Historias sin punto final
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#5 · Pedazos (son luces en torno a ti)

Por Leticia Bianca
Ph. Sol Bravo

 

Este será el primer velorio de tu vida pero no el último. El cajón estará cerrado porque no habrán encontrado todos los pedazos del muerto. Estarán presentes tus compañeros de la primaria, sus familiares y vos. Recordarás este día para siempre: tu mejor amigo murió a los catorce años aplastado por un conteiner en un auto junto a su familia en la misma ruta donde también chocó Gilda. Se te ha perdido un corazón.

 

Veinte años después amanecés un primero de enero con un mail de tu editor: “El tema del próximo cuento es la soledad, la fecha límite es el 31”. Tenés 30 días para escribir sobre lo que no existe. La soledad es un amigo que no está, tarareás mientras desayunás en Madrid, en un minúsculo departamento de la Calle Alcalá, en el distinguido barrio de Salamanca. Nunca te gustó especialmente Spinetta, pensás, pero sabía emocionar. Prendés la radio para dejar de cantar canciones tristes. Es primero de enero. Feliz año nuevo. En Buenos Aires se están asando, dice la radio, pero en Madrid esa semana va nevar. La soledad es escuchar radio argentina cuando te despertás en otro continente porque es lo único que te hace sentir en casa. La radio, ese hogar hecho por solitarios para solitarios.

 

Esteban, tu amigo muerto hecho pedazos, te explicó el Big Bang en 1998. Lo hizo durante una hora de clase en el que ninguno de los dos estaba prestando atención o en una hora libre o en un recreo. Lo que recordás es que tenía un libro que no era el manual de séptimo grado que usaban sino uno que había llevado especialmente para mostrarte los planetas que lo fascinaban. También recordás que tenía el libro como escondido sobre sus piernas y que te mostraba el cosmos completamente alucinado sobre la no materia convirtiéndose en materia. Y recordás cómo miraba tus ojos, tu asombro, tu incomprensión. ¿Por qué es lo que es y no es lo que no es? Te preguntó. Son amigos, pensás, aunque sentís una comunión que nunca sentiste antes y no sabés cómo se llama. Tenes 12 años y un hombre enfrente que te habla de planetas al que querés besar.

 

Llegaste a Madrid desde Sicilia en el que fue tu cuarto viaje sola. Dejaste Buenos Aires, Sídney, Melbourne, Tokio, Kioto, Osaka, Hong-Kong, Shanghái, Pekín, México, La Habana y también Italia. En el viaje anterior decidiste que ya no querés viajar sola nunca más. Que ya no te importa ningún lugar en el mundo si no lo podés compartir. Que te aburriste de la soledad porque la elegiste durante mucho tiempo. No podés decir que necesitás a alguien, no podés sentir que necesitás a alguien, simplemente podés decir que la ausencia de ese alguien te aburre. La peor soledad es el aburrimiento, pensás, es la soledad que tenés con vos mismo cuando no se te ocurre qué desear. Apagás la radio y garabateás en Madrid ideas para el cuento que te pidieron desde Buenos Aires. La soledad son las metas cumplidas, escribís, mientras evaluás que cumpliste con todas las tuyas. Vivís en Europa, viajaste por todo el mundo, tenés cuatro editores pidiéndote textos. Triunfaste. Estás viva.

El primer y único lento que bailaste en tu vida lo bailaste con Esteban, que ahora está hecho pedazos en un cajón, en un cumpleaños de 13 en un patio de Lanús Oeste en el que los ladrillos y el revoque de la medianera con el vecino estaban a la vista. No te acordás de quién era el cumpleaños, no te acordás qué pasó antes, no te acordás que pasó después. Sí te acordás que dilucidaste que si bailabas un lento con él ya no eran más amigos, aunque ninguno dijera nada para establecer lo contrario. Y también recordás su perfume, ácido, rancio, barato. Así huelen los pobres. A diferencia de lo que se cree, los pobres no huelen mal. Usan perfumes berretas entonces se ponen mucho. Como los franceses, igual. Los hombres tienen perfumes picantes, bien masculinos, como para decir “acá estoy”. Terminó la canción y no se dijeron nada. El sobreentendido sobrevolaba entre tus compañeros. Nunca habías besado a nadie. Tampoco besarías a Esteban. No sabés (ni ahora que escribís esto, ni mientras bailabas el lento, ni en el velorio) si Esteban alguna vez besó a alguien.

