Historias sin punto final
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#11 · Los Vigil

Por Valentín Jáuregui Lorda
Ilustración Ja Ant

 

A veces en los pueblos ocurren estas cosas, y no es que en las grandes ciudades no sucedan, seguramente allá todo sea mil veces más monumental y terrible. Pero al igual que una hojita de ombú al elefante no llega a taparle las caries y es un manjar para una hormiga, las cosas que pasan en los pueblos tienen, a ojos de su gente, la trascendencia que en la ciudad no encontrarían nunca. Apagado es un pueblo como cualquiera de la provincia de Buenos Aires, metido entre los campos y la ruta 5 que conecta Buenos Aires con Santa Rosa, rodeado por la pampa húmeda y la soja. Fuera de lo que hace a la geografía de las llanuras bonaerenses, Apagado tiene pocas historias que contar. Todo lo que hay para decir de él puede resumirse en apenas cinco palabras: un pueblo de domingos nublados, lo demás es prácticamente efímero e intrascendente. Si tuvieras que googlearlo todo lo que encontrarías de él serían noticias del INTA y otros institutos agropecuarios. El diario local dejó de imprimirse hace unos seis años y la única estación de radio del pueblo emite en una frecuencia AM solo desde las diez de la mañana hasta el mediodía, después se convierte en repetidora de una radio porteña. La vida es tan tranquila que el sueño a veces llega muy rápido, por eso la gente suele acostarse temprano aunque le dedique horas de siesta a la tarde. Y los fines de semana, aunque no lo parezca, la gente igual descansa. Se quedan en sus casas, algunos haciendo nada, otros dedicados a las tareas domésticas o al cuidado de los patios y las piletas. Visto desde afuera, o desde lejos, nada hay que parezca perturbar la quietud de un pueblo en el que nada pasa. Pero cuando uno entra en sus fauces se da cuenta que, al igual que todo lo que de lejos brilla, de cerca tiene sus manchas, sus fallas. Sus miserias. Esto no lo vas a saber por Twitter, tampoco está en la tele ni te lo van a contar en ningún otro lado. Esto solo lo podés saber si te llenas los pies de barro. La historia de los Vigil podría haber pasado en cualquier otro lado, pero le tocó en suerte el tranquilo pueblo de Apagado, donde las cosas que ocurren nunca dejan de suceder, aunque se callen. A Juan Vigil lo conocí en la escuela cuando teníamos unos diez años, en el Normal N°4 de Apagado. Era el pibe más callado de toda la escuela, tal vez el más callado de todo el pueblo. Se sentó conmigo desde el sexto al noveno grado y con suerte me habrá dirigido la palabra tres o cuatro veces. Y aunque casi siempre fuera sido yo el que le hablara, él contestaba moviendo apenas la cabeza o frunciendo los hombros. Los demás chicos no lo registraban. Ojo, al principio lo intentaron, él llegó y todo el mundo le habló, pero era tan callado y frío que a la larga la gente se fue distanciando. A mí un poco me molestaba que fuera así, para qué te voy a mentir, intenté pegar onda con él y todo, pero la falta de respuesta dejaba todo ahí, en la nada. Al final terminó sentado al lado mío por pura casualidad, porque el azar quiso que en el grupo de varones fuéramos impares y siempre quedara un asiento libre. Ese año, el primer día de clases me quedé dormido y llegué tarde, el único lugar que me quedaba era a su lado. Veníamos de un año entero tratando de hablarle y nada, así que para ese entonces ya ni siquiera lo intentábamos salvo que fuera realmente necesario: siempre para pedirle una hoja en blanco, un sacapuntas o una bic y después el silencio. La respuesta suya era nula o casi nula, como siempre, por ahí un gesto o un ademán, si teníamos suerte un “sí” medio susurrado y después la mirada gacha, mirando al suelo o al banco pero viendo nada. Los años siguientes ocupamos los mismos lugares por simple costumbre, porque para nosotros su presencia era ya casi inexistente y porque, además, a ningún otro se le ocurrió ocupar nunca el asiento vacío que dejaba a su lado. Pero te diste cuenta que empecé este relato diciéndote que se trataba de los Vigil, es decir de más de uno. Acá