Historias sin punto final
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#20 · No me despiertes

Por Anabella Foscaldo

 

En el árbol más grande de la plaza, los chicos gritan y corren a su alrededor. El cielo celeste es el fondo donde se entrecortan las ramas, las hojas y la figura de cada niño. A los costados, bancos de madera gastada soportando el peso de los adultos. Detrás, un camino de piedras  rojas que llenan los zapatos de polvo.

 

Lucía se baja del árbol, corre hacia su mamá que ya se estaba asomando para buscarla y la tira fuerte del brazo, arrastrándola. La pequeña tiene seis años y una melodía la llama, la hace saltar de alegría.

 

–¡Vamos, mamá!, están pasando mi canción preferida.

 

Juntas comienzan a correr, el árbol las deja, y ellas siguen la música que cada vez está más cerca. Suena tan fuerte que aunque Lucía canta no se la escucha. La calesita en movimiento y la canción casi que termina.

 

–Llegamos tarde, voy a perderme mi canción…

 

La nena baja la cabeza y arrastra un pie primero hacia adelante y luego hacia atrás.

 

–Ey, no me aprietes tanto el brazo, Lucía, no te enojes.

 

La mujer la agarró a upa y cuando pasó el caballito blanco tomó el caño dorado y subió a la calesita con la niña, que se convirtió en una pequeña y sonriente jockey.

 

–¡Nos subimos sin pagar!

–Sí, Lucía, no te preocupes, pagamos al bajar.

 

Siguieron los giros cantando las últimas estrofas que sonaban a tin cataplín, tan cataplán mientras movían la cabeza dando vueltas cada vez más lentas. Lucía cerró los ojos.

 

La cama estaba cubierta por una manta blanca llena de papeles, hojas sueltas y algún que otro libro. Sobre la pared el reflejo de las hojas de los árboles daba aspecto de empapelado, pero no, la pared era blanca como la manta, como las nubes que podían verse desde donde una anciana Lucía adormecida soñaba con una pequeña montada a un caballo blanco de madera que la hacía dar vueltas sin fin como subidos a una calesita.

 

El teléfono comenzó a sonar. Rara vez el ring se hacía tan persistente.

 

Ella no se movía, su cuerpo de hueso y camisón blanco endurecidos luchaban contra el colchón.

 

Lucía trepaba al árbol mientras las ramas arañaban sus brazos.

 

Una brisa voló los papeles que rodeaban sus pies y los tendió sobre el piso frío de porcelanato.

 

–Voy a escalarte tan alto como me dejes…

 

El árbol la abrazaba. Los pequeños rayones que le quedaban en la piel eran como los recordaba, enrojecidos y ardientes.

 

–¡Vamos, Lucía! ¡Vamos a casa!

 

Cerró los puños, atrapó la voz y la dejó rodar sobre su pecho.

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