 

Pensás que le podés mandar al editor un relato de tus viajes sola que culmine en algún episodio dramático que explique por qué decidiste no viajar sola nunca más. Puede funcionar, el final es fundamental. Lo garabateás en primera persona porque es más fácil, seguro después lo pasás a tercera y te podés esconder. Pero sabés que lo que no es autobiográfico es plagio. Y arrancás: tu primer viaje sola fue en 2004, Esteban ya llevaba un par de años muerto. A los quince días de terminar el secundario y contra todos los deseos de tu madre conseguís un trabajo que te permite ahorrar. En ese trabajo conocés a Damián. Pobre, como Esteban, que te mira de esa forma, como Esteban, sin decir nada, como Esteban. Pero uno está muerto y el otro no. Siempre sabés que Esteban está muerto porque vas midiendo todos los sucesos de tu vida como eventos que no le están sucediendo a él: besar, coger, viajar, egresar, conseguir un trabajo, ganar plata, estudiar algo. Año a año en el que vas creciendo él se lo está perdiendo y cada cosa tiene una épica insoslayable porque vos hacés lo que él no puede, como si contemplaras la vida en formato de negativo. ¿Por qué es lo que es y no es lo que no es? Y aunque uno está siempre muerto y el otro no, Damián también es inaccesible, como Esteban. Tiene una mujer y una hija pero también te besa, te escribe mails, te invita cervezas. Te dice que le encantaría irse con vos al norte argentino: Humahuaca, Purmamarca, las ruinas de Quilmes, Iruya. Ambos fantasean borrachos con instalar un hostel en Tilcara. No pueden hacerlo pero él dice que le gustaría (a Esteban también suponés que le gustaría viajar con vos, porque no le conociste ninguna novia, ni sabés si alguna vez amó a alguien). Damián no puede ir pero vos te vas igual. Tu mamá chilla, dice que sos muy chica para viajar sola, que te va a mandar a buscar por gendarmería. Lográs irte. Llorás 12 de las 24 horas de tren con destino a Tucumán pero te vas sola de viaje por primera vez, aunque te acompañen los fantasmas. Y a cada paso que das en ese primer viaje solitario pensás que Damián debería estar ahí. O que Esteban debería estar ahí. La soledad no es que no haya nadie al lado si no que no sepas quién querés que esté. La soledad también es amar lo que no se debe amar, como a un hombre casado con una hija. Pero tenés 18 años y estás viva: preferís amar lo prohibido a no amar nada, porque entendés que si no amás nada más que solo estás muerto, como Esteban, que seguía muerto, mientras vos empezabas a envejecer.

 

Cuando te diste cuenta de que estabas enamorada por primera vez en tu vida del que se suponía que era tu mejor amigo decidiste seguirlo hasta su casa, para obtener más información sobre él y hacerte una idea acabada de su vida fuera de la escuela. Nunca le contaste a nadie que comenzaste a hacer tareas de inteligencia que después se convertirán en tu profesión de periodista a los 13 años. No tenés intención de confesarlo ahora tampoco, por eso camuflás esta historia usando la segunda persona que además alude al subtítulo con la canción de Spinetta. A mucha distancia y sigilosamente seguiste a Esteban desde la puerta del colegio de Villa Diamante unas cuadras y lo observaste caminar su anodino recorrido diario. Viste que entró a una casa con una cerca blanca y jardín delantero, diste media vuelta y volviste a la escuela. Fue lo más cerca de la cama de Esteban que llegaste.

