Historias sin punto final
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#1 · ¿Por qué se oculta Cheslav?

Por Diego Flores
Ilustración Floripo

 

Son siete u ochos hombres que caminan por un bosque que está empezando a mostrar nuevamente su verdor. El invierno lentamente se recluye en otras latitudes y libera a ese pequeño pueblo del imperio ruso de sus nevadas y  bajo ceros. Los hombres cantan en el inicio del alba “Ah vaya noche”, mientras se golpean amistosamente y se pasan dos botellones de vodka que supieron estirar hasta el limite de la noche y el día. El campo, sus estrellas y senderos producen una extraña paradoja: no saben dónde están pero aún así no están perdidos. Cheslav es el más joven del grupo y quizás el más borracho, es difícil saberlo. Tiene un pelo rubio dorado como casi todos los jóvenes de su pueblo, una nariz fina y puntiaguda que hace de su perfil una especie de caricatura, pómulos rojos forjados al candor de inviernos, calentadores y noches y días de alcohol. Su rasgo más distintivo, quitando su cuerpo escuálido y divertido, son sus ojos azules y pequeñísimos que junto a su nariz forman un rostro cercano a los roedores. Cheslav se pierde en el griterío, el júbilo, la cofradía de sus camaradas y una borrachera inimaginable. Emborracharse allí es un lujo cotidiano. Un viento repentino y seco sacude los árboles y recuerda que el invierno aún no se ha ido del todo. Los jóvenes se miran, se ríen y pueblan con cánticos el atronador silencio matinal. Sobre el sendero que apenas tapa la nieve se aproxima una persona, camina decidida y a paso firme. En esos contextos la duda a veces significa la muerte. Ellos se frenan, algunos trastabillan, Cheslav debe sostenerse del tronco de un árbol para no caer.

 

–Es una mujer –dijo uno de los muchachos–, es una puta mujer.

 

Efectivamente es una mujer, una señora mayor, tiene la piel curtida de años trabajados en casa, de atender a esposos que llegaban hambrientos, deshilachados y perrunos y seguramente de criar una legión de hijos dispersos que pronto anhelarían otro hogar y otros brazos de mujer. Es uno el que primero corre a su encuentro, otro lo sigue apenas detrás. Ella apenas desliza una mueca que conjuga con un chillido de espanto, casi divertido, e intenta huir, pero la alcanzan sin mayor dificultad. Son dos los que sostienen ahora a la mujer, la tiran al piso, mientras tapan sus gritos de temor con los de algarabía. Todo el grupo se hace presente ante la señora que con esfuerzo último tira dos patadas de trayectoria errante para quedar rendida al destino que esos jóvenes deseen conferirle. Jadea, parece un perro cansado. Cheslav, el más alejado de todos, ríe mareado, siente miedo, adrenalina, estupor y goce. Vomita y le pasan el vodka para sacarse el gusto. Ve que le quitan la rompa a la mujer. Hay una resistencia irracional un halito de animalidad final que intenta defenderse en un escenario irreversible. Jadea más fuerte. Mira el rostro de los jóvenes y da un grito furioso. Le tapan la boca. La violan uno por uno. Algunos reinciden. La mujer queda tendida como un cuadro perdido en la soledad del invierno, sobre la nieve se extiende un manchón rojo y silencioso.

 

Cheslav recuerda que se levantó con un ruido interno en su cabeza que alborotaba sus pensamientos, no puede reescribir en su memoria las horas pasadas. Solo recuerda tramos simples, la bebida, los muchachos y la canción. Caminó hacia su hogar mientras el estómago se le revolvía. Notó movimientos extraños en su casa pero no tenía la lucidez para descifrarlos.  Oleg le dio una trompada matinal para desvelar su resaca, el respondió con sumisión como siempre lo hacía con su hermano mayor.

 

–Vístete y arréglate un poco –le dijo Oleg–, debemos ir a la guerra. A un lugar lejos. Crimea.

 

Las hermanas de Cheslav y Oleg, entre tanto buscaban a su madre para avisarle de la partida de sus hijos. A Jov, su padre, le avisarían en cuanto volviera del trabajo. Cheslav volvió a vomitar en las afueras del baño, antes de que su hermano le pegara un nuevo golpe en la cabeza.

 

–Enderézate estúpido, no deshonres a la familia con tu comportamiento.

 

Un dolor agudo perseguía las sienes de Cheslav mientras emprendían la salida de su hogar junto a Oleg. Ambos tomaron el camino que tantas veces hicieron para salir a la calle principal del pueblo, allí junto a otros reclutados los esperaban oficiales del imponente imperio ruso. Quienes los recibieron con gestos escasos y adustos. Cuando subieron al carro que los llevaría hasta la guerra, es decir hasta la muerte, y echó a andar un muchacho espigado y conocido, se acercó corriendo al carro.

