Historias sin punto final
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#7 · La pija, la espada y el Pato

Por Martín Kolodny
Ph. María Florencia Davidovich

 

Hacerse chupar el culo le daba impunidad. A las minas les encantaba que se lo pidiera. Y él disfrutaba realmente, pero más le gustaba que ellas le sonrieran cuando se los requería.

 

A Mariana la había sacado de Tinder, uno de esos sábados de tele prendida en TVR, cuarto de helado de la pizzería de la vuelta e hijo durmiendo en su casa. Dos fotos le habían llamado la atención. En una se la veía vestida de bailarina junto a varias nenitas de no más de cinco años, también con mallitas de baile. En la otra, levantaba los dedos con la V de la victoria, delante de una foto del precandidato a presidente Sergio Urribarri y otra de Perón. No necesitó ver las demás fotos para tocar el botón de tic. Inmediatamente, la pantalla del celular le mostró a Javier que ella también gustaba de él.

 

–¿Hola?, preguntó en el chat que la aplicación les habilita a quienes se gustan.

 

–Hola, ¿qué tal?

 

Por ese canal de cortejo avanzaban y se perdían en los habituales qué hacías, de qué laburás, de dónde sos y qué edad tenés hasta que Javier se calentó cuando Mariana escribió que los hombres son todos unos cagones.

 

–¿Cómo es eso?
–Hablan pero no cogen.
–Yo cojo. Cojamos.
–¿Ahora?, ni te conozco.
–No, ahora imposible. Salgamos en la semana. O cojamos directamente, salir no es necesario.
–Bueno, salgamos.

 

Pasados los números de teléfono, la noche de Javier terminó con un sorbo de whisky antes de lavarse los dientes y meterse en la cama, no sin asomarse por enésima vez al cuarto de su hijo y verlo dormir tranquilo y tapado.

 

A Mariana volvió a escribirle el jueves. Se acordó de ella cuando, en una parada del 152, vio un cartel de Urribarri presidente.

 

–¿Nos vemos?
– Hola, ¿no? ¿Hoy?
–Hoy no. Sábado o domingo a la noche. Hola.
–El sábado es imposible. Si querés, buscame el domingo tipo nueve por el San Martín. Podés venir. Voy a un homenaje a Spinetta con los chicos de la agrupación.
–Ok. Mejor te busco.

El domingo, luego de verla besar uno por uno a diecisiete compañeros, se encontraron en la esquina de Corrientes y Montevideo. Después de pedirle perdón por la media hora que lo hizo esperar, Mariana le dijo que tenía hambre, que conocía un lugar barato en Almagro donde comer bien y no cagarse de frío. Sentados a la mesa, era ella quien seguía con el monopolio del relato. Le contó que era de Entre Ríos, como Lucas Carrasco, que daba clases de danza clásica para nenas, que en Paraná estaba su familia, por qué prefería tomar cerveza y no vino, que ya no tomaba merca y que un compañero de militancia no se la podía sacar de la cabeza y la perseguía.

 

–Sos linda –la interrumpió él, agotado de las palabras de ella con un pedazo de pastel de papas en el tenedor–. Yo prefiero el vino –agregó. Y le contó que tenía un hijo y laburaba en una escuela.

 

Ella tomó cerveza, aliento, dijo qué lindo y volvió a sus trending topics.

 

–Trabajo para el Pato. Urribarri, el Pato Urribarri. Se está preparando para ser el próximo presidente. Es un amor. Es el preferido de Cristina.

 

Javier contuvo la risa. Terminó su pastel de papas y su segundo vaso de cerveza. Mariana solamente había comido media ensalada y un paquete de grisines a medias con él. Ella miró su celular y levantó la vista.

 

–Vayamos a casa.

 

Cuando el taxi llegaba al departamento de Fitz Roy y Santa Fe, él le preguntó en qué piso vivía. Le gustaban los ascensores. Al dos ambientes del undécimo piso entraron a los besos, con las caras babeadas. Debajo de un gabán, un pulóver y dos remeras, ella ya tenía el corpiño desabrochado.