 

El segundo viaje sola fue a Bolivia, Perú y Ecuador. Esteban seguía muerto. Ya no vivías con tu madre así que no podía chillar que eras una kamikaze, pero también te ibas con fantasmas. Esta vez no anhelabas estar con Damián sino que hacías el duelo de tu relación de cuatro años con él. Lo abandonaste porque tomaba demasiada cocaína, nunca había dejado a su mujer y además te habías enamorado de otro hombre tan inaccesible como Esteban y como él. Muy bien diez. Mientras escribís este párrafo te das cuenta de que la metáfora que querés plantear está mucho más clara en esa frase de Cortázar sobre que uno se enamora siempre de la misma persona una y otra vez. No te acordás de qué libro es, no sabés si la vas a encontrar en Google, no sabés si vas a usar la frase literalmente o la vas a dejar entrever. El cuento tiene que tener la trama visible, la invisible, la punta del iceberg y el cross de mandíbula del desenlace. Para eso habría que poner un muerto al final, pensás. Pero acá el muerto está al principio, tipo Agatha Christie. Recordás que a Agatha Christie la dejó el marido pero nadie supo nunca nada de él, salvo que fue el marido de Agatha Christie.

Antes de llegar a Bolivia ya te habías encontrado con otra argentina que viajaba sola haciendo el duelo de una relación con un tipo que también tomaba mucha cocaína. Dios está en los detalles y es un excelente agente de viajes. En Ecuador conociste a un barman peruano que te dijo que el cuerpo humano precisa siete abrazos por día para recibir la cantidad de oxitocina que necesita para su bienestar. Así logró llevarte a un bar y a otro y a otro más. Cuando amaneciste estabas desnuda en un sillón y tu bombacha había quedado arriba de una mesa. Nunca más lo volviste a ver.

 

Luciana te llamará y te informará que Esteban murió. Es el primer hombre del que te enamoraste y sentiste que te amó. Nunca te lo dijo, nunca te lo escribió, pero te lo hizo saber. Ahora tiene catorce años como vos y está muerto. Tu reacción instantánea será tener un ataque histérico de risa. Tu madre te mirará y no entenderá qué te causa tanta gracia. Parecerás poseída, en un shock. La soledad es que se muera alguien de tu edad porque te recuerda tu inevitable muerte con ferocidad. Cuando sucede, morirse deja de ser lo que acontece en las películas, en los hospitales o en los geriátricos: morirse existe. Y si se puede morir gente de tu edad, te podés morir vos, ahora mismo, a los catorce años. Luciana te mostrará todo esto diciendo que el hombre que te explicó por qué es lo que es y no es lo que no es, ya no es. Luciana te mostrará todo esto relatando que el tipo que seguiste hasta la casa, con el que bailaste un lento y con el que todos creían que estabas de novia pero con el que nunca llegaste a estarlo porque no te atreviste a pedírselo se murió en un accidente de tránsito misma ruta donde falleció Gilda. Lo de los pedazos vas a saberlo recién en el velorio.

 

Tu tercer viaje sola fue en el 2015. Tenés treinta años. Hace más de quince que Esteban está muerto. Ya no lo amás a él, ni a Damián ni al que le siguió. No amás a nadie. Esa es la peor soledad, ahora sabés, no amar nada. Nadie quiere ir con vos de viaje porque no querés que nadie quiera ir con vos de viaje porque no querés a nadie como para pedirle que vaya con vos de viaje. El destino es Australia y China, le decís a tu papá, pero esta vez es definitivamente. Te vas a ir sola a otro continente a probar suerte y necesitás que te ayude con plata para el pasaje. Tu padre te pregunta a los gritos: ¿Y si te enamorás antes de irte qué hacemos? No me voy a enamorar nunca más, pensás, papá, quedate tranquilo, Esteban está muerto.

 

En Australia conocés gente, la pasás bien, crecés. En China no conocés a nadie, la pasás mal, crecés. Arriba de la muralla china explota el bigbang en tu cabeza. No quiero viajar más sola, pensás. Quiero querer algo. Quiero querer a alguien.

 

Googleás uno se enamora siempre de la misma persona+Cortázar pero no encontrás la frase. Pensás que es mejor que el cuento no termine con un punch final. Tampoco sabés si es un cuento. Imprimís estas páginas, las mandás por correo postal a Buenos Aires para que no lleguen instantáneamente. Vas a la ferretería y comprás cuatro metros de soga. Por fin vas a dejar de viajar sola. Por fin vas a decirle a Esteban que querés ser su novia.

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