está el primer revés de esta historia. Cuando pasamos a primero de polimodal (en ese entonces el sistema se dividía en secundaria y polimodal) llegó, desde un pueblo vecino, Leticia, la cara más bonita que alguna vez haya pasado por las puertas de la escuela. Nosotros, con nuestros quince años a cuestas y las hormonas bulléndonos, no sabíamos cómo hacer para acercarnos a ella. Tenía los ojos más verdes que te puedas imaginar. Y créeme, nosotros al verde lo conocemos bien, acá todo lo que hay alrededor es verde. Pero el de ella era distinto, un verde caramelo, un color verde pasto que se seca al sol. Exquisito. Totalmente diferente. Y, a veces, en los pueblos como Apagado donde nunca o casi nunca pasa nada, las cosas diferentes pueden llaman la atención para bien, pueden deleitarnos, encantarnos o, a veces, simplemente obsesionarnos. Ese año, cuando Leticia entró al aula y nos vio (y se dejó ver con sus ojos y su cara liza y perfecta), nadie se imaginó que el lugar vacío que por costumbre ocupaba yo iba a ser su lugar por elección y de ahí en más por los tres años que siguieron hasta terminar la escuela. Pero me adelante un par de pasos. Mientras tanto, el tiempo que Leticia pasó con nosotros provocó, principalmente en Juan, su compañero de banco, un cambio fundamental: hizo que se abriera, que empezara de a poco a levantar la cabeza, a hablar con ella y con otros. Después de un año, incluso, habló con una profesora y también enfrente de toda la clase. En nuestro último año él solito se acercó para pedirme un chicle y los apuntes de filosofía. Todo un logro. Leticia era una revolución en muchos sentidos, nos hablaba con mucha claridad y también sabía inglés, nos había contado que su abuela era irlandesa y que ella le había enseñado muchas cosas más aparte del idioma. Había leído cosas raras que ni los profesores, todos maestros de escuela rural, habían leído nunca. Se sabía también cosas de memoria, cuentos enteros, poemas larguísimos, trabalenguas dificilísimos de repetir y en las horas libres nos enseñaba a escribir palíndromos, acrósticos y otros juegos de palabras. Y para colmo también podía cantar muy lindo, aunque eso no le gustara hacerlo en público, quizá esa fuera la única vez que la vimos sonrojarse. Verla caminar por los pasillos era como distraerse con un paisaje o con una pintura. Te quedabas viéndola medio enzombizado, boquiabierto, con cara de tonto o de tarado. Se paseaba por todos lados siempre charlando con alguien, siempre riendo, siempre feliz y siempre con Juan muy cerca de ella. Cuando terminamos la escuela nos sorprendió con la increíble noticia de que se casaba con Juan, el mismo Juan Vigil al que durante años no le dirigimos la palabra. Él, que no podía atraer a nadie, se estaba quedando con el primer premio, con el trofeo que todos queríamos. Acá, estimados, viene el segundo revés de la historia. Después del civil de Juan y Leticia, la pareja se mudó a una casita que don Vigil tenía en las afueras del pueblo, para ese entonces Leticia ya había adoptado el apellido de su marido. Eran, desde ese momento y para siempre, los Vigil. El cambio que Leticia había generado en Juan era ya total. El pibe silencioso e invisible fue desde entonces un hombre con voz gruesa, con mirada firme y con un carácter marcado. Ella, que había sido el rostro vivo de la juventud durante tres años, se apagó como una fogata a la que se le tira tierra: súbitamente, sin hacer siquiera humo. La sombra terrible del hombre duro que ahora tenía a su lado la empequeñecía y la acallaba hasta el silencio más atroz. Entonces, el tiempo envejece deprisa; muchos compañeros de clases emigraron a las ciudades buscando trabajo o por estudios. Los que nos quedamos nos internamos en el campo, y de ahí al bar, día tras día. Leticia, ahora la señora Vigil, daba clases de inglés particular en su casa. Él se pasaba las mañanas hombreando bolsas de maíz y demoraba las tardes en el bar hasta entrada la noche. Durante algún tiempo su vida cumplió con esa rutina, luego, hubo un espacio de tiempo en el que no supimos nada de ellos. Leticia dejó de