 

–Oleg, Cheslav, su madre… ¡su madre ha muerto! –dijo–. No se saben las causas, quienes la encontraron escucharon sus últimas palabras, que fueron “no llegaré a perdonarlo”, o algo así.

 

Terminó de decir el muchacho mientras tragaba aire y saliva y caía repentinamente en un lodazal.

 

Oleg y Cheslav se miraron atónitos y desesperados. Comenzaron a llorar en silencio y Oleg le preguntó al soldado si podían quedarse para velar a su madre.

 

–Su madre ahora es la patria –dijo estoico el soldado.

 

Cheslav sacó la cabeza por uno de los laterales del carro y vomitó por tercera vez.

 

Las guerras, dicen, no conocen la piedad. Hay que ser muy fuertes para no caer ante una bala enemiga, pero mucho más fuerte para no caer en una de las tantas tramas mentales que nos pone la cabeza cuando se está en situaciones límites. Cheslav lo sabía e imaginó muchas imágenes de lo que podía llegar a ser la guerra, pero en ninguno de sus ejercicios mentales llegó a retratar lo que allí realmente se vivía. La contundencia de la realidad aniquilaba cualquier tipo de imaginario. Lo más complicado eran los olores cotidianos, dormir entre la mierda y orines, estar acostado delante de diez compañeros muertos olfateando los aromas de la sangre. O escuchar los gemidos nocturnos de los agonizantes enfermos de cólera que se desesperaban en el delirio de la fiebre por un retorno a la intimidad de sus hogares, a una caricia última de una madre o una esposa. Los primeros días de Cheslav en el campo de batalla no fueron épicos más sí dignos. Recibió instrucciones y cumplió cada una de ellas. Con el correr de los días se lo empezó a notar taciturno y perdido, lerdo en la reacción, y más de un soldado lo sorprendió hablando solo. Cada día que pasaba parecía alejar más y más a Cheslav de la razón. Es corriente que muchos soldados empiecen a tener cambios de actitudes o modificaciones en su personalidad cuando se libra una guerra. Pero los oficiales más experimentados notaban que Cheslav se estaba comportando de manera muy extraña. Enviaron a su hermano Oleg a hablar con él y efectivamente dijo que lo notó extraño, tal vez afiebrado. Intentaron mantenerlo unos días en reposo pero era imposible retenerlo. En cuanto podía él comenzaba con las tareas matinales como si nada ocurriera hasta que entrada la mañana su mirada filosa de roedor curioso se diluía en unos ojos que parecían perderse en extraños confines lejanos. Entretanto la guerra continuaba: el imperio ruso era bombardeado diariamente por la artillería del Reino Unido. El miedo lógico que presentó Cheslav en la guerra en sus primeras incursiones en el campo de batalla se esfumó en la tempestad de una prominente locura.

 

–Lo he visto hablando con cadáveres –le dijo un soldado a su superior.

 

Para esa época daba grandes monólogos mientras caminaba en soledad con las manos en la espalda por los campos donde regularmente se libraba un persistente fuego cruzado, del que él salía indemne, como si su corporeidad fuera un mero holograma. Su aspecto desmejoró drásticamente cuando le informaron que Oleg había caído en batalla. Su pelo y barba estaban crecidos y parecía que no cumplía ya con los protocolos de higiene

 

–¿Qué dice? ¿Qué es lo que ese hombre dice? –preguntó un suboficial, cansado del andar permanente de Cheslav. Nadie salvo el soldado raso Lev supo contestarle:

 

–Yo lo escuché decir: ojalá exista un dios que me perdone, un dios que me perdone.

 

El día que decidieron ejecutarlo bajo el amparo de un falso informe que anunciaría su muerte en enfrentamiento, Cheslav desapareció entre el humo del fuego y la inmensidad de los valles. Ningún soldado pudo brindar información sobre su paradero.

 

–Tal vez dios fue piadoso con él y le concedió una muerte alejada del frente –dijo uno de los oficiales.

 

Fue declarado muerto. Diez meses después de su desaparición, el imperio ruso perdía la guerra de Crimea.

 

El tratado de París entre los aliados y el imperio ruso se firmó en 1856, y llamativamente sirvió para frenar el expansionismo del imperio, pero no le quito el territorio donde se libró la disputa. Crimea seguía siendo rusa.

