Historias sin punto final
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#19 · Un miembro fantasma

Por Mercedes Ferreiro
Ph. Vi Carel

 

Enero, sábado a la tarde. Miré desde mi balcón la avenida en pausa y decidí que iba a salir a manejar. Sería mi primera vez sola. Había hecho el curso de manejo ocho veces en los últimos tres años: en autoescuelas distintas, en conurbano y en capital, con doble comando, en autos prestados, con cambios y automáticos. Ese día, a la hora en que se empezó a mover el aire y el cielo perdió el brillo, me sentí tan segura de mí, o harta, como para ir la casa de mi mamá en Haedo y sacar el auto que mi hermano guardaba en su garaje.

 

Toqué timbre. No había nadie, así que entré a buscar la llave del portón eléctrico. Subí al auto y apreté varias veces el botón del control remoto, pero el portón no se movía. Unos minutos después, impaciente, me acerqué hasta esa pared maciza sobre rieles y empecé a apuntar con el aparato bien cerca hacia la parte donde intuía que estaba la traba, adentro del hierro. Nada. Después lo agarré desde arriba con las dos manos y empecé a presionar, casi colgada y en puntas de pie, haciendo fuerza hacia abajo y hacia la derecha, indicándole al bendito portón el recorrido que debía hacer. Fue entonces que empezó a abrirse y cerrarse, en idas y vueltas de no más de treinta centímetros que culminaban en un estruendo; mientras se disparaba el sonido creciente de la alarma: un <<piiii>> histérico que me hizo meter la mano entre la pared y el portón para detener el choque.

Luego lo supe todo sobre él: que había que esperar quince segundos para que empezara a abrirse, que un metro cúbico de hierro pesa 7680 kilos y, sobre todo, supe en la evidencia de mi dedo índice aplastado, dónde se situaba el cilindro de acero de la traba. Tironeé con el portón y, en la pulseada más desigual del mundo, recuperé mi dedo, que quedó pegado a la mano por un tendón. Siguieron unos segundos de negación y nada de dolor. Temerosa, fui bajando la vista hasta la mano con los ojos entrecerrados; miré como se hace en los momentos culminantes de una película de terror, queriendo ver y no. Así me encontré con una mano que parecía estar agarrando un bollo de fideos con tuco, pero sin que hubiera otra cosa al final de la muñeca que ese bollo. Hubo arcadas, corrida inútil sobre la vereda, una chalina como torniquete. Corrí a la esquina.

 

Un taxi me llevó a la clínica a la que fui toda mi vida. El taxista bajo atrás mío y se adelantó para abrirme la puerta de vidrio de la guardia, yo sostenía mi brazo izquierdo como si arrullara a un bebé. Fui a la mesa de entradas y apoyé mi mano, envuelta en una remera empapada de sangre. El recepcionista miró la huella bordó expandirse al lado de los ficheros, sin atreverse a pedirme que la moviera de ahí, y llamó a enfermería. Mientras él anotaba los datos del carnet de la obra social, yo pensaba, parada frente al mostrador, en cómo me verían los hombres con muletas y niños con gripe que tenía a mis espaldas; cómo se inclinarían en los asientos para ver qué tenía la que iban a atender con prioridad. Fantaseé con darme vuelta de golpe, desenrollar la tela y asustarlos con mi herida abierta.

En seguida vinieron dos enfermeros, me vendaron la mano y me sentaron en una silla de ruedas en un pasillo, a esperar la operación de urgencia. Me puse a mirar los carteles en la pared advirtiendo a las embarazadas que no se metieran rayos, alentando como en un catálogo de cosméticos la vacunación y el uso de preservativos. ¿Quién no sabe que usar preservativo previene el contagio del HIV? Si no lo usamos es por otras cosas, porque no queremos, porque no nos importa en esos momentos. Estaba riéndome por adentro pensando en la estupidez de las campañas, y en lo vanas y desinteresadas que eran en realidad, porque si quisieran que esas cosas no sucedieran no habría agroquímicos ni hubiera pasado lo de la gripe porcina. La gente era estúpida y no faltaría quien creyera en estos carteles. De repente me puse triste, muy triste, porque descubrí que la clave era que nadie las miraba, que solamente yo les presté atención a los afiches aquella tarde-noche porque estaba quieta en una silla de ruedas frente a esa pared horrenda, pintada de blanco hueso, o pintada de blanco pero muchos años atrás y envejecida en el tránsito de los enfermos. Odié saber que la estupidez más grande era la mía, porque había metido la mano contra un tren plano de hierro enloquecido, porque no había campañas que pudieran prevenir la imbecilidad de mis actos reflejo; pensé, sintiéndome cada vez peor, en cuál sería mi reacción si alguien me apuntaba con un arma, ¿lo golpearía? Y así seguí con otras situaciones extremas: si me caigo a un río, si me pierdo en un sendero serrano y anochece, ¿podría contar conmigo si se me acercara un tiburón? De ninguna manera recordaría eso que tanto sabía por un documental que vi en la infancia, que es que hay que patearles la nariz. ¡Ni siquiera tanto! Frente a esa pared, como una epifanía, supe que no recordaba qué menjunje tenía que improvisar en la playa si me picaba una aguaviva.

 

Había algunas personas alrededor y me observaban, para abandonar mis pensamientos les empecé a contar lo que me había pasado. Les decía, encantadora, que lo mío no era grave; que en el mundo, y no tan lejos de nosotros, pasaban cosas brutales. Un dedito, medio dedito, vamos, no es para llorar. Pero parece que estuve así un buen rato y que me puse a cantar en verso lo del <<dedito, medio dedito>> y cada vez más fuerte, y por eso vino uno de los enfermeros y me sedó.