dar clases cuando don Vigil, el padre de Juan, murió y le heredó unas pocas hectáreas que les alcanzaban para vivir sin mucho lujo. Ella ya salía poco de la casa pero su ausencia se incrementó cuando se mudaron a la chacra que Juan había montado en sus tierras. Juan abandonó el trabajo en los campos aledaños y se concentró en su finca. Una vez cada tanto se escuchaba parar en el bar la camioneta Ford F100 destartalada que también había heredado de su padre. El alcohol y nuevamente el azar quisieron que una noche en el bar del pueblo compartiéramos banca otra vez, ahora como dos hombres a los que los años y el trabajo duro habían golpeado fuertemente. Hablamos poco como en esos días, pero con un tono más amistoso; el vino y nuestra decadencia congeniaron más rápido que nosotros y al poco tiempo ya estábamos abrazados, sosteniéndonos, intentando seguir de pie, pero era imposible. Casi de la nada nos fuimos para el piso y sin contener la risa estallamos en una sola carcajada. Todavía jadeantes y con la sonrisa entre los dientes, Vigil tuvo un rapto de sinceridad. Qué hija de puta, dijo Vigil, pero qué hija de puta. Toda la vida cagándose en mí. Toda la vida tratándome como a un pelotudo. Siempre arrastrándome como a un mono con correa. Mendigándole un poco de cariño, un mínimo de respeto. Pero por suerte ya está, se terminó todo. Las palabras de Vigil terminaron con un último hilo de risa que se le escapó como si lo silbara bajito mientras lapidaba una última frase: la enterré bien hondo. ¿Qué había dicho? Tomé aire dos veces rápidas y entrecortas, como queriendo recuperarme de un golpe directo al hígado. Me paré como pude, mientras me tambaleaba y volvía al suelo, medio arrastrándome o como sea me incorporé y llegué a la puerta del bar. Un calor terrible me hervía el cuerpo, entré pateando mesas y sillas y con un grito desconsolado convoqué las huestes de paisanos borrachos hasta la médula que salieron arando. Afuera, todavía desparramado en el suelo, Juan Vigil eructaba el alcohol, desconociendo la gresca que se formaba a su alrededor. El primer golpe fue una patada en la cabeza, nadie nunca pudo precisar quién fue. Con el golpe siguiente Vigil perdió tres dientes, luego fueron las costillas las que se quebraron en dos y tres partes. Cuando la murra fue suficiente para dejarlo inconsciente, de entre el malón salió un moreno. Una voz en la multitud coreaba a los gritos pinchalo, Negro, pinchalo. El moreno sacó una faca y se la hundió en el costado derecho. Vigil volvió a abrir los ojos, estremecido de dolor, y la imponente figura del Moreno se le apareció en frente. Otra vez el coro de sanguinarios cantó una sentencia. Dásela, Negro, dásela toda. El moreno, con un solo movimiento de la mano, se bajó el pantalón dejando al aire el tronco venenoso de la pija. Y después de un manotazo violento que desparramó lo que quedaba de Vigil contra el polvo ensangrentado de la calle, ahogado en el grito ensordecedor de la muchachada, el moreno violó a Juan Vigil hasta acabarlo. Ultrajado, herido y traumado, Vigil temblaba en el piso respirando con dificultad. El cuchillo con el que el moreno lo había cortado se había desprendido del cuerpo del derrotado. Una mano valiente tomó el facón rojo de sangre de la calle de tierra y, tras dar dos pasos que lo acercaron hasta su víctima, el cuchillo volvió a probar la carne curtida de Vigil, esta vez embutiéndose directo en su cuello hasta desangrarlo.

A la madrugada siguiente, la bruma bajó sobre el pueblo de Apagado tapando el cuerpo pálido de Juan Vigil por unas horas. Dicen que fue hallado a media mañana, cuando el pueblo amanecía. La viuda Vigil, como ahora se la conoce, había vuelto a la casa de las afuera del pueblo. Esa noche había discutido con su marido y se había ido. Durante las primeras horas de separada, Leticia Vigil había llamado a su madre y, según cuentan en el pueblo, le habría dicho que a su marido ya lo tenía bien enterrado. Que ya lo había olvidado para siempre. Un par de horas después alguien tocó el timbre de la casa.

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