 

En 1859, un grupo de curiosos exploradores se disponía a recorrer una de las zonas de valles de la hermosa península y hacer noche allí, tres de los cuatro exploradores pretendían llevar adelante estudios acerca del terreno y su fauna. Era una tarde de primavera perfecta, el sol se retiraba manso y recortaba el terreno en un juego de luces naturales e increíbles. Los exploradores se disponían a buscar un lugar propicio para el acampe. Tres de ellos se quedaron levantando la tienda de campaña mientras Sacha iba a buscar algunos leños secos para iniciar el fuego para la cena. Sacha caminó entre los árboles respirando profundo para meter en sus pulmones el aroma de la vida silvestre. Bordeó una zona rocosa con algunas elevaciones. Siguió por lo que creyó una especie de sendero mínimo casi imperceptible. Al dar vuelta a una suerte de pequeña montaña dio con él, al principio lo que más le asustó fue su inmovilidad, la carencia de sorpresa que manifestó al cruzar miradas y luego su flaqueza, parecía un cadáver viviente. Sacha no podía comprender cómo un hombre con huesos tan pequeños podía mantener la verticalidad. Retrocedió un poco y gritó los nombres de sus compañeros, que acudieron de inmediato. Apenas llegaron, todos pudieron ver el espectáculo, un hombre de pelo largo y risos rubios, con una nariz estirada hacia adelante y unos ojos mínimos y azules. Vestía los vestigios de lo que parecía el uniforme del ejército ruso, cojeaba un poco y parecía dispuesto a preparar un fuego. Cuando detectó a los cuatro exploradores que lo miraban atónitos, se detuvo solo un segundo para echarles una mirada indiferente, como si los visitantes  fueran una parte más de su paisaje cotidiano.

 

–Tiene el traje del ejército –dijo Sacha, que se acercó lentamente a unos dos metros y le preguntó al hombre si se encontraba bien.

–Sí, gracias –contestó con una sorpresiva voz nítida y segura.

–Señor, ¿sabe usted su nombre? ¿Sabe qué día es? ¿Se encuentra usted extraviado? –arremetió Sacha.

–Lamentablemente aún recuerdo mi nombre, soy Cheslav, el resto de las cosas que pregunta las desconozco.

–Señor Cheslav –increpó uno de los exploradores–, no parece gozar de muy buena salud, debe usted dejar que lo llevemos a que vea a un médico.

–De ninguna manera, sigan ustedes con sus asuntos y por favor déjenme tranquilo que yo aquí espero mi destino desde hace tiempo sin doctores ni consejos.

–Señor, somos hombres de bien, hijos de Rusia como usted –dijo Sacha en un tono piadoso–, es nuestra obligación llevarlo ante un doctor. Su destino, como usted dijo, fue cruzarse en nuestro camino para que lo salvemos de una muerte segura. Ningún hombre merece una vida en soledad, déjenos ayudarlo y luego usted siga con la vida que quiera. Pero bajo ninguna circunstancia podemos irnos de aquí sin usted.

–Voy a contarles una cosa, ustedes solos lo sabrán y cuando termine mi relato espero que se esfumen de aquí para nunca más volver. Estoy aquí porque mi historia, como la de casi todos los hombres, no me enorgullece. He participado de la guerra que se libró en estas tierras y la vigilia y el temor despertaron recuerdos en mí que algún artilugio mental había borrado. En los días de batallas se presentaron en mi memoria recuerdos que me atormentan. Yo ya no soy un hombre, soy una bestia, y tal vez no, las bestias no merezcan tal injuria. Yo, Cheslav Morozóv, una noche de borrachera incontrolable he violado a mi madre junto a una manada de bestias y producto de ese acto inhumano ella ha muerto. Intenté escapar de mis recuerdos pero esa noche nace cada día en mi mente. Estuve al borde del delirio, me refugié en la soledad de esta cueva durante casi cuatro años esperando librarme de esas escenas que se me presentan como centellas y me atormentan cada uno de mis días. Y al parecer así será hasta el fin de mis días. No tengo las agallas suficientes para colgarme de un árbol o dejarme arrastrar hacia la infinitud del mar. Soy tan cobarde que no me animo ni a morir. Por eso intenté vivir en absoluta soledad tratando de olvidar mi idioma, pues entendí que si olvidaba mi lengua materna tal vez podría olvidar a mi madre. Pero no, día tras día se me presentan los fantasmas que habitan mi mente e interrumpen a diario en este valle desolado. Todos los días veo su rostro perpetuado en el llanto, sus gritos de dolor que no supe reconocer, imagino sus ojos reconociéndome y tiemblo. Mi condena es no olvidar y jamás estar solo, pues vivo rodeado del fantasma de mi madre que me repite una y otra vez que jamás podrá perdonarme. Ahora que saben mi infamia por favor déjenme solo con mis fantasmas.

 

Y Cheslav se metió lentamente en la cueva que habitaba esperando por fin el final, mientas los exploradores se retiraban en un silencio sepulcral.

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