Historias sin punto final
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#16 · Salvamos la vida

Por Pablo Osores
Ph. Bianca Brandimarte

 

–¡Mirá para adelante! ¿Vos estás viendo esto? –dijo Florencia rompiendo el silencio.

 

Saqué los ojos del retrovisor y me subió un frío culpable al ver la multitud de luces de stop brillando frente a nosotros. Ya sabía que no me iban a dar los frenos.

 

Vi, en un segundo, una mancha que cruzaba de izquierda a derecha. Era una flecha blanca que llegó a volcarse en la banquina con velocidad sorprendente, pero sin ruido.

 

Entonces volví instintivamente a mirar por el espejo (por lo menos el auto de Fer no estaba justo atrás), saqué la mano por la ventanilla y doblé como venía hacia la banquina. Tomamos la ruta en diagonal, entre los autos frenados adelante y los que frenaban atrás, mientras intentaba parar al Peugeot. Finalmente se detuvo apenas un par de metros por detrás del choque. Que resultó ser una de esas camionetitas utilitarias. No era la primera vez que zafaba con el 404.

 

–Boludo –dije.

–Sí –dijo ella. Miraba hacia afuera, hacia los autos parados y la camioneta volcada.

–Esperame, avisale a Fer.

Me bajé del coche. Es como que quería sacarme la sensación de culpa. Todo el viaje me la pasé mirando por el espejo para ver si el auto de mi hermano estaba atrás nuestro; un poco, para evitar esa sensación de tener que seguir hablando con ella.

 

La camioneta estaba aplastada boca abajo en el pasto. Sin pensarlo dos veces me mandé por la ventanilla del acompañante. Adentro estaba llena de basura, de papeles, de envoltorios de papas fritas y golosinas. “Un asco”, pensé. Había un tipo dado vuelta, enganchado con el cinturón de seguridad, tenía las manos en el volante.

 

–¿Estás bien?

 

Se reía. Tendría una conmoción, como mínimo. Lo que no encontraba era la sangre. Pensé que iba a haber mucha.

 

–Estoy bien, estoy bien –me respondió seguro. Como si lo molestara con preguntas desubicadas.

 

Desde la otra ventanilla iban apareciendo unas manos para sacarlo. Pensé que yo estaba en mejor posición y le desabroché el cinturón (a pesar de que sabía lo peligroso que era mover a una persona con una lesión traumática tan reciente). Él se dejó caer de espaldas sobre el techo y después lo arrastré afuera.

No le dolía nada. Acababa de volcar en Panamericana, altura Campana, y no tenía nada. Yo lo revisaba y le hacía preguntas para ver si estaba ubicado. Fabián, se llamaba, tenía treinta y dos años, era de Paternal. Levantaba los brazos, sonreía, nunca se le ocurrió que podía tener alguna lesión.

 

–¿Qué pasó?

–Estoy limpio, flaco. Cuando venga la policía, deciles que me hagan todos los análisis que quieran. No van a encontrar nada. Vengo de Puigari.

 

Mi primera reacción fue desconfiar cuando escuché el nombre del centro de rehabilitación. Estaría pasado, pensé. Y lo que dijo después me hizo sospechar más.

 

–Es que tuve que ir temprano para Entre Ríos; ahora estaba volviendo. Prometí que no iba a tocar más la droga. Y cumplí, loco. Pero no aguantaba más así que me mandé para allá. Llegué y hablé con el padre Darío. Hice el taller de la tarde, me tomé el mate cocido y pegué la vuelta. Nada más, te juro.

 

“Pero, la verdad, estoy fundido. Y ahora, pasando el puente, se me caían los ojos, loco. Igual veníamos bien, hablando con la Luján, aunque fue culpa de ella. No sé cuándo se me sentó al lado. Yo me asusté un poco, es la mina más linda del mundo, viste. Pero enseguida me gustó charlar con ella. No está, ¿no? Te viene a ver cuando estás así, solo en la ruta, ¿vos la llegaste a ver?”

Yo no había visto a nadie. Por un momento pensé que se me había perdido una persona en el auto.

