Historias sin punto final
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#9 · Para acabar con la soledad

Por Gabriel Bertotti
Ilustración Leo Quintero

                                     Aquí, la sombra es espesa.

Pascal Quignard. “Sobre la idea de una comunidad de solitarios”.

 

 

Ahora que se ha prohibido la soledad, hemos recorrido medio mundo para llegar hasta la isla en la que se ha recluido el último ser humano solitario.

Componíamos la expedición el profesor Radical, su esposa, la señora Radical, la doctora Mataloco y yo, un humilde reportero de un diario de provincias que fue incluido en el barco por un error de identidades. El afamado reportero con el que compartíamos nombre debe estar en este momento entrando al colegio Alfred Newman de Rhode Island a entrevistar al entrenador más longevo del mundo: un sabandija de 12 años que entrena desde hace veinticinco al equipo femenino de curling de Nebraska y Ontario, modalidad jugada en las provincias limítrofes de Camérica, un país netamente imaginario.

–Dicen que es una hermosa mujer que se ha apartado de la sociedad asqueada por la estupidez humana –me dijo la señora Radical.

Interrumpida enseguida por su marido.

–No seas estúpida, querida…

Todos esperábamos que terminara la oración o que al menos se explicara la razón de su insulto, pero el profesor Radical se limitó a repetir: “No seas estúpida, querida”, como lo venía haciendo desde hacía años.

–Ya ni lo escucho –me dijo la señora Radical–, pero hago como si lo hiciera, sino el pobre no duerme.

–Verá, mi querido muchacho –me repetía el profesor Radical mientras intentaba acariciarme la rodilla–, la soledad es el opio de nuestro tiempo y semejante atrocidad no puede ser permitida de ninguna manera. Las personas solitarias tienen tiempo suficiente para sentirse angustiados o extremadamente felices de manera complementaria y necesariamente lógica. Es irremediable que estas indeseables personas adquieran dotes para la duda que los llevará a cuestionarse desde su propia identidad hasta la mismísima existencia del universo, lo cual atentaría contra la estabilidad de todos los sistemas que hemos construido en milenios de evolución humana con las consecuentes consecuencias de asesinatos, suicidios y masturbaciones.

Me di cuenta de que al agregar esta última palabra en su vana enumeración intensificaba la presión de su garra en mi pierna.

–¿No le parece que hemos ido demasiado lejos? –le pregunté.

Me respondió con un escueto: “Es que sus piernas son muy largas”.

Al final de la primera semana le mandé este reporte a mi viejo editor de provincias; imagino su cara sorprendida al leerlo porque seguramente esperaría el informe acerca del entrenador más viejo del mundo y no una pormenorizada narración de un viaje de locos:

“Querido Viejo, la soledad es perturbadora. Por eso no está permitida. En el barco la mitad de los marineros tienen como misión escoltarte en todo momento e impedirte el soliloquio o el monólogo. Incluso cuando te asomás por cubierta a contemplar el reflejo de la luna en la madera recién lustrada hay alguien a tu lado y nunca, repito, nunca, faltará una mano amiga que te sostenga la frente cuando lanzás todo el almuerzo por la borda. Incluso está terminantemente prohibido dormir solo y se obliga a los pasajeros a elegir un acompañante para compartir lecho. Al principio los candidatos se sorteaban al final de la cena; a partir del tercer día eran impuestos por el capitán de manera arbitraria: me tocó un enano que se negaba a abrir los ojos en mi presencia, una señora que había perdido una apuesta y una anciana que no se separaba de un perrito que adquirió la terrible costumbre de lamerme la planta de los pies”.

 

–En Inglaterra han creado un Ministerio para evitar la soledad. La nueva ministro es la primera persona sin sexo que accede a la función pública –me lo contaba el profesor Radical, interrumpido como siempre por su mujer, que le pedía: “¡Haz la variación para mí! ¡Haz la variación para mí!”. Enseguida el profesor Radical, con mansedumbre caballuna, accedía: “Función púbica”, decía. “¡Púbica!”, y ella saltaba, emitiendo un extraño pitido.

