Historias sin punto final
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#4 · Los actos públicos

Por Walter Lezcano
Ilustración Pablo D’Alio

 

–¿Que pasó el jueves pasado a la salida? –le pregunto a un alumno de octavo.

–Nada, ¿por qué?

–Porque cuando todos salieron y yo me iba para la parada del colectivo, ustedes se estaban yendo para el descampado de la esquina–. El ustedes hace referencia a todos los estudiantes de la escuela.

–Ah, sí, ya me acuerdo –esboza una sonrisa, el muchacho, como quien evoca algo inolvidable.

–Íbamos todos para allá porque se iban a agarrar a las trompadas.

–¿Quiénes? –pregunto.

–Mariano y Calamardo, son dos alumnos míos de este curso, que hoy no vinieron a clase.

–¿Quién es Calamardo? –pregunto, aunque sepa quién es. Detesto los sobrenombres.

–El narigón. No me acuerdo cómo se llama.

–Pedraza –grita desde el fondo otro pibe.

–¿Y se puede saber por qué se iban a pelear?

 

Cómo hago para que los pibes de barrios olvidados de las migajas del poder entiendan que la violencia no es el único camino para arreglar los infinitos problemas que nos joden la vida a cada momento. Piedras en los zapatos del alma, carencias de todo tipo y la certeza de que la vida es una acumulación eterna de golpes bajos. Lo que veo es que, en estas zonas, la pobreza –esa palabra vapuleada, vaciada a fuerza de repetirla sin nombrarla en toda su dolorosa significación– se manifiesta como la imposibilidad de ver alguna salida a esa situación. Los chicos no alcanzan a formar en su cabeza una idea respecto de esa abstracción llamada futuro, la imaginación cotiza en baja en estos mercados. Ellos no toman conciencia del paso del tiempo, ya que no perciben en sus hogares cambio alguno. Papá nunca tuvo trabajo fijo: vive de changas. Mamá cobra el plan y trabaja por hora limpiando casas. Y ninguno de los dos está demasiado tiempo en el hogar, hay que salir a conseguir la comida y ningún lujo. Entonces los nenes, muchos: dos, tres, cuatro por vivienda, números que alarman, se las arreglan como pueden. Por supuesto, las paredes no los detienen, se aburren, se sienten asfixiados, y salen a ver qué pasa en el barrio, a estar con pares de la misma estatura; concentrado en las esquinas. Se van corriendo a ver qué escriben en la pared la tribu de su calle.

 

–Mariano estaba sentado con Marcos, ¿no? Y Calamardo…

–Tiene nombre tu compañero. Llamalo por el nombre.

–Bueno, Pedraza estaba sentado adelante, ¿no? Y Marcos lo pateaba por abajo del banco a Pedraza, lo jodía nomás. Entonces Pedraza, caliente, se da vuelta y cree que es Mariano el que lo molesta y le dice algo.

–Le dice ¿Qué hacés gil? –completa otro chico.

–Entonces Mariano se levanta del banco de una, recaliente, y le da un soplamocos en la nuca a Pedraza –todos los alumnos se ríen.

–¿Pero eso pasó en mi hora? Porque no me acuerdo.

–No, fue en la hora anterior –aporta una alumna.

–Ah, ¿y qué le dijo el profesor entonces?

–El profesor no estaba.

–¿Cómo que no estaba?

–Se había ido a la sala de profesores a tomar un té.

–¿Y con quién se quedaron?

–Solos. Siempre hace eso, el profesor. En un momento dice: Bueno, chicos, hagan de la página tanto a la tanto. Y se va a tomar algo. Vuelve después de quince o veinte minutos.

–A veces tarda hasta media hora –remata otro alumno.

