de eso, dos niños invisibles.

 

Muy temprano nos fuimos yendo de casa, primero el Gabi que rajó a los 16 y me dejó en la boca la tentación de escapar y no volver jamás, cosa que hice apenas pude unos años después. Nuestros padres siguieron viviendo así, dentro de la casa, destruyéndose a sí mismos con mayor intensidad cada día, saliendo poco o nada de la casa por temor a que el otro le cambiara la cerradura y lo dejara afuera (mi madre lo intentó una vez pero mi padre llegó justo cuando estaba el cerrajero en la puerta), así que de a poco se fueron envolviendo en su propia red de soledad, y la casa, un caserón lindo y antiguo con un jardín adelante,  se fue cubriendo lentamente con una pátina de abandono.

 

Yo regresé solamente una vez, unos años después, cuando entró la policía y los llevaron internados a ambos, viejos y enloquecidos, enfermos y abandonados por decisión propia, por orgullo, cubiertos de roña y con la casa totalmente mugrienta. Las habitaciones eran pilas de basura y restos de comida encargada por delivery que compraban cada uno por la suya para salir lo menos posible, la cocina y el baño eran irrespirables, las ratas circulaban como pandillas por los rincones de la casa. Un muchacho de la farmacia que le hacía compras a mi padre hizo la denuncia después de dar vueltas en su cabeza por varios meses, hasta que el olor a podrido y a muerte que salía por las ventanas se hizo incontenible.

 

Ninguno llegó a vivir un año entero afuera de la casa. Eran como dos flores viejas que estuvieron guardadas por años dentro de un libro grueso, y que al sacarlas de entre las páginas del libro se fueron desintegrando rápidamente.

 

Hice limpiar la casa que olía a mil perros muertos. Sacaron dos volquetes de basura y porquerías. Después la cerré con llave y no regresé nunca más. Pero cuando mi hermano se apareció en mi departamento una madrugada, recién salido de la cárcel, e intentó abrir la puerta con una llave vieja, supe exactamente para qué había venido.

 

Esa mañana desayunamos en silencio, sin saber qué decirnos. Después viajamos en el tren, con mi hermano sacando la cabeza por la ventana como si quisiera aspirar todo el aire del conurbano en una sola bocanada. Llegamos a la casa al mediodía. Se veía peor que nunca. El techo tenía varios agujeros y las ventanas habían sido reventadas a piedrazos como corresponde a una casa que llevaba varios años abandonada. Probé la llave y entramos. El olor a podrido y la falta de aire puro, o tal vez la tristeza, nos hizo lagrimear a ambos.

 

En la oscuridad recorrimos los pasillos por donde nuestros padres se evitaban en silencio como dos fantasmas olvidados. La mayoría de los muebles estaban rotos, los sillones tenían el relleno salido y la alfombra estaba llena de mordidas de rata y agujeros de cigarrillo. Mi hermano salió un rato largo, yo pensé que tal vez había salido a llorar en silencio, pero cuando volvió se puso a trabajar con los tapones hasta que logró darle luz a algunas habitaciones, las que aún conservaban sus lamparitas. Había revistas tiradas por todos lados. A la tarde salimos al jardín y tomamos mate que había traído yo en la mochila.

 

Todo el día estuvimos en silencio.

 

Por la noche mi hermano salió y volvió al rato con una caja de pizza, que comimos en el piso del living. Después salió a fumar afuera y yo me puse a revisar las revistas. Encontré algunas de las que tenía cuando era chico, unos Patoruzú y otra de Superman a la que le faltaban la mayoría de las hojas. Aún así yo la recordaba bien, era una historia donde Superman se cansaba de la humanidad y desaparecía sin dejar rastro. Todos lo buscaban sin resultado, en el diario donde trabajaba publicaban tapas y tapas preguntando por él y los villanos, liberados de pronto, hacían lo que querían en medio del caos. Pero Superman no aparecía. En la última hoja había una imagen a doble página donde se mostraba a Superman de pie en medio de la inmensidad de la Antártida, de frente a un palacio de hielo y cristal, su refugio, la Fortaleza de la Soledad.

 

Me puse a leer apoyado contra el empapelado raído de la pared y me quedé dormido. Soñé con Superman caminando en bata por su fortaleza de la soledad, vagando por los pasillos, con un trago en la mano como Elvis en Graceland, aburrido, triste y desanimado. Finalmente llegaba a un punto en donde los cristales del palacio le devolvían su reflejo algo deforme en la pared. Superman se miraba en ese espejo de hielo unos segundos y pensaba en su planeta destruido y en sus padres que lo habían dejado flotando por el universo en completa soledad.

 

Cuando desperté mi hermano iba y venía por la casa frenéticamente haciendo algo, con la visera de su gorra de los Lakers mirando hacia atrás, agitado. Al rato me hizo un gesto con la cabeza, vamos, Negro, salgamos.

 

Caminamos unos segundos por el jardín delantero, mirando las casas de enfrente. Yo tenía un nudo en la garganta, él estaba mudo. Adentro mío se cruzaban un odio terrible con algo de pena por mis padres, cuyos fantasmas seguían todavía circulando cansinamente por los pasillos y atravesando las paredes de la casa para evitarse. Entonces me di vuelta para mirar la casa y escuché la risa de mi hermano.

 

Las llamas salían de los agujeros del techo, asomaban por las ventanas, dibujaban sombras que bailaban un ritmo frenético detrás de las cortinas. El fuego crecía y tuve que retroceder porque me quemaba la piel. Busqué a mi hermano entre el humo, en el jardín, estaba parado con los brazos cruzados, contemplando su obra con una sonrisa. Tendrá seguro, preguntó, y después nos alejamos unos pasos mientras la casa nos daba un abrazo tibio de humo y calor que nos obligó a cerrar los ojos y llorar.

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