–Verá, joven –me decía la señora Radical–, ¿a usted le parece que el genio humano hubiera sobrevivido si todos hubiéramos elegido el egoísmo de la soledad?

Cuando estaba por continuar, su marido la interrumpía: “Dilo”, le imploraba. “Dilo de una vez”, y le apretaba los senos. Ella, sin perder la compostura, le concedía la gracia:

“La soledad lleva a la masturbación y la masturbación a la desaparición de la especie”.

Escribo, burlando miradas ajenas, una reflexión:

“Hablando de masturbación; como todos, la tenía como una de mis principales aficiones, pero desde que la soledad fue abolida con ella también cayó la masturbación, porque una masturbación compartida es un residual y poco atractivo tipo de ejercicio combinatorio; el verdadero y sagrado onanismo es el que se celebra al cerrar una puerta para encontrarse con lo mejor de uno mismo, cosa imposible aquí, ya que cuando cualquiera se aleja del grupo un marinero salido de la nada comienza a acompañarlo. He probado todas las variantes del escape y he fracaso en todas y cada una de ellas, lo curioso es que cuando más variaba la serie más parecido al anterior era el marinero asignado a impedir mi fuga, supuse un oscuro propósito a esta cadena de sucesos pero no pude encontrar ninguno. La conclusión implica un principio ejecutivo: la derogación de lo privado”.

La señora Radical, que justo pasaba por ahí, no evitó leer el final de mi pensamiento.

–Permítame escupirlo –me suplicó.

Desembarcamos en una isla poblada por extrañas palmeras cuyos dátiles son pequeños cubitos azules que al contacto con cualquier objeto explotan. Así la señora Radical perdió un ojo, hecho que produjo un inagotable hipo en su marido. Todos se internaron en la selva a buscar al espécimen solitario menos yo y mi marinero asignado. El tipo no tenía ninguna iniciativa y se limitaba a estar cerca mío. Si yo me movía, él se movía; si yo entraba al baño, él lo hacía conmigo; si me metía en la cama, él también. La razón por la que no entré con los demás en la selva fue que enseguida descubrí a la espécimen solitaria haciéndose pasar por una palmera. Se había cubierto el cuerpo desnudo con una arpillera muy sucia y agarraba un par de ramas con las manos, extendiendo los brazos. Un sombrero de palmas mas jóvenes le cubría la cabeza. Me pareció gracioso el uso que hacía de su soledad y decidí unirme a ella. Ya lo había decidido en el barco: apenas pudiera escaparía del agobio de otra mirada o de la maldita respiración de un marinero en mi nuca. A la primera distracción le abrí la cabeza de un piedrazo y me quedé un rato pasmado, contemplando la expansión grisácea de sus sesos sobre la arena caliente.

–Ya sé que no sos un árbol –le dije a la falsa palmera–, podés dejar de fingir.

La espécimen femenina tiró las palmas y se sacó el gorro. Me dijo algo en un idioma que no entendí y salió corriendo hacia las dunas de la playa. Iba a seguirla cuando un pensamiento me detuvo: “Igual quiere seguir disfrutando de su soledad y vos estás de más”. Repetí esa sagrada palabra en voz alta y me di cuenta de que estaba solo por primera vez después de mucho tiempo. El ruido de las olas, la arena impulsada por el viento que me picaba la piel, el ardor del sol en mi cara, la sed, el hambre, el libre fluir de los pensamientos, todo eso me recordó lo maravilloso que era estar vivo y sano. Sentí la garganta ardiendo y mi mano fue directa a mi sexo. Me tendí entre dos enormes piedras, cerré los ojos y disfruté de mí mismo hasta que el ruido de los exploradores volviendo hizo que recogiera las palmas y el sombrero que la espécimen había dejado abandonados en la playa y me convirtiera en un árbol.

El barco se pierde en el horizonte.

No puedo decir “al fin solo” porque sé que en la isla vive otra persona.

Espero no encontrarla jamás.

Con los troncos traídos por la marea hago un fuego.

Es de noche.

En la otra punta de la playa otro fuego brilla iluminado por la luz de las estrellas muertas.

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