 

Cuando entré a este colegio, lo primero que me dijo la directora era que estos eran chicos con muchas carencias. Pero sobre todo de afecto. Es una zona, decía ella, en donde se criaban prácticamente solos y luego llegaban al colegio con un montón de problemas para relacionarse. No solo entre compañeros, sino también para con los docentes. Ellos muchas veces no registran sus modos o actitudes. Así que usted, trate, me aconsejaba la directora, de establecer un vínculo con los chicos. Eso es muy importante para que sus clases puedan desarrollarse de la mejor manera. No sé, preguntarles cómo están, preocuparse por ellos. Esas cosas. Cuando los chicos ven que uno se preocupa por ellos, responden.

 

–La cuestión es que cuando Pedraza se levanta para responderle a Mariano, justo llega el profesor.

–¿Y qué les dijo?

–Que se sienten. Pero él no había visto lo anterior. No podía saber lo que estaba pasando.

–¿Y qué estaba pasando?

–Cachengue.

 

Los discursos que bregan por soluciones desquiciadas inundan todo. Los medios trabajan incansablemente para propagar la idea de que lo civilizado es una actitud demodé y anticuada. Un anacronismo más frente a los impiadosos y veloces tiempos que corren. Y es difícil que estos alumnos puedan zafar intelectualmente de la atmósfera de tensión que se vive día a día en los cursos del suburbio profundo. Allí, lugares donde las palabras se resignifican constantemente o pierden su referencia inmediata, el cuerpo adquiere una importancia vital. Yo los vi moverse: si hay algo que estos nenes pierden muy rápidamente es el miedo. Entonces se exponen a la primera oportunidad sin dudarlo. No hay nada que pensar, hay que darle para adelante y con todas las ganas. Aparte, se presenta como lente Big Brother la mirada de los demás, los compañeritos. Hay que demostrar a todo momento cuánto vale cada uno.

 

–Después salimos al recreo y vino su hora.

–Sí, yo no me di cuenta de nada –digo con culpa. Pienso que hay cosas que un buen docente debería notar. Sin embargo, yo no lo hice.

–Pasa que ellos en el recreo ya habían arreglado que se iban a dar.

–¿Qué pasó después? –aunque no quiera, esto parece un interrogatorio policial. De todas maneras a los alumnos les gusta hablar de estas cosas. Lo noto por el interés que presta todo el curso al relato.

–Salimos y fuimos al campito y ahí los pibes se dieron con todo.

 

Imagino a mis dos alumnos lastimados, sangrando, con los chicos alrededor arengando, pidiendo más y más.

 

–Mariano le dio un par de trompadas a Pedraza –cuenta excitado, reviviendo la pelea– y lo tiró al piso y después le entró a dar en la jeta. Le dejó la cara toda sangrada hecha mierda. Le salía sangre por la nariz y por…

–Está bien, ya entendí –lo corto–, ¿y qué hacían ustedes? –pregunto al grupo en general. Nadie me contesta nada. No porque sientan que hayan hecho algo malo, me doy cuenta, sino porque saben que es una pregunta retórica.

–Ah, en eso –interviene un alumno– vino el de plástica y los separó y se los llevó para dentro del colegio.

–¿Y, les pregunto a todos, qué les pareció la reacción de Mariano?

–A mí me pareció bien –dice una piba–. Porque acá te tenés que hacer respetar. Es así.

–¿Qué querés decir con acá? Esto no es una cárcel.

–No, más vale, pero si no te parás de mano después te agarran de punto o sos mulo de algún gil. Marianito estuvo rebien.

 

Seguimos conversando un rato. Todos los chicos aseguraban que las piñas son una manera eficaz, la única, de arreglar los problemas en esa escuela.

 

En el recreo, el profesor de plástica me contó que estuvo hablando con los chicos que se enfrentaron y defendían lo que habían hecho. Y me dijo también que no iba a permitir ese tipo de comportamientos. Le conté que había hablado con los pibes y parecía que no conocían otra manera de resolver problemas que la confrontación violenta. Me contó de otros casos con finales peores: una hermosa nena que terminó con la cara tajeada; un pibe aplicado al que le dieron una feroz golpiza por traga y le dijeron: acá no somos así.

 

Esto es lo que pienso en el colectivo, un día común y corriente, casi como todos lo demás, antes de entrar a otra escuela. Nada extraño en la vida docente.

 

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