Nunca había estado en un quirófano y lamento no recordar nada de esa ocasión, porque hasta que terminaron estuve dormida. Cuando me desperté vi que habían amarrado la última falange al dedo con un clavo largo, como se ancla un palo en un cantero para enderezar un árbol. Me llevaron a una habitación en el piso de arriba y dejaron pasar varias horas para ver qué otra operación me iban a hacer, de acuerdo a cómo reaccionara mi tendón y los vasos sanguíneos.

 

Muy temprano al otro día, ya había luz en la habitación. Me hicieron ponerme una ropa terminal, dos telas descartables celestes, y después firmar las autorizaciones. Mi hermana me sacó fotos así vestida y yo ya no pude sentirme una enferma grave. Entonces me di cuenta de que todavía tenía puestas las uñas postizas, y que por eso a los médicos les parecía que circulaba sangre en un pedazo de carne cada vez más negra, como una banana que se pudre, debajo de la uña de plástico perfecta, rosada, con el borde superior blanquísimo. Entró la anestesista y fue lo único que le dije antes de dormirme.

 

Un rato después desenrollaron el injerto y supe que habían tenido que amputar esa última falange. Era una parte de mí en la nunca me había fijado especialmente, a lo sumo cuando un anillo que me gustaba mucho no me entraba en ningún otro dedo, asique no sabía cómo sentirme. No puedo decir que esto haya desarrollado en mí otro tipo de sentimientos por el índice derecho ni por mis otros dedos. Donde antes estaba la falange, ahora, el aire. Supe, gracias a que miré muchos documentales en la infancia, que el aire es denso, que pesa, que existe. Y esto sí me angustió un poco, que se reemplazara tan rápido el espacio sin ritual de mi medio dedo muerto. ¿Si me cortaran la cabeza también la tirarían en un tacho de basura en el quirófano?, ¿una mano?, ¿las tetas? ¿Por qué no preguntaron si quería saber qué iban a hacer con mi dedo, eh?, ¿porque era la boluda que había metido la mano en el portón?

 

Lo divertido eran las reacciones de los demás. Algunos me decían que nadie se iba a fijar en ese detalle; como mi mamá, que me compró un anillo de plata muy punk que llegaba hasta la antigua punta del dedo, pero a mí me parecía que con eso iba a llamar más la atención. Mi mamá no me podía mirar la mano. Otros me contaban historias de personas amputadas en serio que habían logrado superarse a sí mismas y habían devenido nadadoras o músicas o madres de familia, a pesar de todo. Me contaron de un stripper al que le había pasado lo mismo y se había querido suicidar. No era un dedo, en su caso. Mis amigos inventaron historias de ajustes de cuentas, peleas en la cárcel o peripecias sexuales que podría utilizar a conveniencia en la posteridad. Me pareció que era lo mejor que podía hacer. Hasta los ocho años yo le creí a mi papá que la cicatriz de su apendicitis se la había hecho peleando con un león en África, así que. Lo mejor fue el taxista que me contó que era pastor y me juró que a uno de su templo le había vuelto a crecer la carne. Al principio del relato pensé que estaba haciendo la mejor introducción del mundo a la historia de la Resurrección; pero no, el tipo me lo dijo en serio, me lo fechó y situó en una avenida de San Justo.

Pasaban las semanas y empezaba a olvidar el tema. Tras muchas sesiones de kinesiología terminé la rehabilitación y la falange no creció, pero pude volver a hacer todas las actividades normales de una mano izquierda, incluso tomar el volante para hacer los cambios con la otra o levantar las persianas de mi habitación, que fue lo más difícil.

 

Una noche, dos o tres meses después de la operación, estaba mirando una película y me empezó a picar la mano. Froté distraída los dedos contra la funda áspera de un almohadón, pero la picazón continuaba. Me enderecé y me puse de frente la mano abierta, a centímetros de la cara. La miré detenidamente casi en la oscuridad, alumbrada por las ondas itinerantes del televisor. La acerqué y la alejé varias veces, la abrí y la cerré, la hice girar como si estuviera colocando una lamparita, me toqué cada uno de los dedos desde la base hasta las yemas (las cuatro yemas), volví a frotarlos contra el sillón. Fui al baño y abrí las dos manos debajo de la canilla, el agua fría calmó el cosquilleo. Volví al sillón y terminé de ver la película.

 

Cuando me desperté al otro día, las rayas de luz de la persiana proyectadas en la pared me llevaron hasta una noche de muchos meses atrás. Nos tenía a los dos en ese mismo somier, yo en el lugar exacto donde estaba. Empecé a despabilarme y miré la almohada que había junto a la mía, intacta, la sábana fresca que me cubría del cuello para abajo y los brazos afuera, el ventilador. Miré la pared de reflejo tibio, la mañana fragmentada entrando en mi habitación, y sin querer lo vi a él, inclinado sobre mí, que me agarraba la mano y metía uno a uno los dedos en su boca. Mientras me iba despertando se ordenaban los detalles de la escena, había sido una noche de viernes en julio, nos habíamos ausentado de un cumpleaños familiar.

 

Quise despejar el recuerdo. Me levanté de la cama, fui al baño a lavarme la cara y después a la cocina. Cargué la pava y agarré un fósforo para encender la hornalla. Desde el accidente usaba la otra mano, la derecha, para raspar el cartón combustible. Otro tema para arduas consideraciones, el fuego contenido en el cabezal de los fósforos y en el lateral de esas cajas pequeñas. En otro momento. Esa vez luché con el palito, sosteniéndolo con fuerza con el dedo amputado y el pulgar, y froté varias veces, hasta que gané firmeza y pude prender mi fuego.

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  • Hola le quiero agradecer a la chica que hizo las fotos <3

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