 

– Voy a hacer café –le advirtió mientras se acomodaba la ropa.

 

–Sentate, lindo.

 

Desde el futón del living, Javier contó tres imágenes de Perón en las paredes. Una, de su regreso de España; otra, en la que le hablaba al pueblo; y la tercera, en la que relajado leía un libro. También notó, mientras Mariana traía el café, que había más imágenes de Urribarri que del General. Apuraron las tazas y volvieron a besarse, chuparse las caras y abrazarse.

 

–¿Vamos a tu cuarto?

 

Javier le sacó la ropa y se desvistió. Después de pasar sus manos por todo el cuerpo de ella, sin volver a besarle la cara, acomodó su boca entre las piernas de Mariana. Con los dedos le separó los labios, calientes y humedecidos, y comenzó a chuparle el clítoris. Mariana le clavaba los dedos en la nuca, los hombros, la espalda.

 

– Basta –frenó su placer de repente.

 

–No doy más. ¿Qué querés que te haga?

 

Ella sonrió ante el pedido de chuparle el culo. Javier sonrió más cuando ella salió del baño con unas toallitas Johnson’s.

 

Siempre con la pija en una mano, primero le pasó una toallita húmeda por la raya. Después, empezó a besarlo. Por los labios y la lengua pasaron la pija, los huevos, los glúteos y cuando Javier, con los ojos apretados, como su mandíbula, se moría por sentir la lengua de ella en el ano, Mariana se paró.

 

–Ponete en cuatro patas, con el pecho sobre las almohadas.

 

Se mojó los dedos, volvió a agarrarle la pija y le hundió la lengua dentro del ano. Mientras gemía, él sentía su cuerpo contraerse y relajarse, sucesivamente y en cuestión de segundos. Espasmos.

 

–Quiero cogerte –alcanzó a murmurar, ahogado por lamidas de distinta intensidad.

 

Ella se detuvo. Le hizo un gesto para que se pare enfrente, lo tomó de la cintura, lo besó, le hizo sangrar un labio de una mordida y corrió las almohadas.

 

–Me voy a poner en cuatro. Vos me vas a coger fuerte.

 

No era necesaria la orden. Javier puso en marcha el plan de Mariana mientras pensaba en que nunca le habían chupado el culo así. Golpeaba sus muslos con fuerza contra el culo de ella cuando se la metía hasta el fondo. Mariana gritaba. Con el correr de esos golpes, el pensamiento se centró en dónde acabaría. Cansado, bajó la cabeza. Abrió los ojos y no solo vio que su pija salía de adentro de Mariana cubierta de sangre, si no que cuando la retiraba, salía sangre a chorros.

 

–¡¿Estás menstruando?! –preguntó en un grito.

 

–Ni en pedo. Seguí.

 

–¡Pará, loca, está todo lleno de sangre!

 

Mariana se separó de Javier, se paró de un salto y corrió hacia el baño.

 

–¡Me desgarraste toda! Tráeme coca de la heladera que me baja la presión cuando veo sangre. Me desmayo, boludo.

 

Pálida, salió del baño, se metió en la cama y se durmió. Ya eran las seis y pico de la mañana del lunes. Javier imaginó que el portero aún no estaría. Se hizo la paja, se lavó la pija y el pubis en el lavamanos del baño y se acostó al lado de ella. Dos horas después, cuando Mariana abrió los ojos, él ya estaba vestido.