 

–Me porté bien –Fabián me apretaba el brazo, parecía alegre–, te juro que me porté bien.

 

Para esta altura, había una buena cantidad de curiosos y solidarios al lado del tipo. Flor me vino a decir que ella iba a seguir viaje, que tenía cosas que hacer, que no la llamara. Fer la iba a llevar.

 

Le pregunté a Fabián por la chica.

 

“Volvía en paz. Ya no tenía esos deseos de acogotar a Daniela. Pienso que todos tenemos una cagada adentro y a todos se nos puede escapar. Aunque por momentos me seguía dando una bronca tremenda. Ahí fue que escuché esa voz tan suelta del asiento de al lado. Estaba ahí, no sé desde cuándo.

 

–Mucha galletita de agua en la reserva, pero volvés y la estrangulás a Dani, ¿no? No parece que te hayas enloquecido lo suficiente.

–Pero, ¿vos quién sos?

–Por ahí es mejor si te pegás otra dosis de mate cocido, ¿no?

 

Y me miró con una sonrisa muy ancha y guiñándome un ojo. Como que me vendía la idea, como si ella pensara eso realmente. Pero no sé, capaz se burlaba. Igual me daba gracia. Me hizo sentir mejor.

 

Es que está hecha para eso. Luján es una criatura increíble, bella hasta lo increíble. Lleva como con una especie de flequillo de costado, como desparejo, esos desparejos que sabés que son a propósito. Tiene la piel muy blanca y unos ojos entre azules y verdes que medio que te hace dudar si son ciertos. Y te mira, y en seguida te hace reír y te sentís feliz de verdad, viste.

 

Pensé que me iba a acompañar. Me pareció buena onda. Le dije que tenía razón, que no iba a hacer falta tomármelas con Daniela. Después hablamos mucho del tema del reparto, del laburo. Aunque me parece que hablé todo yo.

 

Después, por ahí, la miro y veo que se reía bajito. Me pareció que me estaría gastando, no sé. Como cuando alguien dice un chiste y no lo entendés.

 

–¿Qué pasó? –le pregunté.

 

Ella se mordió los labios más bonitos que te puedas imaginar, alargó el brazo para mi lado y ¡manoteó el volante!

 

–Yo sabía que no es que quería hacerme mierda –seguía Fabián–, nunca pensé que me iba a pasar algo. Pero, la verdad, ahora, no sé si realmente ella sabía todo eso o si salió así… de pedo.

 

La policía llegó con una ambulancia. Le presenté el caso al médico. Se había salvado, sin lesiones. Hablamos de las noches que no son, y que no tienen que ser.

Me quedaba mucho trayecto de vuelta y se pone difícil arriba del cuatro –cuatro sin calefacción. Florencia se había alejado de eso también. No prendí la radio, trataba de entender qué había pasado. A esa hora, ya andan pocos autos, las luces de la ruta van encendidas de forma alternada, las márgenes dejan atrás parrillas para poblarse de concesionarias de máquinas rurales mechadas con hoteles de alojamiento.

 

Adentro de la cabina, no sé por qué quería tener prendida la luz del habitáculo. Veía mejor el tablero de metal, pintado de negro. Al lado mío, en el asiento continuo de pana marrón había una mochila abierta con libros de texto que debería haber leído y otros de literatura que no tendría que haber traído. La ventana del acompañante estaba un poco bajita para que no se empañara el parabrisas. Se filtraba el viento con un sonido que chiflaba. Yo iba envuelto en una manta. Ni bien podía, miraba por el espejo retrovisor, no tanto la ruta (ellos ya habrían llegado), miraba el asiento de atrás: la luneta cerrada y condensada de agua en las líneas de los costados; los apoya cabezas que agregué para que el coche pudiera circular; el asiento mullido. Antes, todo el mundo decía que era un muy buen asiento para viajar, que se podía ir como si fuera un sillón y relajarse. Que era una linda experiencia para sentarse, bajar el apoyabrazos acolchonado del medio y dejarse llevar.

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