Historias sin punto final
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#23 · Romance

Por Gloria Colombo
Ph. Jotave foto

 

Tan lindo que lo habían pasado que a Vera le fue entrando un susto. Un susto que era el envés de su deseo de eternidad. ¿Qué hacer para que el instante fecundo se fecunde a sí mismo ininterrumpidamente? René en cambio no entendía de eternidades. Él apresaba el momento y se lo ponía dentro. Allí lo fecundaba… o no. Ah. O no…

 

Vera tenía el alma tan expuesta que el susto era como el ala negra en el cielo azul. Y eso era lo que se ponía dentro… El ala negra. En su cielo azul. No podía con el momento que se le escapaba como día de invierno. Y entonces preguntó. No de capricho. De verdad era la pregunta. De verdad de inquietud que la tenía como abrojo en la médula del alma. Quería encontrar su otra ala para el vuelo –no la negra, la otra. Y René no entendió porque no era cosa de entender, era de cambiar los pies de lugar, como cuando uno camina por la ladera y siente que no está seguro ahí donde los puso. René no sintió el peligro de la roca empinada y no contestó. No sabía siquiera que había algo para responder. Ella tenía los pies en un lugar más escabroso y le gustaba ascender. Era como una cabra saltamontes que no entiende al caballo en su andar galopando por senderos lisos, sin gracia. Y para ella fue como que le escatimara el vuelo, como si le rozaran su propia ala con una piedra, y calló.  Todo parecía igual, los gestos, el amor en remansos de pura extensión. Sin embargo el silencio preñó el aire, lo tornó difícil para la respiración.

 

 

René se fue.  Y luego llamó.

 

René no supo o tal vez sí… Porque era un no saber de saberse, aquél con el que decía que no.  Nadie lo dijo. Pero “nadie” está en el aire para quien tenga oídos. Y él un poquito, de puro temor que tenía dentro, así casi como el que ella tuviera, lo sabía aunque decía que no. Porque no le entró por la oreja. Era verdad de esas que suben por los pies, aunque no se quiera. Así como crecen los árboles umbrosos de muchos pájaros, como la seiba. De abajo, de la tierra, de pura verdad que le entra, se pone gruesa y sólida la seiba.

 

Pero no pasaba lo mismo con él. A René la verdad, que le entraba por los pies, parecía que se le iba por la cabeza.

 

Llamó y llamó. Los llamados de René se sentían sonar en un espacio vacío.

 

 

Vera se había ido, pero como si no se fuera. Se fue quieta por desasimiento. La fue, el susto del abandono, ese abandono que la apesadumbraba con solo asomarse como un brote pequeño entre los dos. De esos que ni siquiera son cizaña. Y desapareció. No como ánima, sino como ella. Se quitó de la vista. Se apagó del oído. No hubo más espacio que cobijara cerca de él. Y así, cuando dispuesto en sus zapatos René fue a buscarla, solo pudo asirse a la casa. Los pies le temblaron ahí, en ella que les conoció el amor, ahora vacía de Vera de jazmines y de preguntas sin respuesta.

 

Se sentía –René ahora se sentía de tal suerte– que no podía precisar en su cuerpo el sitio exacto del dolor. Entonces recordó cuando Vera en esa casa, mientras intentaba explicarse en su pregunta así, como él ahora, tanteaba su cuerpo buscando el lugar preciso del dolor de la duda. Ahora era él quien se sentía atado al alma del mundo sintiendo que su sentir no cabe en los mundos ni en los días. Del alma no sabemos, porque la de él no se le ve como a ella.

 

Y ella, parece que se fue con el camino…

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