 

En las quince cuadras que lo separaban de la casa de su la mamá de su hijo, no paró de pensar en que su pija cortaba. Deseaba hacerla más filosa. Imaginaba  una espada entre los huevos. Llevó a su hijo a su casa. Lo tuvo viendo dibujitos en Netflix un par de horas y le preparó fideos con manteca y queso antes de llevarlo al jardín. De vuelta, se puso a investigar: “¿Cómo afilar una pija?”, le preguntó a Google. Sin respuestas satisfactorias, preparó café. Con la pava al fuego, parado en la cocina, se bajó el jean y el calzoncillo y puso la pija sobre la mesada. Se bancó el frío y la observó por unos minutos. Sin guardarla, volvió a la computadora. En YouPorn le dio play a un video amateur de una cincuentona que le chupaba el culo a un supuesto adolescente. Excitado, volvió a la cocina. El peso de la pija sobre la mesada ya era otro. El agua hervía en la pava, pero demoró en apagar el fuego. Miró los cuchillos que se secaban en el escurridor y guardó la pija. Volvió a sentarse delante de la computadora y, entonces, abrió YouTube. “Cómo afilar cuchillos”, escribió. Entre la cantidad de tutoriales que se le desplegaron en el monitor, optó por el del canal de Dimensión vegana, al que sospechaba didáctico. Como alumno aplicado, birome y anotador en mano, vio cómo un gordo explicaba que había que conseguir una piedra afiladora, una tabla de madera y un repasador. Debía colocar la tabla sobre el repasador para que no resbale en la mesa o mesada escogidas como superficie. Luego,  restaba apoyar el cuchillo sobre la piedra, de modo perpendicular, y con tres dedos deslizar la hoja hacia arriba y abajo. Del gordo solamente se veía su delantal, ilustrado con un apio con cara alegre y un brócoli sonriente. En su mesada, de fondo, había morrones, una zanahoria y una cebolla morada. Cuando el tutorial terminó, Javier se puso un pulóver y salió disparado a la ferretería de la vuelta. Volvió a paso firme, con el rectángulo plano que era la piedra afiladora en sus manos. En la puerta, debió esperar que dos repositores de Coto le subieran por la escalera a la viuda de arriba la compra mensual. Fumó un cigarrillo y se comió las uñas hasta que pudo pasar. En su departamento, sonó su celular. Era la madre de su hijo. No atendió ni ese ni los tres, cuatro o cinco llamados posteriores. Llevó la notebook a la cocina y convirtió la mesada en mesada de operaciones. Dispuso un repasador debajo de una tabla de madera, sobre el mármol. Colocó la piedra arriba de la tabla, con una servilleta de tela abajo, para que tampoco se desplace, y prendió el final de la noche anterior. Fue por la lidocaína del botiquín. Le dio play a un compilado de una hora y medio de chupadas de culo y, con la pija bien parada, respiró hondo. La puso sobre la tabla, cerca de la piedra, y la roció con lidocaína. Pitó profundo, apretó los dientes, cerró los ojos para recordar las indicaciones del gordo vegano y comenzó: con tres dedos y algún temblor, frotó de manera circular la cabeza de la pija sobre la piedra afiladora. Con la cantidad de lidocaína que se había rociado, el dolor parecía tolerable. Ya con firmeza, empezó a apretar más fuerte mientras la movía de manera circular, como recomendaba el gordo para afilar los cuchillos para cortar vegetales. Con los segundos y la fuerza creciente, el glande pasó de lila a violeta y de violeta a morado. Las venitas se apretaban y los chorros de sangre no tardaron en salir. La transpiración corría por la frente de Javier, mojaba su cara deformada. Con el manar de su sangre imaginaba las vaginas y los culos que cortaría con su espada nueva. Entre sus dedos y la piedra afiladora, todo era rojo. La piel suave de la cabeza de la pija estaba áspera, rugosa, con granos. Afilaba la cabeza de una víbora. Gritaba mientras destruía su pija y forjaba su nueva arma. Con la cabeza prácticamente abierta en dos, se detuvo. Volvió a prender la tuca que le quedaba y, sin limpiarse, probó el filo de su pija al rebanar una papa en dos. Se limpió. Llenó un balde con hielo y metió la pija adentro. Su celular sonó por un mensaje de whatsapp. Era Mariana.

 

–Hola, Javier. Gracias por cómo me trataste anoche.

 

Sonrió. Sentía la pija dormirse de a poco en el agua helada y sus pulsaciones bajar. Soltó el porro y respondió.

 

–¿Cómo estás, Mariana? ¿Qué vas a hacer el fin de semana?

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